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¿El tiempo es relativo? 3

blog_ sevillaescribe - 30 November 2018 - 9:00am

Manolo sacó del bolsillo de su chaqueta la llave del sótano y la observó. En su cabeza salía de su cuarto avanzando a hurtadillas hasta la escalera. Al llegar a la planta baja veía a su padre leyendo 1Q84 de Haruki Murakami. Con mucho cuidado lo cruzaba sin alertar a su padre. Llegaba a la altura de la puerta de la cocina y escuchaba ruido de platos y agua cayendo. Su madre estaba fregando. Un poco más adelante se encontraba el sótano. Abría y se colaba en su interior. El golpeo de unos nudillos en la puerta lo sacó de su ensoñación.

-¿Sí? –preguntó.
-Soy yo –dijo su madre-, aquí te dejo algo de comer. No quiero que te mueras de hambre.
Lo había dicho todo sin abrir la puerta. Era su manera de ser dura pero a la vez benévola. Era así, fría y severa pero dulce y cariñosa. No quería un hijo blando pero tampoco quería un robot. Le daba la dosis de dulzura justa. Era su lema “dulce el justo que después empalaga”. Al abrir vio una bandeja en el suelo con un plato de macarrones con tomate y queso rallado y a su lado una botella de agua de 500 ml. Comió con parsimonia a la vez que hacía los deberes. Cuando terminó le quedaban un par de ejercicios de estadística. Los acabó cuando el reloj marcaba las cinco y diez. No era muy tarde pero en su mente seguía esa idea. Quería bajar al sótano. Allí tenía su escondite cual superhéroe del montón. Allí podía guarecerse de la mirada inquisidora y amenazante de sus padres. Y allí podía dar rienda suelta a su verdadera pasión, la ciencia. Con la excusa de estudiar más tranquilo y en silencio bajaba al sótano. La mitad estaba ocupado de trastos bajo sábanas, en la otra mitad un escritorio y una librería le servía para desviar la atención de sus padres que nunca se percataron que bajo dos sábanas estaban sus experimentos. Allí nunca tocaban y como él tenía la llave lo único que le pedían era que lo mantuviese en orden. Se levantó para estirar un poco las piernas y se dispuso a bajar para hablar con su padre y tratar de arreglar la situación. Estaba cerca de conseguir avances importantes y no podía permitirse un día sin bajar. Al acercarse a la puerta el pomo giró. Su padre estaba bajo el umbral quieto y sin decir nada se acercó y lo abrazó.
-¿Por qué nos pones las cosas tan difíciles? –le dijo al oído.
-Lo siento papá. –En realidad no lo sentía pero tenía urgencia por bajar al sótano.
-Hijo –dijo cogiéndole de los hombros-, solo quiero que seas un hombre de provecho. No quiero que estudies una carrera y no te sirva de nada. Escogiendo la misma que nosotros tienes trabajo seguro ¿sabes lo qué es eso? Tienes el mañana asegurado. Si quieres podemos hacer un trato.
-¿Qué tipo de trato?
-No me interrumpas, déjame terminar. Aunque tu madre y yo seamos totalmente contrarios a que desperdicies tu vida estudiando una carrera sin futuro estamos dispuestos a dejarte estudiar tu amada ciencia siempre y cuando acabes la carrera de historia y empieces a trabajar en la universidad. No podemos decirte en que malgastar tu tiempo libre.
-Joder papá, gracias –se tiró a sus brazos medio sollozando.
-Eso sí como nos llamen de la universidad diciendo que descuidas tus labores como docente o que te ven muy despistado se acabó.
-Vale ¿puedo bajar al sótano? –Manolo fue directo. No quiso andarse con rodeos.
-Claro hijo. Así me gusta, que empieces con fuerza y estudies. Baja que ya le explico a tu madre que solución hemos acordado.
Manolo salía de su cuarto raudo y su padre le llamó la atención. Al girarse le señaló el libro de historia. Al momento cayó en la cuenta de que con la emoción se había olvidado de su coartada. Bajaba para estudiar. Miró a su padre encogiéndose de hombros y sonrió.
-Lo siento. Producto de la emoción.
-No te preocupes. Te entiendo.
Agarró el libro y realizó el recorrido que antes había hecho en su cabeza. Sacó la llave del bolsillo de su pantalón y abrió. Estando ya abajo dejó el libro encima del escritorio y se acercó a una sábana color rosa. Tiró de ella y destapó lo que ocultaba. Había que ponerse manos a la obra.


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Fantasy Tour Virginia Pérez de la Puente

blog_ sevillaescribe - 28 November 2018 - 9:00am


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Periodista además de escritora, ha trabajado diez años como presentadora de informativos en Radio Nacional de España y directora del programa «Hoy por Hoy Mérida» en la Cadena SER. 
Su primera novela, La Elegida de la Muerte (Ediciones B, 2010), obtuvo muy buena acogida tanto por parte de la crítica como del público y supuso la presentación del mundo de Ridia, en el que se desarrolla la saga El Segundo Ocaso, que incluye tres novelas (El sueño de los muertos -Minotauro, 2013-, Entre las dos orillas -2014- y Títeres del Azar -2016-) y dos precuelas (Soñando con bosques -Ed. Planeta, edición no venal, 2013- y Mi alma por mi rey -2014-). En 2015 publicó su primera novela independiente, Hijos del Dios Tuerto, centrada en la mitología nórdica. Durante su trayectoria como escritora ha recibido menciones y galardones como El Espejo Maldito I, El Reto IV, el Premio Teseo IV, y ha resultado finalista y seleccionada para los premios Microrrelatos de las Bibliotecas Públicas de Madrid, Monstruos de la Razón II y Visiones 2009. 


En la actualidad vive a caballo entre Madrid y Mérida, comparte piso con dos gatos, Thor y Loki, y está dedicada por completo a su faceta de escritora.Descripción:
Vuelve Virginia P. de la Puente con una novela deslumbrante, Cántico para un alma.

No era más que un niño el día que las piedras cantaron mi nombre. No era muyo mayor el día que el Destino señaló en otra dirección. Mil años de sombra, mil años de sangre, mil años de muerte. Tres mil años hasta la llegada del Anunciado, hasta la derrota de la Dama Negra. Eso dijo el Destino cuando marcó al que devolvería la luz al mundo.

El Destino estaba equivocado.

Mi nombre es Saeth, y soy el señor de Cralewand. Soy el siervo más leal de la Oscuridad. Soy el hombre que se arrodilló ante la Dama buscando la muerte y se puso en pie convertido en un dios. Soy el que va a matar al héroe que el Destino eligió para salvarnos. Soy el que va a matar al que un día fue mi amigo.

Porque el camino a la luz pasa siempre por la oscuridad. Porque la verdad no está escrita en piedra. Porque en todas las historias quién es el héroe y quién es el villano depende mucho del punto de vista.


Fechas: 

-30 de Noviembre, 20:30h, La Ratonera, Cádiz, presenta Carmen Moreno
-1 de Diciembre, 16:30h, Rara Avis (Dos Hermanas), Sevilla, presenta Concha Perea
-3 de Diciembre, hora por determinar, Fnac, Málaga, presenta Carlos Sisi

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¿El tiempo es relativo? 2

blog_ sevillaescribe - 27 November 2018 - 9:00am

Cerró la puerta muy despacio tratando de amortiguar el ruido. Desgraciadamente para él no tuvo éxito. Una voz salió de la puerta a su izquierda, era la cocina y su madre no esperó ni a verlo para preguntarle por el resultado del trabajo de historia. Del cuarto del fondo llegó un ruido al arrastrar una silla. Lo siguiente que vio fue a un hombre de mediana edad, calvo y regordete. Era su padre. Se subió las gafas y tocándose la perilla lo miró esperando una respuesta.

-¿Y bien?
-¿Y bien qué?
-No te hagas el tonto y responde ¿Cómo ha salido el trabajo?
Su madre asomó la cabeza y un mechón de pelo rubio brilló con la luz que se colaba a través de las cortinas del salón. Nunca entendió como una mujer tan guapa como ella había acabado con un hombre como aquel, que por mucho que fuera su padre no lo salvaba de ser considerado un adefesio ni el parentesco ni el mutuo aprecio paterno-filial. Los dos lo miraban expectantes, sabía que en breve la expectación pasaría a ser frustración.
-Pues a don Gerardo no le parece que mis niveles creativo e imaginativo sean acordes con la asignatura de historia. Es más lo ve como algo negativo. Vaya que me ha suspendido.
-Eres un bromista nato. Di la verdad, hombre.
Al agachar la cabeza entendieron que no era un brote humorístico repentino. Había suspendido. El encargado de seguir sus pasos como docente en la universidad del pueblo seguía desperdiciando su gran potencial a pesar de sus esfuerzos.
-Te dije que debíamos ayudarlo, que él solo iba a meter la pata –le recriminó a la madre.
-Tiene 18 años, no es ningún crío al que debamos enseñar a hacer la tarea. Debe aprender a asumir la responsabilidad de sus actos y si eso significa suspender historia pues que así sea.
-¿Qué has hecho mal hijo? –inquirió el padre.
-Pues he hecho que el último pueblo cartaginense que quedaba en la península fuera Astigi y que Escipión la conquistaba.
-Hijo mío, Astigi no se conquistó, se fundó en el año 14 a.C. Y para colmo pones a Escipión el africano a conquistarla cuando llevaba 169 años muerto ¡Qué barbaridad!
-¡Pidió imaginación y creatividad y yo se la di!
-¡No chilles a tu madre! ¡Me oyes! Solo te está diciendo la verdad.
-Vale, perdón. Pero entendedme he tratado de ser original.
-Pero hijo mío en la historia hay que ser fiel a ella porque ya sabes cuál es la máxima.
-Sí –levantó la mirada y vio la cara de su madre con un intento de sonrisa- un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla, Confucio.
-¡Ése es mi chico!
Los dos se acercaron para abrazarlo y en su cabeza una idea no paraba de rebotar. Sentía como pasaba de neurona a neurona mediante impulsos eléctricos. La sentía pasearse por toda su frente después se dirigía hacia la región parietal, bajaba por la sien hasta llegar a la nuca y después volvía a hacer el mismo camino. Dando rodeos en su cerebro pero sin salir, o mejor dicho sin atreverse a salir. Acabó el largo abrazo y algo en su bulbo raquídeo hizo presión hacia arriba y la idea se dispuso a salir por su boca. La aguanto lo justo en la punta de la lengua para adornarla y que sonase lo mejor posible. Al segundo abrió la boca y lo soltó.
-Papá, mamá, sé que habéis hecho mucho por mí, que habéis hecho infinidad de sacrificios y que siempre, repito, siempre queréis lo mejor para mí. Pero no os habéis parado a pensar que lo mejor para mí no es lo que yo quiero. Y entre cumplir mi sueño o hacer lo que vosotros queréis, lo siento pero lo tengo muy claro. Quiero ser físico. No profesor de historia en vuestra universidad. Lo siento –repitió.
La hermosura que desprendía la cara de su amada madre que para él rozaba la identificación más cercana a una deidad pronto pasó a identificarla como un engendro demoníaco. Su padre por el contrario seguía igual de feo pero eso sí, enarcaba una ceja y sabía perfectamente lo que eso significaba. Volvió a enterrar la cabeza y a intentar aguantar el chaparrón. Su padre, antes de que la madre se liara a improperios que después confesaría al párroco de la capilla de la universidad, tomó las riendas de la situación. Cogió al hijo del cuello de la camisa y con un simple “No comes hasta que no recapacites. Vete a tu habitación.” dio por zanjada tan humillante y vergonzosa situación.

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Presentación de "Donde el perdón no llega" en Dos Hermanas

blog_ sevillaescribe - 25 November 2018 - 9:00am
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Aquí os traemos la presentación de “Donde el perdón no llega” (Cazador de Ratas 2018), que tuvo lugar en la librería  Rara Avis de Dos Hermanas el pasado  27 de octubre. En la mesa de presentadores el flamante autor, Ángel Vela (palabras), en nombre de Cazador de Ratas, Carmen Moreno, su editora, y como presentador Jesús Relinque, autor que ha firmado para la editorial en la antología "Españapunk" y la novela “La llave de los misterios”. Por cuestiones técnicas el vídeo se presenta en cinco partes, pero no se pierdan ninguna, porque no tiene desperdicio. Una presentación en la que no faltó ni el tequila ni la tortilla de patatas con cebolla.

1 Preámbulo


2 El alebrije


3 La Muerte


4 El humor negro


5 La tortilla y otras preguntas



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¿El tiempo es relativo? 1

blog_ sevillaescribe - 23 November 2018 - 9:00am

-Corría el año 206 a. C. y el general romano Escipión no dejaba de dar vueltas al trozo de tela pintado a mano que le servía de mapa. Tenían totalmente rodeado al pueblo que más tarde se llamaría Astigi y que era el último reducto de cartagineses que quedaba en toda Hispania. Era imposible acercarse a ellos debido a su peculiar orografía que les era favorable para detectar cualquier acercamiento enemigo. Había pensado en un ataque con catapultas y destrozar todo el poblado pero quería conquistarlo, no dejarlo reducido a cenizas. Pensativo se secó el sudor de la frente y entonces… ¡Eureka! Levantó la mirada, hacía el Primus Pilus que esperaba sus órdenes, con cara de satisfacción.

“Estamos a mitad de junio y empieza a hacer calor. Haremos que se rindan.”
“¿Cómo mi señor?”
“Fácil. Taponen el Singilis con piedras, arena, madera, lo que sea, me da igual pero quiero que no entre nada de agua en ese poblado. Los mataremos de sed.”
“Brillante señor. Ahora mismo mando una centuria para allá y que lo lleven a cabo.”
Y así fue como el Imperio Romano conquistó el último escollo que le quedaba para tener el control total sobre Hispania.

-A ver Manolo, dije que escribierais una redacción libre sobre el imperio romano podía ser algo imaginativa pero no inventada. Tienes un cero. Ve a tu asiento.
-Pero profesor he sido imaginativo.
-Has puesto una ciudad que fue fundada y no conquistada. Y para colmo se fundó en el año 14 a. C. y creo que el bueno de Escipión ya estaría un poco mayor ¿no?
-Pero he sido imaginativo y creativo.
-Que te sientes. Por favor que suba el siguiente alumno.
-Soy un incomprendido en esta clase.
Manolo ocupó su asiento y aguantó el chaparrón de notables y sobresalientes que sus compañeros recibían tras las maravillosas redacciones, según su profesor claro, que leían uno tras otro. El colofón lo puso el pelota de Mateo que habló de la guerra civil española y trajo un mapa del bando republicano durante la batalla del Ebro. En él se veían todos los movimientos de tropas y los ataques o defensas en distintas zonas. El profesor le puso matrícula de honor y le dijo que no tenía que esforzarse mucho en el examen de final de curso ya que con eso tenía un notable asegurado como mínimo. La campana de final de clase salvó a nuestro protagonista de mayor humillación ya que al ser la última clase del día sus compañeros se levantaron y corrían hacia la puerta como pollos sin cabeza. Manolo salió el último incluso detrás del profesor. Al cruzar el umbral de la puerta de la clase se encontró con Rubén que con sonrisa picarona lo esperaba de brazos cruzados.
-¿A ver si adivino pimpollo? la has vuelto a cagar.
-Déjame en paz Rubén, no tengo ganas de tonterías.
-Es que hay que ser un melón o un mendrugo para coger la rama de humanidades y ciencias sociales cuando tu pasión es claramente la ciencia.
-¿Y qué hago?
-Pues planta cara a tus padres. Míralos a los ojos y les dices: me gusta la ciencia, la química, las matemáticas, la física, demostrar teorías y no la historia ni la geografía como a vosotros por muy buenos profesores de universidad que seáis. Dejadme vivir mi vida, no la vuestra.
-Qué bonito suena en tu boca pero créeme cuando te digo que de la mía no saldrá. Mis padres son muy pesados e insistentes y nunca cambiarán sus posturas por mucho que les llore. Cuando acabe la carrera si es que la acabó algún día entonces respiraré tranquilo y una vez cumplido el deseo de mis padres les diré mi verdadera pasión.
-Para eso primero tienes que acabar segundo de bachillerato y rezar para que la nota de selectividad sea lo suficientemente alta para poder entrar en la carrera. Si no siempre te quedará el sótano.
-Joder, gracias por el ánimo.
-Nada hombre ¿para qué están los amigos si no?
Durante la charla habían salido del instituto y se dirigían a sus casas. El camino de unos diez minutos fue ameno y estuvo lleno de anécdotas ocurridas en las clases de Rubén. Manolo se despidió de su amigo que vivía tres casas más abajo, Rubén le deseó suerte y él inhalando una larga y profunda respiración agarró fuertemente el pomo decidido a aguantar la fuerte reprimenda de sus padres después de este suspenso. El último de una larga lista en la clase de historia.

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Escoria estelar IV

blog_ sevillaescribe - 11 November 2018 - 10:52pm
IV


De camino a la nave, contento por el dinero que me había ahorrado en el enmascarador, e ignorando las quejas de Roy porque decía que aquello no era lo que él había pedido, nos cruzamos con Ralphie y El Grumete, que también habían cumplido con su parte. Si a nadie se le ocurría montar una fiesta en la órbita de algún prostíbulo de ruta sideral, teníamos suficiente para una buena temporada. Aquellos dos también se quejaban de que les había dado poco dinero para todo lo que habían tenido que comprar, y que el material acopiado prometía más disgustos que satisfacciones. A fastidiarse tocaban, uno no monta un imperio comercial galáctico de la nada si no es a base de apretarse el cinturón y ahorrar lo máximo en todo lo que se pueda.

Llegamos al espaciopuerto poco después, junto a mi Lola. La rampa de carga estaba abierta, y allí se encontraba Words de brazos cruzados y con esa expresión que suele poner cuando tiene que decirme algo que no quiere decirme. No estaba para disgustos, llevaba un buen rato de buen humor y no me hacía ilusión perderlo, así que me tomé un par de calmantes antes siquiera de que me dirigiera la palabra.
―Capitán…
―¡No! ―alcé la voz, por si con el gesto de mi mano no fuera suficiente.
―Pero tienes que escucharme, esto es importante.
―No, ahora quiero tranquilidad. Esperaremos al cerdo de Wallnuts y nos marcharemos en cuanto llegue. Ya tendrás oportunidad de crisparme los nervios más adelante. Si ha habido algún problema con las armas, ya nos arreglaremos de alguna manera.
―No es eso, aunque si me hubieras dado más de dinero seguro que hubiera podido conseguir algo mejor.
―Otro con el tema del dinero. ¡Que hay que ahorrar, maldita sea! ¿Ves? Ya me estás crispando. No sigas por ahí, al menos hasta que nos hayamos marchado.
―Es que no nos podemos marchar ―me dijo cuando ya estaba a mitad de la rampa. Me detuvo en seco―. Bueno, al menos por ahora.
―Dawn, más calmantes, por favor.
―Si empieza a este ritmo, capitán, poco le van a durar los calmantes. ―Lo fulminé con la mirada―. Pero aquí tiene, son todo suyos.
―Gracias ―mascullé―. Habla ―volví con el comodoro.
―A ver cómo te digo esto…
―Preferiría con sutileza, pero es algo que no has conocido en toda tu maldita vida. Habla de una vez y acabemos cuanto antes.
―Me han estado siguiendo ―me relajé por un momento―. Me di cuenta a poco de salir del espaciopuerto y estuve intentando buscarle las vueltas para pescarlo, pero al final lo perdí.
―A nosotros también nos han estado siguiendo ―soltó Roy con su voz maquinal.
―¿Cómo? Y por qué demonios no me lo dijiste antes.
―No le di mayor importancia. Además, fue sólo un momento y después también se perdió.
―¿Que no le diste mayor importancia? Pero… ―Ya me estaban llevando al borde de un nuevo ataque, pero en esta ocasión no lo iban a conseguir. Respiré hondo―. Está bien, no pasa nada ―no me lo creía ni yo―, volvamos a la nave y ya hablaremos de ello con más tranquilidad cuando llegue Wallnuts y nos marchemos, eso no es ningún impedimento para que lo hagamos, no sé por qué has tenido que alarmarme innecesariamente.
―No, lo de que no podemos marcharnos no es por eso, te lo he dicho por aquello de contar primero lo menos malo. ―Estaba a punto de reírse o algo, pero se contuvo, sabía que lo hubiera frito con el láser allí mismo―. El tema es otro.
―¿Algún problema con la nave?
―No.
―Alguien con quien tenemos alguna cuenta pendiente y que ha hablado con las autoridades portuarias para que nos bloqueen, entonces.
―Tampoco.
―Te está haciendo gracia esto, ¿verdad?
―Hombre, un poco sí. Pero por respeto no me voy a reír.
―¡Habla de una maldita vez, imbécil!
―Ernst de Weiss no está a bordo. Al parecer se marchó con el mono un rato después de que lo hiciéramos todos los demás. ―Casi me arranco uno de los bolsillos tratando de sacar el comunicador.
―¡Félix! ¡Félix!
―¿Qué? ¿Qué?
―¿Dónde está Ernst de Weiss?
―¿No se lo ha dicho ya el comodoro? Se marchó un rato después de que lo hiciera usted, mi querido capitán, hará de eso poco más de unas tres horas estándar. No me dijo dónde iba ni nada parecido. El mono Carballo se fue con él.
―¡Y por qué no se lo impediste o nos avisaste!
―¿Me dio orden de que lo hiciera? Yo no lo recuerdo.
Estrellé el comunicador contra el suelo y grité, grité hasta casi quedarme afónico, maldiciendo a todas las generaciones pasadas, presentes y futuras de aquella panda de impresentables que por fin había conseguido que me diera otro ataque. Por suerte, y por los calmantes que ya me había tomado, aquello no llegó al colapso, pero a punto estuvo.
―¡Las armas! ¿Dónde están las armas pesadas que has comprado?
―Ahora mismo las traigo. ―Words salió corriendo a por ellas mientras los otros dejaban en la bodega de carga lo que habían traído.
Tres horas estándar era tiempo suficiente como para que Ernst de Weiss hubiera sido ya raptado, vejado, vendido o consumido por cualquier entidad con querencia por los humanos tiernos y a poco hacer. No había tiempo que perder, mucho dinero, mi honra y mi prestigio estaban en juego.
De nuevo todos juntos, Words repartió las armas. Aquello parecía ser los restos de un arsenal pre imperial o de alguna obsoleta fábrica del borde exterior.
―¿Pero esto qué mierda es?
―La mierda que he podido comprar con el poco dinero que me has dado.
―No sigas, no sigas por ahí o te aseguro que las pruebo todas contigo.
―Vale, no sigo.
―Señores, si es que se os puede llamar así, esto es de una importancia capital, así que dejaros de vuestras estupideces habituales, quiero seriedad y plena dedicación. Nos vamos a dividir para buscar al maldito heredero, que espero aún sea al menos reanimable o clonable o lo que sea, porque si yo me juego mi honor, vosotros os jugáis la vida… ―traté de darle fuerza a las palabras con una mirada asesina, aunque no sé si lo conseguí―. Roy se quedará aquí con ese engendro cuántico del que no quiero ni oír hablar, esperando a la llegada de Wallnuts e investigando todos los despegues que se hayan realizado en las últimas tres horas estándar y en adelante. Quiero el destino y la carga declarada de toda nave que haya salido de este miserable planeta, ya sea desde este espaciopuerto o desde cualquier otro punto de su maldita geografía. ¿Entendido, Roy?
―Por supuesto, capitán.
―Confío en ti, no te dejes nada sin rastrear. Luego, cuando llegue Wallnuts, que te lleve a los sitios que él suele frecuentar: sadotoriums, coliseos orgásmicos, salas de relax y prostíbulos más o menos comunes, aunque seguro que de estos últimos conoce menos.
―Apuntado.
―Tú, Ralphie, irás con El Grumete a toda taberna, sideopub, bar o cualquier sitio en el que ese borracho haya podido entrar en busca de una copa. Después iréis a salones de juego, timbas de groy y otros negocios del azar a los que me imagino también será aficionado nuestro amigo. No aceptaré excusas de que os sorprendieron ni nada parecido. Si hace falta, se dispara antes de preguntar, y si no hace falta, también. O volvéis con él, o no volvéis, ¿entendido?
―Entendido, capitán.
―A sus órdenes.
―Words y yo barreremos todos los negocios de trata de esclavos, delicatesen para razas antropófagas, tratantes de órganos y pieles, y salas de tortura recreativa. Y repito, las armas a mano por si hay que hacerlo por las bravas. Si la cosa se le pone fea a alguien, que avise a los demás y todos iremos allí a ayudar, si es que con esta mierda se puede ayudar en algo ―miré a Words; éste se encogió de hombros―. Sorprendedme para bien de una maldita…

―¡Capitán! ―me interrumpió El Grumete.
Siguiendo el trazo de su mirada, me topé con una figura pequeña que daba bandazos en nuestra dirección: una sonrisa ebria con un gracioso salacot rojo y un uniforme a juego a la que sólo por esa vez, y sin que sirviera de precedente, me alegré de ver.
―¿Los monos transgénicos también beben? Vaya cogorza que lleva ―se rió Dawn; yo no le veía la gracia por ningún lado.
El bicho tardó en llegar a nosotros porque, aunque en línea recta el camino que nos separaba era corto, en el vertiginoso carrusel de su mente intoxicada las líneas rectas no existían. Lo dejamos acercarse hasta pararse frente a mí en precario equilibrio. Luego me sonrió una vez más, vomitó sobre mis botas, y se desplomó sobre su vómito. Ya me quedaba claro por qué Ernst de Weiss lo había calificado como magnífico compañero; compañero de borracheras, se entiende.
―¡Vamos, reanimad ahora mismo a este engendro! ―ordené mientras trataba de limpiarme la bota sobre él  y de paso me daba el gusto de patearlo un poco.
Roy trajo un potente estimulante intravenoso, el mismo que usamos cuando alguno de nosotros se pasa con la bebida o tiene un paro cardiaco, y se lo inyectó. Por desgracia, no pensó en que la dosis habitual para uno de nosotros podría resultar excesiva aplicada a un animal de un décimo de nuestra masa. Su reacción fue instantánea. Abrió los ojos, tembló, tuvo espasmos, y luego dio un salto hacia mí dando chillidos. Yo lo aparté de un manotazo antes de que me alcanzara, aterrizó sobre Words y le arañó la cara, después saltó sobre Dawn que, manoteando para quitárselo de encima, cayó al suelo, hasta que el bicho lo dejó en paz para seguir dando saltos y haciendo cabriolas, volteretas sobre el casco de la nave, uno que pasaba por allí, y mil y una acrobacias espásticas que por fin lo cansaron y lo dejaron con la lengua fuera frente a nosotros.
―¡Será hijo de puta el bicho! ―se quejaba Words mirando la sangre en sus manos.
―Eso para que aprendas a reírte de mis aversiones ―me vengué. Luego apunté con mi arma al mono―. ¿Te vas a estar quieto de una vez? El animal alzó los brazos pidiendo tregua y dio un paso hacia mí―. ¡Ni se te ocurra! Y ahora dime, ¿dónde está tu amo? ―Se tocó la garganta e hizo una serie de gestos.
―Creo que quiere su holopantalla ―aclaró Roy.
―Tráesela.
Una vez con el dispositivo en la mano, nos informó: “Se lo han llevado”.
―¿Que se lo han llevado? ¿Quién? ¿Adónde?
“No lo sé”, pudimos leer.
―Al menos te acordarás de dónde pasó.
“Más o menos”, se rio por primera vez desde su desplome sobre mis botas.
―¡Pues llévanos allí! ¿A qué estás esperando?
El mono se puso en marcha y nos hizo señas para que lo siguiéramos.
―Roy, tú te quedas aquí a esperar a Wallnuts; los demás, conmigo. Preparad las armas.


Como ya me imaginaba, el lugar a donde nos llevó estaba en el centro de la conocida como “zona ebria” de Pisarat II, una amalgama de negocios para borrachos amontonados unos sobre otros, algo muy práctico cuando apenas puedes dar dos pasos seguidos pero no tanto cuando buscas algo o al alguien. El garito elegido por el heredero, supuse que el enésimo de la ruta que siguió ese día, era uno conocido como “El séptimo asteroide”, una tasca vil y maloliente de esas en las que nunca estás seguro si el barman quiere emborracharte o más bien envenenarte para vender tu cadáver después. El cargado ambiente interior estaba poblado por una mezcolanza de razas y especies como sólo en Pisarat II puedes encontrar, la mayoría delincuentes de mayor o menor pelaje, cazarrecompensas, prófugos imperiales y toda suerte de individuos altamente peligrosos capaces de acabar con Ernst de Weiss en un suspiro por cualquier nimiedad que pudiera considerarse ofensiva. Mal empezábamos, sobre todo teniendo en cuenta el precario armamento con el que el ceporro de Words nos había pertrechado, una basura comparado con el muestrario de surtidores de muerte hipertecnológicos que allí había. Quién dijo miedo.
         Me acerqué a la barra para preguntar al barman, una especie de babosa multitentacular cuyas características lo hacían ideal para trabajar en ese tipo de negocio.
         ―Hola, amigo, ¿reconoces a éste? ―señalé al mono. Su reacción fue instantánea.
         ―¡Boñiga de bontag! ―medio pronunció con lo que debía ser su boca, un agujero baboso rodeado de seudópodos, al tiempo que, de no sé dónde, sacaba un arma con cada uno de sus tentáculos para encañonar al mono.
Como éste se ocultó detrás de mí, el encañonado fui yo. Por mi parte también alcé el arma para encañonarlo a él, al igual que Words, Dawn y El Grumete. Otro camarero también sacó su arma para apuntarnos a nosotros, y así, como en una reacción en cadena, todos los presentes sacaron sus armas para amenazar a sus respectivos enemigos, declarados o no, al espécimen por el que sintieran más aversión, o simplemente al desconocido que tenían más cerca.
―Está bien ―respiré hondo―, tranquilo todo el mundo. Parece que hemos comenzado con mal pie, nada que no se pueda solucionar con un poco de charla civilizada.
―Quiero que te lleves eso de aquí ahora mismo ―dijo el barman sin dejar de apuntarme.
―Te comprendo, yo soy el primero que no quiere tener nada semejante a menos de un año luz de distancia. Por desgracia, es mi carga hasta que termine con el encargo que tengo entre manos. Ahora lo que ando buscando es la otra parte de mi carga, el que venía con el mono, un humano de no mucha estatura, con más pelo en la perilla y el bigote que en la cabeza, y que seguro te ha hecho ganar dinero bebiéndose todo lo que hayas tenido a bien ponerle por delante. Si me dices dónde está, o dónde puede estar, te estaré eternamente agradecido y me marcharé de aquí llevándome este engendro conmigo y asegurándome de que no lo vuelvas a ver en toda tu vida.
―Te he dicho que quiero que te lleves eso de aquí. Y también quiero que te largues tú, ahora mismo.
―A ver, a ver que parece que no nos estamos entendiendo.
―No, el que no entiendes eres tú: ¡lárgate y llévate al mono! Si no, te volatilizo.
―Bien, ya te he dicho que entiendo tu postura. Además, veo que eres un negociante serio y con arrestos, con lo cual te has ganado mis respetos. Pero no sé si te has dado cuenta de que somos unos cuantos los que también te estamos apuntando, no sólo yo, y el que me volatilices, si es que lo haces antes que yo a ti, no va a evitar que éstos te den lo tuyo. ¿Comprendes? ―se lo solté todo junto, sin respirar; quién dijo miedo.
―¿Estás de broma? ―dijo entre risas―. Ni aunque vuestras armas fueran algo serio y no la mierda que tenéis en vuestros rígidos y escasos tentáculos, me impresionarías.
Aquello me escamó y empecé a sospechar por qué. Pero no tuve mucho tiempo para pensar en ello, el cañón de plasma que llevaba entre las manos empezó a ronronear y a calentarse de forma sospechosa. Miré al señalizador de carga y al aviso de error y fusión inminente. Había que reaccionar rápido.
―Está bien, me has convencido, me rindo. Ten mi arma ―se la arrojé.
―¿Cómo? ―dijo recogiéndola con el único tentáculo que le quedaba libre. Estaba claro que tenía mucho más valor y arrogancia que inteligencia.
―¡Todos al suelo! ―me lancé en plancha.
La explosión fue ensordecedora, los fragmentos del barman saltaron por todos lados al tiempo que comenzaba un tiroteo generalizado y a quemarropa que duró un buen rato. Yo me oculté bajo el cadáver de uno de los primeros en caer, un ser peludo de casi tres metros de alto que funcionó como excelente cobertura. Desde allí abatí con mi láser a un par de tipos que se cruzaron en mi campo visual, y también pude comprobar cómo los chicos se batían el cobre a las mil maravillas a pesar de la inferioridad tecnológica manifiesta de nuestras armas. Eso sí, al menos las suyas no explotaron, aunque no las tuve todas conmigo hasta que todo terminó y desconectaron los sistemas de recarga.
Todo había salido bien, mis muchachos estaban todos vivos y enteros, y no quedaba allí nadie que pudiera hacernos frente. Desarmamos al resto de supervivientes y los encerramos en el almacén que se abría tras lo que quedaba de barra. Después cambiamos la chatarra con la que habíamos combatido por aquel surtido de armas de verdad que había junto a los cadáveres o aún aferrados por los restos de apéndices de algunos de ellos. Cada uno cogió lo que pudo y quiso, yo me hice con un boonizador turano que debía valer casi una décima parte que mi Lola.
―Esto está mejor ―dije mirando con deleite aquella maravilla―. Y ahora no hay tiempo que perder, hay que buscar al barman antes de que vengan las autoridades, que seguro ya han sido avisadas.
―¿Al barman? ―preguntó Dawn.
―Muchacho, ¿por qué crees que el tipo se mostraba tan desafiante? ¿Simplemente porque era un imbécil? Pues no, además de un imbécil era un tansuur, uno de esos bichos raros capaces de renacer de uno de sus trozos, por muy pequeño que sea. El problema ahora es adivinar de cuál de los muchos que hay por aquí lo hará.
―Yo ni siquiera sé qué trozos son suyos y cuáles de otros ―dijo Words sosteniendo un jirón de gelatina chamuscada frente a sus ojos.
―Pues como no lo hagamos, habremos perdido la pista y al heredero, así que vosotros mismos.
Sentí que algo me tiraba de la pernera. Cuando miré hacia abajo, vi al maldito mono sonriéndome. De la impresión, di un salto que me encaramó a una de las pocas mesas que aún quedaban en pie.
―¡Que no me toques! ―grité.
Luego me fijé mejor, pero no en el mono, sino en el trémulo trozo de carne que tenía en la mano. Todos nos quedamos mirando cómo aquello, poco a poco, se transformaba en una versión reducida del barman.
―Capitán, esto me trae a la memoria una leyenda atemporal…
―Déjate de historias raras, que no tenemos tiempo ―callé al Grumete―. Ya es nuestro. Marchémonos de aquí ahora mismo.




Aquí todas las entregas publicadas en este blog. 

Publicado originalmente en La consulta del doctor Perring



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