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[Actividad] El cuento invertido
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Autor Mensaje
sergiourra
Campista
Campista



Registrado: Sep 20, 2008
Mensajes: 71
Ubicación: São Paulo- Brasil
MensajePublicado: Lun Sep 29, 2008 3:46 pm    Asunto: Responder citando

dafd escribió:
Con mis bendiciones. Aunque seguro que no necesitas plagiar a nadie.


Querido Sr. Director del Bank of America,

Mañana a la 09:00 horas realizaré un asalto en su banco.
Agradeceré su presencia.

Atte.

SU

PD.: No dafd, no lo necesito. Pero sí te diré, ya he descubierto la rueda varias veces. Menudas frustraciones.

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dafd
Cacique
Cacique



Registrado: Jun 05, 2007
Mensajes: 2199
MensajePublicado: Sab Oct 04, 2008 11:42 pm    Asunto: Responder citando

LA RUEDA
Ante mí tengo a un decrépito librero que me da consejos sobre el volumen que leo, una novela de Tolstoi.
Me ha rogado que firme algún libro mío y lo he hecho con mucho gusto: Jorge Luis Borges. Lo extraño es que no recuerdo cómo he llegado aquí. He debido tener un mareo pues solo recuerdo la voz del amable hombre preguntándome bajo el estante de literatura rusa: -¿Buscas algo joven?-, dándome un buen susto con ello.
Se me pegó por detrás antes de que le pudiera ver venir aprovechando que me encontraba ensimismado ojeando el armario de literatura rusa, al que acababa de acercarme tras entrar por la puerta. No se trataba de la misma tienda pues ésta era nueva, ni siquiera se encontraba ubicada en la misma calle pero el personaje que la regentaba era él, no cabía duda. Me hallaba desesperado, con la necesidad de pasar desapercibido, así que me oculté en ese rincón. Siempre me gustó el diecinueve ruso, lo reconozco, y se me puso a la vista muy a tiempo. Pero lo milagroso, en verdad, fue encontrar aquel local abierto a tales horas a cuyo interior no dudé en pasar, sin fijarme en cuál era su naturaleza, desesperado por la cada vez más asfixiante cercanía de los sabuesos. Por nada hubiera creído que llegarían a acercarse tanto, pero la sombra de ellos ensuciaba ya las pisadas que dejaba.
El acoso por imitación a que me sometían empezó casi desde el principio, ya desde la distribución de mi libro hace un año. Y todo empezó tras aquel encuentro con él. Todavía lo veo despidiéndose de mi, en la puerta, analizándome tras sus gafas estrechas como cuchillos, y arrancándome in extremis la promesa de volver una vez editara la obra, "te beneficiará". Me avergüenzo de mi ingenuidad en aquel momento. No puedo admitir que sin su determinante empujón yo me terminara lanzando a aquella aventura. Durante su conversación me fue ganando poco a poco una obsesión ciega que, estoy seguro, percibió en mí: Por nada del mundo hubiese renunciado al deseo de ver publicado bajo mi nombre los relatos de Borges. "Eso me identificaría con el autor hasta hacerle mío o hacerme él" en las propias palabras del agrietado anciano. Y con eso terminó de convencerme para, superando todo escrúpulo, plagiar los cuentos.
Yo creo que me dejé persuadir. Fue muy listo, mezclando lisonja e insatisfacción. Empezó muy bien, tras rogarme le firmara mi autógrafo, Miguel de Cervantes, en una ilustre fregona que sacó oportunamente. Y, sin duda, me hubiera puesto más a la defensiva si no me hubiera encontrado en tan desorientado estado. No sé ni cómo llegué a su presencia. Solo recuerdo el mareo del que emergí tras aquella inesperada pregunta: -¿Buscas algo joven?- dándome un buen susto con ello.

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erhimion
Terrateniente
Terrateniente



Registrado: Nov 10, 2005
Mensajes: 524
Ubicación: Asturias
MensajePublicado: Mie Feb 11, 2009 1:44 pm    Asunto: Responder citando

Por fin me decido, y eso que fue un servidor quien propuso la actividad, así que ya estaba tardando.
Como de costumbre, os mando una cosa más larga de lo recomendable. Cosas de mi capacidad de síntesis.
Disculpen la extensión.

UNA VISITA.

Todo empezó al poco de establecerse en su nueva residencia, como empiezan casi todas las cosas cuando uno cree que ya ha tocado fondo y nada puede ir a peor. Un atardecer veraniego, mientras Amelia trasegaba entre los destrozados arriates del destartalado jardín, él, acodado en una de las ventanas de la primera planta, oyó las primeras caminatas sobre su cabeza. A saber. Que estaba claro que no se encontraban tan solos como el casero les había hecho creer. Sin pronunciar palabra, subió procurando no hacer crujir las viejas escaleras, perdido en mil conjeturas a cada cual más siniestra acerca del origen de tan sorprendente fenómeno, y se detuvo ante la puerta entreabierta, escuchando los pasos alejarse hacia el otro extremo hasta detenerse allí donde estaba la ventana abierta al jardín. Entonces empujó la puerta y entró, convencido del momento como el más oportuno para sorprender a quién quiera fuese su visitante; Nadie. Estaba solo. Sólo un polvoriento espacio atestado de viejos muebles que los antiguos moradores habían dejado abandonado tras su marcha.
Ni él ni su esposa lograron ver nada las siguientes veces que subieron. Y puesto que había sido por prescripción facultativa que habían aterrizado allí, con la sana intención de poner coto a los trastornos nerviosos que venían sacudiéndolo de un tiempo a esta parte, y que a decir de su doctor se debían a las prisas que cada día más la gran ciudad ejercía sobre sus habitantes en general y sobre él en particular, decidió tomar como medida preventiva que en adelante él solo llevaría a cabo las indagaciones pertinentes, temiendo que su enfermedad fuese nuevamente puesta en el disparadero a causa del fenómeno, y máxime cuando su esposa parecía incapaz de percibir, ––lo que la intranquilizaba con insistente evidencia––, las tranquilas caminatas que sobre sus cabezas se venían sucediendo indistintamente los atardeceres de todas los días.
De este modo, ofuscado por la extrañeza de los sucesos, y preguntándose si tal vez no llevarían razón los doctores en sus diagnósticos (¿no estaba allí por la amenaza injustificada de la gran ciudad?), se las arreglaba para subir al desván mientras ella salía al jardín, y por más que pretendía cazar in fraganti a su paseante vespertino, más como justificación de su cordura que otra cosa, siempre acababa por hallarse solo ante el pandemonium de trastos que atestaban el desván.
Y como toda perseverancia es siempre premiada con mejores o peores resultados, según sean las razones de su existencia, aunque si cabe de forma más extravagante aun que los fantasmales paseos, la suya se vio recompensada una tarde. Ese día, convencido ya como estaba saberse en lo cierto, se acercó a la ventanita para observar los progresos de su esposa en el jardín. Mas lo que vio no se parecía en nada a la muchacha de 29 años llamada Amelia, con la que compartía su vida desde hacía casi cinco años, de los cuales, los dos últimos, había resultado la paciente enfermera de un recalcitrante enfermo depresivo; lo que estaba viendo era una niña de unos ocho años de edad que se había sentado en el tocón de lo que debía de haber sido un roble y que ahora constituía una reliquia en el bonito jardín. Para mayor sorpresa, comprobó que la niña le había visto, puesto que había comenzado a saludarlo como quien saluda a quien se ha visto muchas veces antes.
Empujado por la curiosidad, bajó al jardín, donde halló a su esposa esforzada en arrancar una trepadora de hiedras que se había enseñoreado de una de las paredes a lo largo de muchos años de dejadez. Justo tras ella, el tronco cortado del árbol, pero ni rastro de la niña. Naturalmente, Amelia montó en cólera al oír la historia de la niña. Chilló, lloró, rogó y amenazó con volverse sola a la ciudad si él, David, persistía en semejantes tonterías. Se había pasado toda la tarde en el jardín trabajando como una burra y allí no había habido ninguna niña, de eso estaba segura. Quizás echándole una mano con los arriates se relajara y dejara de ver cosas raras por todas partes. Todo daba que pensar sobre el escaso beneficio que el nuevo ambiente proporcionaba a los nervios de David, cuando un día, un grito de éxito corrió desde lo alto de la casa hasta el salón donde, pacientemente nuestra comprensiva esposa se afanaba para cambiar al viejo papel que habían coloreado la vida de los últimos huéspedes. En menos de cinco minutos ambos estuvieron ante un cofrecillo que nuestro hombre había hallado en un arcón entre los cachivaches del desván. En el interior, un lote de fotos muy antiguas atadas cono una cinta de terciopelo azul desvaído. Seguramente la antigua familia de la casa las había dejado allí, puesto que en el dorso de todas figuraban fechas acaecidas 30 años atrás. David las había ido pasando maquinalmente hasta llegar a la que había hecho gritar vayan ustedes a saber si de alegría o de terror. Desde el sepia de una de las fotos dos niños le sonreían, sentados en lo que podía ser un camastro. Él, un chiquillo de tez pálida, enfermiza, flaco y anémico, sonreía a la cámara con una alegría que desmentía los indicios de cualquier enfermedad; a su lado, una joven de su misma edad y de mejor aspecto. Llevaba ropa de invierno e iba tocada con un gorrito de lana que solo le dejaba la cara pálida al descubierto, la misma que él había visto desde la ventana la noche pasada, con la misma ropa y todo, a pesar de que aún no hubieran sobrepasado el ecuador del otoño.
Como será fácil imaginar, esto sólo sirvió para que una nueva sombra de locura oscureciese el ya de por si grave retrato del protagonista de esta historia, y para que Amelia retomase su decisión irrevocable de volverse a la ciudad. Amelia había sufrido la enfermedad de su esposo, y como mujer comprensiva que era, por más amenazas que gritase, no entraba en sus intenciones abandonar al bueno al chico en quien había confiado su felicidad. Y como señal de que no estaba dispuesta a dejar así como así a su chico en la estacada, se le ocurrió a modo de ultimátum que quizás la veja ama de llaves, si veía las fotos, arrojaría alguna luz sobre la historia y de paso hiciese ver a su marido el calibre de su desatino.
Buscaron la nota en la que la vieja Leonor había ofrecido sus señas y sus servicios a los nuevos huéspedes, y partieron al pueblo vecino deseosos de hallarse ante la guardiana del futuro del matrimonio.
Ante aromáticas tazas de té hablaron de temas sin importancia. Salió a colación el tema de unas fotos que tal vez le gustaría ver. Las fueron pasando ante la atónita cara de Leonor, la cual comentaba con alegre añoranza cada una de ellas, pues efectivamente había sido la familia para la que había servido. Cuando llegaron a la foto en cuestión, David se demoró en la contemplación, espantando el ligero temblor de sus manos mientras esperaba el comentario de la anciana. Aunque la foto no le había arrancado ninguna palabra aclaratoria, ambos notaron la intensidad en la mirada de la vieja. Como continuara callada, Amelia preguntó:
––¿Les conce?
––Que si les conozco. Es el señorito. El hijo del matrimonio. La foto se la hicieron sus padres en su habitación. Seguramente han reconcido el desván. Lo instalamos allí cuando se puso enfermo.
––¿Y ella? ––dijo David
––Se llamaba Anabel. Solía pasar por casa todas las tardes, hasta que los padres pasaban a recogerla. Ella vivía aquí, en la ciudad.
––Y qué ha sido de ellos ––dijo ella.
––Ni me lo recuerden. Una desgracia, eso es lo que fue. No es justo final tan horrible para dos criaturas.
Se miraron ante el enigmático comentario, pero adivinando el significado escondido en las palabras de Leonor. La anciana continuó la historia aclaratoria por la que estaban.
––Tuberculosis. Entonces era mortal. Aquí ya estaba enfermo, fíjense que mal color. Para la familia un desastre. Era hijo único, y sus padres jamás superaron la pérdida; Puede que les extrañe, pero siempre he pensado que su muerte fue también la de la familia. Recordarlos jugando en el jardín las tardes de verano fue un veneno que no lograron soportar. Tenía que verlos. Todas las tardes al volver del colegio ella lo acompañaba hasta casa. Después de la merienda jugaban en el jardín hasta el atardecer y el papá de Anabel pasaba a recogerla. Yo le decía que ya era hora de que dejara marchar a la novia, y él agarraba unas rabietas de cuidado. Esto ocurría en las estaciones cálidas. En invierno, los dos se pasaban el día en el cuarto del niño, el que ven en la foto, que habrán reconocido es el desván. Cuando murió la habitación se deshizo con todos sus recuerdos. Sólo quedaron las fotos. Cayó enfermo más o menos en esta época del año. Todos pensamos que era cosa del tiempo cuando empezaron las toses, pero Novo, doctor de familia, pronto reconoció los síntomas. Lo peor fue separarlo de la niña, por lo del contagio, ya saben. ––Alzó la vista de la foto y sonrió––. Entonces Carlitos, cada tarde, a última hora de la tarde, que es cuando ella venía por entonces, salía a la ventana delantera y esperaba a que la niña se presentara. Ya que no se le permitía entrar a verlo, se quedaba en el jardín y esperaba a que él se asomase a la ventana para poder saludarlo. Yo solía salir para verla, entonces por sus gestos sabía que Carlitos estaba en la ventana. Allí se quedaba ella, quietecita bajo el árbol, como si estuviese en su mano curar la enfermedad del niño con su simple presencia. Después, cuando llegaba el padre, se iba a casa hasta el día siguiente. Luego todo ocurrió muy rápido. Su salud empeoró. Una noche de mucha fiebre empezó a delirar y su salud fue apagándose poco a poco. La última noche, todos subimos a su cuarto. No hacía otra cosa que llamar a Anabel e intentar levantarse a la ventana. Tenían que estar allí para entenderlo. Se le dijo que ella estaba en camino y que pronto estaría con él. Pero a primera hora de la mañana, el doctor certificó su muerte.
––Dice que ella ose quedaba en el jardín ¿junto al árbol? ––preguntó él.
––Cómo lo sabe Ese árbol desapareció hace muchos años. Hoy sólo queda la base. En efecto, allí era donde se quedaba Anabel cada tarde; si se fijan, ese es el mejor lugar para ver la ventana del actual desván.
––Y ella?
La vieja hizo un gesto que podía significar indiferencia o hastío.
––Ella fue el punto y final a la tragedia. Nunca volvió por casa. Fue necesario ocultarle la verdad. Aunque siempre dije que de alguna manera ella lo sabía todo. La enfermedad era muy contagiosa y simplemente también cayó. Se habló mucho si podía haberse contagiado con el niño. No sobrevivió un mes a la muerte del chico. Se creyó que se la llevaba la misma enfermedad que a él, pero ¿saben lo que pienso? Siempre me ha parecido que de alguna manera supo lo de Carlitos y se murió del disgusto. Si no cómo se explican tamaña coincidencia. El mismo día de su muerte la visité en el hospital. Me alegró que me reconociera nada más entrar, y ¿saben qué me dijo, que me dejó de piedra? Que él acababa de estar allí de pie , donde yo estaba, y que le había dicho que la estaba esperando para poder jugar. ¿Qué les parece eso? ¿No da que pensar? Casi no pude reprimir las lágrimas. Que él acababa de estar allí. ¿No es esa una señál de uqe hay algo que nos sobrepasa el entendimiento, que no podemos ver por más que nos empeñemos en que vivimos y morimos como simples animales? Siempre he pensado que no podrían sobrevivir el uno sin el otro, y que de alguna él hizo un largo viaje para tenerla junto a él. ¡Y que me digan a mí si no!

Leonor siguió contando historias de la familia toda la tarde, pero ninguna habría podido apartar al matrimonio de la fantástica historia que acababan de oír.
Misteriosamente los pasos dejaron de oírse para siempre aquella misma tarde, y sea por precaución, por desconfianza, o condescendencia, Amelia nunca volvió a mencionar el tema de la niña ni desconfiar de las excentricidades de su marido, y si lo hizo, jamás lo dio a entender.

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