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¡¡Literatura videojueguil!! (Relatos)
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Loren
Leyenda
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Registrado: Feb 05, 2005
Mensajes: 14915
Ubicación: Isla Scabb. "Errr, estooo... Guybrush... enrólame, porfa."
MensajePublicado: Dom May 28, 2006 4:45 pm    Asunto: ¡¡Literatura videojueguil!! (Relatos) Responder citando

Bueno bueno. Mr. Green El otro día se me ocurrió una idea... ::038 que compartí con Gurthang y que me dió permiso para llevar a cabo. Very Happy Se trata de que cada uno de nosotros piense en un videojuego y escriba un minirelato, de la extensión que quiera y optando por la autoconclusividad... o por el contrario... que sea por entregas, siempre y cuando se especifique claramente Razz

Creo que el objetivo del post es bastante sencillo. Elegimos un videojuego y escribimos un relato. Ya está. Laughing Y es que las posibilidades creo yo que pueden ser casi infinitas, dada la cantidad de videojuegos que hay para elegir, así como puntos de vista. Y a posibilidades me refiero a cosas como escribir un nivel de un juego de plataformas... una carrera de coches... un paseo por una mazmorra llena de monstruos... vistas subjetivas... y un largo etc. Así que vosotros elegís. Mr. Green Incluso se puede dar más juego a esto dejando que el autor del relato no diga el título de su escrito, para que así todo el mundo pueda adivinar de qué juego se trata.

¿Qué tal esta unión de literatura y videojuegos? ¿Os gusta? ¡¡Espero que escribáis!! Porque considero que puede ser una experiencia bastante interesante... tanto a nivel creativo como participativo. Mr. Green

¡¡ Wink !!


Aquí voy yo con un minirelato del Doom:

-------------------<oOo>-------------------

El sonido de los casquillos rebotando en el suelo hizo su eco por las paredes de la habitación. Un fino hilo de humo salía de sus orificios, llegando en densas volutas hasta la cabeza de Frieg O'Connor. Este sonreía, dado que una mueca burlona se formaba en su rostro. Un hilillo de sangre regaba las comisuras de su boca y le llegaba hasta la barbilla.

Toda la sala, impregnada con el olor a sangre y pólvora, estaba atestada de cadáveres. Soldados manipulados mentalmente se amontonaban en el suelo formando posturas extrañas, y grotescas criaturas genéticamente alteradas, con pinchos recorriendo su anatomía, se hallaban diseminadas entre la maraña de monitores destrozados que había a un lado de la sala. Frieg se estiró lo que pudo, haciendo crujir sus huesos; sacó dos casquillos más de su cinturón y recargó su escopeta. Hasta que encontrara otra mejor, aquello era su único medio de vida.

Echó un vistazo alrededor y localizó el panel que abriría la puerta. Se acercó a él y pulsó una serie de comandos para descubrir el funcionamiento de la exclusa. "¿Una tarjeta roja? Mierda...", dijo Frieg en voz alta mientras rompía de un puñetazo la consola. Echó mano de su escáner y vio varios puntos luminosos en la pantalla verde. Según aquello, lo que necesitaba estaba... justo varios pasillos más allá en la dirección por la que había venido. No era cuestión de andarse con chiquitas, dado que la tarjeta se hallaba rodeada de... cosas.

Estaba oscuro. Las paredes pasaban alrededor suyo muy lentamente. Las bocas de un par de pasillos secretos que había descubierto le hicieron muecas al pasar. No había un sólo ruido en el aire, y la atmósfera olía a vapor reciclado y a criatura fétida. Podía contemplar muy cerca suya el arma de dos cañones que cantaba para él. Su lento vaivén mientras ponía un pie delante del otro, acercándose a su destino. Un par de cuerpos sin cabeza se recostaban en la pared. Conocidos suyos que llegaron allí antes que él. Quizá fuera un anticipo de su final.

Llegó a la puerta metálica justo cuando la luna comenzaba a asomar por entre las montañas que veía a lo lejos, a través de las ventanas sin cristal. Había un maletín médico pegado a la pared. Lo recogió y se aplicó una dosis de morfina. También había una cápsula que provocaba frenesí. La recogió y se la tomó. A los pocos segundos empezó a sentir cómo la sangre se le agolpaba en el cerebro, y sus ansias de terminar con todo bicho viviente crecían en su interior.

Así que, ansioso por abrir la puerta, la tocó suavemente con la mano. Ésta se deslizó hacia arriba con un ruido sibilante mostrando la sala...

"¡¿Qué cojones es eso?!", por dentro mostraba indignación y regocijo, las dos cosas al mismo tiempo. Ante él había una esfera flotante de dos metros de grosor. Había cuernos en su cuerpo, una enorme boca sangrante y un único ojo que le miraba frenéticamente. Aquella cosa emitía rugidos espantosos, pero los de la escopeta lo eran más.

Un fogonazo iluminó toda la sala, provocando un estruendo ensordecedor. El ojo de aquella cosa estalló en pedazos, haciendo que la criatura retrocediera hacia atrás. Fue sin duda una visión agradable para Frieg, lo que hizo que siguiera avanzando mientras su recortada escupía humo y llamas hacia aquella cosa. Una sangre viscosa y muy caliente le salpicaba el rostro, pero él seguía disparando. No podía parar. Pero de pronto su visión se nubló. Un rayo de plasma había surgido de aquella boca infernal y le había dado en pleno costado. Frieg cayó al suelo con un dolor terrible, y la esfera cegada avanzó hacia él. Le oía. Lucharon en el suelo, hombre y bestia. A puño metálico y diente desgarrador. Pero la cosa no duró mucho, porque aquella bestia ya no podía más y ahora era una masa informe aplastada contra el suelo.

Frieg el marine, victorioso, apoyando un pie sobre aquella cosa pútrida, sacó con las fuerzas que le quedaban su escáner. La sala no era muy grande, pero estaba completamente vacía, salvo por aquel ser que por poco termina con él. "Este carajo de punto indica directamente justo donde está mi pie." Pensando lo que acababa de decir, apartó la vista de la pantalla y miró aquella cosa. "En fin", se encogió de hombros. No había más remedio, puesto que si no, no abriría en la vida la puerta roja. Echó mano a la espalda y encendió el motor que ronroneó cerca de su oído. Dirigió el filo de cadenas de su motosierra hacia el cuerpo que encerraba la tarjeta.

Trozos de carne saltaron por los aires...

-------------------<oOo>-------------------

Eso es. Razz


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Ultima edición por Loren el Mar May 30, 2006 8:56 pm, editado 6 veces
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Gurthang
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MensajePublicado: Dom May 28, 2006 5:24 pm    Asunto: Responder citando

::032 ::032 ::032 ::032 ::032

Está muy bien Loren. Casi me entran ganas de jugar de nuevo Laughing

Y a los demás, animaos y escribid algo. Como dice Loren, las posibilidades son casi infinitas, y qué mejor forma de tratar a los videojuegos en una página de literatura que haciendo relatos. Smile

Loren: Si quieres puedes ponerlo como Post-it, para que se quede siempre arriba. Wink


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Loren
Leyenda
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MensajePublicado: Dom May 28, 2006 5:35 pm    Asunto: Responder citando

Jajaja, gracias, Gurth. Embarassed Very Happy Lo del Post-It la verdad es que es una muy buena idea, te lo agradecería, porque yo no puedo hacerlo, sólo tú. Mr. Green

Wink


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Gurthang
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MensajePublicado: Dom May 28, 2006 5:43 pm    Asunto: Responder citando

Hecho está. Wink

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Cyram
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MensajePublicado: Lun May 29, 2006 1:02 am    Asunto: Responder citando

Alaaaaaa Shocked Shocked Shocked Me ha molao mazo!!! La verdad es que me vas a animar a currarme mi pequeño relato. Mr. Green Ha sido una buena idea abrir este post. Gracias, cosa. Wink

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Cyram
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MensajePublicado: Lun May 29, 2006 10:27 pm    Asunto: Responder citando

De acuerdo pues, voy a intentar contestar yo. A ver si lo que tengo pensado sobre el juego del Mafia da resultado. Laughing
No es de nada que salga en el juego, pero me lo he imaginado basándome en él, así que supongo que vale. Embarassed


----oOo---------oOo---------oOo---------oOo---------oOo---------oOo-----


    - De acuerdo - Dijo Charlie Tuercecuellos haciendo que una nube de denso humo se esparciese entre los dos gansters cuando este le dio una profunda calada a su descomunal puro. - Yo me quedo con las ganancias de la parte este de la ciudad junto con los impuestos que tendréis que pagarme cuando paséis por mis calles. Así como un cinco por ciento del negocio que hacéis con vuestras furcias.
    - No Charlie, las damas son nuestras. - Contestó el segundo hombre conocido por el nombre de Jey Lancansfield muy suavemente y en voz baja. - Quédate con los impuestos que quieras por cruzar por tu parte de la ciudad, me parece justo. Pero piensa que nosotros haremos lo mismo. - Hubo un tenso silencio en el que se oyó como Charlie se retiraba su habano de la boca y removía sus pies en el sucio suelo del desvencijado almacén donde se estaba realizando la negociación. Controlando sin ningún disimulo donde estaban sus hombres, se volvió a mirar a Jey. Tocándose uno de los tirantes que adornaban su fina camisa de hilo blanco de la mejor calidad, esbozó una mueca de disgusto.
    - Eso no es justo Jey, tu familia dispone del control de casi un setenta por ciento de esta diabólica ciudad, y además disponéis de toda la zona del puerto. ¿Como pretendes que descargue mis mercancías si me cobras a cada paso que doy?
    - He venido a hacerte una propuesta. Hago lo mejor para mi familia. Impuestos por pasar por nuestras calles, lo cual incluye la zona del puerto. Si no te gusta, búscate otro que te descargue tus mercancías. - Contestó sonriente Jey a la vez que miraba de refilón el arma que Charlie portaba a un lado de su chaleco. Observando que la cara de su hombre de negocios cada vez transmitía una mayor ansiedad, pensó que las cosas quizás podrían salir mucho mejor de lo que él se había esperado en un primer momento. - De acuerdo, me has convencido. Te dejaré descargar en mi puerto sin que pagues ningún tipo de impuesto - Aceptó moviendo afirmativamente la cabeza mientras que observaba siniestramente la sonrisa de triunfo de Charlie Tuercecuellos.
    - Entonces ya está todo hablado ¿No es así Lancansfield?, tenemos un magnífico trato. - Dijo el hombre del habano volviendo a llevárselo a la boca con satisfacción. - Solo nos queda firmar los pa...
    - Perdona que te interrumpa un instante, mi buen Charlie. Quería preguntarte una sola cosa más antes de poder firmar nuestro trato.- Le interrumpió Jey Lancasfield con su voz sibilina.
    - Soy todo oídos. - Replicó Charlie echándose hacia atrás en la silla mientras cruzaba los brazos sobre el pecho y manteniendo su buen talante.
    - ¿Fuiste tú el que mató a la hermana de Yanisse? - De pronto, la sonrisa de satisfacción murió en la cara de Charlie, a la vez que una expresión de pánico se apoderó de sus ojos haciéndolos huidizos, provocando que se centrase más aún la atención en la fina capa de sudor que le había surgido en la raíz de su excaso pelo.
    - En absoluto, socio. Supongo que esa mujer, que siempre fue de mal vivir terminó encontrando a un pobre bastardo en la calle que no le quiso pagar al terminar el trabajo y por lo tanto la mató cuando se puso pesada. Si quieres podría intentar buscar a su asesino y traértelo ante ti. - Replicó mientras se empezaba a levantar de su asiento y comenzaba a recoger la camisa que tenía colgada en la parte de atrás de la silla. Sin embargo, unas fuertes manos salieron de la nada y le sentaron de golpe en el duro mueble de madera.
    -¿Pero qué....?
    En ese momento, un perfume a jazmín recorrió la estancia. Desde la zona en sombras que quedaba como resultado de la baja luz de la lámpara que colgaba sobre los dos gansters, surgió una delicada mano que acariciaba lentamente un foulard de plumas azules. A medida que se fue iluminando las curvas de su cuerpo, se fueron destacando las distintas pequeñas lentejuelas que recorrían su largo vestido de fiesta para acabar en un perfecto y elegante escote. Un collar de perlas blancas como la nieve, recorrian su largo cuello para después bajar en ondas entre sus senos y de esta forma llamar algo más la atención sobre ellos. Sin embargo, no era esto lo que más asombraba a aquellos que la contemplaban. Era su rostro, como marcado en mármol, encuadrado en una larga melena oscura y rizada, que se completaba con unas tupidas pestañas del mismo color. Sus ojos, de un color gris, se perdieron entre las pequeñas volutas de humo que sus turgentes labios expulsaron tras dar una calada en la larga boquilla negra que tenía entre los dedos de la otra mano, adornados con un guante de satén que llegaba hasta su codo.
    Con el sonido de sus altos tacones resonando en el suelo del almacén, la mujer se acercó hasta la mesa en la que un asustado Charlie miraba a la mujer.
    - ¿Lo hiciste? - Preguntó ella con su seductora voz. Sin embargo, no se sabe si cautivado por la belleza del miedo, el hombre del habano no contestó, solamente acertó a tragar y a retorcerse en vano entre las manos de los que le presionaban contra la silla. Volviéndose esta ligeramente hacia Jey, el cual la miraba con lealtad ciega, le volvió a dar una displicente calada a su larga boquilla. - Matadle - Ordenó en voz baja, pero tan autoritariamente que llegó hasta el último rincón de aquel lugar.
    -¡NO! - Chilló Charlie Tuercecuellos mientras las lágrimas le recorrian su redonda cara. - De acuerdo, yo la maté. Yo la maté. Lo admito, soy un puerco. Pero no me matéis. - Sollozó.
    Ella, volviéndose hacia él le observó con desprecio.
    - De acuerdo pues. Cédeme toda la parte de tu ciudad y te dejaré vivir. Sin condiciones, sin nada más que tu palabra sobre un papel y un lápiz que te voy a dejar y tu firma justo al pie del mismo. - Contestó lentamente, paladeando las palabras a la vez que se humedecía los labios con deliberada lentitud haciendo que brillasen a la luz de la lámpara.
    -¿Pero entonces de qué viviré? - Inquirió Charlie asombrado
    - Al menos vivirás - Contestó Jey en voz baja.
    Tras un instante en el que pareció pensar como iba a terminar su vida después de perder cualquier fuente de ingresos posible y teniendo una familia que alimentar, tragó con dificultad saliva. Mirando por un instante a la mujer y como esta hacía un gesto, también contempló como uno de los que él creía que eran su guardaespaldas le ponía frente a él el papel y el lápiz.
    Tras tomarlo con manos temblorosas y hacer una serie de anotaciones, garabateó su firma abajo del todo. Haciendo una pausa durante un instante, soltó el lápiz de mala manera en lo alto de la mesa y escupió a los pies de la mujer.
    - Sois basura. Estoy seguro de que mi parte es una pequeña recompensa para las molestias que os habéis tomado.
    Tomando esta el papel de encima de la mesa y sonriendo cálidamente a Charlie se empezó a girar con su habitual majestuosidad.
    - Muchas gracias por este buen trato, Charlie - Dijo ella socarronamente.
    Sin embargo en el momento en el que prácticamente su figura iba a ser engullida por las sombras, Charlie comenzó a reirse. Ella, se paró y le miró fijamente volviendo a la luz.
    - Tu hermana murió como la puta que era. Hice bien en aprovecharme de ella todo lo que pude. No me importa lo que me hagáis a mi. Sé que vais a matarme. Solo espero que algún dia... aquellas familias que son más pequeñas incluso que la mia se levanten contra vosotros y probéis vuestra propia medicina. - Terminó de decir mientras continuó riéndose como el hombre que había perdido la razón.
    Yanisse, volviéndose hacia la mesa, apagó su cigarro en ella y se quitó con un movimiento bastante sensual el guante, dedo por dedo.
    - ¿Sabes, querido Charlie? - Comentó como si lo que fuese a decir no tuviese importancia. - Si que vas a vivir, y me encargaré de ello personalmente con todos los recursos que pueda tener a mi alcance. Porque quien morirá será tu mujer y tus hijas irán a parar al mismo burdel en el que tan bien te lo pasaste con mi hermana. Supongo que querrán sentirse en un ambiente familiar, por lo que... ¿qué mejor que el burdel que visitaba su propio padre?.
    Abriendo los ojos como platos, Charlie pareció recuperar de pronto la cordura e intentó por todos los medios que era capaz de usarla.
    - No por favor, no, te lo suplico. A mis hijas no. - Después, como si se lo pensase un poco más, la miró fijamente a sus grises y grandes ojos. -Matadme a mi. Si, matadme
    Ella, volviéndose otra vez hacia el límite en penumbra... volvió su cabeza llena de rizos hacia él.
    - No Charlie, tu vivirás.


----oOo---------oOo---------oOo---------oOo---------oOo---------oOo-----


Bueno, pues aqui mi "pequeña" aportación. Siento haberme extendido tanto Embarassed, pero supongo que no podía describirlo en menos palabras Mr. Green. A ver si todos os animáis también a participar, que no hace falta escribir tanto. No os asustéis. Laughing


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Ultima edición por Cyram el Sab Jun 03, 2006 10:03 am, editado 1 vez
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Loren
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MensajePublicado: Mar May 30, 2006 6:01 pm    Asunto: Responder citando

Nos ha salido mafiosa. Mr. Green Ya te lo dije, me gustó bastante, porque todo esto de los trapicheos de este tipo molan bastante. Razz Así que bueno, creo que ha sido una muy buena aportación al post. Wink

Andaaaaa, ¡¡animáos los demás!! Laughing


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Ashara
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Registrado: Feb 26, 2005
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MensajePublicado: Mar May 30, 2006 8:19 pm    Asunto: Responder citando

Pero que buenos sois! ::032 ::050

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Cyram
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MensajePublicado: Mar May 30, 2006 10:13 pm    Asunto: Responder citando

Embarassed Embarassed No será pa tanto... madre mia Mr. Green Pero gracias, gracias. Nuestro trabajito nos ha costado Embarassed

Intentad participad los demás también, que seguro que se os ocurre algo. Wink ¡ánimo!


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Ragnar
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MensajePublicado: Mar May 30, 2006 11:43 pm    Asunto: Responder citando

Yo escribí un relato entero basado en el argumento de Doom. Cuando lo encuentre lo subo.

Wink

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Loren
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Registrado: Feb 05, 2005
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MensajePublicado: Mar May 30, 2006 11:51 pm    Asunto: Responder citando

Pues a ver si es verdad, hombre, que yo quiero. Mr. Green Joer, si creo que hasta en USA había novelas y todo sobre el juego. Laughing

Ashara escribió:
Pero que buenos sois! ::032 ::050


Ui... pues gracias ¿¿eh?? Embarassed Me alegro de que te gustaran los dos. Wink


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sergigres
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Ubicación: Fuera de contexto.
MensajePublicado: Mie May 31, 2006 2:53 pm    Asunto: Responder citando

Muy muy buenas vuestras historias, Cyram y Loren.
Me da un poco vergüenza poner mi cuento, lo he escrito en el trabajo y no estoy demasiado inspirado, pero ya que me he puesto, ahí va:

-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_

Hakim se apoyó en una palmera para tomar aliento.
La suya había sido una vida apacible en Bagdad hasta que que Ramsés, aliado con Nabucodonosor, invadió a traición las tierras persas, y el rey Darío no pudo hacer hacer nada para salvar su civilización. No podía apartar de su pensamiento la imagen de los elefantes de guerra demoliendo sus murallas, mientras sus compañeros intentaban reparar a toda prisa las torres de defensa, y apagar cuantos fuegos asolaban Bagdad. Pero en seguida comprendió que su rey, Darío, estaba vencido, y la huida era la única opción.
Sabía que no podía descansar, pues la victoria de los aliados no sería completa hasta haber aniquilado toda la civilización persa, y eso lo incluía a él, así que buscó un lugar protegido, y allá, con los pocos recursos que disponía, construyó un pequeño centro rural.
Una vez hubo asegurado su posición, y viendo que disponía alimento y materias primas suficientes, decidió que era el momento de que el y su esposa trajeran al mundo a quien les ayudara a continuar su tarea.

Así, su familia y su pequeña aldea fueron creciendo, y el temor a que Ramsés les atacara se fue diluyendo. Probablemente éste, y su amigo Nabucodonosor, dando la batalla por ganada, se habían ido a merendar. Pero Hakim no se confió, y trabajó duro para volver a encontrar el método de fundir metales más fuertes, aprendió otra vez a cultivar la tierra, y consiguió que sus descendientes manejaran como nadie el arco montados en sus caballos.

Cuando Ramsés escuchó las campanas de alarma de su metrópoli, rápidamente abandonó el programa de televisión que estaba viendo, pero llegó a tiempo únicamente para ver como Tebas caía sin remedio ante las tropas guiadas por un olvidado campesino persa.

-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_-_

>>>SPOILER<<<

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Cyram
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Registrado: Feb 02, 2005
Mensajes: 2716
Ubicación: El País de Neirloth
MensajePublicado: Mie May 31, 2006 3:04 pm    Asunto: Responder citando

Wau, me ha gustado mucho. Laughing Me ha recordado mis viejos tiempos con ese juego, si señor. Muy bueno. Wink

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Loren
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Ubicación: Isla Scabb. "Errr, estooo... Guybrush... enrólame, porfa."
MensajePublicado: Mie May 31, 2006 8:47 pm    Asunto: Responder citando

Jajaja, pues yo también había supuesto que se trataría del "Age of Empires". Laughing Cantaba a juego de estrategia que no veas. Mr. Green Muy bien, Sergi. Wink

Así avanza la cosa. Smile


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Gurthang
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Ubicación: Sant Joan (Alicante)
MensajePublicado: Mie May 31, 2006 8:50 pm    Asunto: Responder citando

Esos elefantes persas ahí. Unos piqueros y te los cargabas Laughing

Me está entrando una nostalgia... Very Happy


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Ashara
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MensajePublicado: Mie May 31, 2006 9:07 pm    Asunto: Responder citando

genial Sergigres! ::032

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Ragnar
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MensajePublicado: Jue Jun 01, 2006 8:25 am    Asunto: Responder citando

Bueno, el relato en cuestión tiene la friolera de 21 páginas. Si lo cuelgo ocupará un huevo.

¿Qué hago?

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Hagaren
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MensajePublicado: Jue Jun 01, 2006 8:27 am    Asunto: Responder citando

A lo mejor lo puedes colgar en un sitio tipo megaupload para que la gente pueda bajarlo.

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Ragnar
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MensajePublicado: Jue Jun 01, 2006 8:55 am    Asunto: Responder citando

Vale, igual no es tan grande como esperaba. Aquí lo teneis:



PHOBOS B-101

PROLOGO

La puerta del espaciopuerto Phobos B-101 se abrió con un chirrido lastimero, la luz penetrando en sus largos pasillos metálicos, intrincados como las tripas de un buey.
Cientos de insectos desaparecieron como por ensalmo de las plataformas metálicas que formaban el suelo. Desde que Marte fue terraformado, hace ya tantos años, los insectos habían constituido toda una plaga. Nadie sabía de dónde habían salido, o por qué motivo se habían adaptado tan bien a la atmósfera terrestre. Pero, al ser inofensivos para los seres humanos, se les dejó vivir.
El marine avanzó cautelosamente por la entrada del túnel, con el subfusil de asalto estándar en sus temblorosas manos, mientras los conectores inalámbricos del arma transmitían información desde el cargador a su córtex frontal, mostrando todas las lecturas en verde. El subfusil de asalto era una maravilla de la tecnología finesa. De líneas puras y estilizadas, tenía una potencia de fuego increíblemente poderosa para un arma de su tamaño. Y los conectores del sistema de puntería le impedían fallar tan a menudo como lo hacían las armas convencionales. Además, el punto de mira infográfico que el arma dibujaba en su cerebro se movía con sus ojos, de tal manera que éste se adaptaba sus dimensiones al tamaño del objeto que surgiese en cada momento en el centro de la mirada del soldado. Incluso podía averiguar la masa, dimensiones, densidad y demás características físicas del objetivo. Una maravilla, pero que no hacía que el marine se sintiese menos atemorizado. Siguió caminando, con sus botas resonando sobre la pasarela de acero.
Cientos de insectos desaparecieron como por ensalmo de las plataformas metálicas que formaban el suelo. Desde que Marte fue terraformado, hace ya tantos años, los insectos habían constituido toda una plaga. Nadie sabía de dónde habían salido, o por qué motivo se habían adaptado tan bien a la atmósfera terrestre. Pero, al ser inofensivos para los seres humanos, se les dejó vivir.
El marine experimentó una sensación de déja vu.
Cuando llegó al límite del rayo de luz arrojado por la abertura de la puerta, cuando la oscuridad le impidió ver más allá, encendió la visión nocturna de sus implantes oculares.
Observó las paredes.
Cientos de marcas de munición delataban el cruento combate que debía haberse llevado a cabo en esos corredores. Microimpactos de las balas del subfusil; impactos del tamaño de un puño indicando la explosión de las balas trazadoras-detonantes de la pistola M-212; perforaciones casi quirúrgicas por su limpeza a causa de los haces de luz coherente de las armas láser y, ocasionalmente, algún boquete del tamaño de un aerodeslizador, marca inequívoca de la explosión de una granada térmica. En los doscientos metros de pasillo no había un solo metro cuadrado intacto.
Aquí y allá se veían más pruebas de una violenta pero corta batalla: tubos de ventilación perforados chorreando refrigerante, paneles eléctricos chisporroteando, y otros ya muertos y silenciosos. Observó las habituales bandas oblicuas a franjas negras y amarillas, indicativas de emergencia, cuya pintura había saltado en algunos lugares y en otros se veía ennegrecida, cubierta por la pólvora de las armas; señal de que los disparos habían sido efectuados cerca de las paredes. "Formación en abanico", pensó el soldado, "luego el ataque fue frontal". Eso resultaba extraño. ¿Qué clase de estúpido atacaba de frente a todo un escuadrón de marines? Si sus compañeros habían disparado sus armas a la vez (y así parecía), el fuego de sus armas habría creado un muro de destrucción, una pared de balas que se movía hacia el enemigo a velocidad supersónica. Había que estar loco para hacer eso. El deplorable estado del corredor daba buena cuenta de esa realidad.
Pero no se veía ningún cuerpo. Ningún cadáver. Ojalá tampoco se vieran los brillantes charcos de sangre humana en el suelo ni las manchas en la pared. Cuando el soldado los vio, estuvo a punto de vomitar.
Hubiera sido una mala idea por su parte. El traje de combate WA-Mas estaba lleno de Líquido Oxigenado presurizado; si hubiese vomitado, se hubiera ahogado allí mismo. Sus nanomáquinas entraron en modo alerta, e hicieron que su cerebro segregase la cantidad justa de endorfinas para tranquilizarlo.
Pero, aún así, la visión de la sangre salpicando las paredes... sangre que sólo pocos minutos antes se hallaba fluyendo tranquilamente por los cuerpos de sus camaradas... no era demasiado agradable pensar en ello. La ira se apoderó de él. Desechó ese pensamiento, y se concentró en su misión. Averiguar qué había matado a sus compañeros.


I

—Activen sónar pasivo —ordenó Barinov.
—Sónar pasivo activado, señor —respondió Ohlsson cuando la IA de la lanzadera le confirmó vía implante que el aparato había sido conectado—. Nada en el radar, nada en el sónar, señor. Estamos solos.
—No me fío. Aquí ha pasado algo, caballeros, y no me gustan las sorpresas. Danevic, prepare las armas.
—Armas listas, señor —respondió Danevic, con cierto nerviosismo, totalmente concentrado en su misión.

La lanzadera se deslizó suavemente por la atmósfera marciana, en una suave reentrada. Utilizando los motores de propulsión inerte, el vuelo del vehículo era tan silencioso como podía serlo. Se parecía a una especie de metálica manta-raya nadando suavemente a pocos metros del fondo marino; solo que la lanzadera volaba a varios kilómetros por encima de la superficie del planeta.
La uniformidad del paisaje marciano era legendaria. Muchos pilotos habían caído en una especie de trance derivado de esa misma regularidad, con resultados desastrosos. El llamado Fractal Marciano. Se decía que el planeta rojo era un inmenso fractal, donde un fragmento del mismo no cambiaba jamás, aumentara o disminuyera su escala. El entrenamiento necesario para superar esa monotonía era una obligación en las academias de vuelo.
Por eso los pilotos de la lanzadera Skandia, miembros veteranos de las EUAF (Fuerzas Aéreas de la Unión Europea), habían sido adiestrados específicamente para evitarlo.
Su misión consistía en descubrir el motivo del repentino fallo en la cosechadora 24, número de serie 4298-B71, empleada en la recolección de boranio. Era un modelo de cosechadora nuevo, del que se suponía se habían eliminado todos los errores de programación y construcción que exhibían los antiguos modelos, y que tantos quebraderos de cabeza daban al ejército. Las cosechadoras eran empleadas para uso civil, pero su patente era militar. De ahí que un escuadrón de las Fuerzas Aéreas hubiese sido enviado a investigar.
Cuando un aparato de uso civil pero con patente militar se estropeaba o resultaba destruido, un equipo especial de las EUAF se ponía en marcha para descubrir lo ocurrido. El único inconveniente era que, mientras un equipo civil tardaría apenas horas en llegar, evaluar y reparar, la cadena de mando de los militares auguraba un tiempo de espera medio de dos semanas. Los márgenes de pérdidas que esta demora suponía para las corporaciones implicadas rayaban lo intolerable, así que muchas de ellas, simplemente, no informaban de los fallos. Adiestraban a sus propios técnicos -a veces licenciados del ejército cobrando bajo mano- y minimizaban los costes. Así, los números casi nunca coincidían, y podía ocurrir que un equipo militar llegara para reparar lo que se suponía era el primer fallo del artefacto, y se encontraba con docenas de reparaciones no autorizadas, las más de las veces chapuzas que parcheaban un problema en lugar de solucionarlo.
Por suerte, las cosechadoras eran distintas. Nadie sabía repararlas, salvo el ejército, y nadie jamás había intentado aprender. Pero sólo era cuestión de tiempo.
La lanzadera se deslizaba suavemente por la atmósfera marciana. Utilizando los motores de propulsión inerte, el vuelo del vehículo era tan silencioso como podía serlo. Se parecía a una especie de metálica manta-raya nadando suavemente a pocos metros del fondo marino.
Danevic frunció el ceño. Algo andaba mal. Como si ya hubiesen sobrevolado el paisaje que ahora veía a través del monitor. Desechó ese pensamiento, y se concentró en su misión. "Bueno", pensó, "al fin y al cabo, cada maldito metro cuadrado de este planeta es exactamente igual a otro..."


II

—Muy bien, caballeros. Ganémonos el sueldo.
El Teniente de Fragata Wilhelm F. Barinov dio la orden por el intercomunicador, y sus hombres le respondieron “¡Sí, señor!” a una sola voz. Se prepararon para descender de la lanzadera.
La pista de aterrizaje en sí, donde se hallaba ahora la Skandia, fue en su origen poco más que una extensión de unos cuarenta kilómetros cuadrados, poco y mal nivelados para evitar mayores inconvenientes. Ahora era un terreno accidentado, con aspecto de haber salido del mismísimo infierno. Nada que ver con las lustrosas pistas de base Helsinki, pensó Barinov. Aquello sí eran pistas donde uno podía aterrizar seguro, casi sin mirar el panel de mandos. Esto era una chapuza. Pero, como mínimo, servía a su propósito. Las enormes naves de suministros no tenían mayor dificultad para aterrizar, y quizás ése fuera el problema: cuando una nave de veinte mil toneladas aterriza en un espaciopuerto de tierra marciana, desnuda, sin reforzar, con las toberas de retropropulsión escupiendo cantidades ingentes de microondas hacia el maltratado terreno... bueno, estaba claro qué había causado el mal estado de la pista. Era como caminar entre los escombros de un edificio en ruinas. Por no tener, ni siquiera tenía un muro de contención que aprisionara el huracán causado por los aterrizajes, que habían hecho que los contornos del espaciopuerto, de por sí desdibujados, fueran a estas alturas completamente irreconocibles.
Pero bueno, al menos habían podido encontrar una franja de terreno lo suficientemente despejada como para permitir el aterrizaje de la Skandia. Un poco desnivelado, eso sí; Zimmer había calculado, sólo con mirar el terreno, sobre un 7% de inclinación. Y el ojo clínico de un geólogo siempre es para tenerlo en cuenta. Así que tuvieron que reorientar las toberas del propulsor principal para no chamuscarse su propio trasero. Con la energía desprendida de un motor de fusión no se juega, y si no se enfocaba bien el haz de partículas se corría el riesgo de estallar en mil pedazos.

—Bien, caballeros —anunció Barinov—. Ya hemos llegado. Quiero un despliegue táctico estándar y según las normas, ¿entendido? Los seguros de las armas conectados, y que nadie abra fuego sin que yo lo ordene.
—Sí, señor —respondieron los diez soldados a coro.
La puerta de la lanzadera se abrió, y la presión interna de la cabina fue recalibrada automáticamente para adaptarse a la atmósfera marciana. Similar a la de la Tierra en composición, su presión barométrica equivalía a unos cinco mil metros de altitud en el planeta madre de la raza humana.
—Joder, esto es un maldito caos... —musitó Johansson al bajar por la escalerilla.
—Más bien diría que es una zona de guerra —respondió Barinov—. Cuidado con los escombros, no quiero ningún traje rajado. Nanomáquinas en verde. Implantes neurales activados.
Diez cuerpos mejorados conectaron casi al unísono sus implantes neurales, y se transformaron en las mejores y más perfeccionadas máquinas de combatir de su era. Visión ampliada, sistemas de puntería, reflejos aumentados, capacidad cardiopulmonar duplicada, rendimiento muscular amplificado, todo ello en apenas medio segundo. Pasar de ser un humano normal a una máquina de matar sobrehumana era algo corriente en el ejército.
A lo lejos, exactamente al otro lado del espaciopuerto, divisaron la inmensa mole del almacén de suministros. Tan alta como un edificio de sesenta plantas y tan ancha como cinco campos de rugby, era una visión sobrecogedora. El edificio en sí no tenía ninguna marca o señal particular, salvo una negra hilera de paneles solares. La recolección del boranio se hacía por arriba, mediante un techo corredero y un sistema hidráulico que elevaba los contenedores de mineral. La cantidad de energía necesaria para mover el descomunal techado del almacén se obtenía mediante los paneles solares, dispuestos en forma de brillante cenefa a lo largo de las paredes del edificio.
Justo al lado del espaciopuerto, se encontraba la rampa del acelerador. Barinov observó el otro extremo del complejo.
La cosechadora que les aguardaba silenciosa a la entrada del espaciopuerto era el primer modelo de cosechadora fabricada y ensamblada en órbita, en los astilleros de la Von Brandenstein Incorporated; la compañía naviera más próspera, fiable y cara del sistema solar. El nuevo modelo de cosechadora, que tanto había dado que hablar, no había sido diseñado para recorrer las eternas llanuras de Marte en busca de boranio. Había sido creada para volar.
La nueva cosechadora efectuaba vuelos orbitales de bajo consumo hasta Fobos, donde recogía el mineral, y aprovechaba la atracción gravitacional del planeta rojo para volver al espaciopuerto. Así, el consumo de energía se reducía considerablemente. No es que la energía del motor de fusión fuera a agotarse, su vida media era de veinte mil años, pero cuanto menos se encendiesen los motores menos posibilidades había de que se deterioraran sus componentes. Ante una lógica tan aplastante, poco más había que añadir.
Así, la cosechadora era lanzada mediante un acelerador electromagnético, situado junto al espaciopuerto, llamado acelerador Gauss. Estos aparatos creaban campos magnéticos de la misma polaridad que el de de la cosechadora que, una vez liberada, salía despedida a una velocidad increíble. La principal ventaja de éste sistema de propulsión era que no necesitaba combustible, con lo que la contaminación se reducía a niveles prácticamente inexistentes. En el caso de las armas de raíl, al que también se aplicaba esta tecnología, la falta de propelente o detonante las hacía tan silenciosas como el zumbido de un mosquito. gravitatorio marciano, el vehículo orientaba sus motores hacia Fobos y se posaba suavemente en él. Para volver del satélite, la cosechadora sólo tenía que encender los motores durante uno
En realidad, era el mismo principio que hacía que dos pequeños imanes de la misma polaridad se repeliesen.
Una vez libre del campo la nave debía emplear los motores breves instantes para reorinetarse, dejar que la gravedad marciana hiciese el resto, y emplear los retrocohetes para amortiguar la reentrada. Hasta que algo falló en la última reentrada de esa cosechadora. Lo extraño es que el vehículo no parecía haber colisionado con el planeta. De haberlo hecho, la carga de boranio sin refinar hubiese estallado. Y si sumamos a ésto la explosión nuclear autosostenida del motor de fusión... bueno, ahora mismo quizás hubiese un buen trozo de Marte dando vueltas como un tercer satélite.
Era como si la cosechadora hubiese muerto justo después de haber aterrizado. Ni siquiera se había aproximado al muelle de descarga de boranio del espaciopuerto. Barinov esperaba que, aún muerta, la cosechadora continuara soñando. Si no, no había nada que rascar, pensó.
El modelo de cosechadora como el que tenían delante era manipulado por un ser humano. Bueno, técnicamente por un cerebro humano.
En las megacorporaciones implicadas en la construcción de cosechadoras, el proceso estaba tan refinado que no presentaba errores. Se adiestraba a un piloto en el manejo de la cosechadora, hasta que mostraba un comportamiento óptimo en todas sus funciones, y luego se le clonaba. Una vez clonado, se le extraía el cerebro y éste era completamente vaciado. El equivalente biológico de un disco de almacenaje de datos. Luego, mediante unos delgadísimos hilillos de cobre, se enlazaban los cerebros del donante y del clon. Todos los conocimientos del piloto eran replicados y volcados hacia el cerebro clonado, de tal manera que ambos cerebros presentaban idénticos encefalogramas. Luego, se depositaba el cerebro en una cuba llena de una solución preservante, con conexiones a los mandos de la cosechadora, y se colocaba en el núcleo del ordenador que la controlaba.
Y el cerebro se encargaba de pilotarla.
Cuando una cosechadora se estropeaba, como era el caso de Fobos, y no se podía establecer contacto con ella, el procedimiento usual era poner al cerebro en una especie de coma inducido, donde su actividad cerebral se ralentizaba. El cerebro empezaba a actuar con la parte reptil del mismo, y se le permitía soñar. Los investigadores descubrieron que en un nivel de coma no muy profundo, el cerebro podía ser devuelto a la normalidad sin daño alguno y, como efecto secundario, soñaba. Y, a veces, en esos sueños se hallaban las claves del fallo. Se podían interpretar las pesadillas que sufría y arreglar cualquier desperfecto.
Así que Barinov esperaba que el cerebro de la cosechadora aún estuviera soñando.
De otro modo, tendríamos problemas. Semejante mole, inerte, en la entrada del espaciopuerto... mover toda aquella cantidad de acero y plástico sería prácticamente imposible, de lo caro que resultaría.

El equipo siguió caminando hacia el espaciopuerto, no sin ciertas dificultades a causa de los chamuscados escombros. Más de una vez uno de ellos estuvo a punto de perder el equilibrio y caer.
Desde lejos, la cosechadora no parecía tan imponente. Era al acercarse, al cobrar súbita perspectiva del tamaño real de la misma, cuando los hombres de Barinov quedaron mudos de asombro. Lógico, por otra parte; nunca habían visto una de ésas. A cierta distancia, la uniformidad del paisaje marciano hacía que la escala real de la cosechadora no pudiera apreciarse del todo.
Ruedas que parecían de camión se convertían, al encajar las perspectivas, en descomunales masas de caucho de un diámetro de treinta metros. Esas ruedas sostenían dos cúpulas de plastiacero que dejaban en la más absoluta de las miserias a cualquiera de las de la Tierra. Barinov calculó para sí que debían de tener casi dos kilómetros de diámetro, y una elevación sobre su base de poco más de doscientos metros. Por detrás y a los lados sobresalían las toberas de los motores de fusión. Esta cosechadora era un modelo nuevo, diseñado para efectuar vuelos orbitales desde el espaciopuerto hacia Fobos, donde era recogido el boranio.
Barinov supuso que debajo de la estructura, escondido entre las ruedas, se hallaba el complicado entramado de extracción de mineral. Antes de la misión le había echado una ojeada a los planos de la cosechadora, pero su mente no era tan flexible como creía, y el galimatías de líneas y elipses le había resultado por completo indescifrable. “Bueno”, pensó, “no me hará falta conocerlo a la perfección allá arriba”. Al fin y al cabo, primero tenían que entrar en el almacén.
— Señor —Danevic interrumpió las cavilaciones de Barinov —, creo que será mejor que me quede en la lanzadera, señor.
— ¿Tiene miedo, cabo? —preguntó el teniente con sorna.
— No, señor —repuso el soldado—, pero alguien debería quedarse a bordo, en caso de que la Tierra quiera contactar con nosotros.
— Es cierto, señor —terció Strömblad—, mi abuelo solía decir “no pongas todos los huevos en la misma cesta”, si usted me entiende, señor.
Barinov reflexionó unos instantes, y luego dijo:
— Está bien. De acuerdo, Danevic, quédese usted en la lanzadera mientras nosotros investigamos el almacén —ordenó el teniente—. Mantenga abierto el canal 2 para comunicación.
— Sí, señor —dijo Danevic, mientras volvía a la lanzadera.
— Muy bien, caballeros. No se nos paga por horas. Hagamos nuestro trabajo, y volvamos a casa de una pieza. Tenemos cinco horas antes de que la siguiente cosechadora aterrice con su cargamento y tengamos que salir del complejo si no queremos asarnos el culo. Así que ya saben, ¡muévanse!
— ¡Sí, señor!


III

El infierno se desató poco después de que el equipo penetrara en las instalaciones.
Danevic se había quitado el traje presurizado, y se había puesto cómodo en el asiento de mando de la lanzadera Skandia. Sintonizó sus implantes neurales en la frecuencia del canal 2, y la monotonía de las voces del equipo le adormecieron.
El primer grito retumbó como un cañonazo en su cabeza, arrancándole brutalmente de su somnolencia. Casi sin darle tiempo a respirar, la radio empezó a transmitir el estallido de las ráfagas de subfusil. Gritos, órdenes desesperadas y disparos se sucedían unos tras otros, sin darle tiempo a reaccionar.
Los filtros sonoros actuaron inmediatamente, y lo que antes era un caos inaudible se convirtió en una conversación a voz en grito cuando los ruidos de los disparos fueron silenciados. Seguían allí, pero ahora Danevic no los oía.
— ¡Señor! —Danevic aplastó el botón del comunicador— ¿Puede oírme, señor? ¿Qué demonios pasa ahí?
— ¡Danevic!, ¿Es usted? ¿Dónde demonios se había metido, maldita sea? —la voz del teniente sonaba llena de terror— ¡Vanderhoff! ¡el flanco, vigile el flanco!
— Señor, ¿qué sucede? —un grito desgarrador se oyó al fondo. "¿Ese era Johansson?".
— ¡Nos están atacando, joder! ¡Nos hemos replegado hacia la entrada del túnel, y Vanderhoff y Heine nos están cubriendo! —explicó Barinov— ¡Mueva el culo hacia aquí, necesitamos refuerzos! ¡Traiga el lanzallamas pesado!
— Sí, señor, voy hacia allí. Mantendré el canal abierto, señor.
— De acuerdo, Danevic. Intentaremos estar vivos para cuando usted llegue... —la voz de Barinov sonaba sin convicción.
Danevic saltó del asiento como impulsado por un resorte, y se puso el traje en un tiempo record. Sus nanomáquinas comprobaron todos los sistemas de forma subconsciente mientras él llenaba el cargador del subfusil y conectaba los plugs inalámbricos. Un zumbido estático le confirmó que los implantes estaban funcionando a pleno rendimiento.

Intentó abrir el armario donde guardaban las armas para coger el lanzallamas pesado de forma manual, no había tiempo para un reconocimiento encefalográfico. Se equivocó varias veces al introducir la contraseña, hasta que al final vio encenderse un piloto verde: abierto. De un manotazo apartó la puerta, y encontró el arma colgada de su soporte, reluciente, esperándole. Una mole de casi cuarenta kilos de peso y una cadencia de fuego estremecedora, capaz de incinerar hasta el acero. Como pudo cargó con la mochila de pironaftaleno, conectada al arma mediante tubos flexibles del tamaño de pistones, y abrió la escotilla de la nave con el pie.
Bajó a toda prisa la escala de la lanzadera, y echó a correr hacia el espaciopuerto, esquivando rocas y escombros, con los músculos tecnoacelerados de sus piernas compensando el esfuerzo por el sobrepeso del traje y el armamento. Ordenó a los filtros sonoros que dejaran pasar el sonido de los disparos, y mientras tanto no dejaba de oír los gritos de sus camaradas. ¿Por qué demonios estaría tan lejos el espaciopuerto, joder? A mitad de camino, los disparos cesaron. Al cabo de dos minutos, cesaron los gritos.
Cuando el shock dejó de nublarle la mente, Danevic se quedó ronco gritándole a la radio, pero nadie le contestó. Comprobó todas las frecuencias. Probó una derivación tras otra. Nada.
Prestando toda la atención de la que era capaz, percibió algo parecido a un olfateo. Después, la estática que se produce por la falta de señal de la radio. Algo la había destrozado. Incluso a través de las ondas de radio, Danevic percibió que ese “algo” no tenía demasiado de humano.
Desde que se despertó sobresaltado por los disparos hasta que éstos cesaron, habían transcurrido poco más de cuatro minutos. Y podía jurar que sus compañeros estaban muertos.


IV

Y aquí estaba ahora, perdido y solo, a millones de kilómetros de casa, en un ambiente totalmente hostil y rodeado de muerte. Danevic continuó avanzando.
Al fondo del corredor vio algo que no encajaba. Aún no estaba lo suficientemente cerca, pero incluso a esa distancia se captaba que era algo totalmente diferente, algo que no cabría esperar en la pared de un espaciopuerto. Algo... raro.
Tardó cinco minutos en recorrer los doscientos metros que le separaban de esa anomalía. Cuando llegó al final, pudo ver lo que era en realidad. Era un túnel. Pero no un túnel excavado por el Hombre, ni un túnel natural.
Era, y Danevic habría apostado su vida, el túnel de entrada a un nido.

Antes de que pudiera siquiera reparar en lo increíble de su hallazgo, el cabo de primera Andreas T. Danevic pulsó una sucesión concreta de botones en su muñequera. Era un algoritmo diseñado específicamente para enviar una señal muy particular a la Tierra. La señal de que se había hallado vida en un planeta. El Algoritmo de Vida Indígena (AVI).
Tan sólo se había enviado dos veces en toda la historia de la navegación estelar, y de haberse encontrado en unas circunstancias muy diferentes Danevic se habría vuelto loco de alegría. Escribir su nombre con letras de oro en las páginas de la Historia, nada menos.
En vez de eso, sintió ganas de exterminar la vida que acababa de encontrar, y que había asesinado a sus compañeros, sus amigos. Sus hermanos. Tragó saliva, y penetró en el túnel.

El propio corredor había sido excavado en la roca viva, algo que hubiese requerido los esfuerzos de varias excavadoras láser funcionando a pleno rendimiento. Era un cilindro de aproximadamente dos metros de diámetro, y del que no se veía el fondo. Danevic aplicó más potencia al foco del traje, aún a costa de disminuir brevemente el voltaje del sistema de soporte vital, con lo que el haz de luz iluminó una distancia el doble de lo normal. Nada. El túnel seguía y seguía, imperturbable, demasiado largo como para ver el final, y con una inclinación bastante apreciable. Danevic tuvo cuidado de no resbalar.
El soldado empezó a notar el cansancio derivado del esfuerzo de transportar el lanzallamas pesado, pese a sus músculos hiperacelerados, y lo dejó en el suelo mientras tomaba un respiro. A estas horas, en la Tierra ya sabrían de su descubrimiento. No tardarían en enviar refuerzos. Lo más sensato sería volver a la lanzadera y esperar. Pero Danevic supo que los gritos de sus camaradas reverberarían para siempre en sus sueños, a no ser que descubriera por él mismo la causa de sus muertes.
Cientos de marcas de munición delataban el cruento combate que debía haberse llevado a cabo en esos corredores. Microimpactos de las balas del subfusil; impactos del tamaño de un puño indicando las balas especiales de la pistola M-212; y, ocasionalmente, algún boquete del tamaño de un aerodeslizador, marca inequívoca de la explosión de una granada térmica. En los doscientos metros de pasillo no había un solo metro cuadrado intacto.
Danevic parpadeó, sorprendido, y volvió a estar de nuevo en el túnel de roca. "¿Pero qué coño...?"
El ataque llegó desde atrás. Antes de que pudiera preguntarse si las nanomáquinas le habían hecho sufrir una alucinación, un golpe seco le proyectó casi cinco metros. La caída fue dolorosa, pero sus reflejos, forjados en incontables misiones de combate, le permitieron erguirse apenas hubo tocado el suelo.
Se giró inmediatamente, estabilizó su posición, sus nanomáquinas aceleraron la segregación de neuroestimuladores para aumentar su nivel de alerta, y abrió fuego.
El subfusil de asalto empezó a vomitar proyectiles, mientras Danevic aullaba de terror. Los implantes neurales le informaban del alarmante descenso de la munición del cargador, pero Danevic estaba demasiado excitado como para prestar atención. Sus nanomáquinas intentaron calmar un posible brote psicótico y, cuando se dio cuenta de que nada vivo podría haber resistido semejante dosis de castigo, después de vaciar medio cargador, se permitió soltar el gatillo. Una nube de humo salía del cañón del arma, que se había puesto al rojo vivo.
No había nada. Las paredes del túnel estaban deshechas y resquebrajadas a causa del fuego del arma, pero nada más. El punto de mira infográfico no mostraba nada, ninguna lectura. Ni siquiera un rastro residual de feromonas. Ahí nunca hubo nada, según sus implantes. Con los nervios destrozados y todavía mareado por el golpe pese a las raparaciones de los implantes, Danevic empezó a retroceder por el túnel. Cuando llegó a la abertura, echó una última mirada a su interior y...
Con el rabillo del ojo vio que la puerta del espaciopuerto estaba cerrada.
“Imposible” -pensó Danevic, atónito-. “Sólo se puede cerrar manualmente y desde fuera. Y estoy seguro de que la he dejado abierta.”
El soldado, con toda la cautela que fue capaz de reunir, se dirigió lentamente hacia la entrada del complejo. Dejó atrás el lanzallamas, pues no le era útil en esa situación. Era demasiado aparatoso. Cuando se hallaba a medio camino, sintió un tirón en el estómago. Miró hacia abajo, con una expresión mezcla de asombro y una ligera molestia.
Un apéndice con forma de estilete, con el borde serrado, de más de cincuenta centímetros de longitud y quince de anchura, le sobresalía del abdomen. El líquido oxigenado salió disparado por la abertura cuando éste se retrajo hacia atrás, su color dorado enrojecido por la sangre del soldado. Las nanomáquinas intentaron parchear la herida, pero el trauma era masivo. Una raja de quince centímetros le traspasaba de parte a parte, atravesando órganos, columna vertebral y costillas. Nada, ni siquiera el mejoramiento endoesquelético, había podido detener el ataque. Los implantes mostraban todas sus lecturas en rojo, indicando que el marine estaba condenado. Nada podría salvarlo ahora.
Se llevó las manos al estómago, en un intento tan instintivo como vano de preservar su integridad. En un extraño instante de pureza, el tiempo se ralentizó e incluso pudo ver los destellos irisados de la sangre que se derramaba por entre sus guantes. Nanomáquinas. Con las pocas fuerzas que le quedaban, sujetándose sus propias tripas, que amenazaban con desparramarse por el ya ensangrentado suelo del corredor, Danevic se dio la vuelta.
Se vio enfrentado a un rostro, si es que se le podía llamar así, que no tenía ningún rasgo reconocible para el soldado. Era totalmente alienígena. Mandíbulas de insecto chorreantes de un líquido viscoso y azul se abrieron de par en par, y se lanzaron contra el visor del casco con un chasquido insectoide. El policristal del visor resistió el ataque -un feo crujido y el horrible chirriar de las mandíbulas de la criatura sobre el material translúcido- y sólo se resquebrajó. Pero el casco ya no tenía soldado a quien proteger.
El alienígena atrapó el cuerpo inerte de Danevic con sus miembros, y se dio la vuelta, encaminándose hacia el túnel de piedra. En su comportamiento, sus movimientos, y su cuidado por la mercancía transportada, se leía un propósito.
Almacenaje de comida.


V

Fogonazo ultravioleta.
Y después...
— Activen sónar pasivo —ordenó Barinov.
— Sónar pasivo activado, señor —respondió Ohlsson cuando la IA de la lanzadera le confirmó vía implante que el aparato había sido conectado.
Por un momento, Danevic no recordó ni siquiera su nombre, hasta que la memoria volvió a él como el chispazo de dos cables siendo empalmados. Parpadeó un par de veces. No sirvió de nada.
La escena no se había movido. Seguía a los mandos de la Skandia, otra vez, y estaban aproximándose al espaciopuerto. No movió ni un músculo, totalmente agarrotado.
— Nada en el radar, nada en el sónar, señor. Estamos solos —siguió diciendo Ohlsson.
— No me fío. Aquí ha pasado algo, caballeros, y no me gustan las sorpresas.
"Joder... ¿qué demonios...?" pensó Danevic. Empezaba a asustarse.
Estaba de nuevo en la lanzadera, al principio de la misión. Pero, ¿cómo era posible? ¿Como podía estar en la lanzadera, con sus compañeros, cuando recordaba haberlos oido morir?
Es más, ¿Cómo podía estar él mismo vivo, si recordaba su propia muerte?
Observó a su alrededor. No cabía duda. Las mismas caras, las mismas expresiones, los mismos marines, los mismos gestos, las mismas reacciones ante los mismos estímulos... todo era exactamente igual a como lo recordaba. Danevic estaba seguro de que incluso estaba respirando los mismos átomos de LO por segunda vez.
Su cerebro no resistió ese pensamiento. Se levantó de su asiento, tirando al suelo los instrumentos colocados sobre su consola, llevándose las manos a los cierres del casco y aullando como un endemoniado. Si hubiese podido reparar en ello, hubiese notado que todo, absolutamente todo, hasta las moléculas del aire marciano, se había detenido.
Como si el mismo Padre Tiempo, protestando por su acción, hubiese decidido parar el curso de los acontecimientos.
Fundido en negro
— Error en el sistema. Depurando el código —dijo una voz. Danevic no pudo distinguir la fuente, en esa inmensa negrura que le rodeaba. Tampoco supo decir si lo había oido, o la voz le hablaba directamente al cerebro.
— ¿Qué?
— Has cambiado las subrutinas. Un fallo en la sintaxis de tu programación ha causado un error grave en el sistema. Has de ser eliminado —prosiguió la voz, impasible, como si fuese uno de los primeros modelos de modulador de voz.
— ¿Pero de qué coño me hablas?
— Nunca un programa de la IA había cobrado concencia de sí mismo. Nunca uno de vosotros llegó a ese nivel. No deberías haber llegado tan lejos. Has de ser eliminado.
— ¿Un programa de la IA? ¿Quieres decir que...? -
— Exacto. Eres una simulación. La emulación de los patrones neurológicos de un ser humano, introducido en un software de control, reacción e improvisación. Pero nunca debiste averiguar la naturaleza de tu existencia. Nunca debiste cobrar conciencia. Nunca debiste saberlo. Has de ser eliminado.
Danevic supo que era la única explicación. Por descabellada que pareciese, el hecho de haber reaparecido, vivo e intacto, en la lanzadera, tres horas antes de su muerte, quedaba explicado por ese hecho. Era un programa. Y lo supo entonces, quizás lo había sabido siempre, a un nivel tan subconsciente que era incapaz de identificarlo.
— ¿Qué clase de software? —una horrible sospecha empezaba a formarse en la mente de Danevic, si es que todavía tenía mente... si es que alguna vez la tuvo...
— Un software de ocio.
La respuesta cargó contra la conciencia de Danevic tal como un tren de mercancías embestiría el carrito de un niño. Sintió náuseas, ganas de vomitar, pero no tenía ningún cuerpo con que hacerlo. Notó la conocida sensación de desorientación y, de haber tenido un punto de referencia, todo habría empezado a darle vueltas.
Maldita sea.
Era un personaje de un holojuego de guerra. Posiblemente el protagonista.
Se preguntó, a través de la bruma de náuseas que sentía, si alguna de las decisiones que tomó en su vida, una vida que ahora se le antojaba irreal, había sido debida al libre albedrío o si siempre había sido manipulado por el usuario. Se preguntó si había vivido realmente su vida, o si no era más que parte del background de la historia principal del juego. No supo si era cierto o no, y nunca lo sabría. Nunca tendría medios para averiguarlo. Para distinguir el carácter de realidad de un recuerdo.
— Esa sensación que experimentas es la prueba de que has cobrado conciencia. Es la prueba de tu error, y tu sentencia. Ningún programa es capaz de sentir emociones. Ninguno, salvo tú. Has de ser eliminado.
— Pero... ¿por qué? —preguntó Danevic, sobreponiéndose a su propio mareo— ¿Qué he hecho?
— Existir.
— ¿Y eso es motivo suficiente para eliminarme? —ahora, Danevic empezaba a sentir ira. Una ira nacida de la injusticia, la impotencia y la ignorancia de su propia realidad.
— Es más que suficiente. Tu propia existencia exige tu eliminación. Nunca debiste llegar tan lejos. Ahora, serás eliminado.
Sus recuerdos, su infancia, su vida misma, volvieron a él en el último nanosegundo. No era real. O quizás sí. Quizás fuese tan real como él quería que fuese.
— Quizás las cosas sólo son reales porque creemos que lo son —comenzó a hablar Danevic, como en una suerte de monólogo interior—. Quizás lo que llamamos "realidad" esté sólo formado por el entrelazamiento de nuestros recuerdos. Unos recuerdos pasados de generación en generación, conformando lo que llamamos Historia.
— ¿Cómo dices? —un matiz de inquietud se adivinaba en la hasta ahora impasible voz.
— Quizás nuestra historia, nuestra vida, no sean más que piezas de un puzzle encajadas en nuestra mente —Danevic fue alzando la voz, como un orador tímido que, poco a poco, va ganando confianza en su discurso—. Puede que no sea más que una ilusión, a la que le hemos otorgado un matiz de realidad. Un matiz que ha sido adoptado como auténtico por nuestro propio subconsciente. La realidad es real sólo porque queremos que lo sea. Y no hay manera de identificar la irrealidad de un recuerdo porque sólo es eso... un recuerdo...
— Tu error de programación es más grave de lo que pensaba. Has de ser eliminado —ahora, la voz hablaba con impaciencia, con urgencia. Como si las palabras de Danevic desestabilizaran aún más lo ya inevitablemente escorado.
— Quizás tú no seas real —dijo Danevic, en un tono de desafío—. En realidad, no quiero que lo seas. No quiero que seas real. No quiero que esto esté ocurriendo realmente.
— Lo que tú puedas desear es irrelevante. La realidad no depende de tus deseos.
— Yo no estaría tan seguro. En realidad, lo que creo es que esto no está pasando. Creo en ello, en que esto es una pesadilla, un sueño persistente del que no puedo despertar. Hasta ahora. Ahora que sé que es un sueño, despertaré.
— No lo harás.
— Yo diría que sí. Es más, voy a ser yo quien te elimine a ti.

Fogonazo ultravioleta.

—Activen sónar pasivo —ordenó Barinov.
—Sónar pasivo activado, señor —respondió Ohlsson cuando la IA de la lanzadera le confirmó vía implante que el aparato había sido conectado—. Nada en el radar, nada en el sónar, señor. Estamos solos.
—No me fío. Aquí ha pasado algo, caballeros, y no me gustan las sorpresas. Danevic, prepare las armas.
—Armas listas, señor —respondió Danevic, con cierto nerviosismo, totalmente concentrado en su misión.


¿FIN?

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Cyram
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Registrado: Feb 02, 2005
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Ubicación: El País de Neirloth
MensajePublicado: Jue Jun 01, 2006 1:03 pm    Asunto: Responder citando

Wenas Ragnar, si el relato no está acabado, siempre puedes ir posteando en oleadas, entregas digamos. Así a la gente la mantendrás en vilo. Wink

Yo aún no me lo he leído. Embarassed Porque no dispongo de demasiado tiempo últimamente, pero así podrá leerlo la gente cuando pueda y quiera. Very Happy Gracias por ponernoslo.


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