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Convocatoria de Relatos Portada Mayo

 
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Endegal
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Registrado: Jan 30, 2005
Mensajes: 9364
MensajePublicado: Vie Mar 24, 2006 5:17 pm    Asunto: Convocatoria de Relatos Portada Mayo Responder citando

Convocatoria de Relatos Portada Mayo

Quien quiera optar a ver publicado su relato en portada el mes de Mayo, deberá dejarlo posteado aquí.

- Extensión máxima 2500 palabras.
- Plazo: Se admitirán relatos hasta el 15 de Abril. El comité tendrá 15 días para seleccionar (hasta mayo).
- Importante: Los relatos posteados aquí son versiones definitivas, con lo cual:
El Autor debe poner extremo cuidado en cuidar la redacción y las faltas de ortografía.
- Este post sólo sirve para recoger los relatos que entran en convocatoria para primeros de Mayo, con lo que no se admitirán comentarios de los relatos. Cuando los relatos se publiquen en portada, se habilitará un post para que cada uno de ellos pueda ser comentado. Cualquier comentario en este hilo será borrado.
- El Comité elegirá por medio de votación privada qué 2 relatos pasarán a la portada de Mayo. Si no hubiera relatos suficientes o no alcanzaran una calidad mínima, el comité podrá designar un relato de concurso (TDL IV - TDL V - Navideño) para suplir esa falta.

Aunque nadie ha puesto pegas el mes anterior, esto sigue siendo un sistema provisional: las dudas y discusiones aquí: https://www.sedice.com/modules.php?name=Forums&file=viewtopic&p=395473#395473



Ultima edición por Endegal el Mie Abr 26, 2006 3:46 pm, editado 1 vez
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hamelin
Leyenda
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Registrado: Feb 12, 2005
Mensajes: 5371
Ubicación: A 11' del Meridiano 0
MensajePublicado: Sab Abr 08, 2006 8:29 am    Asunto: Responder citando

Cita:
Me animo con un cuento de factura clásica. Algo largo, me temo, pues roza el límite de las 2500 palabras. Quiero agradecer a Athor su ayuda con la pequeña pincelada de hebreo que aparece en el relato




El sueño del orfebre

El fuego consumía la aldea rebelde, iluminando el cielo de Flandes. Aquella fría noche de invierno, don Alonso me contó su extraña historia.
Era don Alonso un viejo soldado. Tan viejo, en verdad, que su trabajo se limitaba a dirigir a los forrajeadores de la compañía, pues el capitán, con buen criterio, lo mantenía alejado del fragor del combate.

—Han pasado más de treinta años —comenzó, mientras observaba las llamas que se elevaban sobre los restos de la aldea— y aún me estremezco ante la visión del infierno que el hombre es capaz de desencadenar en la Tierra con su codicia y su egoísmo.
—No os entiendo, don Alonso — repliqué — ¿De qué habláis?
—De Roma —respondió con tono melancólico—; y con voz temblorosa me relató lo que sigue:



Contaba yo, por aquel entonces, unos trece o catorce años y poca o ninguna inclinación por los oficios manuales, así, que decidí probar fortuna enrolándome como tambor en las compañías que viajaban a Italia para unirse al ejercito imperial comandado por don Hugo de Moncada.
El padre de nuestro rey tenía algún pleito con el monarca francés y nosotros acabamos guerreando contra el Papa. No me preguntéis por tan extraña carambola, sólo soy un soldado y de política nada entiendo. Podía relataros, en cambio, las zozobras que en el alma de un muchacho causa su primer contacto con la guerra y sus miserias, que son mayores que sus glorias, pero alargaríamos mucho la historia y la noche es fría y la leña del fuego se consume con rapidez; vayamos pues al meollo del asunto.
Tras varios meses de hostilidades el ejercito del emperador se presentó en Roma. Formaban la milicia italianos, españoles, como yo, y un número más que considerable de mercenarios alemanes, de esos llamados lansquenetes; una tropa de bastardos luteranos que odiaban al Papa. Quiso la mala fortuna que frente a los muros de Roma un arcabuzazo matara a nuestro general, el condestable de Borbón. La noticia, lejos de desanimarnos, enardeció a los nuestros, que se lanzaron, encabezados por los españoles, a un feroz asalto y al poco las defensas de la ciudad cayeron.
Pido a Dios cada día que borre de mi memoria aquellas jornadas fatales. El saqueo no respetó ni lo más sagrado, se quemaron conventos e iglesias y la Muerte no reparó en si sus elegidos vestían sotana o uniforme. Ni si eran niños, mujeres o ancianos. No he dejado de preguntarme si tanta sangre derramada en lugar santo no tuvo mucho que ver con lo que a continuación os sigo contando.

Sucedió que un alférez, al que le había caído en gracia, me tomó bajo su protección y con él y algunos soldados más del regimiento nos dedicamos a recorrer las calles de la ciudad buscando algún botín con el que mejorar nuestra menguada soldada. No pocos peligros nos acecharon en nuestra aventura. El alférez le partió la cabeza, desde la frente hasta la barbilla, a un lansquenete que pretendía forzar a una novicia. «Una cosa es robar el oro de los cardenales y otra, muy distinta, violar monjas, Alonsillo» me dijo, mientras limpiaba el filo de su mandoble.
Al fin, nuestros pasos nos llevaron a una oscura callejuela y allí encontramos el taller de un orfebre al que la suerte o el destino habían preservado, hasta aquel momento, del saqueo. Entramos en el lugar y hallamos al artesano atareado en un banco con sus herramientas, como si todo el caos que reinaba en la ciudad no fuera con él. Era un hombre enjuto y pequeño, de unos cincuenta años, totalmente vulgar de no ser por su mirada. Porque al levantar la vista un instante para mirarnos vi en sus ojos oscuros el brillo de la más absoluta locura, como nunca lo he visto en ser humano alguno. El alférez se detuvo frente a él.

—Tranquilizaos buen hombre—le dijo sonriendo— Sólo os pido que colaboréis con el emperador para mantener a sus soldados.
El orfebre miró al alférez un momento y volvió a su trabajo.
—Ya está. Ya casi está acabada, sólo falta la cadenilla —murmuró. La convivencia diaria con los mercenarios italianos del ejercito imperial me facilitó comprender, mejor que peor, lo que el artesano farfullaba.

Nuestros camaradas comenzaron a llenar sus bolsas con los objetos de valor que encontraban en el taller, haciendo caso omiso del dueño. Pero el alférez y yo nos quedamos observando como trabajaba el orfebre, el cual no pareció dar importancia a la rapiña que se producía ante sus narices. En aquel momento terminaba de engarzar una cadenilla de plata en lo que parecía una llave de extraña factura. Medía dicha llave al menos un palmo de largo y era de un color similar al de la plata, pero más brillante y azulado. Las guardas estaban caladas con el más fino y complejo diseño que he visto nunca en una llave y me cuesta imaginar la cerradura que se adaptara a ellas. El astil labrado de tal forma que asemejaba el tronco retorcido de un árbol y el ojo, circular y grande, era un Leviatán que se retorcía varias veces sobre su cuerpo. La cabeza del monstruo llegaba hasta el centro de la empuñadura y mordía una pequeña esmeralda.

—Hermosa obra.—dijo el alférez, la vista clavada en la llave— ¿Es para la puerta de algún palacio?

El orfebre levantó la cabeza y lanzó una amarga carcajada.

—¿Palacio decís? Tal vez el de Morfeo. Sueño con esta llave todas las noches desde hace semanas. Cada detalle, cada filigrana, aparecen en mis sueños y me acosan. Me levanto agotado, pero incapaz de resistir el impulso de sentarme en este banco y terminar mi obra. Nadie la ha encargado, pero estoy seguro que su dueño vendrá a buscarla. Tal vez hoy mismo, pues acabada está. Y cuando se lleven la maldita llave podré, al fin, dormir.

Pensé para mí que el orfebre era un pobre loco, sin embargo, la visión de la extraña llave me turbó. En cambio, el alférez, pareció más interesado aún en ella y la codicia brilló en sus ojos.

—¿Me dejáis verla? —dijo al tiempo que extendía su mano hacia el objeto.

Una expresión de pánico se dibujo en el rostro del artesano. Intentó impedir que el alférez tocara la llave, retirándola del banco, pero el oficial fue más rápido y ambos forcejaron por la propiedad de la llave. Y durante un suspiro, un rayo de sol que entraba por un estrecho ventanuco iluminó las guardas de la llave y estas proyectaron una sombra agrandada sobre una pared, dibujando algo sobre ella:



El alférez y el artesano lucharon durante un minuto. Sus caras contraídas por el esfuerzo y la rabia. El resto de los soldados habían salido ya del taller. Al fin, la juventud y la fuerza del alférez se impusieron y el orfebre soltó la llave, con tan mala fortuna, que trastabilló hacia atrás y cayó de espaldas, golpeándose la cabeza con un pesado arcón que descansaba en una esquina del cuartucho. Quedó tendido en el suelo y un charco de sangre, oscuro y pegajoso, comenzó a extenderse bajo él, y sus ojos se tornaron vidriosos.

—¡Maldito infeliz!—jadeó el alférez—Morir por tan poca cosa. Miró la llave y se la colgó del cuello con expresión satisfecha.

—Perdonad, señor oficial, creo que tenéis algo que me pertenece.

Nos volvimos bruscamente para ver quien hablaba. Una vieja, acompañada de una niña, nos observaba desde el umbral de la puerta. Jamás vi cara más arrugada que la de aquella anciana. Matusalén habría parecido joven a su lado. Tapaba su cabeza con una toca de paño basto, como el resto de su indumentaria, mas, me pareció que bajo la toca no le quedaba ni un pelo a aquella bruja. La vieja sonrió y para mi sorpresa comprobé que tenía todos los dientes en su sitio y, al parecer, en perfecto estado. La niña no era menos siniestra. Debía tener unos diez años y la piel tan amarillenta como los que sufren tercianas, con unas ojeras profundas y oscuras como pozos de brea. A tan enfermiza faz unía una constitución escuálida y tenía, en general, todo el aspecto de haber pagado ya su viaje al barquero.

—Deberíais recogeros en vuestra casa anciana. No son días para pasear con vuestra nieta por las calles —contestó el alférez. Me pareció apreciar cierta alarma en su voz.
—¡La llave!—gritó la vieja. Y avanzó un paso.
—¡Quedaos donde estáis, vieja del demonio! —el alférez estaba realmente asustado y llevó su mano a la empuñadura de la espada.

La anciana se detuvo, pero la niña se acercó y rozó con su manita blanca la cara del alférez. Este pego un respingo y saltó como si le hubieran aplicado un hierro candente. Pero se rehizo al instante y salió precipitadamente del taller, empujando a un lado a la vieja. Le seguí raudo, deseoso de dejar aquel lugar.
El resto de los soldados habían desaparecido. El alférez y yo volvimos al campamento sin sufrir ningún contratiempo y con la llave colgada del cuello de el alférez como único premio a nuestras correrías.


—Déjame ahora, Alonso —me dijo al llegar a la tienda que compartía con otro par de oficiales.— Estoy fatigado. Me tumbaré un rato a descansar.

Ciertamente, su rostro se veía ceniciento y gruesas gotas de sudor resbalaban por su frente. Aferró con un gesto que parecía más instintivo que deliberado la llave que colgaba de su cuello. Sus nudillos se tornaron blancos y una gota de sangre se escurrió entre sus dedos. Abrí la boca para decir algo, pero el alférez, sin despedirse, se metió en la tienda.
Me encogí de hombros y decidí ir a buscar algo sólido con lo que calmar mí tripa, la cual, en huelga desde el día anterior, empezaba a protestar de forma sonora. Como quiera que mi paso por la milicia había aguzado mi ingenio, no me costó demasiado conseguir, con algo de gracejo y algo de mano larga a partes iguales, algo de pan, una estupenda morcilla y un poco de frangisello, un condimento al que eran muy aficionados los mercenarios italianos. Satisfecho con mi botín, volví a la tienda del alférez, con la intención de compartir con él aquellas viandas.
Lo encontré tumbado en su jergón, y comprobé que en el poco rato que estuve deambulando por el campamento había experimentado un cambio terrible. Su cara parecía de pergamino, jadeaba como si le costara respirar y su camisa estaba empapada en sudor. Un olor húmedo, dulzón y nauseabundo apestaba la tienda. Me miró con ojos turbios, inyectados en sangre. Su mano seguía aferrada a la maldita llave.

—Alonsillo, muchacho —dijo con dificultad.— Me muero de sed. ¿Me traerás algo de agua?

Asentí impresionado y, dejando la bolsa con la comida, agarré un cántaro y salí de la tienda.
Al salir tropecé con alguien. Era la anciana que nos había salido al paso en el taller del orfebre; esta vez iba sola. Me miró largamente, de arriba a abajo. Sus labios se estiraron en una mueca cruel.

—¡Ah, eres tú, Alonso! —me dijo con familiaridad.

¿Conocía mi nombre? ¿Lo había oído en el taller? Me estremecí. La vieja no dejaba de mirarme, con la misma mirada que un matarife dirige hacia un cordero. Yo, paralizado, tampoco podía apartar la vista de ella. Su sonrisa se ensanchó y la piel de su cara se estiró de tal forma que creí ver como llegaba a abrirse en los pómulos y en la frente, mostrando el gris sucio del hueso. Y sus ojos se hundieron en las cuencas, hasta que sólo quedó un pozo negro y un punto brillante que me miraba desde el infinito. Y aquella cosa levantó su brazo, y su mano sarmentosa se movió hacia mí. Para tocarme. Pero a una pulgada de mi hombro, la mano vaciló primero, se detuvo y, finalmente, se retiró. El rostro de la vieja volvía a ser normal, si es que alguna vez había dejado de serlo. Me dio la espalda y entró en la tienda, pero mientras cruzaba el umbral se volvió un instante y me enseño, de nuevo, aquella sonrisa terrible.

—Hasta la vista, Alonso —se despidió.

El cántaro cayó de mis manos y sentí como se humedecían mis calzones. Di media vuelta y corrí como alma que lleva el diablo.



Don Alonso hurgó con la punta de su espada en la fogata, levantando un enjambre de pequeñas chispas. Miró pensativo en dirección a la aldea incendiada.

—Ni siquiera recuerdo su nombre —murmuró para sí mismo. Luego me miró como si no se hubiera dado cuenta de que yo estaba todavía allí—. El del alférez —aclaró. —Lo encontramos muerto en su tienda. El físico diagnosticó “alteración súbita de los humores del cuerpo”, que en cristiano venía a decir que no tenía ni idea de la causa del fallecimiento. Antes de que levantáramos el campamento, muchos más cayeron abatidos por la peste. El ejercito, diezmado por la enfermedad y las deserciones, estuvo a punto de sucumbir, pero, milagrosamente, consiguió abandonar Roma y derrotar al ejercito francés que venía a nuestro encuentro. Supongo que Dios, después de todo, estaba de nuestro lado y aquella guerra terminó.

—No sé que deciros don Alonso –fue lo único que me aventuré a responder.

—Tranquilizaos —me replicó, meneando la cabeza— Tal vez sólo sean fantasías de un viejo al que se le van secando los sesos. Pero..., una vez oí decir a un fraile dominico que la Muerte y la Enfermedad, saliendo de la cabeza de Lucifer, se apostaron en la puerta del Infierno.

—¿Entonces, esa llave...?

—¿Si era la llave del Infierno? No lo sé —apoyándose en su espada, don Alonso se levantó y me miró fijamente— Sólo sé que cada vez que hacemos esto —y señaló con la punta de su espada a la aldea— abrimos una nueva puerta al Infierno y llegará el día que serán tantas las puertas abiertas que no podremos distinguir entre el Infierno y la Tierra, y todo será lo mismo.

—Pero vos...

—Si —me interrumpió—, adivino lo que pensáis. ¿Por qué sigo siendo soldado si pienso así? —levantó su espada y la contempló. La luz del fuego se reflejaba en su filo— Porque no sé hacer otra cosa y porque..., porque Ella así lo quiso, desde aquel día en que me perdonó. Pero pronto nos volveremos a encontrar y ahora no soy un niño asustado. Ahora la miraré a la cara y no huiré.

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Endegal
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Registrado: Jan 30, 2005
Mensajes: 9364
MensajePublicado: Mar Abr 11, 2006 9:19 am    Asunto: Re: Convocatoria de Relatos Portada Mayo Responder citando

Endegal escribió:

....

- Este post sólo sirve para recoger los relatos que entran en convocatoria para primeros de Mayo, con lo que no se admitirán comentarios de los relatos. Cuando los relatos se publiquen en portada, se habilitará un post para que cada uno de ellos pueda ser comentado. Cualquier comentario en este hilo será borrado.
....
....
Aunque nadie ha puesto pegas el mes anterior, esto sigue siendo un sistema provisional: las dudas y discusiones aquí: https://www.sedice.com/modules.php?name=Forums&file=viewtopic&p=395473#395473


Con lo cual, he trasladado los comentarios al hilo pertinente Wink

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Gilgwaith
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Registrado: Feb 09, 2005
Mensajes: 6163
MensajePublicado: Mie Abr 26, 2006 1:14 pm    Asunto: Responder citando

Hola compañeros de TDL. Aquí presento un relato que hemos escrito en colaboración un servidor y Thyra. Esperamos que os guste. Como se ha superado el plazo de presentación, en cuanto salga publicado el hilo para el siguiente mes trasladaré el relato. Sentimos no haberlo colgado antes, pero nos ha sido imposible.
Como se dijo en su momento, al ser Thyra una miembro de la Junta Rectora que seleciona los relatos de portada, cuando entre como seleccionable, ella se abstendrá, faltaría más. Wink

Un saludo a todos.



Dios salve al Rey


A través del gran ventanal podía verse como la espesa negrura nocturna comenzaba a clarear coincidiendo con el alba. No hubo estrellas a las que recurrir ni suplicar en aquella trágica noche, y tampoco la llegada del amanecer traía nuevas esperanzas al pequeño reino.

En la fría y lúgubre cámara, apenas iluminada por el resplandor de una solitaria vela, un cuerpo flaco y famélico yacía sobre una vetusta cama. La habitación, que en otro tiempo fue alumbrada por centenares de cirios y caldeada por grandes fuegos, era ahora la sala más triste de todo el palacio.

Althumir se hallaba sentado junto al lecho de su padre. El cuerpo del joven se estremecía entre sollozos mientras aferraba en sus manos un enorme almohadón de plumas. Titiritando de frío y de miedo tras haber leído la nota del Rey, se veía incapaz de llevar a cabo la última petición del soberano.


«Querido Althumir:

Si Dios es benévolo, hoy es el día en el que, al fin, alcanzarás La Corona. No habría podido encontrar mejores manos en las que dejar el Reino. Sé que pondrás todo tu empeño en no fallar ni a mi recuerdo ni al país que te lego y dejo por derecho. Sé que asumirás tu cometido con todas las virtudes que he visto crecer y brillar en ti cada día. Y precisamente por eso, estoy convencido de que tus súbditos te amarán tanto como yo te he amado.

Aquí debería terminar esta pequeña nota de despedida. Ahora mi cuerpo debería descansar en el cómodo abrazo de la tierra tras haber alcanzado una muerte gloriosa en el campo de batalla; una muerte de la que tú, hijo mío, pudieras estar orgulloso, y sobre la que los bardos compusieran las más bellas odas que se cantaran durante décadas. Pero no es así. Dios, en pago de algún pecado que desconozco, pero que ha debido de resultar ofensivo a sus ojos, ha querido para mí una agonía lenta y dolorosa que me ha mantenido postrado en mis aposentos largo tiempo.

Esta muerte en vida me ha tenido alejado de mis obligaciones como soberano, consumiendo lentamente mis fuerzas y mi cuerpo. Sin embargo, Althumir, lo que más duele a este corazón carcomido por la enfermedad, es que también me ha tenido alejado de ti. Las infinitas horas que he pasado postrado en esta cama las he agotado recordando el pasado y, lo reconozco, lamentándome de mi cruel destino.

He sido muy feliz viéndote crecer. Parece que fue ayer cuando corrías por las estancias del palacio con media guardia detrás de ti, tratando que nada te ocurriera. A veces, cuando me sumo en uno de mis sueños profundos, soy capaz de tocar tus cabellos rizados con mis gruesos dedos, a veces incluso puedo sentir el aroma de tu madre que, para mayor alegría mía, tú heredaste.

A pesar de nuestras diferencias, de mi tozudez y de tu rebeldía, estoy seguro de que has sido feliz todos estos años. He intentado suplir como he podido la temprana pérdida de tu madre y lamento de corazón si alguna vez te he fallado o no he sabido consolarte como era debido. Sé que no he cumplido como debiera mis obligaciones como padre, y sé que habrá mil y un reproches que podrías hacer a esta inútil carcasa en la que me he convertido, mas puedo jurar que he puesto mucho empeño en fortalecer tu carácter y en prepararte para todo lo que ya estás viviendo al frente del Reino. No dudes jamás de que siempre te he procurado lo mejor y que me siento enormemente orgulloso, como Rey y como padre, del hombre en que te has convertido.

Althumir, no quiero que mis palabras te hagan lamentar mi muerte ni que llores por mí, como tampoco deseo que las lágrimas corran por mis mejillas como lo hacen en este momento. Mientras le dicto estas palabras al maestre de Vries, tengo un nudo en la garganta que apenas me permite seguir hablando con este miserable hilo de voz que la maldita enfermedad me ha dejado. No obstante, no puedo permitir que me flaqueen las fuerzas y se derrumbe el último reducto de coraje que me resta. Hijo mío, dado que tengo uno de mis escasos momentos de lucidez, quiero pedirte un favor. Sí, leíste bien; en esta ocasión no ordenaré nada de Rey a Príncipe, ni de señor a súbdito, sino una humilde petición de un padre moribundo.

Anoche -puede que no fuera anoche, puede que fuera hace ya una semana o incluso esta misma mañana-, cuando perdí por última vez la noción del tiempo, sentí una llamada muy esperada. Tu madre me aguarda en una pequeña casita en el campo, con un huerto y media docena de manzanos. Es un lugar apartado del Reino, donde ella espera nuestra reunión. Desde nuestro nuevo hogar vigilaremos tus pasos y te alentaremos en los momentos de debilidad que puedas tener, y veremos crecer a esos nietos que en vida me has negado en tu infinita búsqueda de la esposa perfecta. Siempre estaremos pendientes de ellos, y de ti, nuestro único y amado vástago. Nuestro rebelde príncipe. Nuestro legítimo y justo Rey.

Noto como tu madre me llama con insistencia, mas esta maldita enfermedad no me ha de dejar partir hasta que mi cuerpo no sea más que un viejo papel apergaminado y consumido, y no quede de mí más que mi recuerdo, emborronado y mancillado por el despojo en que me habré convertido. ¿Crees que es justo que yo, el Rey, muera postrado como un anciano desahuciado? ¿Crees que algún ser humano puede conservar la cordura cuando el dolor enloquece cada uno de sus sentidos? ¿Por qué no me sobrevino la muerte en alguna de las batallas en las que conduje a nuestras tropas a la victoria?

He enterrado a grandes amigos, a fieles camaradas, a mis propios padres e incluso a mi amada esposa. Ahora te pido a ti, hijo mío, que tengas piedad de este deshecho humano y entierres mi cadáver, que nada más puede darle al mundo. Quizá te estoy pidiendo algo demasiado grande; quizá lo que te suplico sea una carga demasiado pesada para un hijo. Pero, si de verdad me amas, entenderás que deseo en mi muerte la dignidad que esta lúgubre enfermedad no me ha dado en los últimos años de mi existencia.

No sé si puedes siquiera imaginar lo humillante que es para el Rey que tres sirvientes le laven a diario para que sus aposentos no huelan a establo. Los periodos de ausencia son tan largos que pierdo la noción del tiempo y ni si quiera distingo si es invierno o verano; no soporto recuperar la conciencia y no ser siquiera capaz de frotarme los ojos. Hay veces, que creo que me han amputado las manos, hay veces, Althumir, que no soy capaz de recordar tu rostro, ni tu voz, ni siquiera tu sonrisa… Por eso te pido, te suplico, hijo mío, que pongas fin a esta inacabable agonía que me ata a una vida que ni deseo ni quiero y que, con seguridad, me mantendrá postrado en esta cama, consumiéndome, durante más tiempo del que me atrevo pensar.

Elige tú la manera que creas conveniente. Pero te conmino a que sea tu mano, y sólo ella, la que actúe, y no la de un sicario. Un hombre ha de saber cargar con sus propias responsabilidades.

Un abrazo, hijo mío.

Dios salve al Rey.»


El joven ahoga un sollozo y espera unos interminables segundos tratando de reunir coraje suficiente como para tomar una decisión.

Sobre la cama, febril y consumido, yace el cuerpo de su padre. Su respiración es lenta pero fluida, débil pero acompasada. Althumir no puede apartar su mirada de él mientras piensa que acabar con la vida de la persona que más ama en el mundo no es algo que pueda decidir en un parpadeo. Cierra los ojos y a su mente acuden los recuerdos de ese hombre que agoniza lentamente. Recuerda las contadas pero inolvidables situaciones en las que se ha reído con él, los momentos de tensión antes de entrar en batalla, su imponente imagen embutido en la armadura de la familia, su corona refulgiendo con el baile de las antorchas en la Sala del Trono, su regia presencia durante los consejos… Recuerda en escasos segundos toda la vida de un hombre inolvidable. El Rey... Su padre.

El joven ahoga un sollozo y, aferrando el almohadón entre sus manos, se acerca al lecho.

No dura más que unos instantes pero, mientras aprisiona la cara del rey contra el almohadón, los nudillos blancos por la fuerza ejercida, las lágrimas cayendo por su rostro y perdiéndose en la espesura de la barba, todo parece ser más lento. A sus ojos la agonía del enfermo se ralentiza y parece no tener fin mientras éste se debate débilmente frente a su poderoso ejecutor.

Entonces, con un último e inaudible estertor, el silencio inunda la sala.

El viejo rey ya descansa junto a su amada esposa, con la tranquilidad de haber terminado sus días y de sentirse igual de vivo que cuando guiaba a sus tropas hacia la victoria en el campo de batalla.

El joven rey permanece sobre su padre unos instantes más, hundiendo su rostro en su desvaído pecho y ahogando así su llanto, mientras una parte de sí mismo muere con él.

—Dios salve al Rey.

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MensajePublicado: Mie Abr 26, 2006 3:41 pm    Asunto: Responder citando

En efecto, el plazo para mayo, venció el 15. Tendrá que ser para junio Wink
Cita:
- Plazo: Se admitirán relatos hasta el 15 de Abril. El comité tendrá 15 días para seleccionar (hasta mayo).

Mea culpa por no cerrar este post a tiempo Confused

Ahora abro el otro, Gilg.

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