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El Idolo

 
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Autor Mensaje
ch3p3
Cacique
Cacique



Registrado: Feb 05, 2005
Mensajes: 2183
Ubicación: La Quinta Alauda
MensajePublicado: Vie Abr 21, 2006 3:57 pm    Asunto: El Idolo Responder citando

Very Happy Otro relato,espero que lo disfruten. Wink

“EL ÍDOLO”

“¿Qué secretos milenarios se ocultan detrás de las toscas formas talladas del dios de piedra?”

Henry Hawkins no era un joven muy brillante, siempre había sido considerado un poco lento por sus profesores y vecinos; no obstante, Ruth, su madre, siempre estaba pendiente de que nadie abusara de su pequeño al mantener un estricto control sobre todos los aspectos de su vida. Por desgracia para Henry, esta amorosa burbuja maternal significaba permanecer en la granja después de la escuela realizando todo lo necesario para mantenerla en pie, desde limpiar el granero hasta alimentar los animales de corral; un trabajo que en verdad detestaba. De vez en cuando Henry burlaba a su progenitora y conseguía escaparse por algunas horas, deambulando sin rumbo por los alrededores de Kiowatown, la reservación indígena que lindaba con las tierras de su familia.
En uno de estos largos paseos solitarios la monótona vida de Henry Hawkins cambio para siempre. Después de ese día el chico parecía estar poseído por una energía vibrante y renovadora que no había pasado desapercibida a ninguno de los que le conocían. De aquel semblante taciturno y mirada tímida no quedaba nada. Ahora sus ojos parecían brillar con un extraño fulgor que comenzó a preocupar a su madre, la cual sentía que el muchacho se estaba alejando rápidamente de su control; algo que no le gustaba para nada a Ruth Hawkins.
-¿Para dónde crees que vas a esta hora muchacho?- preguntó con voz enérgica.
-Voy al granero a buscar unos repuestos para el camión, mamá - contestó Henry dócilmente.
-¿No puedes esperar hasta mañana? No me gusta que deambules en la noche por ahí.
-No madre, no puedo esperar hasta mañana- replicó éste clavando su mirada sobre la obesa mujer sentada en el sillón frente al televisor.
En ese instante Ruth se estremeció hasta la médula; por un instante le pareció ver algo oculto detrás de los ojos de su hijo, algo añejo y oscuro que no pudo explicar. Intento hablar, pero no pudo modular palabra, se limitó a verle salir al porche de la casa como una sombra silenciosa.

Me atrae...me convoca y…, no puedo evitarlo.

El corazón de Henry latía desbocado; su madre sospechaba algo y este azaroso pensamiento le hizo enfurecer y acelerar aún más sus pasos hacia el granero. No podía permitir que nadie averiguara su pequeño secreto.
En medio de la penumbra, encendió una lámpara de petróleo y se acercó a un rincón oscuro y maloliente detrás de un herrumbroso arado olvidado allí por años. Jadeando de emoción, Henry retiró el heno y levantó una vieja tabla suelta. Sus ojos se iluminaron con un fulgor espectral al ver la forma alargada que se insinuaba detrás de un trapo engrasado, oculto en el fondo de la hendidura.
Henry retiró el trozo de tela con manos temblorosas, y una extraña figura de piedra negra con rostro afilado y mirada amenazadora se materializó ante sus ojos. La efigie despedía un fulgor pálido y malsano que hizo estremecer al muchacho; no obstante éste la apretó contra el pecho en medio de una mueca demencial.

Un poder inmenso me envuelve… una fuerza más allá de toda comprensión… una entidad sobrenatural más antigua que el hombre mismo, arrasa con mi insignificante mortalidad y me permite degustar el poder de los dioses.

En ese momento Henry recordó el día en el cual el ídolo lo había convocado a su presencia. Porqué eso era lo que había sucedido, no había sido por accidente que aquel día enfilara hacia Demon Creek en vez de la usual caminata por Kiowatown. Recordó cómo un creciente desasosiego dentro del pecho había conseguido minar su voluntad, obligándole a penetrar las oscuras galerías de aquella caverna olvidada por el tiempo hacia donde le habían conducido sus pasos.
Sin embargo, ahora comprendía que el destino le había llevado hasta aquel lugar apartado para liberar esta fuerza maravillosa y transformadora…ahora nadie se burlaría de Henry Hawkins ni le trataría de estúpido y retardado nunca más.

Siento su fuerza palpitar dentro de mí… soy poderoso…soy…inmortal.

Esa noche Henry llevó el ídolo a su habitación y lo ocultó en una vieja maleta desvencijada bajo su cama.
De pronto se vió abrumado por miles de sombras oscuras y fugaces que le rodeaban en medio de un extraño altar de piedra. Formas incongruentes y difusas danzaban frenéticamente mientras entonaban un macabro cántico que iba aumentando en intensidad a medida que los bailarines entraban en un estado de éxtasis colectivo. Aterrado, reconoció sobre aquel altar la oscura figura del ídolo brillando pálidamente bajo la luz de la luna llena. En ese preciso momento, descubrió con impotencia que decenas de brazos emergían de la oscuridad y lo arrastraban hacia el altar en medio de tenebrosas y milenarias invocaciones que le congelaron la sangre en las venas; fue aquí cuando Henry pudo ver por unos cuantos segundos el fulgor infernal que emanaba de los ojos del ídolo; un brillo rojizo como el fuego del infierno que parecía corromper la carne y consumir su espíritu.

Somos uno... somos uno por toda la eternidad... todo tiene su precio, la inmortalidad no es la excepción

Henry despertó sobresaltado y sudoroso. Respiró aliviado al ver que todo aquello no había sido más que una pesadilla. No obstante una urgencia oscura comenzó a palpitar en su corazón; un anhelo atávico que le hizo estremecer con tan sólo sospechar que aquellos escalofriantes pensamientos pudieron haber estado congelados en el fondo de su mente, esperando el momento preciso para salir a flote.

Dar y recibir...el secreto del poder...Dar y recibir... carne y fuego

Aquel día Henry pudo controlar cada vez con más dificultad los oscuros pensamientos que atormentaban su cerebro, dedicándose a trabajar más duro que nunca para mantener toda la atención centrada en las labores de la granja. Sin embargo al caer la noche, las pesadillas cada vez más vívidas y terribles cobraron intensidad y convirtieron su sueño en un verdadero sufrimiento. Era cómo si todo el cuerpo estuviera siendo consumido por una fuerza más grande que su propia voluntad; un poder tan grande que tarde o temprano terminaría por borrar toda esencia de lo que alguna vez fuese Henry Hawkins.

-¿Estas bien Henry? Abre esa puerta de una vez por todas; tienes que bajar a desayunar- rugió Ruth sin obtener respuesta.
Golpeó por segunda vez realmente molesta
- Estoy bien...- susurró la voz al otro lado de la puerta.
Ruth se estremeció, había algo extraño en el tono de su hijo, parecía... parecía otra persona.
- ¿Estás seguro que te encuentras bien, Henry?- inquirió visiblemente perturbada. –Puedo llamar al doctor Ryan de inmediato.
- Estoy bien...mamá- replicó la llana voz al otro lado de la puerta.
Sobresaltada, Ruth Hawkins decidió bajar las escaleras y llamar al doctor Ryan.

Somos uno... carne y sangre; no puedes resistir la fuerza que late en tu interior

Henry permanecía sentado en la cama, moviéndose de atrás para delante con la figura apretada entre las manos sudorosas.

No puedes rechazar tu propia esencia... somos vida y redención... luz y oscuridad... somos dioses entre insectos... Fuego y creación.

En ese momento los aterrados ojos de Henry vieron el brillo malsano emanando de los ojos del ídolo; intentó estrellarlo contra el suelo y reventarlo en mil pedazos, pero una fuerza sobrenatural le obligó a fijar su mirada enloquecida sobre los profundos e infernales ojos de la efigie. En ese instante, en medio de este horror incomprensible, la esencia de Henry se fundió para siempre entre los milenarios misterios del ídolo de piedra, en medio de un grito ahogado que nunca se materializó.

Carne de mi carne... sangre de mi sangre... el fuego de la inmortalidad tiene su precio.

El “Chevrolet “azul oscuro de Alfred Ryan se parqueó bajo la bondadosa sombra del inmenso cedro que crecía frente a la casa de los Hawkins.
El doctor bajo del vehículo y maldijo su suerte. El recuerdo de una vieja fractura en la tibia izquierda había estado molestándole desde hacía más de una semana y aquella mañana parecía empeorar.
El sonido del timbre rompió el extraño silencio que reinaba en los alrededores; un silencio que de algún modo logró perturbar en algo al viejo galeno.
No hubo respuesta.
Un extraño pavor se apoderó de Alfred Ryan. Un horror inexplicable salido de la nada parecía advertirle de un peligro invisible y desconocido. Sin embargo, el buen doctor se negó a aceptar que una emoción que no experimentaba desde que era niño pudiera tener algún poder sobre cualquier decisión lógica y razonable que pudiera tomar en ese momento. Ryan hizo girar el pomo de la puerta y de nuevo fue abrumado por terrores oscuros que estuvieron a punto de hacerlo desistir... Sin embargo no lo hizo.
En medio de la penumbra del salón de los Hawkins, un hedor seco y sofocante asaltó los sentidos del doctor. Estremecido al sentir como el olor parecía pegarse a la parte de atrás de la garganta, Ryan dudo por unos instantes antes de continuar.
-¡Hola!... Ruth... señora Hawkins – gritó para recibir el eco pálido de su voz como respuesta.
Enfiló hacia el comedor y pudo sentir que el hedor aumentaba en dirección a la cocina. Ahora comenzaba a experimentar una asfixiante sensación apretando sus pulmones a medida que avanzaba hacia el fondo del pasillo; algo dentro de él parecía pedirle a gritos que diera media vuelta y saliera para siempre de aquel lugar... Sin embargo no lo hizo.
Apenas había movido la puerta giratoria de la cocina, cuando un crujido bajo sus pies le hizo estremecer hasta la médula. Al principio no pudo entender la escena que tenía frente a los ojos: Una inmensa mancha calcinada de cerca de dos metros, que se extendía por todo el suelo de la cocina. Por un instante, el doctor pensó que se trataba de los restos de una hoguera. ¿Pero quién en sus cabales haría algo así en el interior de una casa? Alzó la vista y vió el techo completamente quemado. En ese momento de perplejidad, el doctor Ryan reparó en algo que no había visto antes: Pequeños fragmentos desperdigados alrededor de la mancha; pequeños trozos calcinados semejantes a algo que él conocía muy bien... huesos... Huesos humanos. Un horror innombrable se apoderó de Alfred Ryan. Con el corazón a punto de estallar se dió media vuelta para salir de allí, cuando resbaló accidentalmente sobre los restos calcinados de tejido humano, untando sus ropas de ceniza negruzca.
Un grito de horror emanó del fondo de su alma al descubrir la tenebrosa imagen de un trozo de pie medio consumido por las llamas bajo la nevera; los dedos aún conservaban un leve atisbo de humanidad en las puntas amarillentas. Era como si una pavorosa energía hubiera devorado a este desdichado de adentro hacia fuera con un grado de calor descomunal.
En ese momento Ryan escuchó un crujido fuera de la cocina. Paralizado de horror, se puso de pie y pudo sentir un agudo aguijonazo en la vieja fractura de la tibia izquierda.
-¡Ahora no por Dios santo!- exclamó atenazado por el terror y con la cara completamente blanca.
Otro crujido cerca de las escaleras le hizo comprender que tendría que salir de aquel lugar de inmediato. Apoyado en la pared, realizó un esfuerzo sobrehumano para alcanzar el porche y salir de la casa; imponiendo su voluntad sobre el terrible dolor que le castigaba la pierna lastimada después de la fuerte caída. Mientras escapaba de allí despavorido podía sentir un poder desconocido y terrible pisándole los talones.
La luz de sol castigó sus pupilas desteñidas en el momento en que se arrojaba hacia el exterior. Horrorizado, volteó la cabeza hacia la puerta del porche, esperando que en cualquier instante una fuerza demoníaca emergiera del interior y acabara con su vida.
Pero nada sucedió. Tan sólo el silbido del viento primaveral meciendo las hojas del viejo cedro.
El semblante de Alfred Ryan cobró vida nuevamente mientras tomaba asiento con dificultad en el interior del coche. Miró hacia la casa y comprendió que una maldad oscura y milenaria se había apoderado del lugar. Respiro aliviado y dió gracias a Dios por haber salido con vida de aquel sitio.
Alzó la vista al retrovisor y la saliva se le congeló en la boca al ver unos ojos rojos y terribles brillando en el puesto de atrás. En ese instante pudo sentir cómo aquella mirada maligna consumía su espíritu y le hacía hervir la sangre en las venas, mientras la carne de su cuerpo se corrompía en violentas marejadas de fuego que emanaba de su interior.
En un efímero instante, antes de convertirse en cenizas, Alfred Ryan pudo escuchar un eco distante retumbando en el fondo de su cerebro.

Somos uno... carne y fuego... sangre y flamas... vida y muerte... el fuego de la inmortalidad se alimenta de la esencia del espíritu y la carne de la vida.

El comisario Jeff Tucker no pudo resolver el misterio de lo acontecido en la casa Hawkins. Nunca se volvió a saber nada de Ruth o de su hijo Henry; además, las evidencias halladas en el lugar no fueron de ninguna manera concluyentes; lo único que pudieron sacar en claro fue que los restos calcinados del vehículo parqueado frente a la casa de los Hawkins, pertenecían al doctor Alfred Ryan, quién también había sido reportado como desaparecido ese mismo día.
Sin embargo, después de haber encontrado la estatuilla cerca de la mancha calcinada en la habitación del segundo piso, Tom Hawkeye, alguacil Kiowa, comprendió que la carne y las almas de aquellos desdichados habían sido consumidas por la furia del dios del fuego como castigo por haber sido robado del sitial sagrado consagrado por su pueblo en lo alto de las montañas. Twisted Evil


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hamelin
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Ubicación: A 11' del Meridiano 0
MensajePublicado: Dom Abr 23, 2006 6:51 am    Asunto: Responder citando

La verdad es que después de leer El Bibliotecario y este relato compruebo que te manejas muy bien con las historias de terror de corte clásico. Enhorabuena.
Smile

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ch3p3
Cacique
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Registrado: Feb 05, 2005
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Ubicación: La Quinta Alauda
MensajePublicado: Dom Abr 23, 2006 5:04 pm    Asunto: Responder citando

Very Happy Gracias Hamelin; los comentarios de lectores como tu son los que me impulsan a seguir adelante. Wink

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