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La Reina

 
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ch3p3
Cacique
Cacique



Registrado: Feb 05, 2005
Mensajes: 2183
Ubicación: La Quinta Alauda
MensajePublicado: Lun Abr 17, 2006 2:45 pm    Asunto: La Reina Responder citando

Very Happy Un relato que se me ocurrió después de haber visto un reportaje en la tele hace dos años, el cual tuve la fortuna de publicar en una antología en multimedia. . Wink

"LA REINA"

Abel era un hombre maduro, con un cuerpo obeso y una prominente cabeza que hacía juego a la perfección con sus inmensas proporciones. La rutina de su pequeño restaurante se veía conmocionada todos los días a las seis de la tarde, cuando Esperanza entraba por la puerta, contorneando sus finas y delicadas formas de guitarra española.
Abel recorría impávido cada centímetro de su lujurioso cuerpo, como un crítico de arte degustando un Tiziano o un cuadro de Picasso, mientras ella, sentada en la barra con su escote pronunciado y sus largas piernas entrecruzadas, ordenaba una cerveza bien fría.
Esperanza, por su parte, exageraba cada ademán y hacía más intenso cada uno de sus movimientos, a sabiendas de que Abel no le quitaría los ojos de encima.
Le gustaba sentirse admirada por aquel gordo bonachón, que para ella era el único hombre decente que se había cruzado en su camino. A menudo imaginaba lo diferente que hubiera sido su vida con la bendición de un padre como aquel; seguramente no seria como aquella bestia abusadora que oscureció su niñez y marcó definitivamente su vida.
24 de julio de 1976. Una fecha que Esperanza Santacruz nunca olvidaría. Fue el día cuando la suave inocencia de la niñez, de los juegos, las risas, las muñecas y el mantecado con leche, dejaron de tener sentido en su existencia. En su lugar, el dolor, el miedo y el odio tomaron posesión. Tenía trece años cuando el esposo de su madre, Bonifacio Corrales, pescador de profesión, y pendenciero y borracho por vocación, entró en su habitación y asesinó brutalmente los sueños infantiles de Esperanza.
Una y otra vez, Bonifacio Corrales abusaba de ella, cada vez con más frecuencia y descaro. Su madre, Seferina Santacruz, ignoraba por completo aquella situación; tal vez por miedo a la soledad o por verdadero desconocimiento. Su vida de lavandera transcurría en una eterna rutina que se iniciaba antes de salir el sol, y culminaba bien entrada la noche, cuando regresaba a su humilde hogar totalmente agotada. Casi sin mediar palabra, se echaba en su vieja cama oxidada llena de viejas y carcomidas calcomanías del niño Jesús y de la virgen María; alumbrada tan sólo por la lúgubre luz de una veladora roja a medio acabar.
Cada día, el rencor de Esperanza por su padrastro se acrecentaba más y más. La pequeña pasaba horas enteras intentando borrar de su cuerpo las huellas de aquella atrocidad. De pie, en un pequeño lavadero, vertía copiosamente agua sobre su cuerpo y se estregaba frenéticamente casi hasta sangrar, para quitar de su piel aquel repugnante olor que producía la mezcla del licor, cigarrillo sin filtro y pescado que permanecía adherido a su piel y a su alma como una impronta; una maldición imborrable que marcaría su destino eternamente.
Al principio lloró y lloró; luego buscó respuesta en Dios, y a continuación lo maldijo. Buscó la muerte pero no tuvo el valor. Ahora, simplemente decidió olvidar, dejando atrás a su madre, a sus hermanos y, sobre todo, a aquel ser nefasto que cambió su vida por completo. Tomó cien pesos del viejo tarro de galletas que su madre escondía bajo el fregadero, y bajo la inquisidora mirada de los santos que colgaban de la pared, empacó sus pocas pertenencias y desapareció en el polvoriento camino sin mirar atrás, decidida a no volver jamás.

En el día, Pueblo Nuevo no se diferenciaba mucho de otra localidad costera. Sus calles polvorientas castigadas por el sol contrastaban de forma pintoresca con las altas y verdes palmeras que dominaban el centro del parque, formando allí un cuadrado perfecto alrededor del busto de un caudillo olvidado. Bajo ellas, se amontonaban los aletargados transeúntes para escapar del picante calor del mediodía, mientras los más afortunados se sentaban en el cafetín del gordo Abel, frente al parque, desde donde disfrutaban ampliamente de la bondadosa sombra que las palmeras ofrecían a esa hora del día.
El olor del pescado y el patacón frito, invadía lentamente los rincones del pueblo; mientras el sonsonete de las chicharras se confabulaba secretamente con el letargo que producía el calor del mediodía. Lo único que retumbaba en Pueblo Nuevo a esa hora, eran las risas de los pequeños revoloteando como cachorros juguetones al perseguir una vieja pelota de trapo alrededor de los palos de mango que dominaban la acera de la alcaldía.
Al caer la tarde, Pueblo Nuevo se transformaba completamente. La música tropical y el inconfundible aroma de los ventorrillos callejeros se apropiaban del ambiente. Los transeúntes, en su mayoría jornaleros de las haciendas ganaderas, recorrían el pueblo en busca de diversión y compañía.
Los vendedores ambulantes colocaban sus puestos en un orden geométricamente perfecto alrededor de la plaza del pueblo. En ellos se podía encontrar desde un despertador hasta una navaja; todos producidos en China y traídos de contrabando por el Caribe.
Los demás vendedores se dedicaban a ofrecer licor, patacón, pescado y la infaltable arepa de huevo, mientras arengaban a sus posibles clientes con una retahíla de mercado persa.
Tras de ellos, los enamorados se juraban amor eterno, al tiempo que disfrutaban de un helado en las sillas del parque, bajo la cálida brisa vespertina que comenzaba a mecer suavemente las palmeras.
Al caer la tarde comenzaban a emerger de los estrechos callejones del poblado las chicas de la vida alegre. Se dirigían al "Sol Dorado", un antro de mala muerte que se encontraba a las afueras del pueblo; sin embargo la gran mayoría prefería reunirse cerca de " El rincón de la Habana”, ya que allí se concentraba la mayor parte de los trabajadores que visitaban el pueblo.
Era en aquel sitio donde la más joven y bella tenía su trono. La llamaban “La Reina”, y no había día en el cual no fuera asediada por una multitud de admiradores. Su belleza alejada y misteriosa, mezclada con un halo de inocencia y perversidad a la vez, llamaba la atención hasta del más distraído transeúnte. En su rostro joven se develaba la tristeza de una mujer mucho mayor, mientras en la mirada esquiva y juguetona escondía el doloroso recuerdo de una infancia terrible.
Esperanza Santacruz se había convertido en una agraciada mujer. A sus 23 años contaba con una apariencia física bastante llamativa. Poseía un cuerpo armonioso y curvilíneo, heredado de algún antepasado africano en su línea familiar. Era este cuerpo con lo único que contaba para ganarse el sustento y no dudó un solo instante en entregarse a los placeres de la carne para enfrentar la vida lo mejor posible. De todos modos, era lo único que podía hacer para sobrevivir.
Los únicos momentos alegres eran los que pasaba en el cafetín del gordo Abel. Entre cajas de cerveza, música tropical y afiches de mujeres desnudas, se dedicaba a compartir con este hombre bonachón sus más íntimos secretos. Por un momento se sentía en aquel mundo perfecto que siempre había deseado, donde volvía a ser aquella niña inocente que disfrutaba del mantecado con leche y un buen cuento de hadas. Aunque en el fondo sabía que aquel hombre la deseaba intensamente, reconocía la decencia de éste al nunca haberle propuesto nada diferente a un buen bistec con café caliente.

Aquel día de septiembre comenzó como cualquier otro." La Reina" se pavoneaba imponente por la calle principal del Pueblo Nuevo. Su pronunciado escote se hacía más llamativo por el tono rojizo de la blusa transparente en la que se mecían sus senos altivos e imponentes, mientras las piernas acanaladas y torneadas se insinuaban a través de una estrecha minifalda, estampada con flores verdes y amarillas.
Había madrugado más que de costumbre. El reloj de la iglesia marcaba las 4:30 p.m. Sintió la brisa cálida golpeando suavemente su rostro, y con la mano alejó el cabello que le invadía la boca y los ojos. Al voltear, notó a un hombre canoso, maduro y corpulento, observándola desde una esquina del parque.
Generalmente "La Reina" era selectiva, ya que gozaba de cierta fama en el pueblo, pero había algo llamativo en aquel hombre que continuaba mirándola con lujuria desde la esquina del parque. Le sonrió y con un guiño lo invitó a que la siguiera. Caminaron más de tres cuadras antes de detenerse ante una puerta oxidada sobre la cual colgaba un descascarado cartel que rezaba: " Hotel Pueblo Nuevo", en unas letras negras casi borradas.
Entraron sigilosamente ante la perezosa mirada de un gato gris echado en el corredor lamiéndose las patas. Llegaron al fondo de la estancia y penetraron en la habitación número tres. El monótono zumbido del ventilador se convirtió en una inacabable melodía, mientras "La Reina" sentía cómo aquel hombre comenzaba a acariciar su cuerpo, deslizando lentamente la escotada blusa roja. Su corazón se estremeció con un escalofrío al contacto con el corpulento cuerpo de aquel ser. Un recuerdo enterrado afloró con violencia mientras ella hundía con fuerza su navaja en el vientre del sorprendido cliente; éste dio un ahogado gemido y se desmoronó sobre la cama como un muñeco de trapo.
Esperanza se persignó, y juró dejar atrás su vida de perdición; dio gracias a Dios por haberle permitido encontrar de nuevo el valor y el respeto, después de haberse cruzado por última vez con Bonifacio Corrales.

Con la mirada perdida sobre un viejo cenicero que reflejaba como un prisma los agónicos rayos del poniente que se filtraban por el ventanal del cafetín, Esperanza esperaba resignada la respuesta de Abel.
Por su parte, él recordaba como en una vieja película en blanco y negro, todos los agradables momentos vividos con ella: La sonrisa amplia y hermosa, aquella indescifrable mirada y sus movimientos felinos y calculados. Todos aquellos instantes de intimidad inocente que compartían en el café abrumaban su mente como un tornado de imágenes y emociones.
Abel había comprendido al fin, al atar cabos, la compleja totalidad de la trágica vida de Esperanza. Sus sueños y desdichas, amores y desamores; todo encajaba perfectamente como las piezas de un rompecabezas.
El crimen era más que justificado. Como una paradoja del destino, los caminos de Bonifacio Corrales y de Esperanza Santacruz se habían cruzado para sellar definitivamente una afrenta más atroz que el pago mismo.
En la conciencia de Abel, la justicia y la injusticia pendían en la balanza de la incertidumbre. Reconocía que para la sociedad " La Reina" no era más que otra prostituta; una pérdida sin redención alguna. Para él, Esperanza era la hermosa mujer que disfrutaba con un bistec y un café caliente mientras alegraba con su tímida calidez su monótona existencia.
Mientras brillaba la cafetera, Alzó la cabeza y no pudo evitar aquellos ojos negros y enigmáticos que esperaban desesperadamente una respuesta
Mariana, un nombre por largo tiempo olvidado, tomó forma de mujer en su mente. Dejó de refregar la vieja cafetera dorada y enfiló hacía la ventana. Los agónicos rayos del poniente rasguñaban perezosamente las altas palmeras que dominaban el parque. Sus ojos comenzaron a ser invadidos por las lágrimas al recordar aquellos momentos de diciembre, cuando un absurdo accidente la había arrebatado a su esposa de un solo golpe.
-Estaba embarazada- dijo secamente.
Sorprendida, Esperanza no pudo más que preguntar- ¿Quién?
-Mi esposa Mariana- respondió Abel sin apartar la mirada de la ventana.
Mantuvo el silencio por un momento y prosiguió - Murió en un accidente.
Ella permaneció en silencio sin acabar de comprender que tenía que ver esto con su actual situación.
-Murió hace diez años- dijo él con su respiración entrecortada. Aspiró profundamente y terminó de hablar- Un accidente de transito - exclamó.
-Lo siento Abel, no sabía nada de eso- contestó ella.
Nadie en este pueblo lo sabe. Ocurrió en otro lugar en otro tiempo. A veces pienso que todo fue solo una pesadilla que jamás ocurrió; pero cuando llega el diez de diciembre el dolor renace y devora mi ser otra vez.
Esperanza se levantó y avanzó lentamente hacía la ventana, conmovida por la confesión de Abel, y lo abrazó con el cariño con el que una hija abraza a su padre.
Lloró por un momento, aferrándose como una colegiala asustada al cuerpo obeso de Abel. Él por su parte, pudo sentir el suave palpitar de su corazón contra su espalda, sin dejar de mirar el ocaso del sol por la ventana.
Comencé de nuevo. Dejé atrás el pasado; aunque las huellas quedaran para siempre impresas en mi alma; reconstruí mi vida de las cenizas y retomé la esperanza de seguir adelante. Las palabras de Abel hicieron tanto eco en las paredes del cafetín, como lo hicieron en el alma torturada de la joven.
Por un instante se miraron fijamente. Duró unos cuantos segundos, pero pareció una eternidad. Esperanza esbozó una tierna sonrisa y besó con ternura la mejilla de Abel.
-5:30- llegaste aquí a las 5:30- afirmó Abel tranquilamente.
5.30- Respondió ella suavemente. - Aunque ya no importa porque me iré de aquí a rehacer mi vida.
Abel se acercó a la joven y le dio un beso en la frente
- Esto es para que empieces tu nueva vida Esperanza Santacruz.- le susurró al oído cariñosamente.
-Personas como usted, me devuelven la confianza en la humanidad. Que Dios lo bendiga Abel Silva - dijo Esperanza tratando de ocultar su rostro sollozante.
Lo último que Abel Silva vio de Esperanza Santacruz fue su cuerpo acanalado haciéndose cada vez más pequeño detrás de las paredes de la iglesia; mientras el aroma del patacón caliente invadía la plaza del pueblo al ritmo de la retahíla de los vendedores ambulantes que como un pequeño ejército comenzaban a colocar sus puestos alrededor del parque.
La policía nunca pudo resolver el extraño crimen de aquel forastero que apareció apuñalado en un hotel del pueblo. Se hicieron pesquisas y se arrestaron sospechosos; pero siempre contaban con la coartada adecuada. Al cafetín de Abel fueron una o dos veces haciendo preguntas. Pero las respuestas más que aclarar los hechos los hacían más confusos. Al final la policía archivó el caso como inconcluso.
De Esperanza Santacruz, algunos dicen que regresó a su pueblo a trabajar como lavandera y costurera para sostener a sus hermanos y a su madre enferma.
Otros dicen que "La Reina" se pavonea imponente por las calles de Santo Domingo. Los más aventajados afirman que emigró a Estados unidos y encontró la paz que estaba buscando. Wink


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Dua
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Registrado: May 27, 2005
Mensajes: 2719
Ubicación: En la luna, siempre
MensajePublicado: Dom May 07, 2006 6:47 pm    Asunto: Responder citando

Very Happy Me gusta, ch3p3, tiene un hilo argumental claro, lógico y muy bien narrado.

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ch3p3
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Registrado: Feb 05, 2005
Mensajes: 2183
Ubicación: La Quinta Alauda
MensajePublicado: Lun May 08, 2006 5:26 pm    Asunto: Responder citando

Very Happy Gracias por tus comentarios, Dua; viniendo de ti me parecen muy valiosos. Wink

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