Relato: Barreras, por Santiago Eximeno

–Te lo juro por lo que más quiero –dijo Luis.

David escrutó el rostro de su amigo, un rostro moreno repleto de pecas, y no halló rastro alguno de duda o falsedad. Durante unos instantes sostuvo su mirada, valorando las palabras que había dicho, intentando no ceder con demasiada premura. Después esbozó una sonrisa.

–Demuéstramelo –dijo, triunfante, convencido de que, de alguna manera, Luis le estaba engañando.

Quedaron en el patio, junto a la verja nueva que habían instalado alrededor, al terminar las clases. Las hojas se desprendían de los árboles con nostalgia y cada vez anochecía más pronto. Los dos chicos, estudiantes de diez años, habían asistido al mismo colegio desde que tuvieron edad para ello, forjando su amistad desde preescolar. Mientras que Luis era alto y espigado, de pelo moreno e inmensos ojos azules que provocaban la admiración entre sus mayores, David era un chico regordete, más bien tirando a obeso, cuyo pelo negro ala de cuervo se veía siempre un dedo más largo de lo que sería adecuado. A primera vista resultaban totalmente opuestos, pero una atención más detallada revelaba que ambos compartían las mismas inquietudes, centradas en los tebeos y las películas de terror de bajo presupuesto. No extrañó a nadie que ambos se reunieran en el patio y se marcharan juntos, sin compartir con el resto de los compañeros el destino al que se dirigían.

Caminaron en silencio por la gran avenida, ambos sumidos en sus propios pensamientos. Luis, un chico acostumbrado a inventar las más increíbles historias, meditaba sobre su juramento. No comprendía cómo podía haber afirmado semejante barbaridad, y luego había accedido a demostrar algo imposible de realizar. David, distraído, veía circular a los coches a su lado, y se entretenía contando los de color rojo. Su madre le había dicho una vez que, de esta forma, los trayectos se hacían más cortos.

–Aquí mismo –dijo Luis, deteniéndose, sintiendo que no tenía sentido continuar más tiempo con aquella pantomima.

David se detuvo. El callejón sin salida que le indicaba Luis no invitaba a entrar. Oscuro y frío, provocaba una extraña sensación de inquietud en el chico. Las paredes, antaño blancas, mostraban ahora bajo la débil capa de pintura sus entrañas de ladrillo, desmoronándose. El suelo estaba poblado de pequeños charcos de agua sucia, que apenas reflejaba los rostros de los dos amigos. Los cubos de basura apilados contra la pared del fondo proporcionaban al lugar un olor malsano, al que poco a poco ambos lograron acostumbrarse.

–¿Entras o no? –preguntó Luis.

–Vamos –respondió David.

Ambos recorrieron la distancia que les separaba del muro opuesto mirando a todos lados. A medida que avanzaban, la oscuridad asimilaba sus cuerpos, introduciéndolos en su mundo de sombras. Luis tropezó con una lata oxidada, que rodó por el suelo con estrépito. David, sobresaltado, dio un respingo y corrió hacia delante hasta que sus manos tocaron el muro.

–Es el momento –susurró, cuando su amigo estuvo a su altura.

–Claro –respondió Luis.


Una gota de sudor su frente mientras realizaba gestos de gran concentración y respiraba con fuerza, aspirando el aire por la nariz y expulsándolo por la boca con violencia. Al cabo de unos segundos, cerró los ojos y extendió muy lentamente el brazo hacia el muro. David le miraba con simulado interés. El brazo quedó recto y paralelo al suelo, y el dedo índice tocó la pared. Durante un instante, quizá producto de la mala iluminación, el dedo pareció introducirse unos milímetros en ella, atravesar la fina capa de pintura blanca y perderse en el muro de ladrillos. Y durante ese instante, David sonrió. Y Luis también lo hizo. El milagro era real.

–¡Dios mío, tu también puedes hacerlo! –gritó David.

Luis sonreía, emocionado ante su suerte. Todavía no podía creer que su amigo hubiera creído ver aquello. Era increíble. Su dedo no había atravesado la pared, lo sabía, pero David creía lo contrario. El juramento no había sido en vano. Pero, ¿qué había dicho David?

–¿Yo también? –preguntó Luis, extrañado.

–¡Claro! –los ojos de David estaban cubiertos de lágrimas de alegría–. Te mostraré como lo hago yo. Coge mi mano.


Y, tirando del asombrado chico, se introdujo en la pared. Luis gritó, aterrado, mientras la cabeza de David desaparecía entre los ladrillos. A continuación introdujo el tronco, la pierna derecha y, finalmente, la mano izquierda, que sujetaba con fuerza la muñeca derecha de Luis. Cuando su mano se hundió en la pared como si atravesara un helado de nata, Luis tiró con fuerza, intentando liberarse del mortal abrazo que le conducía hacia el horror. En ningún instante había dejado de gritar. Y no dejó de hacerlo cuando David le soltó, y desapareció por completo tras la pared. Su mano formaba parte ahora de aquel muro. Sentía un dolor indescriptible, como si aplastasen sus dedos, quebrándole los huesos, convirtiéndolos en pulpa. Decenas de pequeños hilillos de sangre saltaron en todas direcciones desde la pared, desde aquel punto en el que su muñeca parecía soldada a ella, salpicando su rostro y su boca, petrificada en un grito eterno.

Cuando David volvió a aparecer, Luis permanecía allí, unido a la pared por la muñeca, con la boca abierta y la mirada perdida más allá del muro, buscando quizá una mano que ya no le pertenecía. Se sentó a su lado y lloró, asustado de su propio poder. Le había mentido. El no podía hacerlo. Nunca pudo.

–¿ Por qué soltaste mi mano? ¿Por qué? –gimió.

Después echó a correr. Corrió como si le persiguieran demonios y en su alocada huida atravesó vehículos y paredes y farolas y personas.

 

 

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