Relato: El sueño del infinito, por José Carlos Canalda

No has despertado a la vigilia, sino a un sueño anterior. Ese sueño está dentro de otro, y así hasta lo infinito, que es el número de los granos de arena. El camino que habrás de desandar es interminable y morirás antes de haber despertado realmente.

Jorge Luis Borges. "La escritura de Dios"

I

El cielo era ominoso, tinto en reflejos cárdenos y, simultáneamente, denso y oscuro, torturado y amenazador. La tierra o, por mejor decir, el suelo, era un conjunto de agudas aristas afiladas como puñales, como probaba el rastro sangriento que iban dejando tras de sí sus lacerados y desnudos pies. A su izquierda, se alzaba un acantilado de paredes verticales lisas como el cristal en las que ni la más pequeña ave hubiera encontrado un mínimo hueco capaz de albergar su refugio; a su derecha, se abría un pavoroso precipicio, de fondo apenas perceptible entre la bruma, que prometía la muerte segura a todo aquél que tuviera la fatalidad de despeñarse por él. La senda, si es que podía llamarse así a la mínima e irregular trocha que servía de breve separación entre ambas verticalidades, no era sino un accidentado vericueto que serpenteaba a uno y otro lado ciñéndose estrechamente a las anfractuosidades de la ladera aun a costa, en ocasiones, de ver limitada su anchura al mínimo imprescindible (o aún a menos) para permitir el paso del espantado fugitivo.

Pero lo peor era lo que tenía a sus espaldas, oculto a la vista por la mole de la montaña pero perfectamente identificable por el fragor que producía en la implacable persecución a que tenía sometida a su presa... Y por encima de todo por el olor, un hedor insufrible e inhumano que semejaba surgido de las propias entrañas del averno, lugar del que con toda probabilidad provenía la bestia demoníaca que, y eso era completamente palpable, continuaba aproximándose cada vez más a su objetivo.

El pánico ponía alas a la víctima que, pese a su desfallecimiento y a sus sangrantes heridas en pies y manos, huía hacia adelante con toda la velocidad que le permitían el tortuoso camino y sus cada vez más débiles fuerzas. Pero la fatalidad ocurrió de repente cuando, sin detener su velocidad, intentó remontar, más gateando que corriendo, la empinada ladera en que ahora se había convertido el sendero: fallando en su intento y resbalando en su propia sangre, cayó de bruces junto al abrupto borde del precipicio faltándole apenas unos centímetros para caer fatalmente por él.

Había salvado la vida por poco, pero una amenaza aún mayor se cernía ahora sobre él. La concavidad de la ladera dejada atrás le permitía observar en ese punto algunas decenas (no demasiadas) de metros del camino que se extendía detrás de él, justo el tramo que en ese momento comenzaba a ser recorrido por el horror que lo perseguía: Enorme (al menos tenía el tamaño de un elefante) y monstruosamente deforme, esta aberración de la naturaleza volaba más que corría por la irregular cornisa adhiriéndose de una manera inverosímil a las lisas paredes que la limitaban, lo que le permitía desplazarse con total seguridad (y con una enorme rapidez, para desconsuelo del fugitivo) a pesar de que al menos la mitad de su voluminoso cuerpo pendía directamente sobre el vacío. Pero sus garras y sus fauces eran tan amenazadoras como reales, por lo que, sacando fuerzas de la flaqueza, el perseguido incorporó su lacerado cuerpo en un desesperado esfuerzo por alejarse de su verdugo. Trepó, pues, por la escarpada pendiente desollándose las manos (de las llagas de los pies ya no se preocupaba) buscando alcanzar la meseta más o menos horizontal que se alzaba a continuación y en la que pudo erguirse para continuar corriendo.

Corría. Corría con todas las fuerzas que le permitían sus destrozadas piernas. Los pies le ardían insoportablemente y un vivo dolor en el costado le indicaba que probablemente tenía una o más costillas rotas a consecuencia de la caída, al tiempo que una herida en la frente le sangraba profusamente amenazando con cegarle los ojos. Apenas sí veía a duras penas dónde ponía los pies, y los oídos comenzaban a zumbarle de una manera preocupante al tiempo que empezaba a tener serios problemas para distinguir el arriba del abajo, la izquierda de la derecha, el delante del detrás. Todo le daba vueltas en torno a su torturado cerebro; el cielo, el muro de piedra, el precipicio, el sendero... Y el monstruo estaba cada vez más cerca.

De repente perdió el pie. ¿Era una revuelta del camino, o era él quien había girado inconscientemente en dirección al abismo? No importaba; lo cierto era que de repente se sintió caer en el vacío intuyendo, antes que razonando, el fin que le deparaba el destino. Y gritó. Gritó con todas sus fuerzas pidiendo un socorro que nadie podía darle, burlándose del monstruo que ya no podría devorarlo, aullando de pavor ante la proximidad de la muerte... Implorando por todo lo que había sido y por todo lo que no había sido capaz de ser. Mientras tanto caía, caía en una sima de oscuridad cada vez más profunda y absoluta, de negrura total como la misma muerte.

II

?Juan, ¿qué te pasa?

La voz de la mujer denotaba preocupación, si no angustia. Tras un breve intervalo de tiempo se encendió una luz iluminando una cama ocupada por dos personas de mediana edad: Ella, con la mano en el interruptor y gesto de intranquilidad; él, abierto de piernas y brazos, asiéndose al colchón y a la cabecera de la cama como si en ello le fuera la vida y con el rostro lívido y desencajado.

?¡No! ¡No! ?balbuceó varias veces antes de abrir los ojos?. ¡No me cogerás, monstruo del averno!

?¡Juan, despierta! ¡No pasa nada, estás soñando!

?¿Qué pasa? ?preguntó con sobresalto abriendo los ojos?. ¿Dónde estoy?

?¿Dónde vas a estar? ?preguntó a su vez la mujer con un punto de irritación en la voz?. En tu cama, a las... tres y media de la mañana. Ya ha pasado la pesadilla, así que puedes volverte a dormir ?sentenció al tiempo que le daba la espalda en un visible gesto de desprecio.

?¿Cómo quieres que me vuelva a dormir para encontrarme de nuevo con esa aberración que me perseguía? Dime, ¿cómo? ?preguntó a su esposa, al borde mismo de la desesperación, asiéndole del brazo para obligarle a mirarle la cara.

Nunca lo hubiera hecho. El rostro de su esposa, esa anodina faz a la que ni los más sofisticados maquillajes habrían conseguido adornar, era ahora la cara de una gorgona de fiera expresión y salvajes intenciones. Espantado, soltó el brazo que aún sujetaba retrocediendo cuanto pudo en la superficie de la estrecha cama, protegiéndose instintivamente el rostro con las manos en un fútil gesto de defensa.

De nada le sirvió. Los brazos de ella (¿aún era ella?), repentinamente convertidos en serpientes o tentáculos, o quizá en ambas cosas, se estrecharon en torno a su cuerpo atenazándolo en una presa mortal mientras la cabeza, esa espantosa cabeza de ojos feroces y fauces asesinas con los cabellos trocados en áspides, se le acercaba cada vez más sin que pudiera hacer nada por evitarlo sino, tan sólo, desmayarse ante tan espantoso espectáculo. Al menos, la muerte sería así algo más piadosa.

III

El despertador zumbaba inmisericordemente recordándole que había llegado la hora de comenzar la jornada. Afortunadamente, en esta ocasión había servido al menos para arrancarle de las garras de esa espantosa pesadilla. Aturdido aún por las últimas brumas del sueño, descubrió con sorpresa que tenía el cuerpo bañado en sudor y la ropa completamente descolocada.

?Vaya ?pensó para él?. Al fin y al cabo, tan sólo era una pesadilla... Y completamente absurda, además. ¿Cómo una mujer se puede convertir repentinamente en un monstruo mitológico? Aparte de que yo no tengo mujer y llevo varios años viviendo (y lo que es peor, durmiendo) completamente solo.

Meditando sobre lo absurdo de los temores producidos por los sueños, se levantó de la cama ?deshecha completamente en su angustiosa pesadilla? y se dirigió al cuarto de baño. “Es curioso ?se dijo?. Parece como si hubiera tenido un sueño dentro de otro sueño, y juraría que el anterior también era bastante desagradable”.

Encogiéndose de hombros, se dirigió directamente al lavabo y realizó unas generosas abluciones con agua fría en busca de un despabilamiento rápido que, ciertamente, sólo consiguió a medias. Acto seguido, y siguiendo la rutina de cada mañana, se dirigió al retrete alzando la tapa del mismo.

¿Cómo podía ser? El inocente utensilio, que tan harto estaba de utilizar todos los días, se había convertido en unas fauces salvajes que palpitaban ansiosas ante la proximidad de su presa. Más presa del estupor que del pánico, intentó retirarse de la amenazadora fiera aunque no pudo evitar que la tapa que todavía sostenía en la mano, convertida a su vez en una viscosa lengua, arrastrara su brazo hasta el interior de la boca carnívora.

Antes de que pudiera evitarlo, antes aún de que pudiera reaccionar, un rápido movimiento de las espantosas mandíbulas le había seccionado limpiamente el brazo a la altura del codo. Apenas unos segundos después, cuando ni siquiera habían llegado aún a su cerebro las señales del dolor procedentes del miembro amputado, la lengua le había arrastrado introduciéndole la totalidad de su torso en el interior de la boca. Afortunadamente para él, el siguiente bocado fue mortal por necesidad.

IV

Despertó sobresaltado, sintiendo en su interior la angustia infinita de la recién padecida pesadilla. Poco a poco, se fue haciendo cargo de la realidad. Él era Jan Makki, oficial de la Armada Imperial en lucha contra los invasores sittais. Estaba destinado en un puesto avanzado del planeta Orthum VII, fronterizo con el territorio enemigo, en un momento en el que se creía inminente un ataque de las fuerzas sittais en ese sector galáctico. La flota imperial aguardaba ya en formación de combate en los confines del sistema planetario, y él había quedado al mando de la guarnición que defendía el planeta base. ¿A qué angustiarse tanto por una simple pesadilla? El peligro no estaba en el interior de su mente sino allá arriba, en el cielo.

Abandonó el lecho y, vistiéndose con rapidez, salió al exterior de su aposento. Era aún noche cerrada, y en el firmamento brillaban con esplendor las restallantes constelaciones que configuraban el cercano centro galáctico. En algún punto de aquel infinito piélago estelar se encontraban varias decenas de miles de astronaves de guerra, con varios millones de soldados a bordo, dispuestas a defender a la civilización de la barbarie venida de los inexplorados confines de la Vía Láctea. Allí se decidiría la suerte de la humanidad y de su cultura varias veces milenaria frente al cruel salvajismo de unos invasores dispuestos a arrasarla sin dejar el menor rastro de su existencia. Eso era lo trascendente, y no la absurda pesadilla que durante algún tiempo se había adueñado temporalmente de su cerebro. Claro que...

De repente lo vio todo claro. Recordó con espantosa nitidez no su último sueño sino también el anterior, y aún el anterior a éste. Durante un instante de lucidez casi sobrehumana, fue plenamente consciente de la infinita sucesión de pesadillas en las que, a modo de cajas dentro de otras cajas, podía ser resumida la totalidad de su intemporal vida. Y supo también, por una cruel ironía del azar, que su actual vida que él creía tan real no era sino otra fantasmagórica ensoñación de otro Jan Makki (¿O tenía otro nombre distinto en su realidad superior?) que a su vez era soñado por un tercero... Y así hasta un infinito del que era incapaz de entrever un final en su equívoca y patética irrealidad.

Ese excepcional estado de lucidez, producto quizá de una única probabilidad entre varios miles de millones de ellas, apenas sí duró unos cuantos segundos antes de devolver a Jan Makki (¿a cuál Jan Makki?) a su realidad temporal de oficial de la Armada Imperial en lucha con los invasores sittais. Pero ya no era todo igual: había accedido a la revelación, y ahora sabía lo que le deparaba su futuro o, por mejor decir, su no-futuro de ser imaginado por otros seres no menos imaginarios que él. Tenía que romper esta cadena, y tenía que hacerlo antes de que su siguiente yo se despertara reduciendo la terrible revelación a la simple categoría de una pesadilla caprichosa. No tenía, pues, el menor tiempo que perder.

Sin el menor titubeo, sin la menor vacilación, desenfundó la pistola láser que portaba como arma reglamentaria y, aplicándosela a la sien, pulsó el disparador antes de que pudiera ser trágicamente tarde. Nunca llegaría a saber si sus compañeros de ensoñación pudieron al fin vencer a los feroces sittais o si, por el contrario, la humanidad fue barrida de la galaxia a sangre y fuego por estos salvajes bárbaros; pero tampoco llegó nunca más a despertar de ningún otro sueño, puesto que todos los sueños habían acabado por fin para él. Y esto, en definitiva, era lo único que realmente le importaba.

José Carlos Canalda