Relato: La última lección sobre Cisneros, de Gabriel Bermúdez Castillo

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Especial Gabriel Bermúdez Castillo - Por Nicole

Nicole, colaboradora de Sedice.com, ha elaborado una biografía-bibliografía y una jugosa entrevista a Gabriel Bermúdez Castillo, quien nos ha cedido además dos estupendos relatos. Su gran calidad como escritor hace que sus obras sigan vigentes, divirtiendo y enseñando, sin adoctrinar nunca. Calidad, profundidad y entretenimiento. Eso es Gabriel Bermúdez Castillo.



<!-- h2>Especial Gabriel Bermúdez Castillo - Por Nicole y Vlad Taltos

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Relato: La última lección sobre Cisneros - por Gabriel Bermúdez

La señora Hidalgo contempló con atención los rostros serios de los niños. Pensaba que había demasiado silencio y demasiada seriedad; sin duda, los niños se estaban dando cuenta de todo.

—Hacia 1460, Cisneros, que por aquel entonces era un pobre franciscano, se fue a Roma a comprar una canonjía. Entonces estos cargos se vendían, y desde luego eran muchos los pedigüeños que iban allí, a intrigar, para que el Papa les vendiera una canonjía en España. Por fin, después de mucho cabildear, consiguió que le dieran una para la primera vacante. Volvió a España, y cuando trató de ocupar la plaza chocó con el Arzobispo Carrillo, que era un hombre muy poderoso. Carrillo no quiso hacerle caso y lo metió en la cárcel, donde Cisneros permaneció ocho años. Debo deciros que Cisneros era un hombre de un orgullo desatado, y no transigió en absoluto con el arzobispo Carrillo: o le daban su canonjía, o se negaba a salir de la cárcel. Por fin, murió Carrillo, y Cisneros salió de la cárcel. Nombran entonces Cardenal de España y Obispo de Sigüenza al Cardenal Mendoza, el cual propone a Cisneros el hacerse cobrador de las alcabalas y diezmos. Naturalmente, Cisneros llevaba para sí una parte de lo cobrado, y como consecuencia de su actuación estranguló las economías de los diocesanos de tal forma que fue la ruina de mucha gente. Basta con deciros que las rentas episcopales, mientras Cisneros se dedicó a cobrarlas, subieron a más de diez veces lo que eran antes. Dado que su humildad era inexistente, podéis imaginar cómo persiguió a la pobre gente que tenía que pagar las alcabalas y diezmos...

—¿Tan orgulloso era, señorita?

Los niños no se acostumbraban nunca a llamarla señora, a pesar de que llevaba quince años viuda. Para ellos la maestra era siempre «señorita».

Era Nick Navarro el que había hecho la pregunta; hijo del doctor Navarro, calificado por los demás como «empollón». La señora Hidalgo retuvo una sonrisa.

—Tanto, que cuando el Rey llegó a España con sus diecisiete años, se negó a recibirlo, y Cisneros, que entonces era Regente de Castilla, se encolerizó de tal manera que sufrió un derrame cerebral y murió de ello. De humildad, cero... La gente sólo se fija en que en Alcalá se hizo la Biblia Complutense, y no en estas cosas. También es responsable de la candidatura de Isabel contra su hermano, que es una de las cosas más oprobiosas de que se pueda hablar. Se inventó una incapacidad sexual que no existió, una hija adulterina que no era cierta... Lo cierto es que la Historia debe recoger la verdad y que, a veces, el orgullo nacional se exacerba sobre un personaje determinado y se crean leyendas que no corresponden a la realidad... Dime, Clemente, ¿qué pasa?

Clemente se había levantado, al fondo de la clase, y tenía la mano alzada. Los demás jovencitos le miraban como si hubieran estado esperando esto. Lentamente, Sara Jiménez, que según decían todos era la novia de Juan Clemente, se puso en pie y se colocó al lado del muchacho.

—Siento mucho interrumpirla, señorita —dijo el joven un poco intimidado—. Pero los demás chicos y chicas hemos hablado mucho, y queremos preguntarle otra cosa… Si no le importa...

«Lo veía venir» pensó la señora Hidalgo. «Estaba segura de que esto iba a suceder». Miró durante unos segundos a través de las ventanas de la escuela, viendo el cielo azul intenso y cegador, y el follaje de un verde claro del poco arbolado que se había permitido en las cercanías del edificio.

—Pregunta, Juan. Di lo que quieras. Después de todo —añadió la señora Hidalgo— hoy no es un día como los demás...

—Sí, señorita... Todos, ¿sabe usted?, todos queremos saber una cosa...

Las caras de los muchachos miraban seriamente a su compañero.

—¿Por qué tenemos que irnos, señorita?

Esto era. La pregunta fatal, la que esperaba hacía varios días, desde que las primeras noticias llegaron del Presente. La señora Hidalgo sabía perfectamente que en este momento el Guardabosque y casi todos los hombres útiles estaban patrullando en las cercanías de la Estación Transmisora (más conocida como «la Cúpula»), esperando que algo o alguien llegase por allí y tratase de hacerles cumplir las órdenes recibidas. Sin embargo, la anciana maestra tenía la seguridad de que todo ese despliegue de fuerzas iba a ser inútil.

—Escuchadme, hijos —respondió—. Hoy vamos a dejar la clase... ¿Sabéis? Será mejor que todo os lo explique fuera... Vamos, vamos, todos fuera. Podéis dejar los libros aquí; ya los recogeréis luego.

Cualquier otro día este anuncio de que terminaba la clase, cuando solamente eran algo más de las diez de la mañana, hubiera desatado un torrente de alegría entre los alumnos. Hoy no. Hoy todos siguieron a la señora Hidalgo silenciosamente, con los rostros llenos de preocupación.

Alrededor de la escuela se alzaba el pequeño bosquecillo de sigilarias y lepidodendros. Los más altos de esta especie de árboles llegaban a los treinta metros de altura. Sobre ellos el cielo, de un increíble e intenso azul, brillaba bajo los rayos deslumbradores del sol.

La maestra se apoyó en el grueso tronco de un lepidodendro y sintió bajo sus dedos las escamas romboidales de la corteza que ascendían en espirales hasta la primera bifurcación

Allá arriba el tronco se dividía en dos ramas, de un color leñoso, y cada una de estas en otras dos. A medida que eran más pequeñas tomaban un tono de un verde frutal intenso. Dirigió una mirada a su alrededor, contemplando la pequeña colina en que se alzaba el poblado Nueva España 3, construido en forma de círculo, con la escuela, los edificios administrativos, la Cúpula y los grandes almacenes para la transmisión automática situados en el centro. En la llanura, frente a la cúpula de aluminio plateado, había un grupo de un centenar de hombres, armados con rifles pesados y con algunos lanzallamas.

A lo lejos, más allá de los edificios y las murallas del poblado, se extendían infinitamente los campos de trigo y las hileras interminables de las viñas, rompiendo con su regularidad civilizada el caótico paisaje del Pérmico Medio. Nueva España 3 tenía un cultivo de una superficie aproximada a la vigésima parte de la España del Presente, es decir, unos veinticinco mil kilómetros cuadrados.

—Hace veintiséis años que vinimos aquí —dijo la maestra, mientras los niños la escuchaban—. Cuando se descubrió el transmisor temporal, las naciones del mundo del Presente se repartieron las diversas épocas... Era la única solución para poder cultivar cosas, alimentos, carne, y nutrir así un mundo superpoblado... como lo era entonces. Dios sabe cómo será ahora...

—Mi padre estuvo hace dos años y dice...

—¡Cállate! —gritaron los demás niños.

—En ese reparto, que se hizo en Zurich, y por eso se llamó el Tratado Intertemporal de Zurich, a España no le tocó nada demasiado bueno. No sé por qué, a la pobre España, en estas cosas internacionales, le toca siempre la peor parte. Le dieron diez millones de años del Pérmico Medio, desde el ciento cincuenta millones antes de Jesucristo hasta el año ciento cuarenta millones. Estados Unidos se llevó casi todo el Carbonífero, y Rusia parte del Devónico, el final del Carbonífero, y el Pérmico Inferior.

Todo esto lo sabían ya los niños; era casi lo primero que se les enseñaba en la escuela. Pero si querían oírlo de nuevo, en vez de escuchar nada sobre Cisneros... era asunto suyo. Y después de todo, hoy las clases no tenían mucha importancia.

Una bandada de meganeuras pasaba a lo lejos, sobre los campos de trigo. El vigilante de la primera torre no dio la alarma cuando los grandes insectos, de un metro de envergadura, con dos pares de alas transparentes, bajaron sobre las doradas espigas y comenzaron a masticar los granos. Seguramente estaba mirando con sus prismáticos hacia la plateada cúpula. Mientras tanto, las meganeuras se hartaban de trigo. No era eso lo que más molestaba a la señora Hidalgo, sino lo espantosamente mal que olían esos enormes insectos... ¿Qué paleobiólogo del Presente hubiera pensado que las meganeuras pudieran oler tan mal?

—Hubo otros países que lo pasaron peor —continuó la anciana maestra—. A Grecia sólo le dieron medio millón de años del Triásico, con todos sus dinosaurios carnívoros. Afortunadamente nosotros no tenemos dinosaurios... no han aparecido aún.

—Los turistas creen que sí —dijo una jovencita pelirroja. La primera sorpresa de los pocos turistas que tenían dinero suficiente para pagarse el viaje hasta el Tiempo Español era el no encontrar dinosaurios. Costaba un gran trabajo convencerles de que faltaban aún de treinta a cuarenta millones de años para que el primer reptil gigante apareciera sobre la Tierra.

—Los sabios estudiaron cómo podía dedicar cada estado su sección de tiempo al cultivo o a otras cosas sin alterar para nada el Presente. Como podéis imaginar, si se hiciera una alteración grande del pasado, entonces el Presente cambiaría... y llegaron a la conclusión de que veinticinco mil años era un período suficiente para que desapareciese cualquier rastro de actividad humana, y que ésta no debía extenderse por más de mil años. Así que, al principio del Tiempo Español, se fundó hace veintiséis años Nueva España 1, a los veinticinco mil años más Nueva España 2, a los otros veinticinco mil años Nueva España 3, donde estamos ahora...

—¿Cuántas hay?

—Solamente once... No necesitamos usar más... Estas once estaciones producen prácticamente todos los alimentos y cosas consumibles que España necesita. Como sabéis, no podemos extraer petróleo, ni minerales, pues eso cambiaría el Presente. Podemos, eso sí, cultivar trigo durante mil años, y cortar árboles, y beneficiar viñas para obtener alcohol como combustible. Incluso mandar carne de amonites y de peces de este tiempo... Eso no altera nada.

Se le cansaba la garganta. La señora Hidalgo calló un momento, mientras los niños esperaban que siguiese hablando. En la lejanía, las meganeuras, hartas, levantaban el vuelo. En otro momento, los niños hubieran tomado con gusto sus escopetas de aire comprimido y se hubieran dedicado a hacer una cacería de aquellos insectos. Ahora no les interesaba esto.

¡Qué sorpresa había producido en el presente el hecho de que los amonites se dieran también en los lagos! Siempre se había creído que eran un cefalópodo exclusivamente marino, como los trilobites. De estos últimos aún se encontraba algún raro ejemplar, de retorcido caparazón, cubierto de púas. Pero eran muy escasos; tendían ya a la desaparición. Sí; había habido que revisar profundamente los conocimientos de la prehistoria y del mundo pasado...

El oxígeno entraba a chorros en los pulmones de la anciana. Recordaba ya apenas aquellos días, veintiséis años atrás, en que Pedro Hidalgo, su marido, obtuviera una plaza entre los colonos que habían de ocupar Nueva España 3. Conservaba un borroso recuerdo de un Madrid asfixiante, sobrecargado de gente, lleno de humos y de polvo, con masas de personas moviéndose en los dos o tres niveles de las calles, vehículos quemando alcohol, o una más cara mezcla de alcohol y gasolina, y llenando el aire espeso de miasmas...

—Cuando llegamos aquí estaba todo por hacer, niños. Las cinco primeras Nuevas Españas se establecieron a la vez... Salíamos de una llanura desierta situada al sur de Madrid…

—¿No estamos en Madrid ahora, señorita?

—Bueno, Nelly; en cierto sentido sí. Todas las estaciones están situadas en el mismo sitio en que está Madrid en el Presente; o sea, en el mismo sitio en que están las Cúpulas... Hay una pequeña diferencia entre la Cúpula del 1 y la del 2, y así sucesivamente, porque no pueden estar todas juntas en el mismo sitio... pero nuestro poblado está en el mismo sitio que Madrid. Os decía que salimos de allí... y llegamos a este lugar. Todos habéis visto el mapa en la pared de la escuela; esto no se parece en nada a la Europa del Presente...

La inmensa mayoría de aquellos niños no conocían el Presente más que por referencias; sólo dos o tres de ellos habían estado allí. En cuanto a ella misma, si bien antes de que Pedro muriera había vuelto un par de veces, después de que los campos sufrieran la invasión de aquellos odiosos reptiles, los licenops, y Pedro perdiese la vida luchando contra ellos, no había querido regresar jamás.

—Ya sabéis que la tierra en que estamos ocupa toda España, Portugal, parte del Atlántico y del Mediterráneo, y que sigue hacia abajo, uniéndose con África. El Atlántico sigue llamándose Atlántico, pero el Mediterráneo no. ¿Cómo se llama, García Berry?

—Tethys, señorita... limita al norte con la plataforma rusa; al sur con África; al este con el Escudo Indico...

—Bueno; vale, vale.

Para los pequeños era un problema el tener que aprenderse dos geografías. Pero tenían preferencia como hijos de colonos para continuar allí, y prácticamente todos querían aprovechar esa oportunidad.

—Encontramos esta llanura inmensa; al Norte, donde estarán Alemania e Inglaterra, están los desiertos y los volcanes, y el gran Lago Crouceraniano... y aquí estamos ahora.

Hubo un momento de silencio, mientras todos sus alumnos la miraban intensamente. Por fin, el mismo que lo hiciera antes, el hijo del Guardabosque, rompió ese mutismo.

—Pero, ¿por qué tenemos que irnos? ¿P6r qué tenemos que volver al Presente?

—No lo sé, niños —dijo la señora Hidalgo, muy despacio—. Verdaderamente no lo sé. Dicen que ha habido un error al situar Nueva España 3, y que hay que rectificar todo. Pero creedme, no lo sé muy bien. Y ahora, hacedme caso. Volved todos a vuestras casas, y esperad allí. Todo se arreglará, ya veréis...

—Mi padre dice —aseguró Juan Clemente— que, si intentan echarnos de aquí, habrá tiros.

—Volved a casa —contestó la anciana—. Y dejad eso para los mayores...

Mientras los niños, calladamente, entraban en la escuela para recoger sus libros, la señora Hidalgo comenzó a descender los rústicos escalones de dura roca negra que bajaban hasta la Cúpula y los hombres agrupados a su alrededor. Licopodios y equisetos, de un verde intenso, y grupos de gingkos enanos, de no más de un metro de altura, predecesores de los grandes pinos del Presente, adornaban los lados de la escalera. Grupos de insectos macizos, con tamaños desde un centímetro hasta un palmo, zumbaban por todas partes, con un brillo leñoso en sus caparazones de quitina, y con grandes alas llenas de nervaduras. Ninguno tenía aguijón, ya que todos ellos tenían boca y dientes, como las personas. Un mordisco de un insecto podía ser molesto, e incluso producir una abundante hemorragia, pero nada más.

Juan Clemente, el Guardabosque, estaba sentado en una silla extensible, con un pesado rifle entre las piernas. A su lado había media docena de hombres, también armados, algunos con los grandes rifles que se utilizaban contra los dimetrodones o los edafosauros; otros, con los lanzallamas de largo alcance, única arma capaz de concluir con una nube de insectos o con la vegetación rebelde.

Juan Clemente era el segundo Guardabosque de Nueva España 3. El primero había sido su propio marido, Pedro Hidalgo. Era un cargo muy particular. Mientras que el Delegado Gubernativo tenía a su cargo todo el aparato administrativo (Registro Civil, Policía, Juzgado, transporte temporal, etc.), el Guardabosque era el Jefe de Cultivos. Nadie sino él podía decidir sobre qué parte de aquella antigua tierra sería utilizada, y cómo lo sería. Las enormes extensiones de dorado trigo Manitoba, y las largas hileras, rutilantes de verdor, de Viña Verlandieri 420 A, eran testigos de ello. Un buen Guardabosque debía ser un experto en Ecología y en Agronomía, y tener un acusado sentido de la moral… y además, algo que ningún Boletín Oficial podía exigir ni establecer, ni ningún Tribunal de Oposiciones medir: un enorme amor por la tierra, por el mundo y por la naturaleza. Sin eso, un Guardabosque sería un frío funcionario, como lo había sido siempre María Baile, la delegada del Gobierno; con eso, un Guardabosque era un artista, y un hombre a quien se le podían confiar, tranquilamente, veinticinco mil años del pasado.

Y prueba de ello era que de los mil quinientos habitantes de la estación temporal solamente seis se habían marchado con María Baile a través de la Cúpula, cuando dos días antes se desencadenó la sublevación. Se habían ido los funcionarios administrativos y sus familias; ni uno solo de los que directa o indirectamente trabajaban la tierra con sus manos había vuelto al Presente.

Uno de los hombres acercó una silla para la maestra, que colocó al lado de la del Guardabosque. Era ya mediodía, y nadie trabajaba en los campos. Los tractores de alcohol estaban parados; la gran maquinaria que lanzaba millones de toneladas de trigo, o miles de litros de alcohol, hacia el Presente, estaba detenida y silenciosa. Todos los ojos se hallaban fijos en la Cúpula, cuyas grandes puertas estaban abiertas de par en par, mostrando su interior. Los dos enormes discos de hierro magnetizado, uno en el techo, el otro en el suelo, separados por unos diez metros de altura, permanecían completamente mates y fríos... Nada estaba viniendo del Presente, ni nada, por el momento, se materializaría allí.

—¿Algo de nuevo, Juan?

—No —contestó el Guardabosque, pasándose la mano por la cerrada barba negra—. Hace dos días que la Baile se marchó, y no ha pasado nada. Ya sabes.

—¿ Sigue sin saberse por qué?

—No han dicho nada. El telégrafo está muerto. Hemos intentado comunicar con el Presente, y no da señal alguna.

—Pero, ¡María Baile debió dar alguna explicación!

—De sobra sabes que no, Mercedes. Sólo que había recibido orden de desmontar la Estación, mandar todo el personal al Presente, y también todas las máquinas y materiales recuperables... Lo demás, campos, viñas, corrales de reptiles, pesquerías, todo, debía ser destruido...

—Teníamos un envío de amonites...

—Está en el almacén, Mercedes. Y las conservas de carne de limnos... también.

La carne de limnoscelis no le gustaba mucho a la señora Hidalgo. Aparte del aspecto del bicho (un reptil con cara de rana, de metro y medio de largo, de un verde mohoso, con movimientos notoriamente torpes), la carne era blanca, blanda, y no sabía casi a nada. Pero en el Presente, faltos de alimentos, sería seguramente un manjar barato. Los limnoscelis abundaban como la mala hierba, y se parecían a esta en que eran capaces de devorar cualquier cosa, con tal de que fuese vegetal. Hasta madera seca había visto comer la señora Hidalgo a uno de estos herbívoros, con sus dientes de sierra.

—¿Qué hay para comer? —dijo una mujer, allí detrás...

—La cocina comunal ha preparado amonites rebozados —contestó otra.

—¡Otra vez amonites!

—Oye, que no estamos para muchas contemplaciones... Hay horridonias frescas de primero, y amonites de segundo... y el que quiera postre, crinoideos en almíbar.

Las horridonias eran una especie de almejas grandes, de carne anaranjada y sabor picante. Los amonites sabían de una forma parecida al calamar del presente, aunque eran más bastos. En cuanto al crinoideo en almíbar, o lirio de mar, era un bocado delicioso, difícil de preparar, y que los glotones del Presente se disputaban, a pesar de su gran precio. Era un símbolo; los cocineros habían saqueado esta exquisitez en vista de las circunstancias, en vez de dejarla en el almacén de envíos.

—Por lo menos —dijo la misma voz protestona de antes— los amonites serán de los pequeños, ¿no?

La doctora Hidalgo sonreía. Los pequeños amonites, de un tamaño no superior a un cenicero, aún se podían comer. Los grandes (los había hasta del volumen de una rueda de tractor) eran intensamente bastos y correosos... Pero en el Presente se lo comían todo, hasta eso.

—Bueno —dijo el Guardabosque—, relevad, y a ver si coméis. Que venga otra partida; yo me quedo un rato aquí.

—Te traemos la comida, si quieres...

—No es mala idea; traédmela. Y podéis añadir una botella de Nueva España año 1.

En realidad estaba prohibido utilizar las viñas para hacer vino, pero ninguno de los sucesivos delegados del gobierno se había opuesto a que se gastasen unos cientos de kilos de uva y unas horas de trabajo en fermentar mosto suficiente para el consumo. Como llevaban veintiséis años allí, cada reserva estaba numerada con el año de su fabricación. Del año uno quedaban ya muy pocas.

La tarde fue cayendo lentamente, y el intenso calor del día fue disminuyendo. Casi al anochecer comenzó a soplar un fresco viento procedente del océano de Tethys, y los ánimos se relajaron algo.

—Pero, realmente, Juan, ¿qué pensáis hacer?

—Mira, Mercedes... aquí no hay más que una cosa que hacer, y es quedarnos donde estamos. Comprenderás que no vamos a pagar nosotros un error de los burócratas del Presente. No voy a hacer lo que propone ese rojo perdido de Viedma... es decir, volar la estación, y quedarnos cortados. Primero, que es una barbaridad... si cambiamos el Presente, intervendría hasta el Consejo Intertemporal. Y segundo, que «ellos» pueden mandar otra cúpula, si quieren... No veo más que una solución; armar lío y resistir... ya cederán.

—Nos han engañado dos veces, Guardabosque —dijo uno de los hombres, un encargado de las pesquerías del Atlántico—. Primero al hacernos creer que esto era un infierno. Y ahora, si se nos llevan, por segunda vez. Pero a mí no me sacan de aquí; yo no vuelvo allí; antes me los cargo... ¡pues vaya!

El quehacer de los pescadores no era excesivo. Con pasar una vez a la semana las grandes redes arrastradas por los dos barcos de pesca, era suficiente para tener trabajo de envasado y enlatado durante siete u ocho días... tal era la abundancia de vida marina.

El cielo estaba ya completamente negro. En esta latitud, que en esta época era completamente tropical, el crepúsculo duraba muy poco; la puesta de sol había sido rápida, y casi no hubo transición entre el azul brillante del cielo y la intensa negrura que había ahora. Las estrellas taladraban el terciopelo negro de la noche, con sus agujas de un blanco intenso, y la señora Hidalgo se retiró a su casa, mientras el piquete de trabajadores de Nueva España 3 continuaba haciendo guardia ante la Cúpula silenciosa.

Durmió mal. Sabía perfectamente que los rebeldes no tenían ninguna posibilidad de triunfo, y a pesar de eso, una lejana esperanza quería brillar todavía en su corazón. Se despertó antes de la hora acostumbrada, después de dar mil vueltas en la cama. Las sábanas estaban húmedas, y los primeros rayos del sol, que atravesaban las cortinas, fueron un presagio de la alta temperatura que iba a cernerse sobre el poblado.

La señora Hidalgo desayunó un brebaje hecho con hojas de calamites secas y tostadas, que quería parecerse algo a la manzanilla, y un bollo. Después, salió al exterior.

Las cosas continuaban igual. Caminó lentamente por la calle circular, observando las pequeñas casitas, de uno o de dos pisos, de un blanco andaluz, cubiertas por uralita roja, la llana tierra apisonada, las hileras de tractores inmóviles. Se aproximó a uno de estos. Hasta ella conocía el manejo de este monstruo de metal, pues en la época de la labranza todas las manos eran pocas. El campo de trigo tenía setenta y dos kilómetros de largo, y cada tractor, con la vertedera detrás, trazaba solamente dos surcos cada día; uno a la ida, y tras la parada para comer, otro a la vuelta.

El pequeño cementerio de Nueva España 3 estaba solitario. Únicamente había doce tumbas; tres de ellas de niño. Durante unos minutos la maestra permaneció quieta ante la tumba de Pedro Hidalgo, contemplando la losa de arenisca roja, con las letras grabadas torpemente. La cruz era de hierro esmaltado, pues hubiera sido muy difícil tallada en una de las duras rocas entonces existentes.

Después caminó hacia la cúpula. El sol comenzaba a calentar de firme, y de los bosques próximos surgía el característico olor a humedad, que sin saber por qué le producía un escalofrío.

—¡Eh, mirad eso!

Era uno de los vigilantes. Sintiendo un estremecimiento, la maestra dirigió su mirada hacia donde indicaba la mano del hombre. A medio kilómetro del poblado, en medio del campo de trigo, acababa de surgir otra cúpula. Durante unos segundos el aire tembló a su alrededor, como recalentado; después se escuchó un chasquido sordo, como si se hubiera abierto una gran botella de champán, al desplazarse el aire que ocupaba antes aquel lugar.

A aquella distancia, la cúpula tenía el tamaño aparente de una lata de conservas. Sin embargo, pudo apreciarse perfectamente como las grandes puertas correderas se deslizaban a los lados, y como una serie de diminutas figuras, vestidas de verde oscuro, comenzaban a salir y a tomar posiciones en los alrededores del aparato.

—Son soldados —dijo el Guardabosque, tensamente—. Nos han mandado al ejército...

—¿Qué hacemos?

—Llamad a todos, y vamos fuera del pueblo...

La señora Hidalgo se acercó a Clemente y le puso la mano en el brazo.

—No hagas ninguna barbaridad, Juan. No podemos hacer nada.

—Aún no lo sé —contestó el hombre, con ira.

La maestra caminó al lado de los hombres mientras éstos avanzaban a través del campo de trigo hacia las lejanas figuras. De la Cúpula continuaban saliendo soldados, con los fusiles terciados. Podían verse ya claramente los oficiales situando en los lugares más adecuados a los pelotones, emplazando los fusiles ametralladores, colocando retenes en uno u otro lugar. Una columna se dirigía lentamente hacia el pueblo, abierta en orden de batalla, y aunque no se distinguían los rostros, era fácil imaginar las facciones tirantes, las manos sudorosas sobre la culata de madera, el dedo nervioso sobre el gatillo...

Los hombres de Nueva España 3 se abrieron en arco hacia los lados, como intentando proteger el pueblo. Había un silencio tenso y una rabia sorda flotando en el aire.

—¡Nos han mandado al ejército!

—¡Como si fuéramos bandidos!

Algunas mujeres habían seguido la columna de labradores, pescadores y tractoristas. No decían nada. Se limitaban a mirar, ceñudamente, los uniformes verde oscuro. Algunas de ellas llevaban también rifles.

Los dos arcos avanzaban uno hacia el otro, en silencio. Una densa bandada de insectos, grandes como cocos, cruzó el campo de trigo a media altura; algunos soldados se volvieron a mirar hacia arriba, asustados, al escuchar el sonido de sierra mecánica que producían... Se escuchó una seca orden. Los rostros juveniles, lampiños muchos de ellos, volvieron a fijar su vista en el «enemigo».

Podían divisarse ya claramente unos a otros. No estaban a más de cincuenta metros de distancia...

—¡Alto!

Una figura femenina se destacó de las filas uniformadas.

Un oficial, con las insignias de capitán, intentaba retenerla... A lo lejos continuaban saliendo nuevos contingentes de la Cúpula. Quizás hubiera ya más de mil soldados españoles en el Pérmico Medio.

La figura femenina —una mujer muy alta, con el pelo rojizo y blanco, los rasgos afilados y la piel oscura— consiguió desprenderse de la palabrería del capitán y avanzó hacia el Guardabosque y sus hombres.

—María Baile... —susurró la maestra.

Los soldados habían adoptado la posición de descanso; algunos de ellos estaban rodilla en tierra, con el fusil ametrallador emplazado, los sirvientes listos, y la provisión de cargadores presta a ser utilizada. Algunas palabras sueltas llegaban a los oídos de la señora Hidalgo.

—Madre, qué sitio...

—Calla, malage, que tú no has visto ná...

—No me digas que no tienen mal fario esas moscas tan gordas...

Eran andaluces, y muy jóvenes todos ellos. A la maestra le parecieron casi niños.

María Baile estaba parada al lado del Guardabosque, limpiándose el sudor del rostro con un pañuelo de seda blanca.

—Mira, Juan; esto se acabó. De manera que no hagáis más tonterías... que ya habéis hecho bastantes. Dejad esos fusiles y esos lanzallamas y volved al Presente. Os prometo que se os tendrá en cuenta para nuevos emplazamientos. Van a crear tres Cúpulas más... Pero no hagáis más el tonto.

—¡Está mintiendo! —gritó una mujer.

María Baile no le hizo caso. Continuó con sus duros ojos grises fijos en el Guardabosque. A no mucha distancia, la mujer de este último estaba mirándolos a ambos con muy mala cara. La señora Hidalgo recordó que se habían dicho cosas... algún comentario... tal vez un pequeño rumor... pero no parecía cierto que Juan Clemente y María Baile... Tal vez no, pero... todo era posible... En fin...

En el aire zumbaba una bandada de meganeuras, y el olor a enmohecido de las sifilarias y los ca1amites llegaban en oleadas desde las pequeñas manchas de bosque próximas. Un limnoscelis asomó el largo hocico verde como tafilete, enseñó los puntiagudos dientes amarillos, y se retiró de nuevo al boscaje.

El Guardabosque estaba silencioso y tenso como un muelle. Cerraba las manos con tal fuerza sobre la culata de su rifle, que tenía los nudillos completamente blancos. Durante unos instantes la escena tuvo una inmovilidad absoluta, mientras del cielo añil bajaban asfixiantes oleadas de calor.

¿Habría algo de cierto en los rumores sobre el Guardabosque y María Baile? La señora Hidalgo se reconocía a sí misma el gran defecto de gustarle mucho el chismorreo; pero podía ejercerlo difícilmente. Las demás mujeres le tenían demasiado respeto.

El Guardabosque lanzó una especie de aullido ronco y tiró la escopeta al suelo.

—¿Qué haces? —gritó uno de los hombres—. ¿No les vamos a dar lo suyo?

—Y tú, ¿qué quieres? —contestó el Guardabosque—. ¿Que matemos a esos chicos? Podrían ser mis hijos... y no sacaríamos nada... ¡Nada! Está bien, muchachos; esto se acabó. Tirad las armas, y que hagan lo que les dé la gana...

Uno a uno, los demás hombres y mujeres fueron arrojando las armas sobre el pisoteado trigo. Del pecho de la señora Hidalgo se escapó un suspiro de alivio. Durante unos momentos había previsto la posibilidad de una matanza, en la que sin duda los habitantes de Nueva España 3 hubieran llevado la peor parte.

De la cúpula habían concluido de salir tropas. En tres columnas, pateando las doradas espigas, iban convergiendo sobre el poblado, mientras los habitantes de este juraban, daban la espalda y regresaban a sus casas.

La evacuación comenzó al día siguiente. María Baile había ocupado de nuevo el edificio administrativo, juntamente con el Coronel que mandaba las fuerzas de ocupación. Había centinelas en las calles, se habían retirado todas las armas, y estaba prohibido salir después de las nueve de la noche. Por la mañana aparecieron en la puerta del edificio administrativo las listas que expresaban el orden en que los habitantes de Nueva España 3 debían retornar al Presente. No le sorprendió mucho a la señora Hidalgo encontrarse en la primera expedición; después de todo, no estaba considerada personal imprescindible. Por el contrario, los mecánicos eran los últimos; deberían desmontar todo antes de marcharse.

No perdió el tiempo la anciana maestra. Tras mucho insistir, logró ver a la Delegada gubernativa.

—Quiero saber —dijo— por qué tengo que irme mañana.

—Aquí ya no hace usted falta, señora —contestó María Baile secamente.

—Eso ya lo sé... Sólo hay una razón para que quiera quedarme aún. Esto lo hizo mi marido... y su tumba está aquí. Me imagino que tengo el derecho de estar a su lado hasta el final.

María Baile meditó unos momentos, fijando en la anciana una mirada indiferente.

—Es igual —dijo por fin—. No hay más que doce tumbas en el cementerio. Puedo retrasarla a usted, y aunque los demás lo pidan, sólo serán doce motivos. Está bien. Irá usted en la última expedición.

En las calles, los soldados comían paella de amonites y pan blanco, entre gozosas exclamaciones.

—¡Esto es vida, tú!

—Estáis vendidos al capitalismo —les dijo Viedma. No le hicieron caso. Comían alimentos como no los habían probado en el Presente, se paseaban por el pueblo, y contemplaban con ojos bovinos la creciente destrucción que iba apoderándose de éste.

Las primeras expediciones, con sus maletas y enseres privados, como pobres emigrantes, atravesaron los lucientes platillos de la Cúpula.

En las pesquerías, los dos barcos de pesca fueron desmontados en los mismos sectores en que se les había transportado al Pérmico Medio, y después enviados nuevamente al Presente. Las toscas instalaciones de madera que se utilizaban como muelle de atraque fueron incendiadas.

En las viñas, los tractores arrancaron cuidadosamente todas las plantas y raíces, pues no podían dejarse rastros en el pasado de un vegetal que no existía entonces. La inmensa pila de sarmientos ardió furiosamente durante dos días, después de que los lanzallamas hicieran presa en ella.

Las casas de un blanco aterciopelado, la escuela, las maquinarias de enlatado y conserva, los muebles, las calderas de vapor, fueron desmontadas y trasladadas.

Los soldados contemplaban aquel espectáculo dantesco con ojos espantados, mientras las grandes maquinarias se movían entre llamaradas y turbiones de humo.

—Sois unos sucios rojos —les dijo García Berry.

—¡Déjanos en paz, que nosotros somos unos mandaos!

Diez días después de la invasión, sólo quedaban en el pueblo algo más de cuatrocientas personas. La mayor parte de las tropas se habían marchado también, con gran dolor, al parecer, por abandonar la comida sin límites y un trabajo tranquilo. Había grandes claros en los lugares donde se habían desmontado las casas, apareciendo entonces una tierra más clara, de un color distinto, como cuando se retira un cuadro de una pared.

Caían las planchas de pino del Pirineo, se desmontaban el pequeño hospital y el quirófano... se empaquetaban los medicamentos de la farmacia. Las butacas y los aparatos de proyección del diminuto cine eran trasladados hasta la Cúpula en un remolque; en otro iban el tocadiscos y el mostrador de la sala de baile... Alrededor de los dos transmisores temporales se apilaban los fardos, las maquinarias, se agrupaban tristemente, como ganado, los componentes de cada expedición...

Después sólo había un relámpago blanco entre los dos grandes platos de hierro magnetizado, y todo desaparecía, catapultado al Presente, mientras miles de caballos de fuerza fluían a través del tiempo.

Se aproximaba el último día. Por la mañana, los soldados, provistos con lanzallamas, se situaron en el campo de trigo, formando una larga línea que se extendía en toda la longitud de éste. A las siete de la madrugada exactamente, largos chorros de fuego anaranjado surgieron de los tubos goteantes de grasa, y las espigas amarillas, inclinadas bajo el peso de los granos, se retorcieron entre el fuego. Altas llamaradas amarillo-rojizas, acompañadas de nubes de humo negro, se alzaron hacia el azul esmaltado del cielo, destruyendo todo lo que tanto trabajo había costado.

—Pero, ¿por qué, por qué?

Siempre la misma respuesta.

—La estación estaba mal establecida. No podíais seguir aquí.

—Pero, ¿por qué tenemos que pagarlo nosotros? Si se ha equivocado el Ministerio, o quien sea, nosotros, ¿qué culpa tenemos?

Silencio.

—¿Dónde podemos reclamar?

Silencio.

Las llamas consumieron los últimos restos del trigo, y los pocos tractores que quedaban pasaron y repasaron, entre un calor húmedo, cargado de electricidad, borrando todo rastro de la presencia humana en aquellos campos. Los escasos residentes contemplaban con el corazón encogido aquella orgía de destrucción.

Al día siguiente los últimos edificios fueron desmontados, y solo quedó un grupo de personas ante la Cúpula. Días antes, la que sirviera para trasladar las tropas había desaparecido también. Poco a poco el transmisor iba tragando las piezas de los tractores, las últimas maletas y baúles.

Llevando una mandarria en la mano, la señora Hidalgo se dirigió al cementerio. Sabía perfectamente lo que había que hacer antes de marchar. Los demás lo habían hecho ya, y ella no iba a ser una excepción.

—Eso pesa mucho para ti —dijo el Guardabosque—. Dámelo, lo llevaré yo.

La maestra se negó. De ninguna manera; quería sentir en la mano el peso de aquel instrumento de destrucción hasta el último momento.

En el cementerio sólo quedaba en pie la cruz de Pedro Clemente. Las demás habían sido quemadas, si eran de madera, o arrancadas, si eran de metal. Este era el destino que le correspondía a la cruz de hierro esmaltado que durante quince años amparase aquella tumba. Entre los dos, con un esfuerzo, la sacaron de su alvéolo, y el Guardabosque la cargó al hombro. Durante unos segundos, la anciana permaneció quieta, contemplando la losa de arenisca roja, con las letras grabadas torpemente, y sintiendo en el alma un frío atroz, como si estuviera muriendo en ese momento.

Alzó la maciza maza de metal. Miró a su alrededor. En los emplazamientos de las casas había vuelto a crecer la basta hierba del Pérmico, y algún tallo de cicadácea, con su abanico de hojas plumosas, de un verde apagado, surgía más alto que el resto de la naciente vegetación. En un solo año no quedaría rastro de la presencia humana en aquel lugar. Incluso en el recién quemado campo de trigo habían aparecido ya los primeros brotes de los lepidodendros.

La maza cayó con furia, una y otra vez, sobre las letras de la losa funeraria, haciendo saltar esquirlas de roca roja, borrándolas, y haciendo desaparecer por completo el último rastro de vida humana. Con lágrimas en los ojos, la señora Hidalgo entregó la maza al Guardabosque, que la colocó sobre su hombro, al lado de la cruz. Lo que quedaba allí no era ya una losa, sino una simple roca roja de forma groseramente rectangular, que podía haber existido en cualquier otro momento y tiempo.

Al lado de la Cúpula sólo quedaban María Baile, un par de mecánicos, media docena de soldados, y unas cuantas maletas. A la señora Hidalgo apenas le dio tiempo a sentir nada; hubiera querido en ese instante pedir la gracia de dar un último paseo, de sentir por última vez las hojas de las plantas, la áspera tierra, de respirar la postrera bocanada de aire oxigenado... Cuando quiso pensarlo, estaba ya bajo el plato de hierro magnetizado, mirando al exterior, mirando, mirando... Las puertas se cerraron suavemente. Sólo quedaba una franja (los cuadrados donde habían estado las casas, el negro campo de trigo... un trozo de azul), luego una cinta, más tarde un hilo... La oscuridad; una luz piloto en el techo. Un relámpago silencioso, y la Cúpula, arrastrando con ella todo su cargamento, se marchó para siempre del Pérmico Medio.

Las puertas volvieron a abrirse inmediatamente, y una vaharada de aire maloliente entró a través de ellas. La señora Hidalgo sintió una impresión de atosigamiento, de asfixia... Vio luces en hileras que se extendían hasta el infinito, algo como una nube gris, sucia y dañina, que se levantaba sobre masas y masas de edificios rectangulares. Madrid se extendía a su vista, con sus colmenas, con sus calles llenas de vehículos expidiendo humos sin cesar, con sus muchedumbres que circulaban empujándose con los codos para hacerse sitio...

—No puedo respirar... —gimió la señora Hidalgo.

Una enfermera le colocaba en la cara una mascarilla de oxígeno. Con los ojos desorbitados, la maestra aspiró a grandes bocanadas, mirando a su alrededor, aterrada.

—Hay menos oxígeno aquí que allí, señora —dijo la muchacha—. No es usted la primera a quien le pasa esto. Respire hondo, por favor. Se aliviará enseguida.

A 1o lejos, como un corte anatómico, se mostraban grandes torres cuadradas, todas iguales, con miles de ventanas que comenzaban a iluminarse en la muriente tarde. Desde la altura en que estaban situadas las Cúpulas del Presente, eran fácilmente perceptibles densas masas de algo como hormigas que se movían a millones, a centenares de millones al parecer, cubriendo el asfalto, entre luces de colores, semáforos, vehículos que lanzaban nubes de humo... ¿Hormigas? ¡No! ¡Eran gente, personas, seres humanos!

—Dios mío —musitó la maestra suavemente, casi en un sollozo—. Dios mío. Qué horror.

Y los ruidos que llegaban al complejo de estaciones temporales eran igualmente insoportables. Gritos, bocinas, sirenas, alaridos de propaganda, y algo, lo más terrible, como el confuso rumorear de miles de grajos que chillasen todos a la vez, o como el zumbar simultáneo de un millón de colmenas, o como el volar de la más grande bandada de meganeuras que jamás se hubiese visto. Pero no era eso... Ni grajos, ni colmenas, ni meganeuras. Era gente, gente hablando sin cesar... A pesar de la distancia, llegaba hasta allí el bordoneo incesante de las conversaciones de esos centenares de miles de personas... que caminaban por las calles, trepaban por las pasarelas de hormigón sobre las calzadas, subían y bajaban al ferrocarril aéreo, circulaban por las rampas en espiral alrededor de los altos edificios...

—No pensaba... —dijo la maestra débilmente—. No pensaba que hubiera tanta gente en Madrid, ahora.

—¿Ahora? —dijo María Baile, señalando al acongojante hormigueo humano—. ¿Eso? Por favor, señora: eso es sólo parte. No los dejan salir cuando quieren, ¿sabe?

La señora Hidalgo sintió que una mano de acero le estrujaba el corazón.

—No la comprendo —murmuró—. ¿Qué quiere usted decir?

—Para salir a la calle hace falta un pase —contestó María Baile fríamente—. A usted también le darán uno. ¿O es que cree que se puede salir a la calle a todas horas, cuando se quiere? Si se permitiera eso, habría una verdadera batalla por el sitio. No, señora Hidalgo. Madrid no tiene calles suficientes para que quepan en ellas todos los que viven ahí. Cuatro horas al día, nada más. Mire usted.

Mostró una tarjeta amarilla, con su foto, y la leyenda «Pase de circulación peatonal. — 10-12 mañana. 18-20 tarde.» La maestra se quedó mirándola, como hipnotizada.

—Eso, ¿quiere decir... quiere decir que usted sólo puede salir a esas horas?

—Yo estoy algo favorecida, por ser funcionaria del Estado. Puedo pedir pases especiales... pero la mayoría de la gente no. Y al que cogen en la calle fuera de horas, ya puede prepararse... Hay a quien le ha costado un buen disgusto. A la primera vez, multa, y muy seria. A la segunda, privación del pase por un mes... ya ver qué sucede con el trabajo y esas cosas. A la tercera, dos años de cárcel.

—¡Es... es odioso, repugnante!

—Puede. Pero Madrid tiene veintidós millones de habitantes... ¿qué quiere usted que hagamos? ¿No pretenderá usted que establezcamos el control de natalidad, como otros países ateos y materialistas?

—Yo no pretendo nada —contestó la anciana—. Sólo quería vivir... vivir...

Poco a poco fue acostumbrándose al mefítico aire de la capital. La enfermera la acompañó, juntamente con la mascarilla y la bombona de oxígeno, hasta una gran sala de espera, similar, sólo que mucho más grande, a la que en sus tiempos tenía el aeropuerto de Barajas. Lo comentó con la muchacha, y ante la expresión sorprendida de ésta, recibió una respuesta inesperada... En Barajas no había ya aeropuerto, sino series interminables de bloques de hormigón, con miles de habitantes... El aeropuerto de Madrid estaba ahora al final del barrio más lejano: en Guadalajara. Y apenas funcionaba; casi no había petróleo en el mundo, y el combustible de aviación era tan escaso, que el costo de los viajes resultaba totalmente prohibitivo.

—¿Y el resto del mundo?

—No sé, señora. En todas partes es igual, creo yo.

A la maestra la asaltó una curiosidad muy femenina.

—¿Es usted soltera, señorita?

—Bueno... —dijo la joven—. Ya me dijeron que ustedes traían unas ideas muy particulares. Según como lo mire, sí lo soy.

No aclaró nada más, pero en la conversación posterior se refirió a tres hombres distintos con términos excesivamente claros. La señora Hidalgo se escandalizó, y aún aumentó más ese sentimiento cuando la cuarta mención fue de un nombre femenino, involucrado, de una manera que no consiguió explicarse, con la misma enfermera y con los otros tres hombres.

—¿Qué come usted, señorita?

—¡Amonites! ¡Los odio! Son repugnantes, bastos, fibrosos... Pero no me llega para más, ¿sabe?

Amonites, y de los grandes, evidentemente.

—¿Crinoideos en almíbar no?

—¡Eso es para los ricos!

En la inmensa sala de espera estaba buena parte de las familias que habían ocupado Nueva España 3. No hubo saludos ni alegría. Y la señora Hidalgo se sorprendió al saber que algunos de ellos llevaban allí dos semanas enteras. Dos semanas durmiendo en una butaca, comiendo la basta e insípida comida que la Administración les suministraba, sin poder salir al exterior, sin cine, sin nada que hacer, solamente con un vetusto aparato de televisión que transmitía noticias incomprensibles y películas de acción y tiros.

—Control médico —aclaró la enfermera—. Ustedes podrían traer alguna enfermedad... Pero saldrán pronto; no se preocupe. Respire otro poco de oxígeno... ¿o se va encontrando mejor?

No. La señora Hidalgo no se sentía mejor, y no era ya la atmósfera pobre en oxígeno y rica en miasmas lo que la molestaba. Era la espantosa sensación de opresión humana, la falta de grandes espacios, el encierro en aquella sala limitada por espesas paredes. Lo del Pérmico había sido un juego de niños, al lado de esta atosigante civilización.

Por la noche, después de unas últimas recomendaciones, la joven enfermera se marchó, llevándose consigo el aparato de oxígeno. Cayó la noche sobre la sala de espera. La maestra durmió muy mal, sintiéndose dolorida e incómoda en la butaca, con su maleta al lado. Se oían gemidos de niños en la oscuridad, ronquidos, y llegaba a su olfato un potente olor a humanidad y a sudor. Fuera, a través de los grandes ventanales, seguía divisándose el millón de luminarias de la ciudad y escuchándose el hormigueo incesante de la gente en las calles.

Pasaron muchas noches así, mirando siempre a través de las ventanas, contemplando continuamente las muchas manchas de humedad en las paredes, los mismos cuadros llenos de manchas, comiendo lo mismo: amonites de la peor clase, sopa de harina y, alguna vez, un postre hediondo hecho con zanahorias y una mínima porción de azúcar.

De día había visita médica, y a veces algún aliciente, como podía ser la presencia de un Delegado de Trabajo para tratar de colocar a las personas aún útiles. Incluso vinieron unas mujeres de una organización caritativa para traerles unas latas de conserva, periódicos y algunos juguetes para los niños, ¡cómo si fueran pobres de solemnidad!

Lo habían tenido todo y ahora no tenían absolutamente nada, ni siquiera una vivienda propia. Y lo peor era la espantosa soledad y el atroz egoísmo que había invadido a todos. Mientras aún vivían en Nueva España 3, había habido entre ellos una solidaridad continua que podía resolver cualquier problema personal, familiar o de otra índole. Conversaban por las noches, se ayudaban unos a otros, sentían en sí mismos las desgracias de los demás. Aquí eso había terminado. Cuando el servicio de la sala de espera sacaba los amonites fibrosos, la tibia sopa, y el escaso postre, se arrojaban sobre ellos como bestias, y los comían sin hablar con los demás.

Surgían envidias hacia aquellos que iban marchando. Los niños, que antes eran un tesoro común, eran ahora una continuada molestia, con sus gritos y sus llantos ininterrumpidos. En vano intentó la señora Hidalgo reorganizar las clases, aunque fuera en aquella húmeda sala. Fue inútil. No obtuvo colaboración ninguna por parte de los padres; habían caído todos en una masificación embrutecedora.

Diez días después del traslado sólo quedaban unas cuantas familias sin colocar, y la señora Hidalgo. Todos habían obtenido un pase, y podían salir a las horas marcadas. Pero no querían. Tenían miedo a aquel mundo tan distinto, del cual ya se habían olvidado. No obstante, la maestra tuvo que intentarlo, puesto que quería presentar una instancia ante el Ministerio de Ultratiempo, por ver si podía ser destinada a otra Estación Temporal. Recordaba ahora con horror el caminar apresurado entre masas de gente que la rodeaban por todas partes, empujándola con los codos, con las rodillas, echándole a la cara el aliento... hablando sin cesar. En tres ocasiones la patrulla de Tráfico Ciudadano le pidió el pase. También vio cómo detenían y se llevaban a un desgraciado que había salido fuera de hora. En las paredes, altavoces públicos retransmitían sin cesar noticias sobre la situación de la ciudad.

—Gigantesco atasco entre San Sebastián de les Reyes y Alcobendas. Prohibido terminantemente desplazarse a esa zona, bajo pena de reclusión por tres meses. Pases totalmente suspendidos. Terminada completamente la provisión de alimentos pérmicos en la zona de Vaciamadrid. Inútil por completo acudir allí; no hay existencias. Escape de gas ciudad en el centro de la calle de Alcalá. Tráfico suspendido provisionalmente. Prohibidos vehículos de cualquier tipo en Gran Vía y Sol. Accidente general de tráfico en Chamartín: trescientos veintisiete muertos. Se suministrarán listas oportunamente... Permanezcan atentos a las noticias sobre tráfico ciudadano.

La gente estaba amontonada bajo las pasarelas de cemento armado, se acurrucaba en las puertas de las casas, caminaba en densas masas gritonas por las calles... Un espantoso hedor a suciedad y a carne humana salía en oleadas del gentío.

Los altavoces aullaban:

—Tapón de tráfico humano a la altura del número 122 de Joaquín García Morato. Desvíense por las calles Bravo Murillo y adyacentes, hasta General Sanjurjo. Repetimos la noticia: tapón en García Morato. Fuerzas de Tráfico Ciudadano acordonan el área. Desvíense por Bravo Murillo y adyacentes hasta General Sanjurjo. Pases suspendidos bajo pena de reclusión por tres meses.

Un ferrocarril aéreo ultrarrápido que exhalaba una pesada tufarada a alcohol mal quemado la condujo hasta el Ministerio. Una barahúnda de seres humanos se acumulaba en las ventanillas; sólo se veían brazos levantados enarbolando instancias, recursos, reclamaciones... Los empleados desbordados, no podían atenderles.

—Es un día tranquilo —dijo una voz, a su lado.

Nunca supo quien había pronunciado esas irónicas palabras.

Al volver vio cómo una madre con dos niños caía, gritando, bajo los pies de la multitud, mientras seis guardias de Tráfico Ciudadano intentaban rescatarla. Fue inútil. Las espesas masas apretujadas no podían detenerse en su movimiento, empujadas continuamente por los que venían detrás. En diversos lugares, las ambulancias, aullando sin cesar, surcaban lentamente la hacinada turba... Era en vano. La gente se retiraba hacia los lados, dando codazos, empujando. Sintió un fuerte pinchazo en un costado. Unos gritos se levantaron a su alrededor.

—¡Un pinchador, un pinchador! ¡Ahí va, que no escape!

Cien manos se cerraron sobre una figura gris, que fue sacudida a un lado y a otro. Alguien alzó en alto la gran aguja de acero de que el desgraciado se servía para abrirse paso. Unos gritos inconexos llegaron a oídos de la casi desmayada señora Hidalgo.

—… mujer enferma… prisa... médico...

Era inútil. Estaban linchándolo, aporreándolo hasta morir, sin que los guardias de Tráfico pudieran acercarse. La señora Hidalgo sintió que la cabeza se le iba.

—No se desmaye, por amor de Dios. Si se cae, ya ha terminado usted.

Era un hombre corpulento, de rostro amable, mal vestido, como todos los demás. Durante unos instantes la sostuvo; después, la masa llena de alaridos le arrastró.

Los altavoces volvían a gritar:

—Hay alimentos pérmicos, tubérculos ricos y suculentos, excelentes amonites, y pan integral en barritas de cien gramos, en los establecimientos de la Barriada de San Cristóbal...

—¡Es mentira! —aulló una mujer que tenía las ropas desgarradas—. ¡Siempre dicen eso cuando quieren que nos vayamos a algún lado! ¡Mentirosos, mentirosos, cerdos!

—Excelentes amonites de los más finos, así como también nabos de maravillosa calidad, muy jugosos. Un pinchador ha sido linchado por la multitud en el barrio de Moratalaz; que sirva esto de lección a los que quieren violar el derecho de los demás al libre tráfico. Recordadlo: está próximo a terminar el turno de las doce. Apresuraos... si no podéis regresar a vuestras casas, entrad en el más próximo refugio.

Afortunadamente, la maestra consiguió llegar a la triste sala de espera antes de que terminase su turno. Había menos gente; muchos se habían ido ya a sus nuevos empleos en aquel mundo odioso.

Llegó un día en que se quedó sola. Inútilmente la visitaron el delegado de Trabajo y el propio Guardabosque (de quien decían que había sido procesado, pero sin ser verdad). La señora Hidalgo no tenía donde ir; ni parientes ni amigos, ni siquiera un triste conocido. Bien era cierto que su sueldo se había amontonado en la Caja de Ahorros de Madrid mientras estaba destinada en Nueva España 3. Incluso había llegado a pensar que tenía ahorrada una pequeña fortuna, dado que los gastos en la estación temporal eran prácticamente nulos. Pero no era así. La tasa de inflación era tan intensa, que sus ahorros apenas le llegarían para subsistir medio año, en un cuartejo alquilado, naturalmente sin calefacción ni cocina, y comiendo alimentos de la peor calidad. El sueldo, a pesar de sus continuas rectificaciones, era también insuficiente.

Quizás hubiera alguien de buen corazón en la estación temporal. Llegó un momento en que le cedieron un catre en una habitación abandonada, fría, húmeda, y con un pequeño ventanuco que daba a un patio. Y allí siguieron pasando los días, sin que la respuesta del Ministerio llegase. Ya no le importaban en absoluto las causas de la destrucción de Nueva España 3; eso pertenecía al pasado feliz, olvidado y muerto. Sólo quería marcharse de allí, como fuera, con tal de volver a una de las nuevas estaciones. Y si era preciso no de maestra, sino de barrendera, de cocinera, hasta de mendiga... Si hubieran existido mendigos en el Pérmico Medio habrían vivido un millón de veces mejor que el más rico de los españoles del Presente.

De los demás habitantes de la estación temporal sólo volvió a ver a un matrimonio que un día cayó por allí para recoger un baúl olvidado. La señora Hidalgo casi no los conoció. El hombre estaba delgado; macilento, con un espantoso gesto de fatiga en el rostro. La mujer tenía un brazo roto; según explicó, a causa de un accidente de tráfico. Y todos sabían muy bien que estos accidentes no eran ya de automóvil. Sólo hablaron unos momentos con ella. Tenían prisa; siempre tenían prisa. Los niños estaban en un corral de infantes, con otros cincuenta mil más, como ganado. Los veían solamente los domingos; no podían ir los demás días. Él trabajaba en una fábrica de conversión de estiércol humano; ella, en unas hilaturas. Vivían en una sola habitación, todos apiñados, y aún podía decirse que tenían suerte. Carecían de agua, que era preciso traer diariamente de un grifo público; no tenían calefacción, ni tampoco servicios higiénicos, que eran generales. Al parecer, las batallas por el uso del lavabo eran aterradoras; entre una docena de vecinos habían contratado un matón para que les reservase y defendiese los turnos. No; no sabían nada de los demás. Viedma, García Berry, el Guardabosque... Todos se habían perdido en la gigantesca ciudad...

—Y aquí dicen que estamos bien —concluyó el hombre amargamente—. Parece que Tokio, Nueva York y otros sitios así son... no sé, vamos, que no se puede explicar.

Ninguno más apareció, y los meses pasaron uno tras otro, siempre con la misma rutina. Bajar de la sucia habitación para comer en el bar, pagando precios cada vez más altos por una ración de carne llena de huesos, o por un pan negro y crujiente de arena... Beber solamente agua clorada, turbia y llena de residuos. Una cerveza o un vaso de vino eran un lujo sólo al alcance de los poderosos. Ver la televisión en la sala de espera. Y de nuevo la habitación, las pesadillas, los recuerdos. .

Una vez, en pleno invierno, la anciana maestra intentó presentar una nueva instancia. No pudo llegar al Ministerio; las cosas habían empeorado, y los tapones de tráfico le cortaron el paso por todas partes. Cuando vio que su ración de tiempo terminaba tuvo que regresar, con la arrugada instancia en el bolsillo.

Solicitó inútilmente un pase especial, alegando su edad, las dificultades de desplazamiento, la gestión que tenía que hacer. No se lo concedieron.

Por fin, un día, casi un año después de haber regresado al Presente, un funcionario del Ministerio vino a verla. Resultó ser un antiguo amigo de su marido, y eso condujo la conversación a términos más cordiales.

—Le dirigimos tres oficios contestando su instancia, señora Hidalgo.

—No he recibido ninguno...

—Bueno; el correo funciona cada día peor. Pero la llamamos por teléfono también; siempre estaba comunicando.

—Lo que está es siempre estropeado.

—Claro, naturalmente, estas cosas fallan mucho. Bueno; como tenía que venir por aquí cerca, he aprovechado la ocasión. Tengo un pase especial para todo el día. Cuestiones oficiales... Y en tiempos su esposo, que Dios tenga en su gloria, me hizo un par de favores... Bien, señora Hidalgo, bien, bien.

La maestra levantó los ojos del suelo y miró con fijeza al hombre gris, con gafas de grueso cristal y un traje desgastado hasta ser casi translúcido, que estaba sentado ante ella en la destartalada sala de espera.

—¿Qué tiene usted que decirme, señor? ¿Es sobre mi instancia?

—Sí, claro. Bueno... no sé cómo empezar.

—La han desestimado.

—Lo siento; pero así es. Está usted jubilada, ¿sabe? No puede usted pedir un traslado.

—Pero, ¡si yo estaba allí, en el Pérmico! Yo no quise venir... ¡me trajeron a la fuerza!

—Lo siento; lo siento mucho. Le queda a usted la jubilación. Algo es algo. Y el propio Cenzano Larios, el Ministro, ya sabe usted, se ha interesado personalmente. Ha dicho que siga usted asilada aquí...

—¿Asilada?

—Así le llamamos ahora. Algunos... esto... privilegiados, tienen la oportunidad de que una dependencia del Gobierno les deje vivir en un lugar no ocupado. Ese cuartito que usted tiene es una... esto... concesión especial. Es muy de agradecer... Nadie podrá sacarla de ahí... En todos los Ministerios pasa. Yo vivo debajo de la escalera en la Dirección General de Transporte Intertemporal; es un sitio que no está mal; sólo que hay que cubrirlo con lonas... Pero mi mujer y mis hijos están muy satisfechos... naturalmente.

—¿Y el Ministro, donde vive? —dijo la señora Hidalgo, rencorosamente.

—¡Ah, él! Tiene un piso propio en el Ministerio. Tres habitaciones, y servicios. Una maravilla, créame. En fin, señora, lo siento. Créame que yo...

La señora Hidalgo lo detuvo, poniendo la mano sobre la raída manga del traje gris.

—Pero, ¿es que no hay manera de que yo vuelva a otra Nueva España? ¡Tenía derecho a estar allí, y ustedes me trajeron! Y ahora dicen que soy demasiado vieja para volver... ¿Es que no hay forma?

—Ninguna, señora —dijo el funcionario, tristemente—. Absolutamente ninguna.

—Y he de morir aquí... ¡aquí! Mis alumnos, mis niños, mis amigos... ¡todo desaparecido! ¡Lo han matado ustedes!

El hombre guardó silencio, muy compungido, y evidentemente arrepentido de haber hecho aquella gestión personal.

—Un último favor voy a pedirle, por la memoria del pobre Pedro. Ya no le molestaré más. Estoy segura de que usted puede hacérmelo.

—Usted dirá, señora —musitó el hombre, reservonamente.

—Quiero saber la verdadera razón de que Nueva España 3 fuera destruida. Usted la sabe, señor Martínez. Por favor, ¡dígamela!

El funcionario bajó los ojos, rehuyendo la intensa mirada de la anciana. Abrió la boca, como si fuera a decir algo; la cerró. Hizo un gesto con los hombros, como desprendiéndose de una responsabilidad que no pesaba sobre ellos.

—Bueno... —dijo, con renuencia—. Eso ya es sabido. Hubo un error al establecer la estación. Tenía que haber sido exactamente en el año cincuenta mil de nuestro período... ¿verdad? Pues hubo un error. Los técnicos se equivocaron... la pusieron en el cuarenta y nueve mil novecientos cincuenta, más o menos. Unos cincuenta años antes. Ya sabe usted las normas... veinticinco mil años entre base y base.

—¿Por cincuenta años?

—Eso es. El Consejo Intertemporal de Zurich se enteró... lo cierto es que el Ministerio no dijo nada. No íbamos a tirar piedras a nuestro propio tejado. Pero esa gente hizo una inspección; son condenadamente estrictos. O se suprimía Nueva España 2, o Nueva España 3, y no había otra solución…

De pronto el funcionario cerró la boca con tal fuerza que sus labios descoloridos se tomaron una fina línea. Acababa de darse cuenta de que había soltado una información que no debía ser dicha. Pero era tarde; la señora Hidalgo la había cazado al vuelo.

—¿De manera que la dos o la tres, a elegir?

—Sí... —contestó el otro, débilmente.

—Voy a recordarle una cosa, señor mío. En el emplazamiento de Nueva España 2, había un volcán en actividad, ya extinguido y desaparecido veinticinco mil años más tarde, cuando se fundó la base tres. La Cúpula de Nueva España 2 estaba a quinientos metros del cráter; eso lo sabíamos todos. ¿Tengo que decir más? ¿Tengo que decir que el poblado, por razones de seguridad, hubo que construirlo a tres kilómetros de la Cúpula? ¿Digo que el transporte era más caro y complicado que en las demás estaciones? ¿ Que nadie vivía a gusto en la estación dos? ¿ Que todos tenían un miedo negro a las erupciones del volcán? ¿Que la Cúpula fue destruida dos veces por la lava? ¿Eh?

—Sí, señora —dijo el funcionario, torvamente.

—Y sabe usted, para terminar, que incluso se había comentado en el Ministerio el suprimir completamente la estación dos. ¿Es o no cierto?

—Cierto, señora, cierto —contestó el hombre, sin saber dónde mirar.

—Entonces... hay algo más. Contésteme... ¿por qué se suprimió Nueva España 3?

El funcionario parecía bailar sobre brasas ardientes. Miraba a todas partes, desesperado, como si pudiera llegarle de algún sitio una ayuda imprevista.

—No se calle, señor Martínez. ¡Contésteme! Por la memoria de mi marido, hágalo usted.

—Bueno... —dijo el hombre, trabajosamente—. ¿Me promete usted que lo que voy a decirle no lo comentará con nadie? Secreto absoluto, usted me entiende.

—Lo prometo... hable usted.

—Me costará el puesto, si usted... En fin, ahí va, Mire. Unos meses antes de tomar la decisión, Cenzano Larios asistió a un Consejo de Ministros... Al salir, iba hablando con Monteagudo, el Ministro de Educación y Ciencia. Usted sabe quién es.

—Claro que sí. Siga. ¿ Qué más?

—Yo los oí; estaban allí, con la firma preparada. Monteagudo decía algo así como: «Es un escándalo. Esa mujer no hace otra cosa que hablar mal de todos los personajes de la historia. Se mete con los Reyes Católicos, con el Gran Capitán, con Cisneros... Le hemos llamado la atención un par de veces, pero contesta que todo lo que dice es cierto y que puede demostrarlo». Cenzano Larios contestó: «¿Y es cierto?». Y Monteagudo dijo: «Sí que lo es... claro que sí, pero es que no pueden hacerse estas cosas. ¿De qué sirve demostrar que los Reyes Católicos no eran tan católicos, y que el Gran Capitán era un... facineroso? ¡Me gustaría sacarla de allí como fuera!». Y Cenzano Larios le contestó: «Pues me parece que vamos a tener una ocasión de hacerlo; ya te diré». Yo no oí nada más, señora, pero me parece bastante.

La señora Hidalgo sintió como si le hubieran dado un mazazo en la cabeza. Las mesas desvencijadas y las paredes llenas de manchas de la sala de espera giraban a su alrededor en un baile demoníaco.

—Pero, por favor... ni una palabra. ¿Me permite un consejo, señora? Piense usted que a un gobierno no le gusta que le lleven la contraria, por muy democrático que sea. Sus clases no gustaban. La habían avisado dos veces. Yo qué le voy a decir... ¿Se encuentra bien?

La anciana maestra apenas escuchó las palabras con que el funcionario se despedía. Se encontró sola, totalmente sola en la enorme sala.

—De manera que por eso... por eso... —murmuró.

Volvió a ver en su mente el momento crucial, el momento en que Juan Clemente, el Guardabosque, aferraba en sus manos crispadas la culata del rifle. Quizás una sola frase suya, en aquel instante, hubiera bastado para cambiar la historia. Penetró en su cerebro la espantosa idea de que durante un infinitesimal segundo, la suerte de la colonia entera había estado en sus manos. Pero aquel instante único, aquel instante heroico en que podía haberse tomado una decisión de incalculables consecuencias, había pasado ya. Se le había ofrecido solamente una vez, y en ese terrible fragmento de tiempo, el Guardabosque se había encontrado solo, sin nadie que le convenciera de que debía seguir adelante. Los Ministerios eran tigres de papel; hubieran caído como bolos cuando la verdad se hubiera descubierto... Pero el segundo maravilloso, el momento épico en que la suerte de mil quinientas personas estuvo oscilando en la balanza del destino había pasado ya, y el destino nunca le ofrecería una segunda oportunidad. Su instancia jamás sería admitida, y los desperdigados habitantes de Nueva España 3 nunca regresarían al Pérmico Medio. ¡Más hubiera valido morir!

Volvieron a pasar por su memoria las imágenes de los niños escuchándola, de los tractores labrando los campos, de su marido luchando con los reptiles... Cayó de pronto sobre ella aquella absurda responsabilidad que le habían cargado a las espaldas. Los campos arrasados y quemados, las familias separadas y condenadas a una vida horrenda... ella misma, separada del servicio y olvidada...

—¡Malditos! —aulló, roncamente—. ¡Malditos, malditos!

Sólo le respondió el bordonear incesante de las multitudes. Durante mucho rato la señora Hidalgo repitió, en tono cada vez más bajo, esa misma palabra: «malditos, malditos». Luego, llegó un instante en que su voz, enronquecida, se sumó al sonido de grajo de las muchedumbres y se perdió, como un rumor más, entre todos los ruidos de la ciudad inhumana.

© Gabriel Bermúdez