Otras formas de difusión - Columna de Emilio Bueso

Hace ya cuatro o cinco años que echaron el cierre todos y cada uno de los pequeños comerciantes de mi tierra que vendían música, de modo que ahora vivo en una ciudad pequeña en la que si quieres comprar un CD tienes que irte a las grandes superficies. Y las grandes superficies también están recortando inexorablemente el número de metros cuadrados que todavía destinan a la venta de música en soporte tradicional.

Recuerdo bien cómo era cuando empezó todo porque empezó hace solo siete años. Yo tenía un amigo que tenía una tienda de discos. Cuando le dije que me salía más a cuento pedirle mi música rara al Napster que a él, me respondió que aquello era de freakies pringaos. Que la gente siempre querría tener los discos originales, bien grabados y magníficamente estuchados, y no en forma de ficheros sueltos por el ordenador. Que la industria del disco era intocable. Que el MP3 era para los raritos. Que nada terminaría con el coleccionismo. Que los melómanos auténticos como él no iban a renunciar al fetiche con forma de rosco jamás.

Ahora es instalador de máquinas de aire acondicionado.

Algo parecido pasó con el nota aquel con el que yo solía estudiar en primero hasta que se dejó la carrera para montarse un videoclub. Llegó la mula, lenta y barrigona, y arrambló con él y su modelo de negocio en solo unos pocos meses. El DivX no le perdonó. Y eso que yo traté de avisarle, pero él me vino con la misma matraca que todos. Me dijo que la gente no se iba a poner un ordenador y una línea ADSL con tal de no pagarle a él los ridículos alquileres de las películas. Que Internet no era para eso y que las abuelas no tenían un P2P.

Pues no sé que estarán viendo las abuelas ahora en sus teles de plasma, pero el caso es que apenas quedan videoclubes en mi ciudad. Para colmo, tampoco resulta fácil comprarse películas en DVD porque hasta las grandes superficies están desinvirtiendo en ese formato de negocio. Y las salas de cine se están vaciando, toma ya.

Tampoco tengo ni idea de lo que hizo mi antiguo compañero de estudios con su vida tras cerrar el videoclub, pero apuesto a que curra en una inmobiliaria; así que pronto terminará siendo churrero, digo.

Y algo parecido debe de haberle sucedido al avispado aquel que conocí en el gimnasio, que se montó un locutorio de aquellos que se te llenaban enseguida de inmigrantes. Ya había amortizado el desembolso inicial y pagado la entrada del Volvo cuando aparecieron el Skype, el VOIPBuster y toda la gama de artículos de voz sobre IP para particulares y… hale, a otra cosa. Internet también se lo comió a él y a su floreciente business plan, y eso que su producto no se podía piratear.

Por la misma regla de tres, resulta que los proveedores de telefonía fija están teniendo graves problemas de estructura económica a medida que la gente se instala un sistema VOIP en su ordenador. De hecho, ya no vale la pena pagar una línea de teléfono: sale mucho más barato, y en algunos casos hasta ofrece mejor calidad de audio, telefonear usando una conexión a Internet en vez de un teléfono tradicional. Y del asalto a la cuota de mercado de la telefonía sin hilos que podrían organizar los móviles WiFi ya hablaremos otro día.

Otra gran afectada por todo este asunto es la prensa escrita, que va reduciendo sus tiradas año tras año. Y lo de la tele ya es el colmo total. Yo sin ir más lejos ya no veo la televisión, oigan. Me he convertido en un ciudadano libre, en un hombre nuevo. De un tiempo a esta parte que me bajo hasta las series que me interesan, ya paso de chuparme veinte minutos de publicidad por cada hora de contenidos que ponen. No puedo perder tanto tiempo viendo anuncios que me tratan de idiota ni soy capaz de plegarme a la dictadura de los horarios y fechas que me imponen las cadenas. Exijo ver a House haciendo punciones lumbares y diagnosticando lupus a diestro y siniestro cuando a mí me salga del píloro, y no al son de los tambores de la contraprogramación. Y en esas estamos: hasta la todopoderosa industria de la televisión se está acojonando de ver la que le va a caer encima en cuanto proliferen las descargas en su contra. Les quedarán los contenidos en directo y poco más, porque las reposiciones ya parece que sean cosa de los portales como YouTube.

Así que ahora, amigo librero, supongo que estamos en la fase en la que me toca aguantar tus explicaciones poniéndome de tonto del culo para arriba cuando me dices que los libros solo molan en papel, que la gente que entiende, que colecciona y que no está en la parra jamás dejará de leer volúmenes impresos. Que lo tuyo no es como lo de las tiendas de discos o de los videoclubes, que el mundo del libro es otro rollo. Que lo que pasa es que yo no me cosco, que estoy como una chota y todo eso de que los libros mola olerlos y pasar las páginas con los dedos y a lametones, como se hacía desde los tiempos de Guillermo de Baskerville. Que nuestra generación adora el papel a muerte y que te partes de la risa cada vez que oyes hablar a alguien de la implantación de los libros electrónicos.

Y puede que tengas algo de razón en eso, pero igual que el iPod hizo que la gente se volcara al MP3 y los reproductores domésticos de salón hicieron que la gente se pasara al DivX, ahora está a punto de desembarcar en España —país que se apunta a que lo bombardeen con tal de matar de hambre a sus autores—, el Sony Reader, que amenaza con hacer que el PDF envíe tu modelo de negocio a tomar viento.

Cuando veas lo majo que es el cacharrillo empezarás a preocuparte, porque resulta mucho más agradable leerse una novela en esa cosa que en una encuadernación en cuero, lo creas o no. Se trata de un chisme de tacto pornográfico que no te cansa los ojos al leer, que te permite leer a oscuras y que pronto te permitirá leer en la bañera. Que almacena ecológica y eficientemente dos millones de novelas, si te empeñas. Que te permite insertar marcas, hacer búsquedas… Y lo más importante de todo, que en vez de aflojar un billete azul (que es curiosamente lo mismo que valía un disco o una película) por cada libro, lo dejemos en cuatro perras y tira millas.
Tras el aterrizaje de Sony, llegarán las alternativas baratas taiwanesas que nos leerán a viva voz y nos traducirán macarrónicamente los libros; que nos permitirán hipertextualizarlos, llenarlos de borrones y hasta garabatear sobre ellos, algo ideal para el material docente. Luego, en la última fase del ciclo tecnológico, los lectores de papel electrónico se integrarán en los teléfonos móviles, tal y como ya está sucediendo con los reproductores MP3, que de un tiempo a esta parte ya los hace Nokia.

Durante ese proceso de implantación del PDF o similar como formato de consumo por defecto se irán a la quiebra las editoriales tradicionales y las que no se quieran adaptar, las distribuidoras no tendrán ni una oportunidad, y los escritores profesionales tendrán que renunciar a una importante parte de sus ingresos en cuanto se vean obligados a competir con los minoritarios en igualdad de condiciones. Sin monopolios.

En el proceso, creo yo, todos ganaremos. Todos menos los apalancados, que eso es lo que tiene esto del progreso de la sociedad de la información y tal, que suelen salir ganando los ciudadanos de a pie, más o menos. Saldré ganando hasta yo, que si publico algo es porque quiero que lo lean sin trabas, aquí y en Cancún. Ganaré los lectores que me pierdo cada vez que la mafia del libro decide posicionar a dedo a un fulano en mi lugar porque sí. Y no, no me preocupa el cash flow, porque para comer ya me busco la vida de otro modo, lo mismo que hizo Lovecraft, qué coño, que para ser un escritor legendario tampoco hace falta dedicación en exclusiva; que está claro que la gente ya no quiere pagar por acceder a los contenidos, y yo ya he venido a este mundo hecho a la idea. Hasta las novedades editoriales(1) más rabiosas están ya a tiro por la red. Y algunas veces, incluso las traducen al castellano antes los propios internautas que la industria.

Así que vete buscando las habichuelas, que los grandes de la tecnología vienen por ti, amigo librero. Y si no te hunden estas navidades lo harán en las del 2030. Todo empieza con el regalito electrónico navideño desnortado, ese que va tan a la moda. Bastará con que Sony haga un par de anuncios acerca de lo fashion que es un lector de PDFs y…

…y uno de los principales beneficiarios será la literatura de género. Porque si abaratamos los costes y democratizamos el mercado se abrirán huecos para los productos minoritarios, que escaparán del nicho en que han quedado confinados por culpa de la industria. Todo lo que las editoriales han estado arrinconando durante décadas saldrá de su agujero con más rabia que nunca, y entonces veremos si es verdad eso de que todos los filtros que establece la industria actual redundan en favor de la sociedad.
Quizás nos sorprendamos al ver cómo quedarán los índices de ventas en cuanto el gran público (ese que compra sus libros siempre antes de coger un vuelo transoceánico) tenga a su alcance, pongamos, todo tipo de novelas de terror, y no solo las de Stephen King y su familia.

(1) - Enlace a un recurso de Internet donde se pueden descargar las principales novedades editoriales, del fandom y la literatura de masas, eliminado por ir en contra de la política de difusión de Sedice.

Firmado: Emilio Bueso






acer_468x60.gif