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La antigua Vamurta
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Igor
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Registrado: Mar 05, 2009
Mensajes: 451
MensajePublicado: Vie Sep 11, 2009 8:42 am    Asunto: Responder citando

La verdad es que estoy un poco impresionado. El texto lo daba por bueno, y ya ves, aquí unas cuantas erratas. Después de llevarme las manos a la cabeza y de corregir los errores, pienso que es una suerte y un privilegio encontrar a foreros que dominen tan bien los resortes de la lengua escrita. Y que se tomen la molestia de postear.
En todo lo que apuntas aciertas. La RAE sólo parece aceptar "a escondidas". Y hay algunas anotaciones sobre errores de gran calibre y otros más finos.
Si alguna vez encuentro el profesor que me aprobó la ortografía, no saludaré. Y aunque voy sacando el polvo a viejos manuales, me queda un buen trecho para escalar.

De nuevo, agradecer la lectura y esta cirugía a foro abierto, que tanto bien me hace.

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Igor
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Registrado: Mar 05, 2009
Mensajes: 451
MensajePublicado: Dom Sep 20, 2009 7:32 am    Asunto: Responder citando

Capítulo 3

"LA ESPERA"



El rumor de los combates se fundía con la tranquilizadora música de la cotidianidad. Las voces de la calle llegaban amortiguadas hasta la habitación donde Serlan De Enroc, heredero de Vamurta, dormía desde hacía más de un día. Una terrible sed lo debió despertar, ya que al abrir los ojos dirigió sus manos temblorosas hacia la jarra de agua que le habían dejado en la mesa, al lado de su cama. La bebió precipitadamente, sin importarle que buena parte del líquido cayera sobre su camisa blanca y sobre las sábanas.

Cuando acabó de beber miró su habitación como si nunca hubiera estado allí. Tardó en conseguir incorporarse, la espalda le pesaba mucho, sus piernas no le respondían bien. Se sentó en la cama, quieto, escuchando como reaccionaba su cuerpo. Lejos, le llegó el seco retronar del bombardeo. Entonces comenzó a recordar. El despertar tras la batalla, aquella enorme confusión, la cuerda con la que fue izado, la herida. Las gentes de su condado, de su ciudad, sus vidas, estranguladas por el sitio.
Se sintió lo bastante seguro para levantarse y, muy despacio, comenzar a andar sobre el mármol frío de sus aposentos. Se dirigió hasta el balcón, apartó les pesadas cortinas de lana negra y salió. Los rayos del sol lo cegaron, toda la ciudad parecía blanca, golpeada por aquel baño de luz. Cuando sus ojos fueron adaptándose a la claridad pudo distinguir las columnas de humo que se levantaban a poniente. Más allá vislumbró el ejército enemigo. Desde su habitación, parecían bolsas negras desparramadas sobre las doradas y sinuosas extensiones de los campos de cereales y las cuadrículas verdosas de los huertos. Su debilitamiento, los mareos que le sobrevenían desde que se levantó, le ofrecían una nueva perspectiva. Todo aquello parecía muy lejano, lejano a su persona. Se preguntó por qué hacía la guerra. En aquel momento no recordó demasiado bien cómo empezó, quién inició las hostilidades. ¿Fue aquel ataque murriano a uno de los castillos de frontera? A los soldados de la guarnición les habían cortado el cuello. Hombres grises abandonados a la muerte. Habían llegado rumores de una matanza en algún asentamiento murriano, antes del ataque. Nadie estaba seguro. En las guerras nadie sabe la verdad, ni tan siquiera los verdugos, ni él, el heredero… Le pareció que los acontecimientos se habían sucedido sin una razón, sin que los pudiera gobernar, incapaz de virar el rumbo de los mismos.

Paseó su mirada sobre las azoteas de su ciudad, que le parecieron un inmenso tablero de ajedrez hecho de casillas irregulares, algunas más hundidas, otras elevadas. Siguió los cortes de las calles hasta que su atención se centró en el puerto de Vamurta, al este de la ciudadela. Figuras minúsculas y ajetreadas cargaban las naves, muchas ancladas al abrigo del espigón construido con grandes rocas. Debía haber unas cincuenta o algo más, las banderas rojas y blancas ondeando. Era la flota que siempre había dominado el Golfo de Daler y el Mar de los Anónimos, capaces de ahuyentar las flotas de corsarios que habían organizado los Pueblos del Mar y hacer valer su supremacía sobre las humildes escuadras de las Colonias.
Vamurta exportaba hierro de las minas de la Sierra de Andonin, armas forjadas por las decenas de herreros asentados en la ciudad, cereales y paños tintados con colores puros. Las mercancías llegaban a las Colonias y desde allí a otros muchos puntos. Algunos mercaderes también habían establecido rutas más al sur y al norte, con pueblos extraños a los que sólo se les conocía por sus productos, que los comerciantes traían en sus viajes de vuelta. En tiempos de paz había habido un ir y volver de mercancías hacia el oeste, incluso algunos murrianos se habían establecido en la capital, pero eso ya parecía una leyenda remota.
Serlan sabía que muchos de los prohombres de la ciudad previeron que el sitio iba a llegar. Quizá por su cercanía a los centros de poder del Condado. Recogían y se marchaban. Los artesanos y los campesinos, más ignorantes de todo lo que sucedía, seguían en la ciudad.

Un mareo intenso le obligó a apoyarse sobre la baranda del balcón. Todo daba vueltas. Volvió a la cama, donde se estiró. Se sentía abatido, incapaz de luchar. Oyó el rugir de las explosiones. Todo aquello que amaba, su mundo, sus gentes, se rompía sin que él pudiera hacer nada para invertir los acontecimientos. Quizás hubiera sido mejor atrincherarse desde un principio tras los muros de la capital o subir a las montañas, donde habrían resistido mucho tiempo, o incluso desplazarse hacia el norte, siguiendo la costa, donde sólo habían pequeñas tribus de hombres grises, donde las altas sierras y los valles estrechos les hubieran dado cobijo. Estaba casi convencido de haber escogido el peor camino. Presentar combate a campo abierto, una y otra vez, hasta aniquilar a todos sus ejércitos grises. Se cubrió la cara con sus manos rugosas, nunca se había considerado tan responsable de aquella debacle. Otra vez su debilidad lo atrapaba y lo conducía a la antesala de sueños tenebrosos.

— ¿Señor? ¿Me escucháis?
Una densa nube lo arrastraba entre fuertes corrientes de agua, alzándolo y hundiéndolo. Luego era llevado hasta unos bosques cubiertos de niebla y vapuleado entre esa masa de agua y ramas. Nada podía hacer, excepto seguir nadando en aquella especie de útero áspero y acuoso, intentando no ahogarse.
— Señor, la Condesa os reclama. ¡Señor! —levantó la voz—. Vuestra madre os reclama en el Salón de Gobierno.

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dafd
Alcaide
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Registrado: Jun 05, 2007
Mensajes: 1614
MensajePublicado: Dom Sep 20, 2009 10:43 am    Asunto: Responder citando

Igor escribió:
Era la flota que siempre había
dominado el Golfo de Daler y el Mar de los
Anónimos, capaces de ahuyentar las flotas
Te señalo esta frase por la palabra flota.
Igor escribió:
donde sólo habían pequeñas tribus de hombres grises, donde las altas sierras y los valles estrechos les hubieran dado cobijo
Lo que te resalto en negrita yo creo que debería ser impersonal, había "pequeñas tribus". Y también me gustaría señalarte ese "donde", que en poco espacio reutilizas.
Igor escribió:
Quizás hubiera sido mejor atrincherarse desde un principio tras los muros de la capital o subir a las montañas, donde habrían resistido mucho tiempo, o incluso desplazarse hacia el norte, siguiendo la costa, donde sólo habían pequeñas tribus de hombres grises, donde las altas sierras y los valles estrechos les hubieran dado cobijo
Esta última cláusula "donde las altas sierras y los valles estrechos les hubieran dado cobijo", al venir inmediatamente tras la de "donde sólo habían pequeñas tribus de hombres grises", puede llevar al equívoco de referirse a que el "cobijo" lo encuentran esas "pequeñas tribus", y no, como es el caso, el heredero y su pueblo. Pero, vamos, a lo mejor estoy en plan pejiguera.
Ya le empezaba a echar de menos al personaje del príncipe. Por cierto me ha parecido un acierto incluir esas consideraciones sobre su propio fracaso y la forma que las has dado. Y también me ha gustado ese sosiego con que te tomas las descripciones, estando de fondo la guerra.
Poco a poco nos presentas a más actores en este drama. Ahora esperaremos a la madre.

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Igor
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Registrado: Mar 05, 2009
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MensajePublicado: Lun Sep 21, 2009 9:14 am    Asunto: Responder citando

Hola,
La madre se llama Ermesenda. Es uno de los grandes protagonistas del libro. Hubo una poderosa Ermessenda en la Edad Media. Una mujer muy especial, según leí en alguna crónica de la época.
Sobre las correcciones que me anotas (¡mil gracias!), en todas aciertas. Sobre las dos primeras, éstas son evidentes. Para la tercera he debido leer dos veces, y tampoco hay duda. Crea confusión y provoca que el mensaje se desvíe de lo que quería narrar.

Sobre las descripciones y su sosiego. Soy consciente de que el relato épico pide muchas veces músculo, brío narrativo. El tempo lento que conlleva la descripción lo mata, pero disfruto escribiéndolas y, por otro lado, crea un contraste de ritmos, entre los hechos bélicos y la cotidiandidad, los paisajes y gentes que rodean a la acción.

Un saludo.

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Alcaide
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Ubicación: Coruña City
MensajePublicado: Lun Sep 21, 2009 11:42 am    Asunto: Responder citando

Hola, de nuevo por aquí y un trozo de los más grato, siendo algo de recuperación del largo y duro trago anterior. Difícil encontrar algo que corregir, sólo una sugerencia:

La bebió precipitadamente, sin importarle que buena parte del líquido cayera sobre su camisa blanca y (sobre) las sábanas. El segundo sobre lo quitaría.


_________________
"El que lucha contra nosotros nos refuerza los nervios y perfecciona nuestra habilidad". Edmund Burke.
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Igor
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Registrado: Mar 05, 2009
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MensajePublicado: Mie Sep 23, 2009 9:27 am    Asunto: Responder citando

Hola,

Sugerencia ya asumida e insertada en el libro.
Gracias por leer y pasarte por aquí. Bueno, sí que hay un cierto desasosiego en la novela, el desaliento del que ve su mundo desmoronándose a su alrededor.
Me tranquiliza que no encuentras muchos fallos.
Un saludo, Prospector.

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Igor
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Registrado: Mar 05, 2009
Mensajes: 451
MensajePublicado: Lun Sep 28, 2009 2:49 pm    Asunto: Responder citando

Esa voz disipó su pesadilla. Un hombre se encontraba inclinado sobre su cama, vestido con la túnica negra, reservada a los mayordomos de Palacio. Unos haces de luz baja penetraban en la cámara a través del balcón abierto, donde se recortaban, sobre un cielo azul oscurecido, las manchas negras de muchas golondrinas, que chillaban alegres, trazando líneas imposibles en sus vuelos acrobáticos. La noche estaba próxima. Había dormido todo el día. Al incorporarse bajo la atenta mirada del mayordomo, el fondo de alegría de las aves se derrumbó de golpe, cuando volvió el eco desgarrador de los combates. Todo aquello parecía otra pesadilla. La herida en la pierna le seguía doliendo pero pudo levantarse. Había que estar con los hombres, pensó, dirigirlos en aquella última hora. Un dolor sordo ascendía desde sus tobillos hasta la cintura. Puso los pies en el suelo, se levantó. Una sensación de fragilidad y rabia lo dominaba.
— Traedme las armas —ordenó con voz seca.
— Vuestra excelentísima madre me ha ordenado...
— ¡Vestidme! ¡Vestidme como el guerrero que soy! –exclamó, contrariado por aquella desobediencia.

El mayordomo le ajustó la cota de malla, le ató, ceremonioso, las grebas de hierro ribeteadas en oro, le colocó la coraza pectoral. Haciendo una ligera reverencia, le entregó la espada y después una daga bien afilada. Serlan agarró uno de los cascos cilíndricos que colgaban de la pared, guardándolo bajo su brazo.
— Ahora llévame hasta el Salón de Gobierno.

Al salir de su cámara, el mayordomo observó una notable cojera en el Heredero. No se atrevió a decir nada. En el Palacio y en la ciudad se escuchaban muchos rumores sobre su salud. Incluso se le daba por muerto. Bajaron por la escalera de mármol blanco que comunicaba las estancias condales, en la parte alta de la Torre de Homenaje, con el Patio de Armas. Salieron al exterior, la luz del día se apagaba oscureciendo los muros que cerraban el patio. Serlan se dio cuenta, preocupado, que excepto los dos siervos que salían de las cocinas, no se veía a nadie más en la explanada. Un inusual silencio agarrotaba aquel espacio. Tampoco había guardias encaramados en la muralla de la Ciudadela. ¿Dónde estaban?
— ¿Por qué no están los guardias en su sitio?
— Señor, aquí quedamos los indispensables. Todos han marchado hacia la Puerta de Oriente. O lo que queda de ella.
— ¿Y la Falange Roja?
— Ha salido, señor. También hacia las murallas.
Tras un momento, en el que sólo se escuchaban sus propios pasos resonando en el patio, el Heredero volvió a preguntar.
— ¿Quién ha dado la orden?
— La Condesa lo ha autorizado, señor.
Llegaron al otro extremo del patio. En aquel punto empezaba la ancha escalinata que subía hasta el pequeño claustro que conducía al Salón de Gobierno. Se fijó que ahí tampoco había sirvientes ni guardias. El jardín del claustro, prisionero de las columnas que lo encerraban, parecía algo más asilvestrado y oscuro. Al Heredero le pareció que aquel paraíso había perdido, en algo, la serenidad que proporcionaba la contemplación de sus flores y arbustos simétricos. Siguieron por el pasillo de aquel jardín, casi amenazante, que hacía de distribuidor. Pasaron por delante de la Sala Capitular. Serlan vio, a través de la puerta, las grandes sillas cinceladas en madera de acebo, vacías. Tras dejar atrás la Biblioteca accedieron a la puerta del Salón, que estaba guardada por dos alabarderos que miraron al Heredero sin poder disimular en todo su sorpresa. Los guardas abrieron las pesadas puertas del Salón y el mayordomo avanzó.
— Serlan De Enroc, heredero del Condado de Vamurta – anunció, levantando la voz.
El Salón de Gobierno era una de las mejores estancias del Palacio fortificado de los condes. Una enorme sala de planta rectangular de unos doce cuerpos de altura, sostenida por poderosos arcos de media punta que se sucedían hasta el final de la nave, donde desde los tiempos de la fundación del condado se reunía el Consejo de los Once, formado por los cinco vizcondes principales, los cinco sacerdotes mayores y presidido por el Conde. Bajo la alta cúpula que coronaba la sala, se reunía el Consejo. Para llegar hasta ella había que pasar entre los pilares de piedra blanca de los arcos laterales. De un extremo de la nave a otro, se abrían largas y estrechas ventanas de vidrios de colores que creaban una atmósfera casi sobrenatural cuando la luz del sol, al traspasar los vidrios, proyectaba tonalidades calidoscópicas sobre las paredes y el suelo del pasadizo central, de los rojos a los colores del mar hasta el verde de la esmeralda. Serlan siempre pensó que el Salón más parecía un templo que no un lugar donde se decidían los incrementos de los diezmos, los cambios en la diplomacia o las normas que regía el uso de los molinos condales. Esa tarde, casi noche, era la luz de las decenas de candelabros los que otorgaban un ambiente fantasmagórico al Salón.
Las doncellas de Palacio callaron al ver avanzar al Heredero, cojo, muy delgado, el color roto en el rostro de un hombre que ha perdido la fuerza, arrastrando su cuerpo y su gruesa cota sobre la que relucía la coraza bajo el resplandor de las velas, con ese aspecto horrible del convaleciente que ha decidido romper su reposo antes de tiempo.
La Condesa Ermesenda lo esperaba sentada en el trono de madera negra. Una madera trabajada hasta no dejar ninguna superficie lisa, el trono donde antes había descansado su padre. Llevaba puesto el vestido de cuello alto reservado para los altos actos del condado, tejido con los mejores paños del continente, de un color entre el lila y los colores del atardecer, indefinido, con el escote redondo cosido con hilo de plata. Sobre su reverenciada testa flotaba su diadema de Onar, donde se habían engastado doce rubís hexagonales, cortados hacía muchas generaciones, sobre oro blanco de los antiguos murrianos.
Miraba fijamente a su hijo sin que su semblante transluciera ninguna emoción. De pómulos altos y mejillas hundidas, su rostro parecía hecho con un pergamino rayado por los años. La frente estrecha, sobre los pequeños ojos, era un amasijo de líneas entrecruzadas. Ermesenda era la imagen hecha carne del poder. Capaz de hundir con un leve movimiento al más poderoso noble de Vamurta si ella creía que así favorecía el camino del Heredero o su propio destino. Sabía que aquellos eran los días de la desesperanza, y su glacial inteligencia ya había trazado los últimos movimientos de aquellos que le eran más cercanos.

— Señora —saludó el Heredero haciendo una ligera reverencia.
—Esperaba a un enfermo y me encuentro frente a un soldado cojo —dijo, con una imperceptible sonrisa en sus delgados labios—. Un soldado cojo es como un lobo herido. Sabes que te puede morder pero también sabes que ya no puede huir.
El silencio fue absoluto. Las damas contemplaban la escena con la fascinación de quien intuye que el instante es irrepetible. Los dos mayordomos armados que protegían a la Condesa seguían mirando el alto techo de la cúpula y ninguno de los consejeros que aún no habían huido, se atrevieron a moverse.
—Sabes que, a pesar de no salir de los muros de Palacio, soy la mujer mejor informada de esta tierra. Te podría decir cuáles son las razones de la sorprendente desaparición de la esposa de Vitilba, cuáles fueron las ganancias del último viaje del los mercaderes del hierro o cuándo y cuál será el fin de este terrible asedio. Como también sé, y lo sé apenas mirando tu rostro sin sangre, que si vas a luchar al pie de la muralla, con tus soldados, con esta herida en tu pierna, también sé, que eres hombre muerto. Sencillamente porque no dejarás a tus hombres a su suerte y eso, querido hijo, quiere decir que nunca llegarás a los muelles, para escapar —concluyó con su tono de voz invariable.
—Entonces, señora, ¿cuál es vuestro criterio respecto a lo que tendría que hacer?
—Embarcar esta misma noche con rumbo a las nuevas tierras.
Aquella sentencia dejó a los presentes con una expresión de incredulidad en el rostro. Los dos sacerdotes presentes hicieron un movimiento con las manos, como si quisieran exorcizar aquellas palabras. Nadie se había atrevido a predecir la derrota, y menos aún en voz alta. Uno de los vizcondes del Consejo se adelantó, a punto de hacer escuchar sus diplomáticas palabras. Con los murrianos en las puertas de la ciudad, casi todos los presentes habían trazado mentalmente sus rutas para desaparecer de Vamurta. El paso del tiempo los angustiaba, pues temían perder sus bienes, perder su vida, perderlo todo. Y al mismo tiempo todos temían embarcarse demasiado pronto y exponerse a las represalias de los supervivientes. Y en medio de esa contradicción, la Condesa pedía a su hijo que se embarcara inmediatamente.

—¿Queréis, señora, que vuestro único hijo sea recordado como aquel que faltó a su deber? ¿Justo cuando se le necesitaba? Tened por seguro que esta noche mi espada relucirá ante el enemigo.

De nuevo se hizo el silencio. Ermesenda miraba a su hijo. Sabía que nada le podía dejar, aparte del recuerdo de la grandeza. Todos sus esfuerzos por asegurar la continuidad de su linaje habían resultado infructuosos, barridos por las huestes murrianas. Era el fracaso absoluto para alguien que tenía como deber supremo la transmisión del poder condal. ¿Sobreviviría su hijo? ¿Si emigraba, cómo sería recibido en las Colonias, en las que gobernaban aquellos que ella había desterrado? Lo veía errante, como el que intuye que pertenece a otro mundo... Su único hijo, su querido hijo, aquel que por madre tuvo una juez intratable. Los ojos oscuros de Ermesenda relampaguearon un momento.
—Querría, hijo mío, que no buscases la muerte, cuando ésta es segura —dijo en un tono impropio de su persona, casi suplicante.
—Ningún hombre de honor abandonaría a los suyos en secreto —contestó Serlan en un tono que no admitía réplica—. Una traición amparada por la noche, abandonando a aquellos que le juraron fidelidad. ¡Y menos aún el hijo del Conde! ¡Mi padre jamás lo habría aprobado!
— Tu padre colgaba a los murrianos en largas sogas hasta ver su carne podrida —dijo Ermesenda escupiendo su veneno—. ¡Los perseguía y los empalaba en los caminos en lugar de correr delante de sus lanzas como tú haces!
— ¡Sí! Y es por eso que vuelven. Tanta crueldad, tanta sangre...

Serlan hizo una pausa para tomar aire, excitado. El Heredero recordó aquella tarde de principios de verano, cuando aún no era ni un muchacho. Con su padre viajaron hasta la Sierra Rocavera, a siete días de camino de la capital. Recordaba la fatiga del viaje y el calor. Al pie de la Sierra, los hombres grises habían empalado un murriano cada quince pies hasta cerca de la cima, en una línea macabra de cuerpos que miraban a tierra, torcidos, como si quisieran abrazar o recoger algo. Caminaban senda arriba, siguiendo los restos de los vencidos. “Es el símbolo de la victoria sobre las bestias”, había dicho su padre. Ahora volvían. Recordando a sus muertos, aquella humillación. Ahora llamaban a la puerta.
Serlan dio media vuelta, y sin decir nada más, se dirigió hacia el Patio de Armas.
— ¡Detenedlo! —bramó su madre, desconcertada—. Puedo perder esta noche mi ciudad, pero no a mi hijo.
Y diciendo esto, hizo una señal con la mano. Con gran celeridad, los dos mayordomos alcanzaron al Heredero y lo apresaron por la espalda. Serlan echó mano a la espada, pero ya lo habían inmovilizado.
—¡Vieja Loca! ¡El honor! Moriremos sin... —Su voz se disolvía, los mayordomos lo ahogaban con un pañuelo impregnado con narcóticos.



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Ubicación: Coruña City
MensajePublicado: Mar Sep 29, 2009 9:35 am    Asunto: Responder citando

Hola, parece que soy el primero en responder, así que aparte de la atmósfera lograda se me ocurre señalarte algunas cosas para completar el cuadro.

-"Cuáles fueron las ganancias del último viaje del los mercaderes del hierro" ese teclado rebelde añade "L". Ponlo en primera línea como castigo.

-"El paso del tiempo los angustiaba, pues temían perder sus bienes, perder su vida, perderlo todo." Tanto "perder" a mi no me termina de convencer, yo eliminaría el segundo. "El paso del tiempo los angustiaba, pues temían perder los bienes, la vida, perderlo todo."

Esto quizás sea subjetivo:
"Ahora volvían. Recordando a sus muertos, aquella humillación. Ahora llamaban a la puerta."
Por: "Ahora volvían. Recordando a sus muertos y aquella humillación, llamando a la puerta a golpes de acero y sangre".

Un saludo.


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dafd
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Registrado: Jun 05, 2007
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MensajePublicado: Mar Sep 29, 2009 5:52 pm    Asunto: Responder citando

Igor escribió:
Serlan se dio cuenta, preocupado, que excepto los
dos siervos que salían de las cocinas, no se veía a
delante de "excepto" podría haber una coma.
Como hasta ahora el heredero estaba convaleciente o muy mal herido, me había acostumbrado a una cierta actitud melancólica que creí era consustancial al personaje, pero veo con esta nueva entrega que no. Que es todo un carácter (la contundente reacción al ruego del mayordomo de presentarse a la madre). Poco a poco, vamos contemplando el desarrollo de los personajes.
Igor escribió:
las normas que regía [¿n?] el uso de los molinos condales.

Igor escribió:
sostenida por poderosos arcos de media punta [¿punto?] que se sucedían

Me gustaría decirte que los párrafos dedicados al encuentro madre-hija me han gustado. Me ha dejado sorprendido la reacción de la madre, la crítica del hijo hacia la política sanguinaria de su padre. Me ha parecido que ahí había, entre ambos, mucha tela.

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Igor
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Registrado: Mar 05, 2009
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MensajePublicado: Mie Sep 30, 2009 8:19 am    Asunto: Responder citando

Hola Prospector,
Gracias por leer y por analizar. Y por ser exigente conmigo, lo que es un esfuerzo que valoro mucho, como los comentarios de dafd, ya que me permite seguir progresando y aprendiendo.
- Teclado rebelde, oído cocina. Eso lo puedo arreglar rápido.
- Sobre perder. Parece que me he perdido. La sugerencia me gusta mucho, especialmente la introducción de "angustiar".
- Por: "Ahora volvían. Recordando a sus muertos y aquella humillación, llamando a la puerta a golpes de acero y sangre". Aquí, recogo la "y", y la idea de cambio respecto al llamar a la puerta, pero si me lo permites, sustituiré el "a golpes de acero y sangre" por algo distinto, aunque no he sabido encontrar el qué, y eso que le dado un par de vuelta. Ya saldrá.

Un abrazo y gracias.

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Igor
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Registrado: Mar 05, 2009
Mensajes: 451
MensajePublicado: Mie Sep 30, 2009 8:38 am    Asunto: Responder citando

Hola dafd,

Encantado de recibir estos apuntes.
La coma que propones, y otras muchas más presentes en la novela, me dejan en el filo de la duda, como un Hamlet en zapatillas, no me aclaro y no tomo partido en estas decisiones. Por un lado, facilitan la compresión, por otro, rompen la frase, el ritmo. Lo que voy a hacer es girar un poco la construcción, a ver si meto la coma y ahorro la antecedente.

Sobre el carácter de Serlan. Lo cierto es que uno es un tanto inconsciente sobre cómo se puede percibir el personaje. De hecho, creo que, en general, somos un compendio de estados de ánimo distintos, eso sí, con un carácter predominante. La melancolía es la propia de un hombre que ve como su mundo se resquebraja, un estado que lo transmuta en furia en algunos momentos. Es un hombre que ha perdido las seguridades que lo sostenían, su norte.
Al menos yo, y observando a algunos, veo que podemos pasar de la tristeza a la euforia y luego caer en un estado de violencia, en poco tiempo. El estado de calma, es el más raro en Vamurta.

Arcos de medio punto, claro, evidentemente. Disculpad.

Gracias por el comentario sobre el encuentro madre/hijo. Es de mis párrafos preferidos, de los que mejor visualizo. Creo que cambiando de decorados, un situación parecida se podría dar hoy y siempre.
La madre (o padre) angustiada y predominante, la que quiere pervivir a través de su vástago, éste, que cuestiona la obra de sus mayores, la fustración de ser más que adulto y permanecer en segundo plano, y como telón de fondo, la amenaza de unos extranjeros sobre su mundo. Una tragedia para los hombres grises, que dormían en la seguridad de su teórica superioridad.
Pero todo gira y cambia en tiempos revueltos.

Un abrazo y nos leemos pronto.

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dafd
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Registrado: Jun 05, 2007
Mensajes: 1614
MensajePublicado: Mie Sep 30, 2009 11:01 pm    Asunto: Responder citando

No cambies demasiadas cosas, que no estaba mal tal como estaba. Ante todo, tómate las observaciones que te hago con mucha cautela, que yo, de voz autorizada, nones. Preferiría creer que tras leer lo que te planteo, te lo piensas bien y, si estás convencido, das una sutil pincelada al cuadro.
También aprovecho para comentarte que me gustó esa paradoja entre el vuelo ligero de la golondrina y el fragor, de fondo, de la batalla.

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Igor
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Registrado: Mar 05, 2009
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MensajePublicado: Mie Oct 07, 2009 9:46 am    Asunto: Responder citando

(dafd, cualquier opinión es una referencia. Y más si se cimientan sobre sólidos argumentos. Un saludo)






El capitán Álvaro mordisqueaba un trozo de queso mientras observaba la gran brecha abierta en la muralla, sin entender muy bien la razón por la que los murrianos no se habían decidido a lanzar el asalto. De más de ochos cuerpos de ancho, por esa abertura de piedras humeantes podría pasar una compañía desfilando. Aquella mañana había cesado el bombardeo y por primera vez en muchos días podía pensar con una cierta claridad. Vivir unos instantes de sosiego. Había ordenado que dos ballesteros se encaramaran al viejo minarete de Tervas, erigido detrás de los muros, para vigilar los movimientos del enemigo. Calculaba que aquella misma tarde o antes, se produciría el ataque. Hasta el más joven de sus soldados lo podría predecir, se dijo a sí mismo.
Miró a sus hombres como si no los conociera, como los miraría un viajero que está de paso. Un sentimiento de lástima brotó de su interior, sabiendo que muchos de ellos dejarían este mundo, quizá inútilmente. Entre sus filas, había valientes guerreros de los valles del condado, de espaldas anchas y bella piel gris, de cabellos rizados que surgían violentos debajo del casco, como si buscasen la luz del sol. Hombres y mujeres de las lejanas llanuras, tiempo atrás perdidas, que miraban la brecha con determinación, seguros de su fuerza. También había otros, más jóvenes, asustados bajo el peso del hierro de sus armaduras. Las falanges del condado, armadas de lanza larga y espada, protegidas por grandes escudos y coraza, seguían siendo una fuerza temible en un campo de batalla estrecho. Tendrían su oportunidad.

Reinaba un silencio cortante entre las filas de las siete falanges dispuestas detrás de las almenas, frente a la brecha, por donde el enemigo intentaría el asalto. El capitán Álvaro decidió arengar a los hombres, si no para reconfortarlos, al menos sus palabras servirían para romper el tedio, la espera. Avanzó hasta situarse delante de las falanges, de espaldas a la brecha.
—Soldados, la mala hora está ya cercana —dijo, alzando la voz—. Es probable que hoy o mañana de comienzo el ataque. La suerte de nuestra ciudad y de los nuestros está decidida. ¡Onar nos protege!
Nadie contestó. No se escuchó ningún grito de aprobación. La tropa sólo escuchaba. Todos se habían girado para mirarlo, haciendo tintinear cientos de armas. La figura alta del capitán se mantenía erguida, expectante.
—Sabéis que al enemigo le agrada luchar en campo abierto. Pronto tendrá que pasar por ese paso —y diciendo eso, señaló la brecha—, si quieren pisar las calles de Vamurta. Será una lucha cuerpo a cuerpo, no habrá sorpresas. Sus espadas contra las nuestras. Y es sobre estos muros derruidos donde podremos tomar venganza por todos los nuestros que han caído. ¡Venganza por los que han muerto!
Nadie respondió. El capitán se sintió momentáneamente tocado, casi ridículo. Avanzó hacia la compacta masa de escudos que tenía delante, rompiéndola. Vio que algunos soldados lo miraban con aprobación silenciosa. Se sintió algo más reconfortado. Empezó a comprobar los cordajes de un hombre, de otro, la espada de una guerrera, a centrar el casco ladeado de un soldado que sonreía. Los hombres hacían sitio a su oficial a medida que pasaba de fila en fila. “Recordad, en primer lugar nos lanzarán dardos, jabalinas, todo lo que tengan”, decía a los que estaban más cerca. “Tened los escudos bien agarrados y levantadlos bien alto”. Alguien le ofreció una piel con vino para refrescarse. Álvaro pensó que, quizás, aún podrían resistir. “Cuando lleguen, cerrad bien las filas, hacedlas impenetrables. ¡Hombro con hombro! No retrocedáis hasta escuchar el aviso de las trompetas”. La tropa empezaba a murmurar, más animada.

El veguer de la Marca Sur, rodeado de su guardia y alguno de los pequeños nobles que habían sobrevivido a los primeros meses de guerra, escrutaba el estado del cielo, a la derecha de las falanges, donde había sido asignado. Con una línea de edificios detrás, la alta muralla de Vamurta enfrente y una estrecha calle para escapar a su izquierda, los hombres del veguer estaban demasiado apelotonados. Perdido en sus pensamientos amargos, la arenga del capitán de la plaza le parecía cansina. Poco a poco, una masa de nubes deshilachadas devoraba el tejido azul del cielo, entristeciendo en algo la mañana. Miró a los hombres de su guardia, apretujados en tan poco espacio. Algunos eran tan jóvenes que sus barbas eran de pelo corto y desordenado. Se fijó en uno de ellos. De piel de un gris intenso, su larga nariz aguileña dejaba levantado el protector nasal del casco. Bajo las pupilas negras de los ojos, las bolsas moradas de las ojeras delataban falta de sueño y un miedo que se transmitía a la rigidez de las facciones.
—Soldado ¿qué harás cuándo hayamos enviado a estas bestias al otro lado de la Gran Puerta? —preguntó el veguer, forzando una sonrisa.
—¡Oh! No lo había pensado, señor. Querría, quizás, volver al sur... Donde está el hogar de mis padres. Pero esto parece difícil —contestó, dudando que sus palabras fueran acertadas—, esta invasión...
—¿Qué más?
—Bien señor, dejar la labranza... Podría encontrar oficio en los talleres, y entonces, tener lo que se dice una casa, señor, una casa, y una mujer.
Mientras decía esas palabras, el miedo se había difuminado de su rostro. Casi parecía un hombre corriente hablando entre los tenderetes de un mercado. El veguer se arrepintió de haber preguntado. Tomó conciencia, como si alguien lo hubiera zarandeado con brusquedad, de cuál era su deber.
La expresión de su rostro cobró firmeza. Ya no podría morir como quería, y muriendo acabar con todo aquello que representaba. Un punto final. Aún quedaba el deber, pensó. Quizá valdría la pena morir por los suyos, retrasando aquella debacle escrita, cortar el bombeo que atormentaba su corazón. Hundir la espada en las carnes del enemigo y dar tiempo a otros. Tiempo. Y borrar así las sombras que retorcían y punzaban su soledad.
—Escuchad —dijo a su guardia y a los señores que lo rodeaban—, escuchadme y recordad. Cuando la lanza del enemigo me llegue, seguid luchando, pero no esperéis mucho en girar vuestras miradas hacia el puerto. Los barcos no esperarán hasta ver los estandartes de los murrianos cerca de sus velas. Yo tampoco lo haría. Luchad, cuando llegue el momento, deberéis desaparecer del campo de batalla y llegar a los muelles.

Sus hombres lo miraron como quien mira a un difunto, entre la lástima y la reverencia. No dijeron nada. Pasada la sorpresa, el castellano de Alcorás se dirigió a su señor.
—¿Creéis, entonces, que seremos derrotados?
—Así es —contestó mirándole a los ojos.
Dicho esto, les dio la espalda, alejándose de sus guerreros que se miraban entre ellos como esperando que alguien cambiara aquella predicción funesta. Volvía a sentirse extraño entre todos aquellos hombres cargados de hierro, cubiertos de placas. Hubiera querido estar en el salón de su fortaleza, oteando los campos desde las ventanas alargadas, recordando en paz a sus muertos.

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MensajePublicado: Mie Oct 07, 2009 7:10 pm    Asunto: Responder citando

Igor escribió:
Es probable que hoy o mañana de comienzo el ataque. La suerte de nuestra ciudad y de los nuestros está decidida.
Mira a ver ese "de" que creo es con acento.
Igor escribió:
Nadie respondió. El capitán se sintió momentáneamente tocado, casi ridículo.
Buf, qué drama. Lo miran en silencio, pero, a diferencia de aquellas arengas que se sueltan en la épica clásica, aquí nadie responde, nadie sigue entusiásticamente a su líder.

Ahora bien, si me ha encantado el trozo del capitán, lo del veguer creo que te ha quedado de perlas.
Igor escribió:
El veguer se arrepintió de haber preguntado. Tomó conciencia, como si alguien lo hubiera zarandeado con brusquedad, de cuál era su deber.
Y el discurso que les echa después demuestra toda la pena, incluso dolor, que lleva dentro. Es el llanto de un valiente.

Supongo que es cuestión de gustos. Pero para mí, esta entrega es de lo mejor de lo que te llevo leído de novela.

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Igor
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MensajePublicado: Jue Oct 08, 2009 9:30 am    Asunto: Responder citando

Hola,

Mil gracias por leer y comentar.
Me has dado una alegría, pues temía que estos momentos previos a los combates resultaran pesados. Seguro que a alguien le aburren. Pero creo que es importante explicar qué piensan y sienten esos hombres grises que va a jugarse la vida, que no es poco.
Ahora que lo mencionas, en los relatos épicos o en los terrenos de la fantasía (que cercan están uno de otro), los héroes acostumbran a ser seres hechos de una pieza, marmóreos, que no dudan, que parecen tocados por algún dios que les borra el miedo de sus rostros. Casi que te diría que ni comen ni lo otro.
Aquí no. Aquí no hay Rolands ni Chanson, por ejemplo, y sí Mío Cid, sí que aletea Lord Jim, o aquellos de Los Diez Mil perdidos por la Gran Persia y muchos otros.
En Vamurta hay hombres y mujeres que deambulan buscando un destino, sin saber muy bien a dónde van, algo perdidos, como pasa muchas veces en la realidad.

¡Ah! El "de". Se me ha pasado. Gracias por el aviso y, vaya, que tenía muchas dudas con este fragmento.

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MensajePublicado: Jue Oct 08, 2009 10:31 am    Asunto: Responder citando

Nada nuevo tengo que anotar, salvo que me he pasado y lo que me he visto me ha gustado.

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"El que lucha contra nosotros nos refuerza los nervios y perfecciona nuestra habilidad". Edmund Burke.
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MensajePublicado: Jue Oct 08, 2009 9:50 pm    Asunto: Responder citando

Pues se agradece la visita y la anotación.
Espero que tus ocupaciones no te asfixien y que puedas subir alguna novedad pronto. Y sigo mirando, a ver lo que se sube.
¡Un saludo!

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Igor
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Registrado: Mar 05, 2009
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MensajePublicado: Vie Oct 23, 2009 8:44 am    Asunto: Responder citando

El capitán Álvaro seguía animando a sus soldados y bebiendo pequeños sorbos de vino cuando apareció, resoplando, uno de los ballesteros que habían mandado hacer de centinela.
—Señor, avanzan.
El capitán salió corriendo de la formación hasta llegar a la brecha. Se encaramó sobre los sillares caídos de la muralla hasta estar lo bastante elevado para ver gran parte del valle. Así era, se podía observar algún movimiento en las huestes dispuestas frente a la ciudad, pero no podía saber de qué se trataba. Buscó la escalera de caracol que ascendía hasta las almenas de los muros. Pasó entre los pocos arqueros que había ahí dispuestos, y sacó la cabeza entre los dientes de la muralla con prudencia, consciente de la amenaza de las culebrinas. Un viento suave surcaba el aire.

Bajo el cielo matinal, cruzado por estrechas colas de nubes, una masa de manchas ocres avanzaba lentamente. Localizó a la infantería ligera en el centro, tres cuadros avanzados al cuerpo de ejército. Detrás los seguían grupos de arqueros y más atrás tropas que no logró identificar. En medio de estos dos grandes grupos, los murrianos habían situado las ocho torres de asalto que se balanceaban, cada una movida por filas de decenas de bueyes. Por el flanco derecho avanzaban los jinetes de Ulak, formando un inmenso triángulo, medio oculto bajo la nube del polvo que levantaban las pezuñas de los ciervos de combate. El capitán se extrañó al detectar por el flanco izquierdo grupos de infantería y arqueros que formaban un grupo autónomo, desligado del cuerpo principal. También notó que habían dejado los arcabuceros muy atrás. Demasiado lentos para un ataque ágil. Las bombardas iban siendo desmontadas y cargadas sobre las espaldas de los grandes rinocerontes, y también se retiraban las filas de culebrinas que habían martilleado la parte alta de la muralla. La infantería que protegía las armas de fuego se replegaba, dejando espacio para el paso de los que llegaban desde atrás.

El capitán se rascaba la barba, cavilando qué era lo que pretendía el enemigo. Estuvo un buen rato mirando, parapetado detrás de una almena, concentrado en sus divagaciones. Sacó una caña de tabaco de debajo de su coraza y la encendió. Desde arriba ordenó que los arqueros se desplegaran detrás de los dientes de la muralla junto con algunos infantes armados de lanzas. Mientras fumaba iba perdiendo la tensión que no le dejaba entender la maniobra de los murrianos. Era muy clásica. Dio otra calada a la caña. Había un ataque directo, por el centro. Se intentaría asaltar la muralla y a la vez entrar a la ciudad por la brecha. Además, el flanco izquierdo del enemigo buscaría un ataque secundario por algún punto mal defendido, más al sur, que le obligaría a prescindir de algunos de sus hombres.
Se incorporó de un salto y bajó las escaleras de la muralla de dos en dos, pasó por delante de las falanges y llegó hasta las calles donde aguardaban las tropas irregulares. Habló con los oficiales y les ordenó seguir el flanco izquierdo del enemigo, marchando hacia el sector del río, con la orden de no enrocarse en ninguna posición hasta estar bien seguros del punto de penetración del enemigo. Les asignó dos brigadas de ballesteros, reduciendo de esta forma los efectivos que defendían la brecha. Hecho esto, volvió con sus soldados. Mandó traer vino para todos. La iniciativa fue recibida con vítores.

Mientras la tropa bebía, el ejército murriano se acercaba lentamente. El capitán creyó que era el momento de ir al encuentro del veguer de la Marca Sur. Lo encontró plantado delante de la brecha, con las manos enlazadas a la espalda. Parecía bastante tranquilo, como si nada indicase que estaba a punto de desencadenarse un combate atroz. Bajo la visera del casco, las dos gotas de sus ojos oscuros eran las de un hombre sereno. El veguer se giró al oírlo llegar. Su boca trazó una mueca fatigada.
—Capitán, llegan los días de los valientes —dijo con resignación.
—Veguer, cualquiera pensaría que estáis a punto de salir por ahí —contestó, señalando los campos donde avanzaba el enemigo—, a dar un paseo.
—Un largo paseo, sí —repuso, sin que su rostro expresara nada.
—He dispuesto a los arqueros sobre la muralla y he dejado los ballesteros que me quedan sobre esta ruina —explicó, mirando las casas derruidas que estaban a sus espaldas—. Los primeros murrianos que asomen la cabeza por aquí, ni tan siquiera podrán alzar sus lanzas. Para la segunda ola haré avanzar las falanges hasta estar casi encima de la brecha. Y para lo que venga después... Esperemos el favor de los dioses. ¿Tenéis alguna sugerencia?
El veguer se quedó meditabundo, observando a los soldados que terminaban sus rondas de vino e iban formando de nuevo.
—Ninguna sugerencia. No creo que haya otra forma de situar a los hombres. Sólo una cosa. ¿Qué pensáis hacer si estos salvajes sobrepasan nuestras líneas?
—Llevar las tropas hasta la Ciudadela —contestó con un semblante serio—. Resistir a ultranza.
Los dos hombres se miraron unos segundos. El veguer, con sus dos manos, cogió por el brazo al capitán.
—No tenéis nada que hacer encerrándoos en la Ciudadela. Alargar vuestra suerte, a lo sumo —dijo endulzando su voz áspera—. Nada que hacer. La única esperanza es rechazar el ataque aquí, en la brecha.
—¿Habéis visto lo qué hay ahí fuera?
—Lo sé. Y además, es seguro que nadie vendrá en vuestra ayuda. No, estaréis solo. Completamente solo.
—Necesitamos de los altos muros de la Ciudadela. Seremos unos pocos. Ya he ordenado el acopio de víveres —contestó el capitán.
—Recordad, amigo mío. Para el bien de los que sobrevivan y de vuestra propia suerte. Recordad mis palabras. Si los murrianos nos pasan por encima, si rompen las defensas por algún punto, agrupad a todos los soldados que podáis y marchad hacia el puerto. Recordad, somos las piedras que frenan la crecida del río que nos llega, una vez hayan...
—¿Y los hombres, las mujeres, los niños que queden en la ciudad? —cortó Álvaro, mirando con fijeza el veguer.
—Botín de guerra. No hay flota en este mundo que pueda evacuar una ciudad. Bien lo sabéis. Vuestro deber es ver más allá de nuestro horizonte —sentenció el veguer con frialdad, sosteniéndole la mirada.
—¿Y vos? ¿Qué pensáis hacer cuando tengamos que recular? ¿Correr hacia los barcos?
—Yo, capitán...Mirad. Hace tiempo que os vigilo. Siempre me ha sorprendido vuestra falta de ambición política... Seríais un cortesano nefasto, nunca os he visto entre los nobles, sí, pero sois un buen militar y de alguna manera la tropa os sigue. —El veguer lo miró con una expresión divertida—. Allí, al otro lado del mar, lejos de aquí, quizá un día alguien os necesite. Quizá os necesiten los que salgan vivos de todo esto.
El capitán Álvaro lo miraba sorprendido y algo nervioso. El enemigo avanzaba paso a paso y aquel hombre le hablaba de lo hipotético, del día de mañana que ni los más poderosos dioses conocen.
—Llevo unos días rumiando —prosiguió el veguer con calma—, sobre la mala hora que nos crucifica. He visto batallas como una gran red que se lleva a los hombres, he visto crecer este condado que amo... El hierro de mi espada ha cortado cuellos, muchos, y he visto morir a tantos… No creo que Vamurta pueda frenar esta crecida. Soy viejo y he perdido casa, mujer y dos hijos jóvenes —diciendo esto, restó absorto, mirando las llanuras del gran valle—. ¡Capitán! Es poco lo que me ata a este mundo. Escuchad, reagruparé a los hombres más viejos y a los más desesperados si el enemigo nos supera. ¡No digáis nada! Cubriré vuestra retirada.

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dafd
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Registrado: Jun 05, 2007
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MensajePublicado: Lun Oct 26, 2009 8:08 pm    Asunto: Responder citando

Estupenda entrega. Con esa lectura táctica que hace el capitán de los movimientos del enemigo y, luego, la charla entre veguer y Álvaro, tan llena de tragedia.
A mí cada vez se me encoje más el corazón de ver a estos valientes y, en general, a los habitantes de esta ciudad enfrentarse a su terrible destino

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Velkar
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MensajePublicado: Lun Oct 26, 2009 8:59 pm    Asunto: Responder citando

Es la misma sensación que yo tuve mientras leía: tristeza y perdición a raudales.

Y lo más curioso es que a igor le extrañaba...


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LA LEYENDA DE LEURELEY II YA A LA VENTA!!
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Igor
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Registrado: Mar 05, 2009
Mensajes: 451
MensajePublicado: Mar Oct 27, 2009 1:41 pm    Asunto: Responder citando

Y me sigue extrañando un poco, pero ahora, separado en el tiempo del libro, no tanto. Quizás se me haya ido la mano, pero no fue premeditado.

dafd, agradecer tu post. Aunque la lectura cree una sensación a veces de pesadilla, mi intención es trasladar al papel un hálito de épica, de fulgor.

Velkar. Al final te tendré que dar la razón. Hay mucha tristeza. ¿Quizás demasiada? Pero luego sale el sol, un poco. Vamurta tiene cosas de novela fantástica, porque contiene un orden moral propio, no como la realidad, que es corrupta y difícil de preveer. (aquí, en Barcelona, cada día más).

Un saludo.

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Registrado: Jun 24, 2007
Mensajes: 1343
Ubicación: Coruña City
MensajePublicado: Jue Nov 19, 2009 11:04 am    Asunto: Responder citando

Como siempre un placer pasarme por aquí, a ver si con un poco de tiempo te señalo algún hecho importante, aunque es dificil mejorar lo que estoy leyendo. Un saludo.

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