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Igor Afincado

Registrado: Mar 05, 2009 Mensajes: 451
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Publicado: Lun Jul 13, 2009 8:37 am Asunto: |
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Prospector, sólo puede decir "gracias de nuevo" por tu buen consejo y acertadas observaciones. Adpoto tu apunte y retoco la novela para acotar el número de errores.
dafd, el heredero de un condado que agoniza. Triste heredero, pero a dónde ir, regresar a casa. Muchas gracias por el comentario. Espero sorprenderte un poco más con los murrianos, aunque verás que en Vamurta, en realidad, no invento nada.
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Igor Afincado

Registrado: Mar 05, 2009 Mensajes: 451
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Publicado: Mie Jul 22, 2009 8:18 am Asunto: |
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Decidió cubrir el último tramo también a la carrera. Ya no podía pensar mucho más. La patrulla murriana hacía un momento que había desaparecido hacia el oeste. Sin más razones que le hubieran frenado, se lanzó al vacío del campo abierto levantando un revelador golpeteo de sandalias que repicaban contra la tierra argilosa. Veía la pared de la muralla acercarse más y más, alta, inaccesible. Corría y algo lo desconcertaba. Dejó de correr. Ahora comprendía, sobre el silencio de aquel sector se levantaban los gritos de los soldados que, desde las almenas, le coreaban. "¡Callad, callad!”. No tuvo suficientes fuerzas para gritar, le faltaba aire. Por fin palpó las piedras, frescas, agradables. Apoyó la espalda sobre la muralla, ahogado.
- ¡Subidme! ¡Tiradme una cuerda! ¡Rápido! - gritó, sorprendido por la fuerza con la que había lanzado su plegaria.
- La estamos buscando - respondieron desde arriba. Mientras, observaba a su alrededor, buscando en la noche alguna señal de movimiento-. Esperad un poco -oyó-.
La luna sacó la cabeza detrás de unas nubes agrietadas. No se oía nada, excepto la lejana letanía del bombardeo. Tuvo la sensación de que el mundo había dejado de rodar. Un instante de sosiego. Se escuchó el sibilino deslizamiento de una cuerda rozando la pared de la muralla. Agarró la cuerda con fuerza, dispuesto a escalar los muros de su propio hogar.
Empezó la escalada con prudencia, buscando las grietas y los salientes en los lindes de los grandes sillares. Cuando apenas había ascendido a la altura de dos hombres, giró la cabeza para observar a su alrededor. El corazón le dio un salto. Recortados a la luz de la luna, vio acercarse un grupo de murrianos, al menos una brigada, avanzando al trote. Él era un blanco fácil, inmóvil para los dardos del enemigo. "Morir o vivir", se dijo. No tenía sentido permanecer a la espera, quieto como un pequeño gorrión. El trote de los enemigos perdía intensidad. Entendió que habían acudido para saber que había levantando tanto alborto. No parecían tener una excesiva prisa. Siguió ascendiendo. El peso de su cuerpo por fin fue captado por los hombres de arriba. Comenzaron a izarlo como a un fardo. A cada tirón, sentía que se alejaba del peligro. Los murrianos permanecieron a la expectativa, quietos, vigilando aquel alejado tramo de muralla. Estaban ahí armados de lanzas cortas, las empuñaduras de las espadas sobresaliendo por encima de sus clavículas, los pequeños escudos adosados a sus vientres, inmóviles como espectros. Fue un golpe de mala suerte. Mientras lo subían, se desequilibró levemente y golpeó con la rodilla contra el muro. Una piedra del diámetro de un puño se desprendió, cayendo, picando contra las grandes losas de los muros, llamando la atención. Los soldados grises dejaron de estirar. Quedó en suspensión, a su suerte. Los murrianos, como animados por una señal secreta, cobraron vida de nuevo y se dirigieron hacía él. Era inútil esconderse.
- ¡Tirad! ¡Tirad, malditos! - gritó con voz rota.
La cuerda se tenso de nuevo, alzándolo, sacudiéndolo. Escuchó unos silbidos, una excitación en la noche, un rápido galopar en la oscuridad. Luego, a su alrededor, unos golpes secos en la muralla. Sudaba, su corazón se había desbocado. En la oscuridad sólo podía percibir las lanzas cuando picaban contra la piedra. Otro rebote, el cuarto le rozó el cuello. Desde las almenas empezaron a responder, se oía el zumbido de flechas cruzando la noche, haciéndola vibrar. Notó el desgarro. Un dolor agudo lo llenaba, retorciendo todos sus músculos. El punto de quemazón nacía en el muslo. La sangre brotaba de su pierna, deslizándose hasta sus pies. Vio el dardo, blando, colgando de su carne. Miró abajo, los murrianos se retiraban arrastrando a dos de los suyos heridos. Lo siguieron izando, se mareaba, percibía cómo iba perdiendo la tensión en sus brazos, el cielo oscuro bailaba y volvía a girar...
Lo trasladaban por detrás de las almenas de su ciudad. Consiguió abrir los ojos. Había conseguido sostenerse, agarrado a esa cuerda. Dos mujeres de la guardia lo movían, arrastrándolo entre una multitud de soldados que se habían agrupado para ver al que sería el último hombre en romper el asedio.
- ¿Es el Heredero? - preguntó una de las soldados a su compañera.
- No estoy segura... - respondió la otra resoplando -. Parece... Cuando lleguemos abajo. Hay antorchas.
Antes que lo bajasen por las escaleras de caracol que descendían hasta la calle, recuperó la consciencia unos instantes. Miró hacia su ciudad, que se extendía alargada siguiendo la línea de la costa hasta el delta del río Llarieta, que alcanzaba el mar tranquilo y caudaloso. Vista desde la altura de la muralla, la ciudad parecía un inmenso rompecabezas, un laberinto infinito donde las líneas de manchas de las azoteas se rompían y se volvían a cruzar. Había pocas antorchas encendidas, pocas lumbres marcaban las irregulares líneas de las calles. Los grandes palacios permanecían en las sombras. El único edificio iluminado era la Ciudadela Condal, erigida sobre un suave promontorio, y el referente de aquella enorme trama urbana. Los altos muros casi inexpugnables del corazón del condado.
Antes de desmayarse, recordó que lo tumbaron sobre una carreta tirada por hombres. Aquella paja olía a suciedad húmeda y a sangre. Aún aguantó el dolor durante un tramo sin perder el conocimiento. En su cabeza volvía la imagen de su ciudad. Conseguía retener imágenes fragmentadas mientras las ruedas de la carreta rodaban a trompicones. Algo le desconcertaba. ¡Ah! En la Cúpula Roja del templo de Onar no ardían las llamas sagradas y en el alto minarete de Sira no había luz. Y aquel silencio latente. El sitio de la ciudad se había calmado, como si los dos bandos, agotados, quisieran tomar un respiro. Ya no resonaban los ingenios de fuego del enemigo. Ya no se oía nada.
Sufría cada uno de los baches, cada salto de la carreta sobre las calles empedradas. Lo llevaban por la Avenida de la Victoria, una vía ancha flanqueada por los altos edificios de los prohombres de la ciudad. Veía los pequeños palacios de la nobleza y de los ricos mercaderes de la ciudad, pasaron por delante del Teatro de Vajarta, sostenido por las sesenta columnas de mármol verde... Aquella gran avenida rompía la red de las callejuelas de la ciudad, y trazaba un largo arco de oeste a este hasta llegar al mar, delante de las puertas del Palacio Condal. De repente lo comprendió, no se veía gente por la calle, cuando aún la noche era joven. No, nadie, todos debían estar encerrados en sus casas o esperando poder embarcar en el puerto, rogando a los dioses. Esperando alguna noticia, alguna señal, rogando por un milagro que abriese las garras con las que los murrianos atenazaban su mundo.
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Prospector Alcaide

Registrado: Jun 24, 2007 Mensajes: 1343 Ubicación: Coruña City
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Publicado: Mie Jul 22, 2009 2:51 pm Asunto: |
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La tensión se mantiene hasta el final, yo me imaginaba la costalada que se daba el pobre heredero desde lo alto de la muralla. Solo señalar otra muestra del teclado rebelde: "Entendió que habían acudido para saber que había levantando tanto alborto". Y me queda la duda si también es esto "argilosa" por "arcillosa"
-"- La estamos buscando - respondieron desde arriba. Mientras, observaba a su alrededor, buscando en la noche alguna señal de movimiento-"
-"- Estamos en ello - respondieron desde arriba. Mientras, observaba a su alrededor, anticipando en la noche alguna señal de movimiento" esta es mi mejor alternativa, es dificil encontrar sinónimos a buscar.
_________________ "El que lucha contra nosotros nos refuerza los nervios y perfecciona nuestra habilidad". Edmund Burke.
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Igor Afincado

Registrado: Mar 05, 2009 Mensajes: 451
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Publicado: Jue Jul 23, 2009 7:58 am Asunto: |
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¡Hola!
La costalada no me la había planteado, pero sería una opción interesante, le podría dar un giro dramático: los hombres grises realizando una salida nocturna para rescatar el futuro Conde, a medianoche...
Mil gracias por tus correcciones. Lo de arcillosa, sí, es un claro error. Lo de "buscar", pues le he dado una par de vueltas, y es verdad que cuesta encontrar soluciones.
Prospector, gracias por la agudez.
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dafd Alcaide

Registrado: Jun 05, 2007 Mensajes: 1614
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Publicado: Jue Jul 23, 2009 10:36 am Asunto: |
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¿Los murrianos no saben nada de la evacuación por mar? ¿No van a hacer nada al respecto? ¿O solo quieren la plaza?
Sigo aquí, leyendo.
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Igor Afincado

Registrado: Mar 05, 2009 Mensajes: 451
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Publicado: Dom Jul 26, 2009 9:00 pm Asunto: |
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Hola,
La capital del condado, Vamurta, es una ciudad costera. El sitio a la que se ve sometida por el ejército murriano es terrestre, y de hecho, aún no ha sido cerrado del todo. Las fuerzas de los hombres grises, por tradición y por razones comerciales, dominan el Mar de los Anónimos, que los comunica con el gran continente en el que asentaron sus colonias, continente en el que se encuentran gran parte de las razas: vesclanos, sufones, hombres rojos, pueblos del mar y otros.
Espero haberme explicado. Me gustaría contar más, pero temo quitarle emoción a la historia.
Un saludo.
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Igor Afincado

Registrado: Mar 05, 2009 Mensajes: 451
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Publicado: Lun Ago 03, 2009 2:50 pm Asunto: |
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Encaramado sobre las almenas, el veguer de la Marca Sur observaba, impávido, cómo los miles de murrianos estrechaban el cerco sobre la ciudad. Dejaba que el viento de la mañana resbalara entre sus cabellos, sin pensar en nada. Habiendo perdido sus posesiones, dados por muertos sus dos hijos, nada lo haría mover de la gran grieta que el enemigo había abierto en las murallas de Vamurta. Miraba, absorto, el montón de piedras humeantes por donde pasaría el enemigo. Con las primera luces de la mañana, los murrianos habían hecho avanzar una densa fila de culebrinas por delante de las grandes bombardas. Más finas y ligeras, aquellas armas escupían sobre los restos de la Torre de Oriente constantes descargas que perforaban escudos y corazas, causando gravísimos estragos en la tropa.
Tras comprobar el mortífero efecto de aquellas andanadas, el veguer había ordenado retirar las concentraciones de infantería que, delante de la grieta, defendían la ciudad de un asalto directo. Así, habiendo perdido la carta de una salida por sorpresa, quedaban atrapados en el interior del perímetro amurallado. A la espera. El veguer miró hacia el sur.
Mucho más allá de donde su vista se perdía en el horizonte, empezaban las que habían sido las posesiones más ricas del Condado, tierras fértiles y abundante agua canalizada por la paciencia de muchas generaciones. Daba igual. Sólo quedaba un pequeño rincón para un milagro o una huída hacia el mar. Tocó el pomo de su espada. Él no huiría, no se veía con fuerzas para emprender una nueva vida. Todo lo que amaba se había perdido. ¿Para qué huir? Las bombardas seguían lanzando fuego sobre el sector de Oriente, ensanchando el gran agujero en el muro, tensando más y más los nervios de los soldados con sus impactos ensordecedores.
Estando el heredero malherido en Palacio y los grandes vegueros muertos, sólo quedaban él y el capitán de la plaza para dirigir la defensa de la ciudad. Su gran duda era dar la orden de evacuación o posponer esa decisión. Algo le hacía dudar. Dar una orden precipitada sería ser considerado un hombre temeroso, un cobarde. ¿Y si el sitio se levantaba? Sabía que los grandes burgueses y parte de la nobleza ya habían levado anclas hacia las colonias, donde en los últimos tiempos muchos habían adquirido posesiones. Los grandes marchaban con tiempo, cargando con sus familias, sirvientes y bienes. Si conseguían aguantar el asalto él sería el máximo responsable, aclamado por todos. Pero que más daba. Serían los dueños de una ciudad sin campos, sin minas. Les esperaba una lenta agonía. Algo le impedía dar la orden. A pesar de haberlo perdido todo, no asumía que su mundo fuera engullido sin más. Decidió, pues, pensarlo otra vez, dejarlo para el día siguiente.
Abajo, detrás de los muros, veía el hormiguero de sus soldados. Hombres que llegaban, hombres levantando tiendas, hombres fortificando las casas próximas a la muralla, órdenes, alboroto, confusión. Entre la masa en movimiento distinguió al capitán Álvaro, que intentaba que aquel jaleo tuviera algún sentido. Bajó al nivel de calle y avanzó entre los soldados hasta el capitán. Se saludaron, cansados. El capitán parecía superado por los acontecimientos. Casi ni le vio llegar. Sonrió con aire ausente.
- ¿Cómo veis a los hombres? - preguntó al capitán.
- Nerviosos. Saben cuántos somos aquí y saben a lo que nos enfrentamos... Lucharán. En la ciudad quedan los suyos... Lucharán.
- ¿Creéis que podremos aguantar? - inquirió el veguer. Sentía la necesidad de escuchar otra voz, otro veredicto.
El capitán movió la cabeza, mirando al suelo.
- Nada, nada podremos contra estos diablos - dejó escapar un suspiro. - A no ser que ataquen con todo, a pecho descubierto. Pero no lo harán. Se han reorganizado. Tienen las nuevas armas. Esta es una guerra largo tiempo meditada... - afirmó, mientras se rascaba la barba, que crecía abrupta sobre su piel grisácea.
El veguer miró hacia las almenas, casi vacías para evitar el martilleo del fuego enemigo. Giró la cabeza hacia sus ballesteros, formidables a corta distancia. Formaban un semicírculo detrás de la infantería condal que guardaba, algunos pasos atrás, la grieta. Encima de los tejados de las casas y también a lo largo de la calle de los Laneros, esperaban los arqueros la orden de volver a los muros. Los miró. Frente a los arcabuceros murrianos eran casi una reliquia, protegidos con sus cotas de argollas ligadas, sobre el que lucía el escudo condal, una golondrina negra sobre fondo blanco, una golondrina de alas tensas, casi rectas. Aún podrían ser útiles, aún sus arcos y sus cuchillos cortos podrían herir cerca de los muros.
Más atrás de la calle de los Laneros, que moría frente al agujero, y en otras calles, esperaban los restos de los ejércitos de Marca, los que habían conseguido llegar hasta la capital. Hombres y mujeres con todo tipo de armamento. Pesadas mazas romboidales junto a cortantes alabardas, grandes hachas, lanzas y dagas de diferentes largos, corazas y emblemas de muchos señores de frontera. Comparados con los marciales ejércitos murrianos, parecían campesinos armados. Sólo podrían servir para el choque, para apuntalar las líneas de los infantes del condado, los mejores soldados. Las falanges eran el muro delante de los ballesteros, una cortina de largas lanzas mirando hacia el cielo, manchado por estandartes de tela dura.
Al menos, aquel era un día bonito. El sol corría sobre el cielo brillante y limpio y comenzaba a caldear la tierra. Por poniente, rompiendo el lienzo azul, avanzaban masas de nubes blancas retorcidas por la pesada musculatura del agua. No había que pensar mucho. Aquel sería el último acto de su paso por el mundo, que ahora le parecía irracional, áspero, injusto. Todo perdido para él, para los grises. Un fogonazo de ira le subió por la garganta al pensar que ninguno de sus dos hijos podría ya recordarlo. Ni su mujer, a la que enterraron hacía ya mucho tiempo. Desaparecido uno, muerto el otro en aquella interminable lucha. El tiempo gasta de un lazo elástico. Aquella guerra parecía haber durado unas pocas lunas. Dio un puntapié. Todo le parecía tan igual.

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Prospector Alcaide

Registrado: Jun 24, 2007 Mensajes: 1343 Ubicación: Coruña City
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Publicado: Lun Ago 03, 2009 8:22 pm Asunto: |
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Espero ser el primero en responder de una serie de muchos, ya que la narración termina enganchando. Para ser de utilidad, te indico un par de cosas que creo mejoran la narración.
-"Él no huiría, no se veía con fuerzas para emprender una nueva vida. Todo lo que amaba se había perdido. ¿Para qué huir?" Yo eliminaría el segundo huir para evitar la repetición.
-"Saben cuántos somos aquí y saben a lo que nos enfrentamos" El mismo caso, para mí el segundo saben sobra.
-"Nada, nada podremos contra estos diablos" Yo pondría"No, nada podemos contra esos diablos" me suena mejor y "Tienen las nuevas armas" yo eliminaría el "las"
Hasta otra, que la cena se enfría.
_________________ "El que lucha contra nosotros nos refuerza los nervios y perfecciona nuestra habilidad". Edmund Burke.
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dafd Alcaide

Registrado: Jun 05, 2007 Mensajes: 1614
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Publicado: Mie Ago 05, 2009 7:17 am Asunto: |
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Está interesante este relato. Tengo una duda en dos frases. Pero sólo es eso, una duda.
| Igor escribió: | | Dar una orden precipitada sería ser considerado un hombre temeroso | Hay algo en lo que te resalto que me choca. No sé si precisaras ese "sería" con otro verbo, <significaría>
o algo así.
| Igor escribió: | | Agua canalizada por la paciencia de muchas generaciones | Aquí lo que te expongo, ya digo que con dudas, es si la paciencia en sí misma canaliza.
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Igor Afincado

Registrado: Mar 05, 2009 Mensajes: 451
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Publicado: Jue Ago 06, 2009 12:37 pm Asunto: |
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Hola Prospector, hola dafd,
Muchas gracias por vuestros comentarios, siempre lográis mejorar lo escrito, con lo que los ciudadanos de Vamurta pueden vivir en un mundo más ordenado y coherente.
He recogido tus recomendaciones, Prospector, y ya están integradas en el original. Como siempre, tu ojo clínico no deja lugar a muchas dudas. El doble huir y el doble saber ya están neutralizados. También el "las nuevas armas", por "esas nuevas armas", en referencia a la introducción de las armas de fuego.
Respecto a las indicaciones tuyas, dafd, la primera es muy clara, mucho mejor el "significaría", ya que así la frase resulta menos forzada.
Sobre la segunda indicación, certera, nace sobre una frase mal construida. La paciencia se refiere a las "obras de canalización", y si no introduzco el referente, suena rara de verdad. Lo cambio, "presto".
De nuevo, gracias por estar ahí y por el esfuerzo de leer.
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Igor Afincado

Registrado: Mar 05, 2009 Mensajes: 451
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Publicado: Jue Ago 13, 2009 7:49 am Asunto: |
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Había llegado el almuerzo en grandes cacerolas de barro y se repartían pieles con vino entre la soldadesca. Se oía alguna risa seca. La tropa, lejos del bombardeo, parecía respirar.
Capítulo Segundo
“VIVIR EL SITIO "
Sara miraba fijamente como su madre escogía los objetos más preciados de la casa, empaquetándolos en fardos cubiertos de tela y atados con cuerda. Nunca había visto a su madre moverse con tanto sosiego. Intuía que todo se estaba transformando en muy poco tiempo. A la ciudad habían ido llegando más y más gentes de las marcas, a pie o arrastrando carros con sus cuatro pertenencias. Eran gentes asustadas, que se amontonaban en las plazas cercanas al puerto. Más tarde comenzaron a llegar hombres de armas. Ya no llegaban familias de payeses. Muchos guerreros alcanzaban la ciudad heridos, sin fuerzas, e iban a morir entre largas agonías a la Casa de las Curas. Los rostros sin expresión de los que volvían, las prisas y las carreras por las calles de la ciudad, las reuniones improvisadas en las plazas, llenas de gritos y rumores. Noticias, mentiras, medias verdades que se extendían deprisa...
Ya hacía unas cuantas semanas que no iba al taller de su maestro platero, donde pulía el metal y en alguna ocasión le permitían trabajarlo. Limas, punzones, polvo y el olor plomizo del taller habían quedado atrás. Vivía en la calle, con otros chicos y chicas, sin maestros, juntándose y separándose como lo hacen las gaviotas entre la cúpula del cielo y el mar, a voluntad. Toda aquella catástrofe de los mayores la favorecía. Hacía muchos días que podía hacer todo aquello que le viniera en gana. En casa sólo aparecía para llenar la barriga. Hasta que los alimentos comenzaron a escasear y aquellas bestias se plantaron a las puertas de su ciudad. ¿Cómo que no hacían nada los mayores? ¿No eran ellos la mejor raza, no lo decían los maestros? Aquella mañana, además, la expresión extraña en los ojos de su madre le produjo una sensación opaca. Miedo. Miedo a algo que todavía no sabía definir.
- ¿Nos matarán, los murrianos?
Su madre dejó de moverse, sus manos quedaron paralizadas unos instantes. Veía muy bonita a su madre. Los ojos muy negros y redondos, las largas pestañas oscuras, sus cabellos cortos oscilando en una pieza sobre su nuca. Su madre la miró. El sol de la mañana llegaba nítido hasta el comedor, donde se encontraban.
- Nos marchamos en dos o tres días. Quizás tu padre se quede unos días más.
- ¿A casa de los abuelos? ¿A dónde?
- ¡No! - rió. Hacía muchos días que no la veía reír. Aquel sonido resonó, libre, entre las paredes azulosas del comedor. De pronto, su expresión cambió.
- A las Colonias - dijo muy seria -. Una vida nueva, nuevos vecinos. Tendrás otros amigos, hay muchos jóvenes, he oído decir. Alquilaremos alguna casa pequeña cerca de algún puerto. Colgaremos cortinas verdes, nuevas, éstas están ya raídas y, y... Tu padre encontrará otro puesto como oficial. ¡Tu padre es un soldado muy valiente!
Su madre calló y tomó asiento en una silla baja de madera, el cuerpo inclinado hacia delante, las manos formando un nudo. De repente parecía otra, perdida en medio de aquella marea de violencia y amenazas. Se quedó así sin decir palabra.
Salió corriendo a la calle. Casi no había nadie. El sol de mediodía caía borrando las sombras en las calles de Vamurta. Desde hacía un buen rato no se oían las explosiones, allí, en el extremo oeste de la ciudad. El silencio parecía nuevo. Las calles deberían estar abarrotadas de vendedores de fruta y especies, de patronas, con su cesto bajo el brazo, llenas de comerciantes nerviosos llevando sus rollos de telas tintadas, de mercaderes de todas las razas buscando y regateando, atareados. Al poco volvió a escuchar el retumbar de las explosiones que paralizaban la ciudad, que la sumían en una tensión expectante, como si tras el trueno tuviera que suceder algo.
Sara siguió corriendo sobre el suelo pavimentado de las calles estrechas, que brillaban bajo el sol de la mañana. La brisa barría el olor a orines y deshechos de los callejones, corría entre casas de piedra y argamasa, de dos o tres alturas, entre fachadas pintadas de colores claros, como el de aquella mañana de verano. No se oía el latir de la ciudad. Corrió ahuyentando sus temores, el corto vestido de lino suspendido en el aire, hasta la plaza de los Boneteros, donde se paró, llenando sus pulmones de aire.
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Prospector Alcaide

Registrado: Jun 24, 2007 Mensajes: 1343 Ubicación: Coruña City
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Publicado: Jue Ago 13, 2009 2:45 pm Asunto: |
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Hola, un saludo y un par de correciones, como buen vecino
-"A la ciudad habían ido llegando más y más gentes de las marcas, a pie o arrastrando carros con sus cuatro pertenencias. Eran gentes asustadas, que se amontonaban en las plazas cercanas al puerto."
Yo te progongo una redacción aligerada "A la ciudad habían ido mares/oceanos de refugiados de las marcas, a pie o arrastrando carros con cuatro pertenencias. Estaban asustados y se amontonaban en las plazas cercanas al puerto".
-"- Nos marchamos en dos o tres días. Quizás tu padre se quede unos días más." Los días se podrían sustituir por lunas, jornadas, albas o suprimirse sin mas.
Por cierto se te escapó "payeses". Te lo marco porque esto en castellano no existe y a mi me evoca otra cosa "palleiro" que quiere decir "Perro de raza indeterminada" o "can de palleiro". Saludos.
Por cierto, la narración por breve no sabría encajarla, pero después del dramatismo anterior, es algo reconfortante y explica muy bien como continuan sus vidas los huidos.
_________________ "El que lucha contra nosotros nos refuerza los nervios y perfecciona nuestra habilidad". Edmund Burke.
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Igor Afincado

Registrado: Mar 05, 2009 Mensajes: 451
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Publicado: Vie Ago 14, 2009 7:23 am Asunto: |
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Hola Prospector.
Agradecer de nuevo tus correcciones, que son totalmente acertadas. Este "gentes" doble sobra y sin duda los días repetidos resultan aburridos, lo corrigo por lo "lunas", que siempre me ha gustado como vara para medir el tiempo.
Lo de "payeses", otro error. La palabra sí existe, pero sólo para definir a los campesionos de Cataluña y Baleares. Otro fallo. Lo cambio por campesionos.
Por cierto, muy buena esta definición de palleiro, muy graciosa. Me han venido a la cabezo los dingos australianos, que creo que al principio no tenían raza.
Lo único que me sabe mal es que me cuesta ver los errores de los otros, dudo, y en esto poco puedo ayudar. Por eso, cuando posteo, soy más bien subjetivo y trato más de las impresiones que me han causado los textos.
Un saludo (me voy unos pocos días fuera, al monte...)
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dafd Alcaide

Registrado: Jun 05, 2007 Mensajes: 1614
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Publicado: Vie Ago 21, 2009 12:38 pm Asunto: |
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| Igor escribió: | | Colgaremos cortinas verdes, nuevas, éstas están ya raídas y, y... Tu padre encontrará otro puesto como oficial. ¡Tu padre es un soldado muy valiente! | Este párrafo me trasmite congoja. Pensar que ella ha de embarcar sóla hacia un destino desconocido sin saber si el hombre va a salir vivo de esta, produce una sensación de debilidad e impotencia.
Unas cosillas
| Igor escribió: | | Más tarde comenzaron a llegar hombres de armas. Ya no llegaban familias de payeses | Es una bobada, ya lo sé, pero es el verbo llegar. Te lo comento por que me da que están muy cerca, por más que estén conjugados en tiempo y persona distintos.
| Igor escribió: | | sus cabellos cortos oscilando en una pieza sobre su nuca. Su madre la miró | Aquí me ha entrado la manía con el su/sus. Me parece que aparecen varios muy cerca. Lo siento, es un poco complicado hacer modificaciones sencillas para eludir la repetición del su/sus. No se me ocurre nada. O a lo mejor crees que es asumible repetirlo.
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Igor Afincado

Registrado: Mar 05, 2009 Mensajes: 451
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Publicado: Lun Ago 24, 2009 2:17 pm Asunto: |
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Hola dafd,
Ese párrafo pretende ser lo que indicas. Una madre intentando tranquilizar a su hija, consiguiendo un efecto contrario. Recuerdo haber oído que, durante el bombardeo de Bagdad, los niños realmente se asustaban al ver las caras de sus padres asustados, no tanto por las explosiones. El miedo se transmite, como el pánico.
Agradecerte tus anotaciones. De verdad que pretendo subir los textos pulidos y revisados, aunque también es cierto que me fijo mucho más en la historia. Poco a poco intentaré mejorar.
El llegar es incuestionable, así como la cadena de "susususus", vista así, en frío, resulta cargante. Es una suerte ver vuestras correciones, y es también una motivación para mí.
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Velkar Afincado

Registrado: May 31, 2008 Mensajes: 441 Ubicación: Donde se cruzan los caminos.
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Publicado: Mar Sep 01, 2009 9:15 am Asunto: |
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Sólo asomarme por aquí para animaros a todos/as a seguir esta extraordinaria historia de la que soy privilegiado conocedor en toda su extensión.
Ala, os chincháis, jajajaj.
Un saludo, Igor.
_________________
LA LEYENDA DE LEURELEY II YA A LA VENTA!! |
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Igor Afincado

Registrado: Mar 05, 2009 Mensajes: 451
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Publicado: Dom Sep 06, 2009 6:56 pm Asunto: |
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(Hola Velkar. Gracias por opinar, y por opinar en positivo)
En el otro extremo de la plaza había un pequeño grupo de tenderos que hablaban en voz baja, acompañado sus discursos de gestos secos. No los oía pero bien sabía de qué hablaban. Cerca, amontonados encima de un banco tallado en piedra, como náufragos en una balsa a la deriva, encontró a su cuadrilla. Sara se fijó en que ninguno iba demasiado limpio. La nueva vida en la calle, pensó.
—Nos vamos. Mi madre dice que nos vamos a las Colonias —les espetó, antes que nadie pudiera decir nada.
—¡Cobardes! —contestó Ordel con sorna—. Mi padre dice que nos quedamos. Dice que no entrarán, ¡es imposible!
—Te clavarán una lanza aquí —dijo Sara, enrabiada, señalando con un dedo su cuello—. Os matarán a todos, a todos, mientras yo iré en mi barco sobre el mar.
Ordel se lo tomó mal. Primer calló, cruzando los brazos encima de su pecho. Miraba el suelo. El grupo volvió a sus historias, las historias de terror, cuentos de que modo los murrianos iban a sembrar de cadáveres las calles de la ciudad. Ordel dio un brinco y les gritó "¡Cobardes!" y se marchó dándoles la espalda. Nadie contestó. Sara pensaba en su amigo. Lo veía arrastrado y crucificado por aquella especie de bestias. Habían oído tantas historias que el miedo, ahora cercano, iba calando con rapidez en sus pensamientos. Ellos, que no se preocupaban por las cosas de los mayores.
Un rato después se cansaron de estar ahí, en esa plazoleta casi vacía. Alguien propuso ir hasta las atarazanas, desde donde verían la gran flota.
El grupo se puso en marcha enseguida. Sin que nadie supiera el porqué, de repente, todos andaban a buen paso. El puerto siempre era un buen lugar para pasear y más aún cuando casi toda la escuadra condal se encontraba atracada, a la espera. Bajaron por la Avenida que desembocaba en el Bajador del Mar, una de las calles anchas de Vamurta. En el tronco central del paseo crecían grandes tilos de tronco plateado alternados con los majestuosos limoneros de Vamurta que buscaban el sol por encima de las sombras que proyectaban las fachadas. Los laterales eran vías para carros que bajaban y subían del puerto, llevando la carga de los buques de transporte. Era la calle de los grandes mercaderes. La de mayor tráfico, pero aquella mañana encontraron pocos hombres, sólo algunos que andaban con pasos rápidos y nerviosos subiendo y bajando del puerto. Todo el mundo parecía estar en casa. Los chicos se sentían los amos de la calle, y aquella sensación los llenaba de un vértigo que les hacía reír por cualquier cosa. Oían sus voces resonando con fuerza, y aquello les hacía sentirse mayores, casi amos del mundo.
Dejaron atrás las murallas del mar y llegaron hasta los altos edificios de las atarazanas. Se había levantado una niebla vaporosa que desdibujaba la luz del sol. El horizonte les parecía más próximo, el puerto parecía más cerrado, como si todo lo que la neblina encerrara fuera todo el universo existente. Las casas próximas a los muelles se amontonaban aquí y allí entre los grandes almacenes de madera que sobresalían sobre las barracas de los pescadores y las tabernas. Sobre las estáticas aguas de los embarcaderos, vieron decenas de naves que descansaban oscilando ligeramente. Un gran bosque de troncos acerados buscando el movimiento.
Sobre los largos muelles había una actividad frenética. Parecía que toda la ciudad estuviera ahí, a punto de sobrepasar los límites que el mar marca. Cientos de estibadores y marineros cargaban en los barcos cajas y sacos hasta los límites de las bodegas, hasta abarrotar las cubiertas. Todo se hacía con mucha ansiedad. Los cargadores se gritaban unos a otros, los mayores de algunas familias que empezaban a embarcarse empujaban y se abrían camino a golpes, los marineros corrían sobre las cubiertas moviendo la carga entre las imprecaciones de los contramaestres. Otros se acercaban en pequeñas balandras y botes a remo hasta las naves fondeadas cerca de los espigones. Embarcaciones de dos y tres palos, muchas de dos usos, de guerra y transporte, en casi su totalidad propiedad de grandes mercaderes. En la punta norte del puerto se encontraba la flotilla que obedecía directamente al condado. Estos eran robustos navíos de tres palos y dos castillos, parapetados con escudos. La bandera blanca y negra de Vamurta ondeando, la tripulación dispuesta.
Por debajo de los grandes arcos de piedra de las atarazanas, entraban y salían marineros y calafateadores llevando cuerdas, tablones, herramientas. Se trabajaba sin descanso reparando los cascos de las naves, las maderas carcomidas por los meses y meses de navegación, cambiando cordajes castigados, dejando los transportes listos para volver a zarpar. Quizá por última vez. Parecía que todo el mundo lo percibiera y por esa razón todo lo que envolvía el área marítima estaba dotado de un nerviosismo vigoroso. El retumbar del mar quedaba sepultado por las voces de los hombres.
—Aquí hay más gente que en las murallas —dijo Sara, recordando la tarde anterior, cuando con su pequeña mesnada, se habían acercado de escondidas hasta poder ver la brecha.
Aquella mañana no habían visto los pescadores de caña que sacaban los relucientes peces de roca. Tampoco habían visto los tenderetes de pescado ni los hombres discutiendo en las puertas de las tabernas del puerto. Aquello era el preludio de la huída. A Sara le pareció que a muchos sólo les importaba cargar a la seguridad de las naves los objetos que conformaban sus vidas. En Vamurta, no todos se preocupaban por defender a los suyos, el último bastión, el hogar de los hombres grises. Muchos habían dejado de creer y aquello hizo pensar a Sara. Quizás deberían huir, también. Dejar atrás aquella amenaza que los ahogaba. Subir a un barco y alejarse, sentirse aligerados. Su madre lo aprobaría. Su padre no.
Los chicos bajaron por el camino de los trapos, siguiendo el trazado exterior de las defensas, hasta saltar a unas rocas donde se aposentaron para contemplar con calma el espectáculo del puerto. Desde allí divisaban la puerta fortificada que vigilaba el mar. Detrás de la muralla, asomaba la imponente mole de la Ciudadela, sus altas paredes desnudas, la Torre de Homenaje y sus cuatro vértices rematados con robustas torres de defensa.
Los gatos que se escondían entre las rocas corrieron hasta otro rincón. Hablaban y lanzaban piedras delgadas al mar. Martín siempre ganaba. Su muñeca conseguía más saltos que los demás.
—Mi madre ha sido llamada a la Puerta. Ha salido de casa, pronto, llevando su ballesta y la daga. La abuela aún lloraba cuando me he ido —dijo, con indiferencia, Martín.
—¿Y tu padre? —inquirió Ebasto.
—No lo sé. Se fue hace meses a hacer pieles de antílope, hacia el sur. Madre me ha dicho que no deje la abuela, pero está todo el día sentada cerca del balcón, mirando la calle y... Me he escapado.
Los otros no dijeron nada, seguían mirando cómo rebotaban las piedras que lanzaban sobre las lisas aguas del mar. Cada uno se preguntaba qué iba a pasar. ¿Qué iba a suceder si la ciudad caía? ¿Estarían en casa, encerrados? Sara pensó, por primera vez, qué es lo que haría. Tras descartar muchos pensamientos, creyó que lo mejor sería esperarlos tras la puerta de su casa con un cuchillo de cortar carne. Quizá escondida podría evitar los encantamientos que, según se decía, lanzaban aquellos animales antes de atacar. Se veía a sí misma enfurecida, llena de fuerza, lanzando cuchilladas y amontonando cadáveres a sus pies, sin pensar que ella, más bien delgada, a duras penas podía sostener una espada o desviar la acometida de una lanzada. Martín la despertó de su gran gesta.
—Sara, ¿tú qué harás si llegan?
—¿Yo? Pues... ¡No les dejaré pasar! No entrarán en mi casa.
Nadie se rió. Sara había vomitado aquellas palabras impulsadas por un temor que ahora vivía cerca de ellos. Unos se miraban las sandalias polvorientas, otros, el lento latir del mar. El sol, alto ya en su mediodía, disipaba la niebla de la mañana.
—A mí me gustaría ir a las Colonias. Ahí dicen que también hay murrianos, pero muy pocos —dejó caer Elizabeth, la más pequeña de todos.
—Sí, y aquellos raros, duros como insectos. Y los hombres rojos —siguió Martín.
—¡Son fuertes como diez de los nuestros! —dijo Sara, cerrando los puños—. Llevan trenzas y colgantes, como las mujeres.
Todos se rieron, haciendo muecas. Sara bailaba entre ellos, dando brincos, despreocupada por unos momentos. Luego se quedaron callados. Cansados de tirar piedras al mar y de observar los trabajos del puerto, decidieron que irían a la Plaza de los Pájaros para ver si se cruzaban con la cuadrilla de los remensas, los hijos de los labradores de las cercanías de la ciudad. Andaban riendo otra vez, empujándose unos a otros. Cualquiera que los hubiera visto, habría pensado que aquellos mozos parecían indiferentes, felices.
Cuando subían por la calle de los Curtidores, una música que surgía de alguna parte, los clavó en el suelo. Era una música conocida. Las notas agudas de las flautas y el ritmo de los tambores hicieron enmudecer toda la ciudad, que escuchaba encogida, atenta, entre la esperanza y una desazón creciente.
—¡La Falange Roja, es la Falange Roja! —gritó Martín, señalando con un dedo la dirección de donde provenía aquella cadencia.
Comenzaron a correr todos por los callejones que conducían al este de la ciudad. Corrían como locos esquivando los vecinos que salían de sus casas. En todos los rincones la gente se asomaba a las ventanas o bajaban con prisas hasta la calle. Aquí y allí se formaban corillos. Les iban llegando murmullos, los fragmentos de conversaciones de muchos que, desalentados, empezaban a entender que aquello era el final. "Dioses de las estrellas, han salido", oyeron decir a un viejo mercader.
La Falange Roja era una unidad distinta, un gran Batallón Sagrado. Un juramento solemne los ataba al Condado, al que defenderían luchando hasta la muerte. La salida de aquella fuerza de la Ciudadela indicaba que la situación era desesperada. Muchos supieron en aquel momento que los bandos que ofrecía el condado eran falsos. No existía ninguna duda. El Batallón Sagrado participaba en las luchas en casos excepcionales, siempre comandados por el Conde hasta que murió, y más tarde, por el Heredero. Era la última línea de defensa para los ciudadanos de Vamurta, formada por parejas de hombres, parejas atadas dentro y fuera de la jerarquía militar, los conductores y los más jóvenes, los compañeros. Esa doble atadura les otorgaba una ferocidad excepcional, absoluta. Luchaban por el honor y para salvaguardar a aquellos que amaban.
Los chicos, finalmente, desembocaron en la Rambla Este, que seguía en paralelo al trazado de la muralla, donde se levantaba el, antes de la guerra, tumultuoso barrio de pescadores. Giraron Rambla arriba y allí encontraron la cola de la Falange, que avanzaba marcial en columna de a cinco. Detrás, entre los chicos y la Falange, seguían dos brigadas de infantería ligera y dos más de arqueros. Eran las fuerzas destinadas a proteger la fortaleza de los condes. Las gentes de Vamurta los veían pasar como el peor de los presagios. Las madres llamaban a sus hijos para hacerlos entrar en casa.
—Vamos hasta la cabeza de la columna, quizás veamos al Heredero —chilló Sara, entre la confusión de la música y las gentes.
Corrieron siguiendo la serpiente que formaban los soldados, admirando el brillo opaco de las armaduras de un rojo oscuro, las altas lanzas, sus largas espadas colgando de sus cinturones. Aquellos hombretones altos de mirada fija, de espaldas pesadas, quizá sabían que se encaminaban hacia el último acto de su existencia. El grupo llegó hasta la cabeza de la marcha, sorteando los transeúntes. Pero al llegar hasta los hombres que encabezaban la columna, sólo vieron al capitán de la Falange y los portaestandartes, llevando en alto la golondrina del condado, la única de todas las unidades coloreada en rojo.
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Prospector Alcaide

Registrado: Jun 24, 2007 Mensajes: 1343 Ubicación: Coruña City
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Publicado: Lun Sep 07, 2009 12:41 pm Asunto: |
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Bien te mereces un mejor analisis del que ahora te puedo ofrecer, pero una visita y un comentario no me lo guardo.
"Era la calle de los grandes mercaderes. La de mayor tráfico, pero aquella mañana encontraron pocos hombres, sólo algunos que andaban con pasos rápidos y nerviosos subiendo y bajando del puerto." La construcción aquí le falla algo, quizás cambiar el punto por una coma. Y los niños al principio repiten muchos los verbos, no sé si por imitar su lenguaje o de forma espontánea. Sea como fuere, el que presume de haberlo leido entero es alguien afortunado. 
_________________ "El que lucha contra nosotros nos refuerza los nervios y perfecciona nuestra habilidad". Edmund Burke.
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Igor Afincado

Registrado: Mar 05, 2009 Mensajes: 451
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Publicado: Mar Sep 08, 2009 2:07 pm Asunto: |
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Hola Prospector,
Agradezco tus valiosas aportaciones. Y es que dos ven más que uno. Lo que señalas es sibilino. Pero efectivamente, la frase suena rara. ¿Quizás forzada? Intentaré que suene mejor.
Sobre el diálogo entre los niños, efectivamente intentaba materializar ese lenguaje cerrado que tienen. Eso sí, si para intentar ser natural irrito, lo cambio inmediatamente.
De nuevo, gracias por pasarte y por el esfuerzo que representa puntualizar, proponer y mejorar.
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dafd Alcaide

Registrado: Jun 05, 2007 Mensajes: 1614
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Publicado: Mar Sep 08, 2009 6:24 pm Asunto: |
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Buf, un capítulo descriptivo aprovechándote de los ojos de los chavales. Entre un discurrir del tiempo apacible, y los diálogos entre los chicos, que están llenos de crudeza por el contenido que tocan, has hecho un capítulo curioso e interesante.
Siguo sintiendo congoja. Eso es lo que desprende esta lectura.
No me resisto a resaltar cierta combinación que haces en un determinado punto de la narración, al colocar, inmediatamente después de una descripción de la imponente ciudadela, una escena anecdótica ("Los gatos que se escondían entre las rocas..."). Un acierto.
Otra muy buena es aquella "… un banco tallado en piedra, como náufragos en una balsa a la deriva, encontró a su cuadrilla" [¿amigos, tropa, escuadrón...?].
Hay unas cosillas que te paso a comentar bastante irrelevantes.
| Igor escribió: | | Ordel se lo tomó mal. Primer calló, cruzando los brazos encima de su pecho. Miraba el suelo | Me desorienta ese “Primer[o] calló”. Pareces iniciar una enumeración, pero no veo que continúe, o eso creo.
| Igor escribió: | | El grupo volvió a sus historias, las historias de terror, cuentos de que modo los murrianos iban a sembrar de cadáveres las calles de la ciudad. | Aquí me choca un poco ese “de que modo”, en vez de, por ejemplo, un <<sobre el modo en que>>. Pues los cuentos van de eso, del modo, y no se preguntan por el mismo. Aunque puede que me esté columpiando.
| Igor escribió: | | El horizonte les parecía más próximo, el puerto parecía más cerrado, como si todo lo que la neblina encerrara fuera todo el universo existente | Si quitaras el segundo “parecía” no sé si pasaría algo. Lo que pasa es que no sé si se entendería la frase. Por otra parte, ¿el primer “todo” podría desaparecer sin merma de la expresividad del enunciado?
| Igor escribió: | | Parecía que todo el mundo lo percibiera y por esa razón todo lo que envolvía el área marítima estaba dotado de un nerviosismo vigoroso | Es una bobada. No creo que pase nada si no sustituyes el “todo lo que” por, por ejemplo, un <<cuanto>> u otra forma sin la palabra todo.
| Igor escribió: | | cuando con su pequeña mesnada, se habían acercado de escondidas hasta poder ver la brecha. | ¿No podrías mirar si se dice a escondidas o “de escondidas”? No estoy seguro, ni siquiera de si se dice de ambas formas.
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Igor Afincado

Registrado: Mar 05, 2009 Mensajes: 451
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Publicado: Vie Sep 11, 2009 8:42 am Asunto: |
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La verdad es que estoy un poco impresionado. El texto lo daba por bueno, y ya ves, aquí unas cuantas erratas. Después de llevarme las manos a la cabeza y de corregir los errores, pienso que es una suerte y un privilegio encontrar a foreros que dominen tan bien los resortes de la lengua escrita. Y que se tomen la molestia de postear.
En todo lo que apuntas aciertas. La RAE sólo parece aceptar "a escondidas". Y hay algunas anotaciones sobre errores de gran calibre y otros más finos.
Si alguna vez encuentro el profesor que me aprobó la ortografía, no saludaré. Y aunque voy sacando el polvo a viejos manuales, me queda un buen trecho para escalar.
De nuevo, agradecer la lectura y esta cirugía a foro abierto, que tanto bien me hace.
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Igor Afincado

Registrado: Mar 05, 2009 Mensajes: 451
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Publicado: Dom Sep 20, 2009 7:32 am Asunto: |
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Capítulo 3
"LA ESPERA"
El rumor de los combates se fundía con la tranquilizadora música de la cotidianidad. Las voces de la calle llegaban amortiguadas hasta la habitación donde Serlan De Enroc, heredero de Vamurta, dormía desde hacía más de un día. Una terrible sed lo debió despertar, ya que al abrir los ojos dirigió sus manos temblorosas hacia la jarra de agua que le habían dejado en la mesa, al lado de su cama. La bebió precipitadamente, sin importarle que buena parte del líquido cayera sobre su camisa blanca y sobre las sábanas.
Cuando acabó de beber miró su habitación como si nunca hubiera estado allí. Tardó en conseguir incorporarse, la espalda le pesaba mucho, sus piernas no le respondían bien. Se sentó en la cama, quieto, escuchando como reaccionaba su cuerpo. Lejos, le llegó el seco retronar del bombardeo. Entonces comenzó a recordar. El despertar tras la batalla, aquella enorme confusión, la cuerda con la que fue izado, la herida. Las gentes de su condado, de su ciudad, sus vidas, estranguladas por el sitio.
Se sintió lo bastante seguro para levantarse y, muy despacio, comenzar a andar sobre el mármol frío de sus aposentos. Se dirigió hasta el balcón, apartó les pesadas cortinas de lana negra y salió. Los rayos del sol lo cegaron, toda la ciudad parecía blanca, golpeada por aquel baño de luz. Cuando sus ojos fueron adaptándose a la claridad pudo distinguir las columnas de humo que se levantaban a poniente. Más allá vislumbró el ejército enemigo. Desde su habitación, parecían bolsas negras desparramadas sobre las doradas y sinuosas extensiones de los campos de cereales y las cuadrículas verdosas de los huertos. Su debilitamiento, los mareos que le sobrevenían desde que se levantó, le ofrecían una nueva perspectiva. Todo aquello parecía muy lejano, lejano a su persona. Se preguntó por qué hacía la guerra. En aquel momento no recordó demasiado bien cómo empezó, quién inició las hostilidades. ¿Fue aquel ataque murriano a uno de los castillos de frontera? A los soldados de la guarnición les habían cortado el cuello. Hombres grises abandonados a la muerte. Habían llegado rumores de una matanza en algún asentamiento murriano, antes del ataque. Nadie estaba seguro. En las guerras nadie sabe la verdad, ni tan siquiera los verdugos, ni él, el heredero… Le pareció que los acontecimientos se habían sucedido sin una razón, sin que los pudiera gobernar, incapaz de virar el rumbo de los mismos.
Paseó su mirada sobre las azoteas de su ciudad, que le parecieron un inmenso tablero de ajedrez hecho de casillas irregulares, algunas más hundidas, otras elevadas. Siguió los cortes de las calles hasta que su atención se centró en el puerto de Vamurta, al este de la ciudadela. Figuras minúsculas y ajetreadas cargaban las naves, muchas ancladas al abrigo del espigón construido con grandes rocas. Debía haber unas cincuenta o algo más, las banderas rojas y blancas ondeando. Era la flota que siempre había dominado el Golfo de Daler y el Mar de los Anónimos, capaces de ahuyentar las flotas de corsarios que habían organizado los Pueblos del Mar y hacer valer su supremacía sobre las humildes escuadras de las Colonias.
Vamurta exportaba hierro de las minas de la Sierra de Andonin, armas forjadas por las decenas de herreros asentados en la ciudad, cereales y paños tintados con colores puros. Las mercancías llegaban a las Colonias y desde allí a otros muchos puntos. Algunos mercaderes también habían establecido rutas más al sur y al norte, con pueblos extraños a los que sólo se les conocía por sus productos, que los comerciantes traían en sus viajes de vuelta. En tiempos de paz había habido un ir y volver de mercancías hacia el oeste, incluso algunos murrianos se habían establecido en la capital, pero eso ya parecía una leyenda remota.
Serlan sabía que muchos de los prohombres de la ciudad previeron que el sitio iba a llegar. Quizá por su cercanía a los centros de poder del Condado. Recogían y se marchaban. Los artesanos y los campesinos, más ignorantes de todo lo que sucedía, seguían en la ciudad.
Un mareo intenso le obligó a apoyarse sobre la baranda del balcón. Todo daba vueltas. Volvió a la cama, donde se estiró. Se sentía abatido, incapaz de luchar. Oyó el rugir de las explosiones. Todo aquello que amaba, su mundo, sus gentes, se rompía sin que él pudiera hacer nada para invertir los acontecimientos. Quizás hubiera sido mejor atrincherarse desde un principio tras los muros de la capital o subir a las montañas, donde habrían resistido mucho tiempo, o incluso desplazarse hacia el norte, siguiendo la costa, donde sólo habían pequeñas tribus de hombres grises, donde las altas sierras y los valles estrechos les hubieran dado cobijo. Estaba casi convencido de haber escogido el peor camino. Presentar combate a campo abierto, una y otra vez, hasta aniquilar a todos sus ejércitos grises. Se cubrió la cara con sus manos rugosas, nunca se había considerado tan responsable de aquella debacle. Otra vez su debilidad lo atrapaba y lo conducía a la antesala de sueños tenebrosos.
— ¿Señor? ¿Me escucháis?
Una densa nube lo arrastraba entre fuertes corrientes de agua, alzándolo y hundiéndolo. Luego era llevado hasta unos bosques cubiertos de niebla y vapuleado entre esa masa de agua y ramas. Nada podía hacer, excepto seguir nadando en aquella especie de útero áspero y acuoso, intentando no ahogarse.
— Señor, la Condesa os reclama. ¡Señor! —levantó la voz—. Vuestra madre os reclama en el Salón de Gobierno.
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