Registrado: Mar 18, 2008 Mensajes: 24 Ubicación: PUERTOS DEL SUROESTE
Publicado: Mar Mar 18, 2008 11:33 pmAsunto: Escamas y bronce - Zúnder se desvela
Hola gente joven:
Soy un escritor aficcionado de la ciudad de Onoba, y por cierto, nuevo en estos mundillos. A continuación os dejaré lo que pretendo que sea el primer capítulo (Zúnder se desvela), de mi primer libro (Exilio Atlante), de mi primera y única saga (Escamas y Bronce).
Es una aventura épica y fantástica ambientada en la Edad del Bronce, entre los ríos Guadiana (Anas) y Guadalquivir (Baethis), donde la espada Zúnder es la protagonista.
Siempre me gustaron los capítulos contundentes; y éste lo es. Tengan paciencia y espero que les guste. Sin duda, sus comentarios me ayudarán a pulir la historia para el mañana.
Cordiales saludos.
1
ZÚNDER SE DESVELA
En el medio de la gran explanada, dando la bienvenida a los viajeros, se erguía una imponente estatua con la desnuda figura del Dios Ekronón, padre de los inmortales Guardianes de la Atlante Emergida. Con su brazo izquierdo sostenía un pétreo escudo; entregado por la Diosa Madre tras el castigo al que lo sentenció, para que se defendiera del perecedero transcurrir de los años y de la dolorosa enfermedad. Su diestra aprehendía con tensión una lanza, también regalada por la máxima divinidad, para que siempre tuviese presente la única fragilidad que le podría ocasionar la oscura muerte.
En torno a la estatua, decenas de doncellas Atlantes ataviadas con blancas y finas sedas, encubiertas tras máscaras de aspecto animal y ornamentos lanudos, danzaban al son de una lira, mientras entonaban una hermosa plegaria.
Divino Ekronón, Hijo de Tierra Madre,
Padre y mayoral de los Atlantes Blancos,
en el azul firmamento te muestras hoy,
resurgiendo victorioso de tus restos.
Divino Ekronón, tutor de la honradez,
armado de lanza y del broncíneo escudo,
inmola en venganza nuestra al Dragón Negro,
escamado ladrón de nuestros vástagos.
Divino Ekronón, espíritu salvador,
envíanos a tu negro toro protector,
a la diestra abeja que concede la miel,
y al anhelado retoño que está al nacer.
—¿Qué es lo que celebráis? —preguntó el mortal, que había quedado prendado de aquella ceremonia.
—Son antiguos ritos relacionados con el anticipo de la siembra de la semilla, y la recolección de la dulce miel —respondió Lénothel—. Pero, además, se invoca al Dios Ekronón para que devuelva la fertilidad a los de nuestra raza; aunque eso es una historia de la que prefiero no hablar.
—Como desee —dijo Ewodén.
Apretando el ritmo por la empedrada plaza, pronto los tres caballeros se dispusieron a subir hasta lo más alto de la Ciudad Blanca; y se adentraron por la calle que ascendía hacia el sur. El nerviosismo comenzó a apoderarse de Ewodén, pues sabía que estaba siendo conducido hasta el decano de todos los Reyes Ekronoidas que habían existido en la Atlante Emergida.
Con el lento desfilar de los años, las pétreas columnas que sustentaban los soportales de las construcciones adquirieron figuras humanas; portadoras de grandes lanzas, espadas y arcos; eternos guerreros caídos con inmensa gloria en combate, y héroes de la mitología Atlante de la anterior Edad del Mundo. Desnivelados y nevados tejados revestían a los verticales edificios que se iban encontrando a lo largo de las casi cien brazas de vía. El muro defensivo meridional, les obligaba a girar hacia el norte en una pronunciada curva, y volvían a encontrarse con otra calle, no menos larga que la anterior, desde la que podía vislumbrarse el Castillo del Rey Adonás. Aquellas empedradas y zigzagueantes calles de hermosos edificios llamaban la atención del alucinado Hombre; sin embargo, los corpulentos Atlantes iban y venían por todos lados, metidos en sus asuntos, sin apenas percatarse de la presencia entre ellos del mortal. Giraron otra curva cerrada a la derecha y volvieron a encontrarse con otra adoquinada calle, en la que el final era un enorme risco, un salvaje sobresaliente de la montaña. Los bellos edificios de piedra continuaban custodiando la vía, con alargadas ventanas y grandes puertas arqueadas que decoraban sus fachadas; las antorchas encendidas iluminaban el camino a seguir. Volvieron a girar a la izquierda e igualmente encontraron otra calle, desde la qué el castillo podía verse aún con mayor precisión; con sus cuatro altas torres almenadas destacando en su cuadrada estructura. Luego, un nuevo y complicado giro a la derecha; y encontraron lo que parecía ser la quinta y última calle que subía hasta los pies de la magna construcción.
Una vez volvieron a girar hacia el norte, la atención se dirigió hacia el Castillo de Adonás, que regía una gran explanada con sus cuatro altas torres, y otras menores que lo solemnizaban; componiendo un gran macizo de grandes bloques de piedra, con una gran y única puerta que miraba hacia el oeste. Las antorchas iluminaban por todas partes a la Gran Plaza de la Ciudad Blanca, inmovilizadas en las columnas y en el alzado de los edificios que la rodeaban. Los Hijos de Ekronón caminaban de un lado a otro, con sus hermosos y coloridos textiles; hechos con paciencia por inmortales manos femeninas. Pero los tres jinetes prosiguieron por el nevado lateral de la plaza hasta el Castillo del Rey.
La entrada estaba situada en un hermoso balcón, y en su término se encontraba la interminable escalera que bajaba hasta el Patio de Armas de la ciudad. Dos grandes puertas de gruesa madera, reforzadas con pesadas rejas, protegían a la construcción del exterior. Los centinelas abrieron las puertas, y los tres entraron por un largo y oscuro túnel, hasta un Patio interior de rectangular morfología.
Dos alturas de edificios protegidos con estoas rodeaban al más largo que ancho lugar, donde las raquíticas plantas aguardaban el deshielo para florecer. En las cuatro esquinas de la edificación se alzaban cuatro torres menores, terminadas en puntiagudas cúpulas de blanca piedra. Tres grandes puertas quedaban en los otros laterales del Patio de las Cuatro Torres, pero se dirigieron a la del frente, donde una bandera del Reino era ondeada por el viento del norte. Debajo de aquella puerta fueron recibidos por más guardias Atlantes, que les ayudaron a descender de los caballos y les invitaron a que los siguieran.
Un gran corredor de homogéneos bloques calizos se extendía tras la puerta de entrada, en el que treinta y tres pares de corpulentos Titanes sostenían la techumbre longitudinal, con sus alzados brazos; portando entre sus pétreas testas, decoradas coronas con motivos florales, y éstas el mismo número de traviesas. Espaciosas y altas cámaras, además de otros habitáculos menores, se distribuían a sendos lados del Pasillo. Al final del mismo se encontraba la Sala Suprema, recinto en el que el Rey Adonás conciliaba con los Atlantes Blancos, capilla en la que oraban ante la colosal estatua de su Dios Ekronón, y lugar donde se llegaron a celebrar místicas festividades en su recuerdo.
Dos centinelas abrieron unos suntuosos cortinajes blancos y Ewodén quedó con la boca abierta cuando contempló a decenas de doncellas Ekronoidas desnudas; danzando bajo una sensual melodía; y retozando entre grandes almohadones coloridos y sobre los placenteros lechos de aquel paraninfo. Escudados balcones interiores se asomaban a la Sala Suprema, abriéndose desde otros habitáculos menores de la primera y segunda planta; destacando, justo enfrente de la entrada, el del Salón del Trono del Rey Adonás, con la Estrella del Amanecer cubriendo su balaustrada; al que se ascendía por una escalera en espiral hecha en piedra e iluminada por grandes antorchas en su parte interior. Por allí subieron, dando un giro completo, hasta el Salón del Trono; donde el Rey Adonás ejercía su mandato y les esperaba desde hacia algún tiempo. A pesar de saberlo, Ewodén aminoraba intencionadamente su paso, pues los nervios se habían apoderado de él.
Una vez que ascendieron hasta el glorificado lugar, Ewodén volvió a quedar prendado con su belleza. El Salón del Trono estaba en la parte más alta del castillo y flanqueado por las cuatro almenadas torres. Trece naturales figuras de piedra formaban un círculo casi completo; quedando en el ancho y elevado hueco, el dorado Trono del Rey, justo al frente de la entrada. Y, tras el sitial, regía una gran Estrella del Amanecer, que parecía renacer desde el oriente.
Los Trece Reyes Tiranos tuvieron su lugar en aquella sala, hermanos menores del Rey Adonás, a los que en el pasado coronó como virreyes en muchas partes de la Atlante Emergida, y que perecieron por la ira del Diosa Madre, junto a las tierras que esclavizaron. A pesar de la rebeldía de sus hermanos contra Adonás, el primogénito de Ekronón había querido homenajearlos y tener en su recuerdo a los antiguos Atlantes; los Reyes Ekronoidas, efigies que daban aún mayor grandeza al Salón del Trono.
Altas pilastras sostenían el majestuoso recinto, forjado con esbeltos bloques extraídos de la montaña, de los que colgaban los emblemas de la Atlante Emergida. Los cuencos con el fuego eterno estaban dispersados por la sala, ofreciendo una cálida bienvenida a los visitantes.
A la derecha, se encontraba un balcón que miraba hacia el sur, hacia la Gran Plaza de la Ciudad Blanca, desde donde Adonás contemplaba las Nandurún y tenía poderosas experiencias espirituales con otros seres vivos, gracias a los cuales, y a su divino don, conocía más allá de sus fronteras. Desde la terraza, una alta e inmaculada figura apareció ante aquel mortal. Sus blancos y largos cabellos le hacían un poco mayor; Ewodén le hubiera echado unos sesenta años, aunque ni siquiera Lénothel sabía cuántos tenía realmente; si así fuera, Ludwen lo habría contado en alguna de sus historias. Era en la blancura de su tez donde la raza Ekronoida se reflejaba. Inmemoriales años y aún seguía con ese mismo rostro, bello e inquietante, como si un Dios se hubiese adentrado en el interior de su frágil cuerpo. Vestía completamente de blanco, con la Estrella del Amanecer acorazando su pecho. Junto a él, apareció el Príncipe Lenzias, su primogénito, de rubios y largos cabellos lacios, y de un gran parecido físico a su progenitor.
—¡Bienvenidos de nuevo, hermanos Lénothel y Ludwen, a pesar de que no hace mucho desde nuestro anterior encuentro! —dijo el Rey a los dos Atlantes. Padre e hijo devolvieron el saludo a Adonás, que no tardó en dirigirse hasta Ewodén, con una enigmática sonrisa en su arcano rostro—. ¡Se bienvenido, Ewodén de Wálattan! ¡Milagrosamente has logrado despertar!
—¡Cierto es, Rey Adonás…, —dijo Ewodén—. Es un verdadero honor estar ante vuestra divina presencia!
Ewodén estaba impresionado, al contemplar al que fuese tantos años Rey de Atlante y un verdadero Dios para los mortales Hijos de Thartso. El Hombre arrodilló su pierna izquierda e hizo su reverencia Thartsoida, con la que se llevaba su puño derecho al pecho.
—Por favor, Ewodén, levántate —dijo Adonás—. Pues ni soy yo más que tú, ni he de ser loado como tal.
—¡Oh, mi Rey Adonás, cómo agradecer el trato recibido durante estos últimos días, en los que he permanecido malherido en vuestra tierra, y de que me hayáis recibido en vuestro hermoso castillo!
El rostro del Rey Adonás se desencajó ante las palabras de Ewodén. También el Príncipe Lenzias, así como los Mariscales Lénothel y Ludwen, sintieron algo en su interior, que evidentemente fue percibido por el mortal.
—¡Poneos cómodos, descansad, pues pronto cenaremos! —dijo Adonás, rompiendo aquel preocupante silencio—. ¡Tenemos bastante de lo que parlamentar, y es mejor hacerlo con el vientre lleno!
Ewodén suspiró, mientras varias doncellas Atlantes comenzaron a desfilar ante sus cansados ojos, portando rebosantes jarras de vino y deliciosos manjares sobre plateadas bandejas. Los Hijos de Ekronón tomaron asiento en una de las mesas del Salón del Trono y el Hombre se despojó de su blanca túnica para sentarse junto a ellos. Entonces, entre bocado y bocado, la conversación se reanudó, y la sorpresa de Ewodén llegó cuando las graves palabras de Adonás comenzaron a salir por su boca.
—Para nosotros, los Atlantes Blancos, es un placer ayudar al Rey de los Hombres Thartsoidas —dijo Adonás.
Ewodén quedó en silencio, incomodado y cabizbajo, cuando todas las miradas se cruzaron en un mismo punto, él.
—¡Mi Señor, disculpadme! —dijo Ewodén—. Me negué a hacer referencia a mi condición real, porque no encontré el modo de hacerlo. Quizá me he encontrado desorientado tras este extraño despertar. Pero es así, caballeros, soy el jefe de los Thartsoidas de Wálattan.
—No debes preocuparte por nada de eso, Rey Ewodén. Sabía quién eras desde mucho antes de que abandonaras tu casa. Por el contrario, has de saber que no han sido días los que has permanecido en nuestra tierra; sino que, realmente, llevas en mi Reino ocho largos años, aunque ese tiempo, a los Atlantes, pueda parecernos una fugaz estación.
La confusión en Ewodén fue monumental, ahora si que no podía creer lo que estaba oyendo. Se levantó bruscamente y permaneció en silencio unos instantes, en los que se le pasaron por la cabeza cientos de cuestiones. Pero después, su arrebato dejó palpable qué tipo de sangre corría por sus venas.
—¿Qué me está diciendo? ¿Cómo pueden haber transcurrido ocho años, si aún recuerdo todo lo que aconteció durante el viaje que…? ¡Juraría, por el divino Thartso, que todo sucedió días atrás!
—¡Vuelve a tomar asiento, Rey Ewodén!
—¡Ruego que me disculpen! —el sollozo de Ewodén conmovió a los Atlantes—. ¿Es qué acaso estoy muerto?
—¡No, Rey Ewodén, no estás muerto! Como ya sabes, fuiste rescatado, prácticamente sin vida, por el Mariscal Ludwen. Has permanecido ocho inviernos en la casa de Lénothel, sin que la medicina Atlante te devolviese al mundo de los vivos. Esa es la verdad y debes de asumirla.
—¿Cómo es posible? ¿Qué me ha ocurrido? ¡Ay, santo Thartso, quieras tú que en mi casa no hayan acontecido más desgracias que esta, la mía!
—¡Zúnder, la Espada que portas, acarrea mucha maldad sobre su frío bronce, y ese mal se ha apoderado de tu alma!
—¿Zúnder?
—Presiento ese daño alojado en el arma que te han dejado tus antepasados —respondió bastante serio y preocupado el Rey Adonás—. Las maldiciones en estos inciertos días aún son poderosas, Rey Ewodén, pero si se trata de la forjada por uno de los vástagos de Darnes, el gran Dragón Negro, aún sería mucho peor.
—¿Qué es lo que quiere decirme?
—El mal llama al mal. Algo grande ha debido suceder para que despiertes de tan gran letargo. Cierto es que la muerte era tu camino, y que de la Morada de Erebea has escapado. A pesar de la gracia con la que mi Padre me dotó, mis conocimientos no pueden alcanzar más allá de lo que se esconde tras tu mirada. Lo único que puedo decirte, es que el poder de tu Espada está ligado a un poder muy superior al mío, y tendrás que contarme todo lo que sepas acerca de sus anteriores portadores, si quieres que te ayude a regresar a tu casa.
—¿Quiere que le cuente todo?
—Así es, Rey Ewodén, tengo toda la noche. Esas ceremonias orgiásticas, en las que las doncellas se estimulan entre ellas, pidiendo a Ekronón que las preñe por su poder divino, pueden esperar un año más. _________________ Véncete y serás invencible
Registrado: Jun 24, 2007 Mensajes: 1120 Ubicación: Coruña City
Publicado: Mie Mar 19, 2008 11:27 amAsunto:
Solo dos apreciaciones de lo que en general es un gran relato, con elementos propios interesantes, aunque hay veces que si sustituyera a los atlantes por los elfos de Tolkien, no encontraría diferencia. Quizás yo potenciaría eso.
- "pues el parecido entre ambos era abismal." Aquí creo que te has equivocado, pues un parecido abismal es lo opuesto, por ejemplo "una abismal diferencia entre fuerzas" si son muy parecidos no hay diferencia abismal.
- "Cierto es que la muerte era tu camino, y que de la Morada de Erebea has escapado. A pesar de la gracia con la que fui dotado, mis conocimientos no pueden alcanzar más allá de lo que se esconde tras tu mirada." Yo si tuviera que retocar este párrafo, eliminaría los -ado. La mejor solución que veo es "A pesar de la gracia con la que fui bendito" o "y que has escapado de la Morada de Erabea" o "no ocupas el lugar que te corresponde en la Morada de Erebea".
Mis conclusiones son, que continúes que lo estás haciendo bien y hagas algo para que tus atlantes se distancien de los elfos. _________________ "El que lucha contra nosotros nos refuerza los nervios y perfecciona nuestra habilidad". Edmund Burke.
También me podéis encontrar en www.generacionblog.es/lavetadelprospector
Registrado: Oct 26, 2007 Mensajes: 431 Ubicación: Vigo
Publicado: Mie Mar 19, 2008 11:30 pmAsunto:
Hola, EKRONOIDA,
Ya he leído este capítulo por otros lares, pero te contesto por aquí.
Escribes muy BIEN y de la lectura de tus textos se percibe que tienes muchas cosas que contar y con grandes ideas.
A lo que te comenta Prospector yo añadiría que repases los adverbios que terminan en mente. Si abusas de ellos o los sitúas demasiado juntos ralentizas la lectura y le restas calidad literaria. Si te fijas, algunos son casi coletillas que no aportan nada al texto. Te lo cuento desde la propia experiencia. :p
Por ejemplo aquí:
Cita:
El alba llegó a la casa de Lénothel, y algo muy extraño provocó que aquel Thartsoida despertase lánguidamente en una pequeña sala, completamente desorientado, y sin recordar cómo había llegado hasta aquel gélido habitáculo.
Yo, el completamente lo quitaría.
Ojo con la construcción de algunas frases y vigila que no queden los verbos colgando al final:
Cita:
Gruesas pieles de bisonte cubrían su cuerpo, aunque no podían ocultar sus largos y oscuros cabellos, y parte de su abandonada barba, como si de un excesivo tiempo sin arreglarse llevara.
Mejor:
...como si ésta llevara sin arreglarse un tiempo excesivo.
...como si ésta llevara sin arreglarse demasiado tiempo.
Último consejillo, Juan. No pongas textos tan largos: dificultan su lectura y su corrección. Remite al blog a quien quiera continuar leyendo el capítulo.
Registrado: Feb 05, 2005 Mensajes: 1928 Ubicación: La Quinta Alauda
Publicado: Jue Mar 20, 2008 12:36 amAsunto:
Estoy de acuerdo con Susana, debes cuidar el abuso de los adverbios y la longitud de algunos párrafos. Además te voy a dar un consejo que una vez me dio un gran escritor que pulula por estos lares: No uses más de dos adjetivos entre punto y punto, para no sobrecargar el texto.
por lo demás es un historia magnífica que me atrapó desde el primer momento. Debes decirnos donde la podemos seguir leyendo.
Un abrazo y bienvenido a nuestro feudo literario. _________________ http://www.argothelerrante.blogspot.com
Registrado: Mar 18, 2008 Mensajes: 24 Ubicación: PUERTOS DEL SUROESTE
Publicado: Jue Mar 20, 2008 9:17 amAsunto:
Hola Gente Joven:
En primer lugar he de agradecer vuestro interés en leer la historia y por las constructivas aportaciones lanzadas.
Prospector, lo de los Elfos y los Atlantes es una batalla que no venceré jamás. Creo que a lo largo del relato las diferencias se van haciendo más notables; sin embargo, comprendo que hay muchas semejanzas entre los inmortales del Maestro y los Ekronoidas a los que yo me refiero, al igual que los Dioses Griegos y Romanos, y otros seres mitológicos imperecederos.
Susana, ¡anda que no estoy aprendiendo ná con tus palabras! Muchas gracias por tus consejos y ahora mismo me pongo a currar que todavía hay mucho por hacer.
Ch3p3, sólo me queda decirte que ahora estoy repasando, y que en cuando los capítulos vayan estando presentables los podréis leer en el blog.
Bueno, para terminar, os mando un fuerte abrazo y besos. ¡Hasta la próxima!
Registrado: Mar 18, 2008 Mensajes: 24 Ubicación: PUERTOS DEL SUROESTE
Publicado: Vie Mar 28, 2008 4:09 pmAsunto: GÉLIDA DESPEDIDA
Hola de nuevo, después de revisar este texto he decidido colocarlo por aquí, a ver qué os parece. Gracias y hasta pronto.
FRAGMENTO DEL CAP. 17 - GÉLIDA DESPEDIDA
Esa misma noche, el Rey Adonás organizó la fiesta de despedida en la Sala Suprema del Castillo. Como bien prometió, fueron invitados todos los viajeros, además de otros Atlantes de la Ciudad Blanca. Las compañías de Caballeros fueron colocadas en mesas diferentes; y en la central, los Reyes de Wálattan y del Norte, junto a los Mariscales Ludwen y Mahara.
Grandes manjares de la tierra, afrutado vino del Altiplano, celestial música Ekronoida, y milenarias danzas; los soldados disfrutaron de la que posiblemente fue la mejor cena de sus vidas. Las sonrisas y conversaciones de los Hombres, distaban de los mudos gestos de preocupación del resto de los presentes; por lo que, para algunos, las palabras del Rey Adonás pronto auguraron el final de la velada.
―¡Viajeros del Reino de Wálattan! ―llamó el Rey la atención de todos―. A partir de mañana, os enfrentáis a un difícil camino, del que algunos tal vez no regresen ―arrogantes se mostraron la mayoría de los Thartsoidas ante aquellas inesperadas palabras―. Dos largos días tardaréis en cruzar las Nandurún, a través del Paso Secreto, que mañana dejará de serlo para todos vosotros. A partir de que volváis a ver la luz del Sol, empezará el verdadero viaje; la auténtica travesía por las inciertas tierras del Suroeste de la Atlante Emergida. Antaño, os hubiera podido ayudar con mejores artes, pero sólo me queda desearos el mejor de los destinos, para que lleguéis a Lun-Gándred, y regreséis sanos y salvos. ¡Hijos de Thartso! ―terminó vociferando el Rey Adonás―. ¡Que el camino sea protector para quién lo emprende!
Para finalizar, Adonás les entregó a todos un recuerdo de la Ciudad Blanca. Una pequeña caja de madera oscura, en la que destacaba, tallada, la dorada Estrella del Amanecer. En su interior, una docena de rosquillas Atlantes, hechas con trigo, miel y frutos secos. Además, había infusiones de albahaca y otras hierbas medicinales, propias para muchas de las dolencias y malestares que pudieran sufrir a lo largo del viaje. Cada caja iba provista de un pequeño pedernal de cuarzo con el agujero para incrustar un palo, y otra piedra del mismo material.
―Os serán muy útiles a la hora de encender un fuego ―dijo Adonás.
Todos aplaudieron las palabras del Rey de la Ciudad Blanca, pero el posterior silencio provocó que las miradas se cruzaran en la Sala Suprema. Bajo la petrificada y sempiterna presencia de Ekronón, el temor a lo desconocido hizo mella en muchos de los Hombres.
La cena apenas se prolongó, después de que Lenzias y Lithaël se retiraran para preparar sus pertenencias, y descansar. Entonces, Gloróndil se dirigió a los Thartsoidas.
―¡La velada ha concluido, Caballeros! ¡Mañana, al alba, esperarán a la Reina Lithaël en las Puertas del Castillo; preparados para partir!
A las afueras, la oscuridad de la noche reinaba en la Ciudad Blanca. Cientos de candelabros la iluminaban, escudriñando sus ásperos edificios, cuando una luna delgada emergía sobre las Nandurún. En la Gran Plaza, aún había movimiento, pues Cuerno de Mamut seguía tocando, pero ni la animada melodía del Rey de la Cerveza, logró hacer bailar a ninguno de los Thartsoidas mientras regresaban a sus hospedajes.
El quinto día desde que Atton partiera de Kalariam, volvía a amanecer con buen clima. Antes de emprender la marcha, el Capitán Thartsoida se encaminó hacia las Puertas de Patio de las Cuatro Torres, para inmortalizar las impresionantes panorámicas de la Ciudad Blanca. Se decidió por dibujar la temerosa inmensidad de las montañas Inquebrantables, con diáfanas cúspides que eran coronas de plata refulgente a la luz del Sol. Tal vez por eso, Atton se centró en destacar su brillo, pues sabía que pronto dejaría de ver la revitalizadora luz del sempiterno astro.
Tras los pasos del Mariscal Ludwen, los Caballeros Thartsoidas acarrearon sus pertenencias y las amontonaron a las puertas del Castillo del Rey. Allí, los nervios se acrecentaron entre los Hombres. Nunca pensó Pelégoras que tendría que caminar durante dos días bajo el subsuelo de las Inquebrantables. Pero, ahí estaba, con las piernas temblorosas, realizando gimnásticos movimientos para calentarse. Por su parte, su hermano mayor parecía querer evadirse, contemplando con la mirada perdida, la lejana figura de Ekronón en el Patio de Armas, allá abajo de las escalinatas. Algunos soldados conversaban, aunque la mayoría guardaba silencio a la espera de la señal. De pronto, los centinelas abrieron las Puertas del Castillo, y el Mestizo se acercó hasta los soldados.
―¡Mariscal Ludwen! ―llamó Gloróndil―. ¡Mis padres y el Rey Adonás nos esperan en la Sala Suprema!
―¡Thartsoidas! ―vociferó Ludwen al instante―. ¡Ya habéis oído al Rey! ¡Prepárense para partir!
Los soldados recogieron sus macutos y sacos, y se introdujeron a través del estrecho paso de entrada hacia el Patio de las Cuatro Torres. Sin tiempo para contemplar el rostro de los veintiséis Titanes, los viajeros atravesaron aquel amplio corredor, y llegaron a la Sala Suprema, donde les esperaban Adonás, Lenzias y Lithaël.
Sin mediar palabra alguna, y con aires de desconfianza, el Rey Adonás los llevó por una estrecha puerta, disimulada tras la pétrea escalera de caracol. Se adentraron por un siniestro pasillo que transitaba por debajo del Salón del Trono. El Atlante encendió siete antorchas y las repartió entre los Hombres. Su roja luz no tardó en iluminar el bajo techo y las estrechas pareces de aquel largo corredor. Al final, se vislumbraba una ridícula puerta de envejecido bronce, donde se podía leer una inscripción en Lengua Atlante tallada en el metal. Adonás leyó en voz alta, resonando su eco a lo largo del pasillo.
Viajeros inmortales que marcháis,
románticos a encontrar las costas,
cuna de nuestro dichoso pasado.
Que vuestro secreto sea la esperanza,
en las estancias de la Ciudad Blanca.
―Amigos Thartsoidas ―dijo Adonás―. A partir de aquí comienza un largo y oscuro camino, a través de lo profundo de las Nandurún, donde un titánico sistema subterráneo de cuevas, cámaras y galerías interconectadas, os llevarán hasta el lado meridional de las montañas. Debido a la profundidad hasta la que vais a descender, algunos de los Atlantes Blancos dirían que viajáis hasta la misma Morada de Phaetón. Pero, podéis estar tranquilos, el paso está controlado. ¡Abrigaos bien! Y tened la certeza de que os mojaréis, pues el drenaje es continuo entre las fisuras de la roca. Por último, sólo me queda desearos que tengáis un buen viaje hacia las costas, y un mejor regreso a vuestra tierra.
A continuación, Adonás se fue despidiendo de todos sin distinción, desde el primero hasta el último. Los Hombres agradecieron su hospitalidad, mientras se adentraban en la montaña. Sin embargo, algo pareció olvidársele al Rey de la Ciudad Blanca.
―¡Rey de Wálattan! ―vociferó Adonás en la oscuridad.
El Mestizo Gloróndil regresó aureolado por la lumbre de una antorcha.
―¿Qué sucede? ―preguntó extrañado.
―Si Zórnak recupera a Zúnder, se hará mucho más poderoso ―susurró el Atlante―. Has de tener presente que Zúnder jamás debe caer en sus garras.
―Lo tendré presente, mi Rey ―dijo Gloróndil, antes de regresar con los demás. _________________ Véncete y serás invencible
Registrado: Jun 24, 2007 Mensajes: 1120 Ubicación: Coruña City
Publicado: Vie Mar 28, 2008 4:47 pmAsunto:
Me alegra ver novedades por este apartado. Te señalaré algunas cosas que deberías repasar y mejorar, son pocas lo que quiere decir mucho del trabajo que haces.
- "os hubiera podido ayudar con mejores artes, pero sólo me queda desearos el mejor de los destinos,". Una arreglo anti-repetición "os hubiera podido ayudar con poderosas/infalibles/sofisticadas/mayores artes, pero sólo me queda desearos el mas glorioso/heroico de los destinos".
-"allá abajo de las escalinatas." Esto precisaría una reforma, quizás "al final de las escalinatas".
- "Los soldados recogieron sus macutos y sacos, y se introdujeron a través del estrecho paso de entrada hacia el Patio de las Cuatro Torres."
Yo aquí encuentro algo que quedaría mejor ya que no puedes emplear así la "y". "Los soldados recogieron sus macutos y sacos. Se introdujeron a través...
O la alternativa de unificar macutos y sacos. "Los soldados recogieron sus equipajes/bultos/impedimenta y se introdujeron a través..." Si la "y" es una unión, sobra la coma aunque la frase se hace realmente larga.
- "tallada en el metal." En el metal no se talla, porque implica quitar partes que sobran, se graba.
Esperando haberte sido de utilidad y leerte pronto, te recomiendo que leas y opines sobre el resto del taller. Es una forma muy buena para encontrar tus propios defectos en otros. _________________ "El que lucha contra nosotros nos refuerza los nervios y perfecciona nuestra habilidad". Edmund Burke.
También me podéis encontrar en www.generacionblog.es/lavetadelprospector
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