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El Ojo del Mago
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dafd
Alcaide
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MensajePublicado: Vie Jun 01, 2012 11:15 pm    Asunto: Responder citando

Buf, menuda movida hay detrás de todo lo que estás contando. Muy bien por cómo has estado dosificando la información a lo largo de los capítulos.
En alguna interrogación con pronombre interrogativo ("¿Y eso en que nos afecta a nosotros?") se te ha olvidado el acento "¿Y eso en qué nos afecta a nosotros?"

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Alcaide
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Ubicación: Coruña City
MensajePublicado: Lun Jun 04, 2012 3:39 pm    Asunto: Responder citando

25/43 No me he ido, pero ¿verdad que preferir el relato que mis flojos comentarios?. Corregido y andando que aún queda un cacho. Resolviendo algo de Aracne.

En el interior del Ojo del Mago Aracne contemplaba lo que largamente se le había negado. Había hecho falta sortear cientos de zánganos de seguridad que se habían empleado a fondo en su cometido. Prueba de ello ahora sus criaturas se retorcían de dolor al fondo de la estancia pero por fin los había burlado a todos y obtendría el premio.

Los sordos bufidos de sus mascotas no despertaban en ella ningún sentimiento. Las líneas negras que cubrían sus miembros eran una lección que debían superar tarde o temprano si querían serle útiles y hasta el momento no se encontraba impresionada. Ni el ojo entrecerrado de Oscuridad, ciego por el impacto de una tormenta de haces invisibles la conmovía. Fantasma trataba de aliviar su sufrimiento con lametones y de vez en cuando emitía gemidos lastimeros dedicados a si mismo.

Ella no tenía intención de atenderlos. Habían cumplido su papel en el plan. Ahora eran prescindibles. Movió la cabeza y no era capaz de sentir compasión, habían sido tan estúpidos que con cada movimiento atraían a cuanto sistema estaba activo, especialmente los centinelas flotantes. De todos modos los habían atraído a donde podía destruirlos con mayor facilidad y ahora saboreaba el éxito.

Los tres supervivientes de la tripulación original estaban plantados delante de ella. Sus cuerpos rígidos y enclaustrados dentro de las arcas refrigeradas no se habían alterado en décadas. Como ella, parecían consumidos desde dentro, pálidos, atrofiados bajo una escala humana pero su poderosa maquinaria aguardaba para actuar, conocer y evolucionar.
De su cráneo brotaban filamentos transparentes que luchaban por re-conectarse con la nave, avanzando centímetro a centímetro. Dos de ellos eran mujeres y el otro era un hombre no particularmente grande. Tenían cabezas ahusadas y el cuerpo cubierto por algo parecido al neopreno, de color negro.

Estaba tan familiarizada con aquella clase de tecnología que sus diferencias individuales, si las había, estarían en su interior, en los algoritmos que habían diseñado para sus equipos. Por mucho tiempo que hubiese pasado la maquinaria estaba a años luz de sus propias creaciones y lo que más le importaba, el incesante flujo de información que permitía a todos los Mecas actuar como una sola persona, conscientes del menor detalle de la mente de un camarada a cientos de años luz.

Aracne había rozado aquella situación durante su adiestramiento y resultaba a la vez hipnótico y adictivo. Muchas de las decisiones que había tomado desde que acabó su formación se habían dirigido a recuperarlo de algún modo, aunque fuera por un breve lapso. No podía esperar más, se introdujo en las rutinas de control del primer sarcófago y le ordenó desde una distancia segura que comenzara la secuencia de descongelación. Cuando la niebla de nitrógeno desapareció, abrió de golpe la puerta frigorífica y se la encontró vacía.

– Rutina de seguridad Zeta – anunció Sabelotodo desde algún lugar del casco. Los otros sarcófagos dejaron de estar habitados y la puerta se cerró desde dentro y fuera. Los paneles de control fueron tragados por la estructura y el aire acondicionado sonó lentamente haciendo que la atmósfera adquiriera tintes venenosos por momentos.

Muchos de los mecanismos de las cámaras frigoríficas eran auténticos pero en ningún momento habían sido ocupados por aquellos que despertaban tanta fascinación en ella.

– No importa que succiones el aire, puedo vivir sin él hasta que me abra camino fuera de aquí – le anunció arrogante. Daba vueltas a su alrededor para asegurarse que su mensaje llegaba alto y claro.

– ¿Y tus mascotas que? – le respondió la inteligencia artificial – ¿que les parecerá morir por tu culpa?. Quizá su propio instinto de conservación actúe por encima de su estulticia – Aracne miró a Fantasma y Oscuridad.

Las dos bestias estaban muy debilitadas por cortes y quemaduras. Apenas se podían mantener en pie y su lengua asomaba agotada. Los drones defensivos habían inundado pasillos enteros de dardos invisibles y burbujas de plasma ardiente que explotaban al contacto. Quizás no sobrevivieran al rescate y si lo hacían algo le decía que su diminuto cerebro guardaría suficiente de esa experiencia para no obedecerla ciegamente.

No podía correr riesgos de enfrentarse físicamente con ellos y dio la orden final a los collares de retención. A su señal una diminuta proteína de su interior se descompuso, produciéndoles la parálisis total. Sus miembros se agitaban descontrolados y al final entraron en letargo. Si este se prolongaba más de lo debido, bueno, tendría que buscarse otros guardaespaldas. Esta vez algo que pudiera ser totalmente controlable, quizás sintético.


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"El que lucha contra nosotros nos refuerza los nervios y perfecciona nuestra habilidad". Edmund Burke.
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MensajePublicado: Jue Jun 14, 2012 3:42 pm    Asunto: Responder citando

26/43

Rutina de seguridad Zeta – 2 – anunció Sabelotodo en tono monocorde.
– ¿Que piensas hacer? – Aracne se dirigió directamente a la Inteligencia Artificial, sorteando capas de seguridad y cortafuegos lógicos que habrían enorgullecido a alguno de sus maestros más elementales.

Su cuerpo físico estaba sellado al exterior y su sistema de reciclado de toxinas comenzaba a alterar los gases de su cuerpo para sobrevivir a la privación. De todos modos los elementos básicos de su organismo habían sido reemplazado por maquinaria aunque nadie se podía dar cuenta del cambio.

– Dado que tu misma me has proporcionado el canal – le replicó – no voy a ser yo menos generoso – en cuestión de segundos su red comenzó a llenarse de respuestas falsas, de impulsos fantasmas y de órdenes que no se podían procesar porque inmediatamente después llegaban dos más, diez más, un millón de ellas y se doblaban hasta que las protecciones se conectaron y la aislaron de todo, dejándola sorda, ciega y muda, dentro de su capullo plateado de nanotecnología.


Alrededor de la Casa de Compensación había cada vez más gente que lucía lazos naranjas alrededor de los brazos como santo y seña. No era algo espontáneo y se destacaban algunos cabecillas que les indicaban a los otros donde situarse para encerrar el edificio en un círculo de descontentos.

Al mismo tiempo distribuían el contenido de sus mochilas y cubrían sus caras con pañuelos y bufandas. En poco tiempo una multitud airada arrojaba cócteles molotov y todo el mobiliario urbano que alcanzaba sus manos ante la aparente pasividad de los guardias, que se agruparon en el interior y cerraron las verjas automáticas.

Los civiles que esperaban audiencia se esfumaron con la rapidez de las ratas de un naufragio y la misma sensación había entre la gente que se había quedado encerrada.

– A la puerta de atrás – le indicó Calisto a su mujer en un susurro. Se deslizaron por un pasillo a oscuras y localizaron una puerta de servicio que daba a la parte trasera, desde donde se debía descargar los consumibles de la oficina.

La seguridad allí rallaba lo paranoico puesto que habían puesto una cerradura de combinación electrónica. Su marido vigilaba al fondo del pasillo, Melibea desatornilló el panel y lo dejó en el suelo con cuidado. No era momento de llamar la atención. Sacó un aparato de su bolsillo y lo conectó a las clavijas salientes de la cerradura electrónica.

Los números volaban en la pantalla y el sudor se acumulaba en su frente, deseando que el cifrado fuera algo más sencillo. Al poco rato la puerta se abrió con un clac metálico, para descubrir una verja de barrotes de acero y un pequeño grupo de vándalos que trataron de entrar por allí.

Los vociferantes sujetos eran muy jóvenes. Incluso alguno no debía tener la edad legal para votar o consumir alcohol aunque parecía que no les importaba demasiado para comportarse como animales, rompiéndolo todo a su paso y arrojándolo al edifico. Al mismo tiempo se disparó una alarma y el sonido pesado de las botas de los guardias se precipitó por el pasillo.

– Mal camino – exclamó Calisto cerrando a la fuerza la puerta. Por allí se esfumaban sus esperanzas de una solución rápida y limpia.

Los guardias los rodearon con cara de pocos amigos y se prepararon para lo peor pero después de una pequeña explosión y un minuto seguido de fuego de armas ligeras desaparecieron de su lista de prioridades. Todos ellos se dirigieron a la entrada y comprobaron hasta que punto se había perdido el control de la situación.

Los vigilantes disparaban a la multitud desde las ventanas de la primera planta y los barrotes de acero se habían combado, arrojando hacia dentro los cristales. Había varios guardias heridos y uno había sido alcanzado en la cabeza por un trozo de cascote. No se movía y su precario casco estaba partido a la mitad.

Un manifestante muy osado lanzó la mitad de una pesada jardinera decorativa. Cuando se dio la vuelta cayó abatido por las balas salpicando con sus sesos a sus compañeros. Estos juraron venganza agitando los puños el tiempo suficiente para que no se los volaran.


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MensajePublicado: Dom Jun 17, 2012 12:18 am    Asunto: Responder citando

Joé con el personaje de Aracne. Es muy inquietante y, desde luego, va a su bola. Me están sorprendido las iniciativas que está tomando. No parece jugar en el mismo equipo que el resto de tripulantes, ni siquiera en el de sus dos mascotas. Es un personaje muy sinuoso y peligroso.
Calisto y compañía lo llevan crudo.

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MensajePublicado: Mar Jun 19, 2012 3:34 pm    Asunto: Responder citando

Y tanto pero charlas aparte, viene la siguiente:27/43

-"– Hora de irse de aquí – le susurró Calisto. La mujer asintió y contemplo como la mano de su esposo se configuraba a modo ofensivo y tres bocas de fuego sustituyeron a los dedos.

El proceso era difícil de explicar y algo grotesco de ver. La aleación líquida que formaba los elementos rígidos de su muñón daban paso a una forma ahuecada que brillaba y zumbaba. Las articulaciones no se veían afectadas y los mecanismo de control que permitían dirigir los dedos accedían a un programa oculto de selección de blanco, que informaba directamente al cerebro del usuario.

Apuntó a la pared oeste y los ladrillos rojos se desmenuzaron, creando una brecha por la que una persona podía salir, sin que se viera afectada el resto de la estructura, que solo notó como se caían algunos paneles de escayola.

Las calles no eran más seguras pero la repentina salida los había cogido por sorpresa. Melibea arrojó un par de granadas a los piquetes que se acercaban, un arco voltaico brotó de ellas y fue saltando de persona en persona haciendo que se dispersaran, ofreciéndoles un hueco a explotar. El puerto estaba a varias manzanas al oeste, en la sección central, por callejones oscuros y repletos de desechos.

La gente normal aguardaba encerrada en las colmenas de apartamentos mientras los revolucionarios levantaban barricadas y detenían a los que se dirigían hasta la Casa de Compensación, amarrándolos como a corderos. Cuando la mujer entró por el primer callejón su compañero había levantado la escopeta y disparó sobre dos de ellos, haciendo que cayeran a suelo

– ¿Cuanta batería te queda? – le preguntó ella. El brazo le colgaba rígido y debía sentir como los accionadores de los músculos se debilitaban poco a poco, saturando su sistema de control con avisos cada vez más insistentes.

– Suficiente para tirar otras dos paredes – le replicó con rigidez – a partir de ahí ya será cosa tuya – Melibea asintió y cubrió los dos extremos de la calle. Sus armas gemelas sonaron y varios de aquellos anaranjados atacantes cayeron al suelo.

Podían dar gracias a que las había puesto en la posición de aturdir porque un dardo de luz coherente a esa distancia les habría atravesado el corazón, paralizándolo de forma permanente. No era cuestión de irse enemistando con todo el mundo y menos si aspiraban a negociar algo con ellos, suponiendo que sobrevivían al motín y formaban parte del nuevo gobierno.

En la terminal del puerto la cosa no estaba mejor, el grueso de los revolucionarios podía estar cercando la casa del gobierno pero los más organizados se encontraban ante sus narices. Su presencia amenazante había expulsado a los vendedores ambulantes, abandonado los desvencijados puestos a lo largo de las exclusas.

Los que tenían menos que eso, los ganchos y alcahuetes de todo tipo, se encontraban refugiados en el interior de los negocios, que habían cerrado de inmediato para evitar los saqueos. Solo los había detenido el enfrentamiento entre dos de los cabecillas, que se dedicaban a empujarse delante de todos para demostrar su liderazgo.

El que había llegado de último era un hombre de complexión atlética con grandes bucles de pelo que le cubrían la espalda, como la melena de un león rastafari. Su cara era ovalada, con los pómulos salientes y un tono broceado poco frecuente. Una franja de color azul le cruzaba las mejillas, señal frecuente entre las bandas de algunos territorios exteriores y un aro dorado adornaba su labio inferior.

La perilla se prolongaba en dos largas trenzas que al igual que el pelo se retorcía de forma artificial. En el hombro llevaba una insignia, una cobra real metálica.

Al parecer no había sido informado de los planes de su compañero de conspiración porque su banda de agitadores se empeñaba en enseñar las armas a cada instante, mientras que el otro grupo, preparado para la ocasión con trajes de vacío, pesados cortadores de plasma y otros equipos técnicos aguardaba con impaciencia que se decidieran.

Solo el número inferior de los técnicos contenía su mano ya que su jefe, un individuo que merecía una atención aparte, estaba dispuesto a cualquier cosa. El segundo hombre era muy particular porque tenía el pelo prematuramente gris, gris acero, mientras que su rostro era de natural del color de la cereza y no aparentaba más de treinta años.


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MensajePublicado: Sab Jun 23, 2012 11:38 pm    Asunto: Responder citando

He tenido un despiste al final. En la identificacion de los cabecillas. "Solo el número inferior de los técnicos contenía su mano ya que su jefe, un individuo que merecía una atención aparte," este personaje es un lugarteniente, pero ese "segundo hombre " del que hablas un poco después ¿es el jefe de los técnicos y cortadores de plasma?
curiosa la transformación de la mano de Calisto.
A ver en qué desemboca esta rebelión y cómo les influye a los tripolantes del Ojo del Mago

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MensajePublicado: Lun Jun 25, 2012 3:59 pm    Asunto: Responder citando

Espero que ahora se vea más claro 28/43

Alto , su sonrisa era brillante, casi eléctrica y los ojos te atravesaban con dardos de un exótico color azul cobalto. Al sonreír inclinaba un poco la barbilla y así indicaba que era el momento de apartarse de su camino. Entre medias se encontraba una mujer que mostraba los primeros signos visibles de la gestación, en pocos meses tendría a su retoño si aquello seguía a delante. Sus largos cabellos castaños se resistían a ponerse tras sus orejas y su rostro demostraba más confusión que nadie allí.

– No sé lo que estáis haciendo pero venir enseguida – susurró Mena por el intercomunicador. No recibió más que un par de parpadeantes notas en respuesta y sintió una desagradable sensación de vacío. Miró a Navi, que estaba acurrucada a su lado, parapetada en la esquina de un vendedor de baratijas. Sus ojos estaban abiertos hasta el límite, a punto de caerse de la cara. Los abalorios de vidrio brillaban sobre su cabeza y le daban a todo una luz irreal.

No era el refugio más discreto pero era la única de aquellas carracas que les permitía ver sin ser vistos. Los tenderetes les llegaban hasta la cintura y estaban levantados con materiales tan endebles como plásticos desechados, maderas rotas y restos de contrucción.

La precaria artesanía de la zona les podía caer encima a poco que se apoyaran, ya fueran juguetes de hojalata, ropa de muertos o un caldo de bañera que podía dejarte ciego y olía a fluido refrigerante. Se habían deslizado hasta su actual posición antes que la masa de alborotadores asomara la nariz y estaban a solo un salto del túnel de conexión. Otra cosa es que llegaran a él de una pieza.

– ¿Donde estáis? – preguntó Beaufort por el canal abierto. De fondo se escuchaban las maldiciones de una mujer y como resoplaba por un esfuerzo que no le era muy habitual así que probablemente estuvieran los dos juntos, un adelanto.

– Al este de la pila de cajas grises – le indicó.

– Distraerme a los cuatro mamones de la derecha y a los que están bajo el pórtico. Nosotros saldremos por la izquierda – le anunció en tono glacial.
Mena asintió, contó al menos una decena más los que Beaufort no podía ver. Sumaban en total catorce bocas de fuego y puede que alguna gracia explosiva que se mantenía oculta. Algunos también cargaban con herramientas contundentes pero eran los menos y se encontraban muy dispersos como para preocuparle. Ante tal disyuntiva comenzó a rumiar una idea. Su compañera se le acercó y alargó la mano, anhelante.

– Somos dos y queremos volver a la nave ¿no? – le insistió Navi – Pues dame un arma y los podremos cubrir – la excitación hacía que sus manos temblaran.
– No – no alzó la voz pero la réplica fue rotunda – Primero aprenderás a manejar un arma antes de emplearla. Pero no te voy a dejar con los brazos cruzados – Rebuscó en la bolsa que colgaba a la altura de los riñones y le puso algo sobre la mano como si fuera el mayor de los tesoros. A ella le pareció simplemente repugnante.

Su obsequio era una babosa transparente que se había doblado sobre si misma, adoptado la forma de una bola, quizás por el impulso defensivo que cabía en su única neurona. A través del tejido muscular podía ver su interior, todo sus órganos y sistemas conectados. Un largo y fino cordón lo partía en dos lóbulos simétricos y la cavidad mayor que se apreciaba era una bolsa arrugada, desplazada hacia la derecha. No podía identificar aquel orgánulo que remataba en una apertura en forma de estrella y no había mucho más que reconocer.

– Vas a lanzar a mi amigo el bicho lo más lejos posible – le indicó el final del pórtico de falso cemento donde algunas siluetas remoloneaban indecisas – Él sabrá que hacer a partir de ahí – La joven bufó disconforme pero al menos era mejor que esperar, oliendo la basura pudrirse a su lado y caminando sobre ella.
Se restregó la mano sobre la pernera del mono y tensó los músculos con el secreto deseo de mantenerlo lo más alejado posible de ella. Incluso su tacto era repulsivo segregando una espesa baba a medida que salia de su letargo.


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Ultima edición por Prospector el Lun Jul 09, 2012 3:30 pm, editado 1 vez
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MensajePublicado: Mar Jul 03, 2012 8:25 am    Asunto: Responder citando

29/43

Por fin la criatura voló por los aire y aterrizó con un suave planeo cerca de su objetivo. Navi había ahogado un grito pero su rostro demostraba un alivio poco disimulado. Ahora la gran babosa se desplazaba lentamente sobre su propia secreción, resultando prácticamente invisible a medida que la sangre fluía y se acumulaba en su sistema de múltiples cámaras.

A pocos centímetros de los alborotadores pareció que algo cambiaba. Las bandas de sus lados comenzaron a brillar, como cargadas de energía y ejecutando una extraña danza bamboleante que hacía que unos receptores eléctrico – químicos describieran una banda dorada sobre el pie musculoso. Sin duda llamaron la atención de los congregados.

Se acercaron y ya fuera porque había sido diseñada así o porque alguien la había tocada de forma inapropiada la babosa soltó una vaharada de gas entre marrón y negro. Aquello debía ser tóxico porque enseguida se propagaron las toses y los rostros congestionados.

Al mismo tiempo Mena apoyaba su subfusil Walther y lanzó una primera ráfaga sobre los que permanecían todavía en la esquina. Pop, pop, pop. Cuatro de ellos cayeron como bolos al son de los casquillos metálicos, no era suficiente, aún se movían. Rodilla en tierra apuntó y disparó aprovechando su torpe colocación, después fijó su objetivo en los que se recuperaban de las toxinas en el aire. En ese mismo instante aparecieron sus dos compañeros corriendo sin mirar a atrás. Deseaba que todo se quedara ahí pero no estaban de suerte. Otros de los revoltosos que habían permanecido fuera de su radar salieron a la calle y Beaufort se paró a menos de media docena de pasos citándolos con arrogancia.

Los amenazaba agitando su bastón paralizador y se burlaba sin esperar respuesta. Debían estar sorprendidos porque dejaron caer los frutos de sus saqueos y lo señalaron. A su vez Mena tuvo que contener a los que se estaban recuperando del gas venenoso así que si alguien tenía la solución al problema, no era él. Su cargador se deslizó al suelo con una nota fúnebre y las dos mujeres lo miraron como si fuera un monstruo por dejar a su compañero a sus propias fuerzas.

– Que se las apañe, que es mayorcito – les respondió sin mirarlas, mientras peleaba por encajar el siguiente bloque de balas – Algo no funciona bien... – protestó en alto. Lida metió sus manos en la cintura y sacó su pesada pistola.

La empuñadura de la seis- siete requería que utilizase las dos manos. Apuntó con calma y al soltar el aire de los pulmones los pesados proyectiles partieron, abatiendo a los primeros que se le acercaron, traspasándolos de lado a lado. Las balas revotaron en la estructura de la casa y se desintegraron en diminutos fragmentos de cobre.

– Gracias – le respondió su compañero con sarcasmo – un poco más cerca y me habrías arañado – protestó el ingeniero, ajustándose el pelo a la coronilla. No podía esperar a que se decidieran y al parecer, cada vez eran más y más apretados, justo como él quería. El horror paralizante era la mejor arma que conocía y la iba a aplicar con maestría. Hizo girar su muñeca y el émbolo introdujo una cápsula en el interior del aparato. A continuación alzó el brazo y los saludó describiendo un arco.

En un parpadeo y justo en dirección contraria a su gesto de desafío, brotó una larga llamarada del tubo de su muñeca, cubriendo el horizonte con una mezcla de naranja y negro. El combustible se pegó a los revolucionarios como si se tratase de brea. Los cuerpos se consumían en cenizas negras, retorciéndose y explotando con el calor.

Los que estaban menos afectados corrían como pollos sin cabeza pidiendo socorro y propagando un fuego que parecía no quererse apagar. Las balas y las botellas silbaron de nuevo a su alrededor y una rozó el muslo del ingeniero. Dirigió su ira hacia el tirador y le arrojó un par de cápsulas que explotaron en el aire y lo sembraron todo con cientos de proyectiles en forma de copo de nieve, causando una tormenta de acero a su alrededor. Con la misma calma con la que había llegado se acercó a sus compañeros de viaje, que no estaban tan satisfechos como él.

– ¡Bien hecho! – exclamó Mena hiriente – esperemos que no se nos tire toda la ciudad encima cuando el fuego afecte a algo vital – el ingeniero no le hizo caso. Su mecanismo rotó de nuevo y lazó otros dos de sus proyectiles a la multitud que se reorganizaba despacio. Los envases estallaron, liberando una burbuja de color azul que los dejó ciegos por momentos.
– Vamos – Beaufort azuzó a Navi – ve a la puerta y mándanos el vagón – La chica corrió y pulsó con un puñetazo el gran botón rojo. Parecía que el mecanismo se lo tomaba con calma.


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Ultima edición por Prospector el Lun Jul 09, 2012 3:31 pm, editado 1 vez
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MensajePublicado: Sab Jul 07, 2012 12:19 am    Asunto: Responder citando

Cita:
con materiales tan endebles cajas rotas, maderas desechadas y telas gastadas por el roce.
Después de endebles no me pega la solución de poner directamente cajas. ¿No sé si dos puntos delante de cajas?


Cita:
después fijó su objetivo en los que se recuperaban de las toxinas en el aire, en ese mismo instante aparecieron sus dos compañeros corriendo sin mirar a atrás.
Tal como lo leo me parece que "en ese mismo instante" comienza una frase distinta. Por lo que en vez de coma, lo veo con punto, (es decir, En ese mismo instante...) aunque es una sensación que me da.

Menuda revuelta callejera. Y, mientras, los mandamases del puerto mercadeando con el reciclado del aire. A ver si los tripulantes de El ojo del Mago van a pagar con sus vidas por los prebostes de la urbe, que siguen ahí, negociando con lo del reciclado del aire. Quizá todavía no están claras las intenciones de las bandas de revoltosos, no han pronunciado ninguna arenga los cabecillas de la algarada.

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MensajePublicado: Lun Jul 09, 2012 3:23 pm    Asunto: Responder citando

30/43 Preocupado más por la extensión que por las correcciones, ahora me paso con lo otro que teneis derecho a un mejor relato. Creo que Efialtes te responde mejor a tu pregunta que yo, Daft.

Tardó al menos diez minutos en mostrar el destino del vagón en la pantalla de color verde y negro. Demasiado tiempo. En ese lapso la joven aprendiz tuvo que esquivar varios proyectiles contundentes y acabó saltando de la plataforma para evitar que le acertaran. Las balas silbaron a su alrededor afectando al control de la terminal y las chispas amenazaron con prender su pelo.

Todos los amotinados se esparcía por los edificios circundantes, trasladando heridos o haciendo que alguien lo hiciera a la fuerza. No parecían muy contentos al tomar posiciones resguardadas. Habían pasado de ser un gran grupo de saqueadores a una amenazante masa que pedía sangre. Algo cruzó el espacio que les separaba y eran los tripulantes del Ojo del Mago los que se tenían que mover para que no les afectaran las llamas, que prendían allí donde podían.

Lida se levantó para apagar una manta ardiendo que se propagaba a su espalda y un proyectil le rozó la cadera, haciendo que rodara por el suelo. Navi miró para ella, preguntándole con la mirada como se encontraba y ella asintió con la cabeza, poniéndose tan cómoda como podía.
– No es más que un arañazo – le dijo poco convencida. El dolor era intenso y parecía que le había afectado a algún nervio de la espalda. A saber con que habían estado jugando estos mientras planeaban el golpe de estado.
– ¿Cuanto falta para que salgamos de aquí? – preguntó la grumete. Mena no tenía buena cara, demasiado seria. El tripulante giró el cuello sin despegar los labios y le indicó el lugar de donde había venido. El aparato comenzaba a arder y soltaba el olor apestoso del plástico al quemarse. En el tablero se encendió la peor luz que podía existir, una grande y roja. En unas instalaciones normales chorros de gas freón habrían detenido el estropicio pero en Bahía Perdida el mantenimiento de marca no se seguía salvo que hubiese dinero. Y no era el caso. Notaron el golpe a través del suelo y como el cordón umbilical se quedaba colgando en el vacío. El Ojo del Mago se alejaba emitiendo elegantes torbellinos de color anaranjado, dejando en tierra a su fiel tripulación.

– Deberíamos poder llegar a la plataforma sur y llevarnos uno de los transbordadores – sugirió Mena. Al menos eso bueno había sacado de Elfiates. Si conseguía que se mantuvieran en movimiento quizá lograra sacarlos de allí, o al menos alcanzar una zona con más posibilidades de supervivencia. Su mano derecha apenas le respondía y los dedos índice y corazón se mantenían en su lugar por un jirón de piel. Algo había estallado demasiado cerca y la metralla le había atravesado como una tormenta de cristales

– Si alguien no hace que todo esto nos caiga sobre la cabeza – le dirigió una mirada al ingeniero que se la devolvió en tono brusco. En respuesta Beaufort se levantó y arrojó una falange de sus creaciones hacia el pasillo sur y este, los únicos que los sacarían de allí. Al reventar las cápsulas surgieron puñados de pequeños androides esféricos que emitían campos eléctricos en red, creando un muro para los que quisieran pasar.

– ¿Está contento su señoría? – le replicó el ingeniero al tiempo que llenaba de gas tóxico una de las habitaciones desde donde les disparaban. Al rato dejó de sonar el tableteo de un arma automática. Gilles trataba de no ofrecer un flanco débil a Mena para que lo escarneciera pero el mismo notaba como cada vez sus proyectiles hacía menos efecto y como el mecanismo al moverse le alertaba que no le quedaban muchas reservas
– Porque aún nos faltan dos y son los que saben como vulnerar las defensas de la nave – Todo tembló a su alrededor y Beaufort movió la cabeza en señal de negación.

Las alarmas advirtieron de una descompresión inminente y los edificios bajaron de forma automática contras y persianas metálicas. Varios revolucionarios vieron como aquellos precintos caían sobre sus piernas y se las amputaban sin anestesia. Con todo, ese no fue el aviso que los hizo desistir. Esa respuesta lo obtuvieron cuando una voz mecánica que nunca habían oído sonó por los altavoces de emergencia “Fallo crítico en la planta física, fuga en los contenedores siete y ocho. Cierre total de emergencia”

El túnel que conducía a las plataformas se clausuró con un pesado golpe y proyectores de espuma surgieron para crear una densa capa amarilla entre el metal y el interior. Los cabecillas y pronto todos los seguidores del partido naranja se lanzaron fuera de allí, antes de que se sellara su suerte.


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"El que lucha contra nosotros nos refuerza los nervios y perfecciona nuestra habilidad". Edmund Burke.


Ultima edición por Prospector el Mie Jul 11, 2012 4:00 pm, editado 2 veces
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MensajePublicado: Mar Jul 10, 2012 9:59 pm    Asunto: Responder citando

Efectivamente, Prospector, Efialtes me contesta perfectamente. Ya no recordaba aquella conversación.

Cita:
Habían dejado de ser un gran grupo de saqueadores a una amenazante masa que pedía sangre.
En esta frase hay algo que no termino de captar. ¿Si sustituyes dejado por pasado, cambiaría de significado?

Cita:
Con todo ese no fue el aviso que los hizo desistir.
¿Y qué tal quedaría una coma detrás de todo?

¿Pero el Ojo del Mago les va a abandonar? Vaya situación.

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MensajePublicado: Mie Jul 11, 2012 3:19 pm    Asunto: Responder citando

31/43 Porque lo habéis pedido.

Hubo golpes y empujones y la mujer embarazada desapareció entre la multitud que actuaba como una riada humana. En lo único que se pusieron de acuerdo era que querían vivir, así que empujaron, intimidaron o mataron a los que se pusieron en medio y no fueron ellos dos los únicos.

– Bueno, al menos será una muerte indolora – sugirió Lida, que arrastró el trasero hasta donde estaban ellos. Los pinchazos en la espalda ahora estaban acompañados de pequeños tirones en el muslo y una palpitación en el hombro que no la dejaba pensar en otra cosa. Al menos moriré rica – pensó palpando el grueso bulto se que había formado en el bolsillo de su chaqueta. En comunidades tan alejadas la variedad biológica siempre era un objeto de lujo.

– ¿Indolora dice? – protestó Beaufort – ¿Alguna vez has visto que alguien escogiera morir de una descompresión explosiva?.
– Si es muy rápida tus órganos estallan por la diferencia de presión antes de congelarte – le indicó Mena – en caso contrario verás como todo tu cuerpo deja de responderte muy poco a poco. Haciendo que cualquier esfuerzo resulte un infierno mortal hasta que los pulmones no sean capaces de extraer aire y te ahogas en tu propia saliva.
-- Al menos algunos de nosotros – empezó a agitar los brazos, como haciendo calentamiento. No miraba a su alrededor. Ya no había más peligro que las grietas que poco a poco se hacían en la primera capa de la cúpula que les hacía de techo.
La superficie protectora era opaca y de tono gris, formada por la acumulación de escamas de fibra de vidrio o alguna componente ligero igualmente antiguo y barato. Se desprendía de vez en cuando, mostrando el relleno de color azul intenso. Calculaba que en veinte minutos o a lo sumo media hora cedería por la presión aunque él no tenía mucha experiencia en el tema.

Pequeños temblores y un insistente aviso les informaron de que la primera botella del reactor de fusión había explotado. Si hubiera alguna ventana podrían ver como el hábitat técnico ardía sin llamas, atacado por su nave con precisión de cirujano. Los rayos invisibles laceraban la roca como si se tratase de mantequilla, dejando sitio para que los torpedos devastaran las capas de sedimentos.

Del mismo modo separaba el módulo más habitado del resto, donde se apretaban los revolucionarios a la espera de noticias. Al mismo tiempo notaron como una de las puertas, la norte, chispeaba y por allí se creaba un agujero regular por donde cabía un cuerpo encogido.

– ¡Dichosos los ojos! – les indicó Mena que comenzaba a sufrir la extraña alquimia que le permitía sobrevivir con la mitad de oxígeno. Su rostro se amorató y perdió tanto color como fue posible. Sus movimientos se tornaron pausados e incluso sospechaba que ese órgano egoísta que era el cerebro se ralentizaba muy a su pesar. No les ofreció la mano ya que había tenido que arrancarse los dedos antes de que se congelaran. Pero sin que nadie lo viera, no quería alarmarlos sin necesidad.

– Bueno, ya nos tocaba regresar al hogar – indicó Melibea que salió primera, mientras su marido arrojaba el material de corte y trataba de pasar de lado. De fondo se veían los rostros de los dueños del equipo. Habían peleado por él hasta que les fallaron las fuerzas, por eso los miraban así, con ojos perdidos. – ¿Estáis todos bien? – preguntó la mujer

– Nada que no se pueda apañar en la enfermería – respondió Lida – ¿Como pretendéis salir de aquí? El Ojo del Mago se ha ido.
– Pues diciéndole que vuelva. No hay como una inteligencia artificial para jorobar un sistema automático de defensa– le replicó en tono sereno, casi divertido – No hemos llegado hasta aquí para volver atrás, además no podemos. Algunas secciones ya no tienen atmósfera. Inconvenientes de los protocolos anti-intrusos.

– La terminal está muerta, todos los componentes han ardido y el sistema de emergencia ha cortado la energía – anunció Beaufort en tono lúgubre – si pretendéis salir de aquí tendréis que montar vuestra propia puerta.
– Nada más fácil, muchacho – le indicó Calisto – como cuando abordábamos mercantes en la confluencia de Copérnico – miró a su mujer – ¿Te acuerdas?.
– ¿Cuanto ha pasado? ¿veinte años? – le respondió ella.
– No, ya hace cuarenta – le corrigió él – cuando ninguno de los dos tenía canas y nos reíamos más.
– Buenos tiempos esos, si – admitió ella ensoñada.

Pronto os dejaré descansar, tan solo hasta que se salven, queridos.


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MensajePublicado: Lun Jul 16, 2012 9:44 am    Asunto: Responder citando

32/43 Por fin os doy algo de descanso. A partir de ahora iré creando pequeños apartado hasta rematar la trama, a ver si resulta más atractivo. Como siempre agradecer las visitas, visibles e invisibles.

– Sabelotodo – llamó Melibea por el intercomunicador. La estática era fuerte pero la inteligencia artificial era capaz de comunicarse con palabras entrecortadas.
–Se.... grad... ...te tre... gr..do o...e – los que lo escuchaban no podían sentirse más frustrados por no poder superar la barrera del ruido blanco.

– Apartaros todos de la terminal – advirtió – nuestro billete de salida aparecerá por allí – Melibea indicó con el índice extendido una sección amplia que lo abarcaba casi todo. Un nuevo temblor se propagó por la estructura, haciendo que se cayeran los objetos que permanecían en equilibrio precario. Parecía el choque de un tren contra los topes y se repetía con ritmo, plon, plon, plon.

Las grietas del techo aumentaron y se comenzó a filtrar la atmósfera. Los que no lo hacían ya se sujetaron a las columnas desmochadas de una casa y entre dientes juraban. Después se escuchó un ruido siseante, como de corte mecánico y algo similar a un pico brotó de una pared de la terminal.

– Ya se ha acoplado el módulo de servicio – anunció Melibea – es el momento de irse . Los dos segmentos triangulares se movieron en dirección contraria y les mostró su interior. Sin más ceremonia entraron en el reducido cilindro, donde solo podían permanecer sentados y con las rodillas agarradas. Al sentir como se cerraba la puerta tras de si Beaufort apretó el botón y los motores cohete los propulsaron hacia su nave, que variaba su dirección en un movimiento para interceptarlos. La maquinaria y la exclusa en forma de pico se quedaban atrás. Ahora eran peso muerto.

– Sabelotodo, vamos para allí. Corrige tu vector de aproximación … – Melibea no llegó a completar la frase. Una sombra delgada se cernió sobre el bote y lo detuvo pausadamente. En unos minutos cambió de dirección y pasaron a estar en la más completa oscuridad. No se apreciaban los débiles puntos de luz de las estrellas. Los instrumentos les indicaron que la atmósfera era respirable y se abrió la puerta de la lata donde habían hecho tan incómodo viaje.

– Bienvenidos a casa – les saludó la voz monótona de Sabelotodo– En la bodega tres no hay muchas comodidades pero era la más indicada para maniobrar con el brazo hidráulico dado el rumbo escogido – se encendió una luz sobre una de las puertas estancas que se adentraban en el Ojo de Mago. – Los heridos tardaran menos si son trasladados por aquí hasta la enfermería – anunció.
– Gracias Sabelotodo – le replicó Mena, con tono sarcástico.

Los recibieron paredes blancas y luces que parpadearon por la inactividad junto a la ausencia de olor de la asepsia. La enfermería era un laboratorio de diagnóstico automatizado y no precisaba de un médico, aumentando la sensación de ansiedad del usuario con el casi total silencio.

Lo que no se pudiera curar con aquellos medios no precisaba de atención médica, por ser mortal de necesidad o tan nimio que no había sido tenido en cuenta. Un robot médico caía del techo como una lámpara de múltiples brazos y en cada una de sus extremidades alojaba un aparato especializado en cortar, sondar o soldar. No muy diferente de una cadena de montaje pero a menor escala. Lida entró en el escáner de cuerpo entero y se cerró tras de si como un probador con una cortina a prueba de radiación.

– ¡Fuera todo! – exclamó sin obtener respuesta y algo flotó hasta aterrizar en el suelo. Era su camiseta, después de siguieron los pantalones. Tarareaba una canción y trataba de llevar el ritmo de forma precaria. Su actuación se vio interrumpida por una queja y un resbalón y Navi se acercó por si necesitaba ayuda.

– No es nada – le indicó con una sonrisa – salvo que hayas visto algo que te guste – le indicó con un gesto que abarcaba su cuerpo bronceado y duro. Tensó un bicep y se contoneó, mostrándole claros-oscuros de su silueta desnuda. Pretendía ponerla colorada, cosa que consiguió. Su forma de ser revoltosa era un intento de despegarse de todos los años de afanoso estudio y la rutina, lo que la había embarcado a un viaje que nadie en Darwin habría aprobado.

Su doctorado le había costado la mayor parte de su juventud, el puñado de amigos que había reunido y el regusto amargo de verse al borde de una adicción a los estimulantes. Ahora ya no se escondía tras bases de datos interminables cada vez que alguien se acercaba para entablar conversación.


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MensajePublicado: Dom Jul 22, 2012 9:12 am    Asunto: Responder citando

Pues por los pelos se han salvado. Le has imprimido un ritmo vertiginoso a la acción en las últimas entregas. Toca equilibrar la cosa un poco.
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MensajePublicado: Lun Jul 23, 2012 3:34 pm    Asunto: Responder citando

Pues nada, a ver si lo próximo es más liviano. Os sonara un poco después de todo.

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