Publicado: Jue Jun 21, 2012 9:03 amAsunto: EXTRACTO: RELATO DE CUATRO CAMINOS HACIA EL HADES
Os dejo uno de los 4 relatos que componen el libro, por si alguien se anima
EXCESO DE PODER
No sabía que una crítica pudiera tener tales repercusiones. Ni siquiera en la más febril de mis pesadillas podía haberlo imaginado. Una crítica tan... ¿Qué crítica?...
Tengo que concentrarme. Tengo que mantener el hilo de mis pensamientos.
Pero está el dolor; tanto dolor. Y las ataduras que me aprietan, cortándome la circulación, y esta silla. ¡ Es tan incómoda!
Pero lo peor es la música. La música...
Está otra vez entre las sombras, lo sé. Si tan sólo hubiera más luz... Pero la oscuridad me cerca; es cómo si más allá del cono de luz que proyecta la bombilla que pende sobre mi cabeza no hubiera nada; sólo un inmenso océano de tinieblas que lo engulle todo... excepto esa música. Las pocas notas, rítmicas y repetitivas, me taladran el cerebro. La melodía apesta a sintetizador, derramando su ritmo electrónico y bailable, de letra fácil y sin sentido, sin interrupción, continuamente. Si me quitaran la mordaza, al menos podría gritar. Quizás así dejaría de oír por un momento ése ritmo martilleante.
Cuando la canción suena, la oscuridad cobra vida. Es entonces cuando las afiladas hojas bailan sobre mi piel en una danza de tormento indescriptible.
Ahí está otra vez, el maníaco. Ayer vi su máscara, ¿o era su cara? No, no, nadie podría tener un rostro tan horroroso, tan frío... Por un momento la bombilla comenzó a oscilar, y, como un destello, pude verle. También vi su brazo corrompido, empuñando las tenazas. ¡Dios, cuánto dolor! Mis encías aún sangran. ¿Cuánto tiempo debo de llevar soportando esta tortura? La policía ya habrá cerrado mi caso. No puedo saberlo; el tiempo aquí es denso, continuo, como una cadena invisible que atraviesa la oscuridad de esta sala. No puedes saber dónde empieza ni dónde termina; tan sólo puedes observar los momentos que lo componen, que, como eslabones, se cierran unos sobre otros, interminablemente, sin posibilidad de escape. Cada uno de esos eslabones es una dolorosa muerte... ¿Muerte? Ahora que lo pienso, debería haber muerto hace mucho. Nadie podría sobrevivir a estas heridas. Aquí hay algo muy... ¿Qué es ese ruido? ¡¡Oh, no!! ¡¡Por favor, un hierro al rojo no!! ¡¡Mi ojo!! ¡¡Dios mío, me abrasa!! ¡¡Lo siento en mi cabeza!! ¡¡¡ En el centro de mi cabeza!!!
¡¡¡AAAAAAGGHHH!!!
Me he despertado. Debe de ser por el frío. ¡Hace tanto frío aquí! Seguro que me tiene en una cámara frigorífica.
Un momento; no se oye la música.
¿Habré muerto?
No, aún siento el dolor. El dolor es la única reminiscencia. El ojo me duele a horrores. Si al menos pudiera romper las ataduras que laceran mis muñecas y tapar con mis manos la vacía cavidad. Quizás así sentiría algún alivio. Y por si fuera poco está el hedor, esta peste a muerto, a carroña. Insoportable. No podría oler de otro modo. Nada vivo debería permanecer aquí ni tan sólo un instante.
¿Por qué no me matas, hijo de puta? ¡¡¿POR QUÉ NO ME MATAS?!!
Es como si no pudiera escapar del sufrimiento, como si me persiguiera más allá de la muerte, por toda la eternidad.
¿Cómo puede sobrevivir alguien a quien han abierto en canal y le han metido una batidora en las entrañas? Debería haberme desangrado, o haberme muerto de una infección... ¡Yo que sé! Al menos aún me queda un ojo, pero apenas puedo ver; ¡los párpados están tan hinchados! Debe de haberme partido una ceja.
Un golpe. La blanca bombilla ha comenzado a agitarse arrojando manchas de luz en forma de borrosas visiones, como un calidoscopio hecho de oscuridad, miedo y muerte.
Puedo ver otras partes del suelo; ahora comprendo el olor. Despojos, el suelo está cubierto por un tapiz de despojos. Y lo peor es que no soy capaz distinguir cuáles me pertenecen y cuáles no. Ya no tengo conciencia de mi anatomía ni de mi imagen. Creo que me falta una oreja y algunos dedos. Me los cortó la semana pasada ¿o fue hace un mes? Ya apenas soy capaz de distinguir estas heridas entre la película de sordo dolor que cubre mi cuerpo. ¡Qué más da! A estas alturas tan sólo soy un amasijo de carne triturada plagado de heridas abiertas.
La música.
¡Otra vez no! ¡No!
Cómo llegué a odiarla. Ahora lo recuerdo. Era tan comercial, tan falta de sentido.
Sin parar, salta, salta, salta, salta, salta sin parar.
Y ese ritmo infernal.
¡Oh, no!¡ Mierda! He oído un crujido; otra vez se acerca.
No me pegues más, no. ¡Noooooooo...!
Una gotera. La humedad es mi única compañía, y esa puta música.
Noto algo húmedo en mi cara. Intentaré abrir el ojo. ¡Eh! La escena ha cambiado. Ahora los despojos están cerca de mi rostro; su fétido olor a carne descompuesta y huesos rancios, su contacto húmedo y repulsivo. Debió de tumbar la silla del último puñetazo. Fue tremendo. Nunca habría pensado que unas manos desnudas pudieran infligir semejante tortura. Siento un dolor agudo en la mandíbula, por eso sé que la conservo. Esa es la condición reinante en esta horrorosa existencia. Sufro, luego existo. Soy en función de mi dolor. El martirio es lo único que me ata a la existencia. La persona que era, todos mis recuerdos, se diluyen en este mar de miedo y angustia. ¡Si tan sólo pudiera decir que me he acostumbrado! ¿Por qué no mueren mis células? ¿Por qué no expiran mis tejidos? A menos que ya estén... ¡No, no, eso no puede ser!
Ya lo decían los chinos, ten cuidado con lo que deseas. Y yo lo deseé intensamente. Ya lo creo que lo hice.
Aquel atentado contra el buen gusto musical no debía quedar impune. Ya viene el recuerdo a mí, a través de las rojas brumas que se dibujan en mi cabeza.
Sí, ahora me acuerdo.
Fue motivo de controversia, la crítica más criticada de todos los tiempos.
<< Deberían matar a ese vividor y a las dos vedetes que le siguen a todos lados.
Nadie debería tener que aguantar que un engendro cómo él siga pariendo
semejantes abortos al mundo musical.>>
Cómo me enorgullecí al firmarla. Era directa, contundente y sincera; la más sincera que hubiera escrito nunca. Y lo peor era que realmente lo deseaba en mi interior. En lo más profundo de mi ser, soñé con su muerte. Aquella fatídica noche, en la confusión del sueño, accedí al pacto. ¿Por qué no? Ya no me bastaba con el poder de sojuzgar a placer, de condenar desde mi altar, sito en el Olimpo de la prensa especializada.
Quería poder real, poder sobre la vida y la muerte. Al fin y al cabo, ¿quién cree en la existencia del alma? Sólo es un concepto falso y vacío, no somos más que unas cuantas reacciones químicas combinadas con unos cuantos impulsos eléctricos y algo de magnetismo que pululan por un corto periodo sometidos a las leyes del tiempo y el espacio.
¡Ahí viene otra vez, ya veo su extraña túnica ensangrentada! Espero que no me meta otra vez los genitales en aceite hirviendo. No lo harás, ¿ verdad? ¡¿No lo harás?!
¡Mierda, esta vez trae un martillo!
Su superficie de metal cromado, cruda e hiriente, daña mi vista antes de haberme ni tan siquiera rozado. Las manchas de sangre coagulada y los restos de carne y pelo hacen que un escalofrío me recorra la espalda.
La ruleta de la tortura comienza a girar...
¿Ya pasó?
No. No abriré los ojos; esta vez me niego. Despertar es como nacer a una existencia de dolor y sufrimiento. No me importa que vuelva a aplastarme las rótulas con un mazo. No los abriré.
Al menos me queda el consuelo de saber que no fue un sueño, a pesar de que no fue placer, si no horror, lo que experimenté cuando leí el titular del periódico a la mañana siguiente. Aquel farsante sin talento, aquel derviche barrigudo y sus dos bailarinas habían muerto a manos de un desequilibrado tras ser sometidos a una horrible tortura. La policía estaba tras la pista del criminal. Por fin lo entiendo; aquello no tenía nada de premonitorio; además, ahora que caigo, ellos también han venido a visitarme. Sus cuerpos podridos y fríos, sus ojos de mirada vacía, pero llenos de odio. Las dos muchachas, con sus figuras, antes bellas, ahora rotas y retorcidas, su piel bronceada llena de costras de sangre reseca, y Él, el bardo loco de aspecto histriónico y desenfadado cuya comicidad se ha convertido en macabro horror debido al tétrico barniz que la muerte ha aplicado a su imagen.
Sí, claro, ellos también vienen. Me clavan sus largos cuchillos y hurgan dentro de mí, y mientras, saltan al ritmo de esa estúpida melodía alienante, saltan, saltan, saltan, saltan, saltan sin parar...
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