Publicado: Jue Mar 08, 2012 1:39 pmAsunto: Elvián y el dragón
Capítulo I: El sacrificio
Una multitud avanzaba en fila india, subiendo por la ladera de una pequeña colina. La numerosa fila de hombres, mujeres y niños se extendía hasta la plaza mayor de un poblado cercano. Abría la marcha un hombre mayor, de cabello y barbas blancas. Vestía un hábito marrón y se apoyaba con un cayado del mismo color. Su rostro no transmitía ninguna emoción, y a su vera un grupo de hombres arrastraban una sencilla jaula de madera. En su interior había una muchacha de unos dieciséis años, que miraba aterrorizada hacia la multitud que la transportaba hasta la cima de la montaña. La chica sabía el destino que la esperaba: iba a ser entregada como ofrenda para el terrible dragón que habitaba en lo alto de la colina.
Rufus, el hombre mayor, caminaba despacio pero con determinación. Miró un momento a los que le acompañaban. Todos parecían deprimidos, pero eso era algo bastante natural. Como cada año, debían entregar una virgen al enorme reptil que vivía arriba. A cambio, el dragón no atacaría al pueblo, no abrasaría los cultivos y no devoraría a los habitantes. Era algo que no gustaba a nadie, pero todos sabían que era algo necesario. Los aldeanos mostraban una cara angustiada, aunque Rufus se mantenía serio. No era momento de flaquear.
Finalmente, llegaron a la cima de la colina. En frente de ellos, a unos cien metros, pudieron ver la entrada de una profunda y oscura caverna. Delante de la gran obertura había dos varas paralelas con sendos grilletes. La madera de las estacas se mostraba chamuscada por las múltiples veces que el dragón había escupido sus llamaradas letales sobre ellas. Hasta allí llevaron a la muchacha, no sin echar atemorizadas miradas al interior de la cueva. Sacaron a la chica de la jaula y le encadenaron las muñecas a los grilletes, de modo que quedó entre las dos varas. Rufus se acercó lentamente y miró intensamente a los ojos de la joven. Luego, se volvió a sus conciudadanos muy despacio. Miró los rostros angustiados y se obligó a sonreír con tristeza.
—Queridos amigos —dijo con una voz cascada, aunque potente—, estamos otro año aquí reunidos. Sé que lo que estamos a punto de hacer es muy duro, pero todos vosotros sabéis que es absolutamente necesario. Es la única forma de protegernos de la furia del dragón. Sé que es una excusa muy pobre, y a mí, como chamán que soy de nuestra querida villa, me resulta especialmente duro tener que disculpar estas cosas. Creo que será mejor para todos no demorarnos más en esto. Mi pobre corazón no lo soportaría. Si los padres de la desafortunada muchacha quieren despedirse de ella, deberían hacerlo ahora.
Un hombre y una mujer, abatidos por dolor, corrieron hacia la pobre chica y la cubrieron de besos y lágrimas. Durante un rato, se resistieron a abandonarla, pero sus vecinos finalmente lograron convencerlos de que se alejasen. Rufus les pasó las manos por la espalda y les comunicó sus condolencias cuando pasaron a su lado. Luego habló de nuevo a los aldeanos.
—Bien, creo que es el momento de llamar al dragón —dijo—. Preparaos para el ritual.
Los aldeanos se reunieron y empezaron a entonar una especie de cántico, todos menos los padres de la muchacha, que lloraban otra vez, y Rufus, que había alzado su cayado y lo zarandeaba por encima de él. En el interior de caverna, muy profundo en el entramado de túneles y corredores, pudieron oír un leve rugido y el sonido de unos pasos retumbantes. Rufus hizo señas a sus conciudadanos para que fuesen descendiendo por la ladera de la montaña, cosa que hicieron sin rechistar. Tanto era el terror que provocaba la bestia en sus corazones. Antes de seguir los pasos de sus compañeros, el chamán echó un último vistazo a la cueva.
Mientras bajaban por la pendiente, los rugidos y pasos se hacían cada vez más fuertes. La gente empezaba a murmurar, atemorizada, y la muchedumbre aceleró la marcha. Oyeron gritar a la muchacha allá arriba y, unos segundos después, la cima de la colina pareció iluminarse. Las llamas se hicieron visibles por los bordes del acantilando, y todos los presentes sintieron que el terror les atenazaba. Sólo Rufus se mantenía tranquilo mientras descendía por la empinada falda. Poco a poco, los pasos de la bestia se fueron alejando cada vez más, hasta que desaparecieron por completo. El chamán miró a sus compañeros. En ese momento, y tras el terror inicial, se mostraban abatidos y deprimidos. Comprendía perfectamente sus sentimientos, pero también sabía que en unos días, aunque no pocos, irían olvidando este desagradable incidente y al final no sería más que un mal recuerdo. Quizás les llevase a los padres más tiempo el asimilar la muerte de su hija, pero era algo que tendrían que soportar durante el resto de su vida.
Registrado: Jun 24, 2007 Mensajes: 1343 Ubicación: Coruña City
Publicado: Jue Mar 08, 2012 4:59 pmAsunto:
Hola, un par de detalles para pulirlo y dar explendor:
-"Una multitud avanzaba en fila india, subiendo por la ladera de una pequeña colina. La numerosa columna de hombres, mujeres y niños se extendía hasta la plaza mayor de un poblado cercano." Así no repetimos.
-"Vestía un hábito marrón y se apoyaba con un cayado del mismo color." Yo estoy por eliminar "del mismo color" porque no aporta nada nuevo. "Vestía un hábito marrón y se apoyaba en un nudoso cayado" _________________ "El que lucha contra nosotros nos refuerza los nervios y perfecciona nuestra habilidad". Edmund Burke.
Habían pasado unos meses desde el sacrificio, y de momento el ánimo no había vuelto a los entristecidos habitantes del pueblo. En las calles de la pequeña villa se podía sentir un ambiente de amargura, e incluso gatos y perros eran partícipes de ella. Los padres de la muchacha no habían salido de casa en semanas, y los pocos que los habían ido a visitar afirmaban que su estado de ánimo era cada vez peor.
En medio de este desolador panorama, llegó un extranjero a la aldea. Venía montado en un caballo negro, con un manchón blanco que iba desde la frente hasta el hocico. El hombre vestía unas ropas sucias y llenas de lodo, de las que era imposible discernir el color. Su rostro estaba tan embarrado como sus rubios y desaliñados cabellos. Daba la impresión de que hacía mucho que viajaba. Se podía ver el cansancio en su mirada ojerosa. Al caballo también se le veía agotado, a juzgar por su penoso trote. Caminaron por las callejuelas sin apenas mirar a la gente que les observaban con curiosidad. No detuvo su avance hasta que llegó a una humilde posada que se encontraba junto la plaza del pueblo. Como pudo, se apeó del caballo y se dirigió cojeando hacia la puerta de la fonda. Antes de entrar, el joven (pese a lo fatigado de su aspecto, se veía que todavía era joven) le hizo unas señas al caballo para que esperase fuera. Poco a poco, los aldeanos perdieron el interés por el extranjero y continuaron con sus actividades diarias.
El interior del establecimiento era acogedor. Pese a eso, la gente parecía tan deprimida como la que paseaba en la calle. El extranjero observó un momento los rostros cabizbajos y se dirigió al mostrador. Era una especie de taberna, y muchas mesas estaban ocupadas con hombres que se limitaban a mirar con ojos enrojecidos por el llanto sus pintas de cerveza. Atendía el local un hombre robusto y de cara amable, pero triste. El joven intentó hablar, pero parecía tener la garganta seca, y empezó a hacer señas al tabernero.
—¿Le apetece un vaso de agua, caballero? —preguntó entonces el hombretón.
El extranjero asintió tímidamente con la cabeza, y el tabernero asió una jarra llena de agua cristalina y llenó un vaso de barro antes de tendérselo al muchacho, que lo agarró rápidamente y lo bebió con avidez. Miró el recipiente vacío, todavía con algunas gotas que se deslizaban hacia el fondo, casi con admiración.
—¡Oh, dulce linfa! —decía con ojos soñadores—. Aplacadora de la sed, aquella que palía el agostamiento, bello y diáfano fluido, te eché de menos ampliamente.
—¿Quería usted algo? —preguntó el tabernero, perdiendo la paciencia y sin entender el discurso del extranjero.
—Oh, perdone —dijo el chico—. Llevo tres días sin probar linfa, y casi dos semanas sin catar bocado. Estoy buscando alojamiento.
—Diablos, muchacho —exclamó el cantinero—. De toda esa retahíla de cosas que ha dicho, sólo entendí lo del alojamiento. ¿Linfa? ¿Qué demonios es eso?
—Oh, le ruego que me vuelva a disculpar —dijo el chico—. Linfa es agua. Decía que hace tres días que no pruebo el agua, y no como nada desde hace casi dos semanas.
—Vale, ahora sí entiendo. ¿Y tiene usted con qué pagar la estancia?
—Desde luego, mi buen caballero.
El joven extrajo de una bolsita que portaba al cinto unas monedas de oro de gran tamaño que depositó sobre la barra, ante los asombrados ojos del tabernero.
—¿Será suficiente con esto? —preguntó, sonriente.
—Claro —respondió el hombre tras unos segundos sin habla—. Bueno, ¿y no le apetecería comer antes algo?
—No, antes me gustaría darme un baño —dijo el chico—. Mi indumentaria apesta una barbaridad, ergo yo mismo tengo bastante mal olor.
—Pero, señor, debe estar hambriento. Dos semanas sin comer es demasiado. Puede tomarse el baño después.
—Insisto, caballero. Prefiero bañarme antes. No soy partidario de ingerir alimento antes de estar limpio.
—Como desee, señor —dijo el tabernero—. ¿Puede darme su nombre para el registro?
—Claro. Mi nombre es Elvián, príncipe de Parmecia.
El dependiente se quedó sin palabras. Miró de arriba a abajo al muchacho, incapaz de creer en sus palabras. ¿Aquel chico tan sucio era un príncipe? Definitivamente, el extranjero debía tratarse de un bromista o de un loco. El tabernero se encogió de hombros y restó importancia al asunto. Mientras el chico tuviera dinero, le daba igual que fuera príncipe o mendigo. Escribió en una libretilla el nombre que le había dado y le hizo entrega de la llave de su cuarto. Después llamó a gritos a una mujer de unos cuarenta años que acudió enseguida y que acompañó a Elvián a su habitación. Mientras el chico subía por las escaleras detrás de la mujer, asomó la empuñadura de una espada que llevaba al cinto. Uno de los clientes alzó repentinamente la cabeza al percibir este detalle y, sin mediar palabra, se levantó de golpe, haciendo caer la silla donde se sentaba al suelo, y salió corriendo del local. El tabernero le miró arqueando una ceja, meneó la cabeza y continuó con sus quehaceres.
El hombre corrió por las calles del pueblo, con un único destino: se dirigía directamente a casa del chamán. Abrió la puerta y subió a la carrera las escaleras que conducían a la habitación de Rufus. Irrumpió con fuerza en el cuarto, sobresaltando al chamán, quien en aquel instante estaba sentado en su escritorio escribiendo sobre unos documentos. Se incorporó enfadado por la interrupción y miró irritado al hombre.
—¿Qué te ocurre, Rand? —exclamó—. ¿Qué es esta forma de irrumpir en mis aposentos?
—Lo siento, señor Rufus, pero es que ha llegado —dijo el hombre entre jadeos.
—¿Cómo dices? ¿De quién demonios estás hablando?
—Del Portador de la Espada —respondió Rand—. Aquel extranjero que usted predijo que vendría, y que nos liberaría del dragón para siempre. He visto la empuñadura de la espada que usted dibujó, señor.
—¿Estás seguro de que era la misma? No hay lugar para la confusión.
—No, señor Rufus. Recuerdo claramente su dibujo. Empuñadura dorada, con una joya incrustada en el mango. Era igualita.
El chamán miró pensativamente por la ventana de su izquierda y se pasó una arrugada mano por la barba. Agarró el cayado que tenía apoyado y, mientras se erguía con dificultad de su asiento, habló de nuevo a Rand.
—¿Sabes dónde está ahora? —preguntó.
—Claro, señor Rufus —dijo Rand—. Se aloja en la posada de Docan Adwond, ya sabe usted donde está.
—Sí, lo sé. Vamos, creo que es hora de hacerle una pequeña visita a nuestro salvador.
Rufus y Rand caminaron hacia la salida del cuarto. Antes de atravesar el umbral, el chamán echó una última y enigmática mirada al interior de la habitación.
Registrado: Jun 24, 2007 Mensajes: 1343 Ubicación: Coruña City
Publicado: Mie Mar 28, 2012 4:00 pmAsunto:
La primera parte me sorprendió por lo dramático, ahora me alegro que no todo va a ser así. Sin nada que reprochar en la gramática. Nos leemos. _________________ "El que lucha contra nosotros nos refuerza los nervios y perfecciona nuestra habilidad". Edmund Burke.
Elvián se tomó un largo y relajante baño. Durante un momento, se olvidó del incesante rugido de sus tripas y disfrutó del agua caliente. Se habían ocupado ya de enviar sus ropas a lavar y, para su alivio, le habían informado que habían llevado a Trueno al establo del pueblo. Después del baño, se miró al espejo y descubrió horrorizado cuán larga tenía la barba, así que no lo dudó ni un instante y se afeitó. Así mismo, se arregló un poco sus greñas desmadejadas y se peinó, y sólo después de quedar satisfecho con el aspecto que presentaba su reflejo, se permitió bajar al bar del piso inferior. Docan Adwond seguía con su interminable trabajo de limpiar la barra de la tasca. Diríase que estaba eternamente sucia, al observar la forma incesante que tenía de pasar el trapo por la superficie de madera. Sin embargo, el local estaba más vacío que antes. Muchos de los clientes de Docan se habían ido, aunque quedaban aún algunos que seguían ahogando sus penas en alcohol. Elvián se dirigió directamente a la barra y pidió al posadero una ración del pollo asado que, sin duda, estaba siendo preparado en la cocina. Hasta él llegaba un delicioso aroma a pollo que le hacía la boca agua. Docan asintió con su habitual rictus entre amable y triste y llamó a gritos a dos jovencitas que rápidamente salieron de un cuarto detrás de la barra y dispusieron una mesa para el príncipe. Elvián se sentó y poco después la mujer que le había acompañado a su dormitorio le sirvió un plato de pollo recién horneado.
El joven se inclinó sobre el plato y aspiró complacido la deleitosa fragancia que subía en forma de humo de la carne asada. Se relamió los labios y se dispuso a dar cuenta de su cena. En ese preciso instante, la puerta de la posada se abrió con violencia y Rand entró atropelladamente. Elvián levantó la mirada del plato y lo miró extrañado, lo mismo que Docan. El posadero no entendía los motivos por los que uno de sus clientes más habituales se comportaba de un modo tan extraño. Primero salía corriendo del local, incluso tirando una silla en su carrera, y luego volvía del mismo modo. Le echó una mirada de reproche, pero su mirada se desvió hacia la puerta cuando ésta se abrió de nuevo, aunque de una forma más pausada. Ésta vez, quien entró fue Rufus, siempre caminando despacio. Docan abrió la boca y se apresuró a disculparse.
—Disculpe mi osadía, señor Rufus —decía, tartamudeando—. No esperaba su visita, y menos a estas horas.
—No pasa nada, mi querido amigo. A decir verdad, me trae aquí un asunto de suma importancia. Tú no estabas informado, así que es normal tu reacción al reprender al pobre Rand.
El anciano paseó la mirada por los deprimidos rostros de los escasos clientes de la tasca y por fin centró su atención en el atónito príncipe, que observaba la escena mientras sostenía un trozo de pollo con el tenedor. Rufus sonrió y se acercó a la mesa que ocupaba.
—Saludos, extranjero —dijo—. Confío en que esté disfrutando de la hospitalidad del pueblo de Mallowley. Me llamo Rufus, y soy el chamán de esta villa orgullosa.
—El placer es mío, señor —respondió el joven, después de que sus tripas protestasen—. Es un honor para mí conocer a tan ilustre mandatario. Mi nombre es Elvián, príncipe de Parmecia, y hasta hace no demasiado, heredero al trono de mi padre.
—Vaya, nada menos que un príncipe —exclamó Rufus—. Estás muy lejos de tu país, hijo. ¿Qué asuntos te traen a esta remota región del mundo? Por cierto, se te ve hambriento. No te cortes y come. Que no te de vergüenza que esté aquí.
Elvián sonrió agradecido y se llevó el pedazo de carne a la boca. Masticó con placer y, después de tragar, centró su atención nuevamente en el chamán. Mientras daba cuenta del pollo, siempre con unos modales exquisitos, narraba los hechos que le habían llevado a viajar hacia el oeste, en busca de la Ciudad Perdida. Habló con cariño de su padre, de su madre y de su amigo Astral, y con odio de su hermano y de su consejero. El anciano escuchaba la historia con interés mientras buscaba el momento de entrar en el tema que le interesaba.
—Espero que encuentres la Ciudad Perdida, y que cumplas tu objetivo —dijo Rufus—. Ahora, mi querido amigo, me gustaría hacerte una pregunta un poco delicada.
—¿Una pregunta? —replicó Elvián, intrigado—. Me intriga usted, señor. Adelante, haga su pregunta.
—Muy bien —dijo Rufus, y señaló a Rand—. Aquí, a mi queridísimo Rand le pareció ver cierto objeto que está en tu posesión, y vengo a cerciorarme de que efectivamente es ese objeto. De ser así, nuestro pueblo estaría salvado.
—¿Salvado? —exclamó Elvián—. ¿A qué se refiere con salvado? ¿Es que ocurre algo malo en este lugar? ¿Y a qué objeto se refiere?
—Responderé primero a la segunda pregunta —contestó Rufus—. Se trata de una espada, una espada muy especial. Tiene una joya de color rojo incrustada en la empuñadura, que es dorada. La hoja es plateada, y tiene un brillo intenso, un brillo que nunca desaparece, ni aunque la espada esté sucia. Por la forma en la que me miras, no haría falta decirte que esa espada es mágica…
El príncipe clavó sus ojos en los del chamán. No se podía creer lo que estaba oyendo. Aquel anciano de aspecto amable y campechano había descrito a la perfección su tizona, que tenía guardada en su habitación. Estuvo callado durante unos segundos, pero Rufus no quiso presionarle y esperó pacientemente a que el muchacho contestase.
—Sí —dijo Elvián—, lo cierto es que tengo una espada como ésa. La encontré hace un par de meses en una caverna del este, pasado el Pantano de los Espejismos.
—¿El Pantano de los Espejismos? —repitió Rufus—. Sí, a esa espada me refiero. Entonces, Rand no estaba equivocado, realmente eres el elegido. Querido amigo, estás destinado a salvar Mallowley de la desgracia.
—Si es tan amable, me podría usted relatar lo que acontece en este primoroso pueblo. Le repito que me está intrigando con todo esto de salvar la aldea.
—Está bien, te lo contaré todo. Creo que tienes derecho a saberlo, ya que tú eres el único capaz de ayudarnos. ¿Te importa que me siente? A mi edad no sienta bien estar de pie mucho rato.
Elvián le hizo un gesto para que se sentara en la butaca que estaba enfrente de él y el anciano empezó a hablar casi al instante.
—Lo cierto es que una grave amenaza se cierne sobre Mallowley —dijo Rufus—. Una amenaza que nos ha obligado a realizar acciones terribles de las que nos avergonzamos terriblemente. El caso es que, en lo alto de la colina al norte del pueblo, hay una caverna que se adentra en el interior de la roca. Allí habita un terrible dragón, y puedo asegurarte que no es un buen dragón. Es perverso, cruel y despiadado. Nos cobra un alto precio por no arrasar el poblado: cada año, el día uno del primer mes, debemos entregarle una muchacha virgen, a la que seguramente devora después de echarle su aliento ardiente.
—¿Le entregáis una doncella cada año? —exclamó Elvián—. No doy crédito a lo que estoy oyendo. Es algo horroroso. ¿Cómo sabéis que es un dragón malvado? ¿Acaso os ha amenazado?
—Bueno, en realidad no se ha puesto en contacto con Mallowley, pero ese monstruo y yo somos viejos conocidos. ¿Mientras viajabas hasta aquí te has topado con los restos de una antigua aldea? —Esperó a que el príncipe contestase afirmativamente—. Pues bien, ese pueblo se llamaba Aldmarsh, y yo antes era el chamán de ese lugar. Hasta que un día se presentó el dragón, que respondía al nombre de Golganth, pidiendo una doncella cada año. Me negué a cumplir sus deseos, y, como represalia, el monstruo arrasó con su fuego el pueblo entero. Yo y Rand fuimos los únicos que lograron escapar con vida, el resto de mis queridos conciudadanos perecieron, víctimas de las llamas. Seguí los pasos de Golganth, hasta que llegamos a Mallowley, donde el monstruo se había instalado en la cueva de la colina. Antes de que el dragón se dirigiese a los habitantes del pueblo, yo conseguí convencer a los pobres habitantes de que le entregasen una virgen cada año, pues cuando un dragón como éste se dirige a un ser inferior, siempre aprovecha para llevarse a alguien. Sé lo que piensas, que es algo horrible lo que hacemos, imperdonable, y tienes razón. Pero piensa en esto: en el pueblo hay muchos niños, ¿sacrificarías a todos los niños por una muchacha? Sé que suena terrible, pero no hay opción. Bueno, y ahora es cuando entras tú. Según la leyenda, sólo un guerrero que porte una espada mágica muy especial puede derrotar al dragón. Tú tienes esa espada, y por ende, tú eres ese guerrero. No puedo obligarte a que nos ayudes, jamás se me ocurriría una cosa así. Lo único que puede hacer es rogarte, implorarte que nos prestes tu apoyo.
El príncipe miró durante largo rato al anciano, que había bajado la vista con expresión afligida. Observó a los demás clientes de la taberna, y descubrió en todos ellos la misma mueca. De pronto, sintió que su apetito se desvanecía, aunque todavía no se había acabado el plato. Con la falta de hambre, ganó en intensidad un profundo sentimiento de pesar. Sin embargo, no podía aprobar el hecho de que unas inocentes muchachas fueran ejecutadas por el bien del pueblo. Sí, era verdad que Mallowley no merecía el terrible castigo del dragón, pero aquellas doncellas no habían hecho nada para merecer tal destino. Estuvo a punto de negar su ayuda a aquellos pobres desgraciados, mas cuando pensó en el destino que depararía a una nueva chica, cambió de opinión.
—De acuerdo —dijo al fin—. Estoy dispuesto a asistir a vuestra villa en todo lo que sea capaz. Si he de enfrentarme a ese despótico reptil, lo haré.
—Gracias, mil veces gracias —exclamó Rufus, visiblemente emocionado—. Eres una persona noble, Elvián. No puedo expresar con palabras la gratitud que yo y mi pueblo te profesamos en este momento. Por lo que veo estás muy cansado. Seguramente has estado viajando durante largo rato. Lo mejor es que ahora te vayas a dormir, y dejemos el tema del dragón para mañana.
Antes de seguir el consejo del chamán, Elvián se obligó a engullir el resto del pollo, a pesar del poco apetito que tenía. Se acostó poco después y, pese al nerviosismo y malestar en que se encontraba, tardó poco en dormirse. En sus sueños sobrevolaba una amplia estepa de un intenso color verde. El cielo sobre su cabeza era azul, pero un poco más lejos el horizonte se presentaba cubierto de brumas. Un camino pedregoso cortaba la planicie, y un grupo de personas se servían de él para avanzar hacia la zona nebulosa. Eran todos hombres altos, vestidos con túnicas y sombreros picudos y extremadamente ancianos. Eran tan parecidos entre sí que la única forma de diferenciarles era por el color del hábito y por algún que otro detalle del chapeo. Sólo uno era distinto a los demás. Se trataba de un hombrecillo de escasa altura, pero tremendamente robusto. Con el musculoso brazo derecho asía una formidable hacha plateada. El color del acero le recordó a su espada. Sus barbas, todavía castañas debido a su juventud, le llegaban hasta el pecho, y llevaba la larga cabellera recogida en una coleta. Sin duda, aquella criatura se trataba de un enano. A su vera caminaba otro de aquellos ancianos, y lo reconoció de inmediato. Era Rashmond, el Mago Mayor, con el que ya había soñado en alguna otra ocasión. Buscó entre las filas de lo que sin duda eran otros Magos y, después de fijarse en un hombre más joven que los demás, de ojos fríos, que andaba al lado de Rashmond, encontró al hechicero que buscaba. Un poco más rezagado, con su habitual túnica azulada y la pluma en su sombrero picudo, Astral caminaba con determinación. Elvián descendió de los aires y se plantó ante él, que le observó con una sonrisa de oreja a oreja.
—Saludos, mi querido Elvián —dijo el Mago—. Nos encontramos de nuevo en tus sueños, porque tengo una noticia que darte —señaló al enano que caminaba junto a Rashmond—. ¿Te acuerdas de nuestro pequeño amigo? Muy bien, has acertado. Es Garlic, el elegido para destruir al Señor de la Oscuridad. El otro tipo que acompaña a Rashmond se llama Zeon, su discípulo. Tiene talento, pero tiene que controlar su temperamento. Bueno, la noticia es que dentro de poco, mucho menos tiempo del que imaginas, es posible que nos veamos en persona, con lo que podría darte algunos consejos y ayudarte personalmente en tu búsqueda.
—¿Lo dices en serio? —exclamó Elvián, lleno de alegría—. Eso es estupendo. Pero, ¿cómo es que nos vamos a poder encontrar?
—El caso es que Garlic necesita un objeto más para poder enfrentarse al Señor de la Oscuridad —dijo Astral—, y ese objeto está en una ciudad olvidada hace mucho tiempo. Mi querido amigo, creo que esa ciudad es la misma que buscas tú, y puede ser que lleguemos al mismo tiempo.
—Oh, Astral, me hinchas de alegría. No pueden ser mejores noticias. Mas, ¿no tienes ningún consejo para el problema que tengo ahora? Ya sabes, lo del dragón…
—Ah, sí, ese pequeño detalle. No te preocupes por eso. Marcha sin reparos por el interior de la caverna del dragón, y corre sin miedo a su encuentro. Recuerda, no todo es lo que parece.
El príncipe quiso hacerle más preguntas, pero una fuerte ráfaga repentina de viento lo alzó en el aire y lo alejó rápidamente de la escena. El resto de la noche, el muchacho no soñó más, o por lo menos no recordó haberlo hecho.
Registrado: Dec 25, 2011 Mensajes: 42 Ubicación: España
Publicado: Mar Abr 03, 2012 9:19 amAsunto: Hola
Hola , he estado leyendo tu relato y me ha gustado mucho, describes muy bien los ambientes y los diálogos son fluidos, me encantan las historias de dragones en general. Yo ahora estoy escribiendo la segunda parte de mi ebook y salen también dragones por supuesto... deje un capítulo hace un momento en el foro de fantasía
Cuando Elvián despertó al día siguiente, sopesó las palabras que Sir Astral le había transmitido en sueños. Pensó profundamente en el consejo que le había dado con respecto al asunto del dragón, pero no logró comprender su significado. Suspiró con resignación y se levantó del cómodo catre donde había dormido. Se lavó un poco la cara, se vistió y, antes de bajar al bar, se armó con su valiosa espada mágica. Abajo ya estaba trabajando Docan, otra vez limpiando la barra. En cuanto lo vio aparecer, al señor Adwond se le iluminó la cara y le dijo al príncipe que se acercara.
—Buenos días, señor Elvián —dijo—, espero que haya dormido bien. Disculpe, antes no fui todo lo amable que debería. Espero sinceramente que me perdone.
—No tiene importancia —respondió el príncipe—. Después de todo, es normal que esté tenso con todo lo que ha vivido este pueblo últimamente.
—A pesar de todo, creo que debería disculparme —dijo Docan—. Además, usted está dispuesto a enfrentarse al dragón por todos nosotros, y en esta ocasión yo, más que nadie, le debo estar eternamente agradecido —sonrió al ver el rostro intrigado de Elvián—. Mi hija menor es la elegida para ser sacrificada al dragón para el próximo año. Sé que esto suena un poco egoísta por mi parte, pero es lo que siento. Por supuesto, me apiado de aquellos quienes han perdido ya a sus hijas, y de sus hijas.
—No tiene por qué sentirse avergonzado —replicó Elvián—, es algo totalmente natural. Es normal que usted se desasosiegue por el porvenir de sus seres queridos, ergo me parece lógico que se desvele por sus vástagos.
En ese preciso instante, la puerta de la taberna se abrió y entró Rufus, seguido de cerca por Rand. El chamán se plantó ante el príncipe, mostrando su cara más amable.
—Buenos días, queridos amigos —dijo dirigiéndose a él y a Docan Adwond, y luego centró su atención de nuevo en él—. ¿Has dormido bien? Lo necesitarás para la tarea que te has ofrecido a realizar, y por la que tienes todo nuestro agradecimiento más sincero. Cuando estés listo, podemos partir hacia la colina.
—Podemos ir ahora mismo, si así lo desea —dijo Elvián—. Había pensado en llevar conmigo a mi corcel, Trueno, pero no creo que el terreno sea adecuado para él.
—Entonces perfecto —dijo Rufus—. Yo y Rand te acompañaremos hasta la cima, aunque nosotros no entraremos en la cueva. Perdónanos, pero nos da demasiado miedo.
—Si no os importa, me gustaría ir a mí también —dijo Docan—. Me gustaría acompañar a nuestro salvador, aunque sólo sea hasta la cima. Puedo dejar a mi mujer o a una de mis hijas a cargo de la taberna.
Nadie estuvo en contra de que el posadero fuera con ellos, así que dejaron el local y emprendieron el viaje hacia el cerro. Al principio caminaban callados, sobre todo Elvián, que no paraba de pensar en el inminente enfrentamiento que tendría con el dragón. Docan se dio cuenta de la creciente inquietud que sobrecogía al príncipe, así que se acercó y empezó a charlar con él para animarle un poco. Después de todo, iba a arriesgar la vida por el bien de Mallowley. Pronto llegaron a la ladera de la colina, y en seguida se pusieron a ascender por ella. Rufus, Rand y el señor Adwond miraban el camino desolados. Habían subido ya demasiadas veces por esa falda maldita por el tema de los sacrificios. Debido a que en ese momento no transportaban la jaula de madera, la subida se hizo menos pesada y más rápida. Llegaron a lo alto del otero en unos quince minutos, y frente a ellos vieron la entrada a la cueva. Rufus se acercó un poco a ella, observando sus increíbles dimensiones, mientras los demás se quedaban rezagados. Tras unos segundos de silencio, el anciano hizo una señal al príncipe para que se acercara.
—Bueno, a partir de aquí es cosa tuya —dijo—. Yo y mis compañeros te deseamos toda la suerte del mundo. Confía en tu espada mágica, es más poderosa de lo que parece. Por imposible que parezca, te aseguro que con ella puedes derrotar a Golganth. Ten cuidado y no dejes que el dragón te queme —guiñó un ojo y soltó una carcajada, claramente tranquilizadora.
Elvián se despidió con la mano de sus acompañantes, mientras estos le deseaban suerte, y se internó en el interior de la caverna. Lo primero que le sorprendió fue la claridad de la gruta. Era capaz de ver cada uno de los detalles de las paredes. Además, el lugar estaba demasiado limpio para tratarse de la guarida de un dragón. En general, el ambiente no era ni muy fresco ni muy caluroso, así que en ese sentido no tuvo ningún problema. Tampoco había en la atmósfera ningún olor desagradable. Más extraño aún, sentía un aroma refrescante y agradable, como si alguien se dedicara a airear el interior de la caverna. Por un momento, se olvidó del asunto del dragón y aspiró profundas bocanadas de aquel aire tan fresco con cara de satisfacción. Después de un rato, recordó el lugar donde se encontraba y la tensión volvió a su corazón.
El eco de sus pasos al caminar no mejoraba su inquietud, y unos extraños sonidos procedentes de las paredes también le incomodaban. Cuando se acercó impaciente a uno de los diques para ver qué era ese ruido, de sus grietas surgieron cientos de murciélagos que se arrojaron sobre el muchacho. Se protegió la cara mientras los quirópteros aleteaban junto a ella. Cuando desaparecieron de su vista, aún oía el batir de alas en la distancia. Con el corazón latiendo deprisa, Elvián se enderezó y prosiguió la marcha.
Durante un tiempo que a él le parecieron horas, estuvo deambulando por el túnel, sin que todavía tuviera atisbos de llegar a la cámara donde moraba el dragón. Cuanto más se internaba en la espelunca, notaba que el calor iba en aumento. Hasta sus oídos llegaba un suave murmullo, que le recordó a un gruñido. A medida que andaba, oía más claramente el rumor, y cada vez se le parecía más a un fuerte ronquido. Alzó la vista para descubrir una luminosidad rojiza al fondo del pasillo, todavía lejos en la distancia. Apuró el paso para llegar cuanto antes, sin fijarse en una sombra que desde hacía algún rato había empezado a seguirle. Aceleró aún más su ritmo, convencido ya de que lo que sonaba adelante eran resonantes ronquidos. Sonrió un poco relajado al tener la esperanza de encontrar al dragón durmiendo. Así sería mucho más fácil acabar con él. Empezó a correr para no llegar cuando el monstruo despertase.
De pronto, algo saltó por encima de él y fue a aterrizar unos metros por delante. Fuera lo que fuese era grande y pesado, y al caer al suelo provocó un gran estruendo. Del suelo brotaron rocas que saltaron hacia el príncipe, por lo que se tuvo que arrojar al suelo para no ser alcanzado por estas. Cuando alzó la cabeza, se encontró cara a cara con un horrendo monstruo rocoso. Era alto y fornido, y tenía gruesos brazos grises, igual que sus piernas y su ancha cabeza. Se abalanzó con sorprendente velocidad sobre Elvián y, después de que este se alejase rodando, golpeó el suelo con gran fuerza. El muchacho se puso de pie de un salto y desenvainó la espada. A su vez, el monstruo agarró una cimitarra que portaba al cinto. Los aceros entrechocaron mientras sus dueños combatían. Mas, debido a una fuerza física superior del golem, las cosas se pusieron muy feas para el príncipe. La criatura de piedra hacía retroceder al joven mientras lanzaba mandobles a diestro y siniestro. Este, por su parte, detenía como podía los ataques con el filo de su espada. Pero el monstruo poseía una potencia tan fuerte que los brazos de su contrincante empezaban a resentirse. Optó por cambiar de estrategia y se dedicó a esquivar los golpes del golem en vez de a detenerlos con su arma. Después de unas cuantas piruetas, Elvián volvió a tener sensibilidad en los brazos, y esta vez fue él el que atacó. Para su sorpresa, en esta ocasión era el monstruo el que retrocedía, pese a que él no poseía su misma fuerza. El príncipe comprendió que su espada mágica añadía más fuerza a los ataques que lanzaba. Con impaciencia, la bestia rocosa lanzó una patada que alcanzó a su rival en medio del pecho. El muchacho salió despedido hacia atrás. Afortunadamente, consiguió dar una voltereta en el aire y cayó de pie, sin haber soltado la tizona. Se llevó una mano al dolorido pecho y miró con los dientes apretados al golem. Volvió a atacar con más fiereza. El monstruo intentó golpearle otra vez, esta vez con un brazo, pero ahora Elvián estaba preparado y lanzó un mandoble. El antebrazo del ser de piedra saltó por los aires al ser cercenado, y se rompió en pedazos cuando cayó al suelo. El monstruo rugió y atacó a su vez, pero Elvián lo esquivó sin dificultades y contraatacó. Esta vez, el príncipe dirigió el filo de su espada hacia la garganta de la bestia. La cabeza pegó un brinco y se estrelló contra el suelo, deshaciéndose en añicos. Unos momentos después, el cuerpo desprovisto de vida se precipitó contra el piso, con el mismo resultado. Sin perder un solo segundo, Elvián envainó la espada y continuó corriendo mientras mascullaba por la bajini e imitando la voz de Astral:
—Venga, Elvián, no te preocupes, marcha sin reparos por el interior de la caverna, que no pasa nada, no es peligroso.
Entonces, casi sin darse cuenta, llegó a la fuente de la luminosidad roja. Se encontró en una gigantesca estancia llena de tesoros, pero eso no fue lo que le dejó sin respiración. En medio de la cámara, durmiendo sobre un montón de monedas de oro y plata, un gigantesco dragón tenía el humeante hocico en su dirección.
Elvián contempló durante largo rato el cuerpo del dragón. Era un enorme dragón alado de color rojo. De las fosas nasales de su hocico salía constantemente un humo negruzco que ascendía hasta el techo de la sala. La parte inferior de su cuerpo era de un color más pálido que el resto de su anatomía, aunque también presentaba un tono rojizo. Sin lugar a dudas, aquel reptil tenía un tamaño muchísimo mayor que el de Gunrug, el dragón culto al que se había enfrentado junto a su amigo Piri. En ese momento dormía, así que Elvián se esforzó por todos los medios para no lanzar un grito de terror. No le convenía que la bestia despertase. Si seguía en ese estado, su tarea sería mucho más sencilla.
Se acercó lentamente, procurando hacer el menor ruido posible. La respiración del monstruo era todavía regular, así que Elvián podía estar tranquilo por el momento. Caminaba de puntillas mientras apoyaba una mano sobre la empuñadura de su espada y aguantaba el aliento. Cuanto más cerca estaba de la bestia, mayores eran sus nervios. De pronto, hubo una alteración en el ritmo respiratorio del monstruo, y fue tanto el susto que se llevó el príncipe que se tiró al suelo, llevándose las manos a la boca para reprimir un grito. El gigantesco reptil carraspeó un poco, masticó y se puso a roncar de nuevo. Elvián esperó un poco antes de levantarse y suspiró después de hacerlo. Todavía estaba a cierta distancia del dragón, y sería una pena que se despertase mientras se acercaba a él. Todavía le parecía un milagro que no lo hubiese hecho con el estruendo que había provocado el golem, cuando este le salió al encuentro. Volvió a andar de puntillas y a contener la respiración.
Cuando faltaban escasos decímetros para llegar junto el monstruo, detuvo el paso y desenvainó la espada. El sudor le caía a raudales de la cara y le daba la impresión que le fallaba el aire. Avanzó entonces con paso firme y dirigió el filo de su arma hacia el hocico de la bestia. Dudó un instante, pero finalmente se decidió a lanzar el tajo definitivo. Desgraciadamente, justo en ese momento el dragón abrió sus ojos y los clavó intensamente en el príncipe. Este quedó paralizado por el miedo, incapaz de apartar la mirada de aquellos ojos de un intenso color rojo. Al principio, el reptil miró a Elvián con furia, pero en cuanto vio los destellos que brotaban del filo de la espada, su expresión cambió. Empezó a gritar, emitiendo un chillido agudo de terror, y batiendo las alas echó a volar por encima del muchacho.
—¡Socorro! —gritaba con una voz aguda que debería haber sonado grave mientras revoloteaba en círculos por la estancia—. ¡Tiene una espada mágica! ¡Este malvado tiene una espada mágica!
—¿Cómo que malvado? —gritó a su vez Elvián, enfadado—. ¿A dónde crees que vas? ¡Baja ahora mismo!
—No caeré en tus trucos, malvado —gruñó el dragón—. Si bajo me apuñalarás con ese ardiente metal mágico. Hagamos un trato: si quieres uno de mis tesoros, cógelo, pero a mí déjame en paz.
—No he venido aquí por tus tesoros —replicó Elvián—. He venido a matarte, y así liberar a Mallowley de tu presencia, y evitar que devores más muchachas. Y deja de llamarme malvado.
—Me parece que estás un poco mal informado, humano —dijo Golganth, algo más tranquilo.
La bestia cortó uno de sus círculos y descendió al suelo, apartándose unos metros del príncipe. Este aprovechó la ocasión para correr hacia el monstruo blandiendo su arma. Ante esto, Golganth volvió a gritar con voz aguda, pero estaba tan asustado que no pudo reaccionar. Cuando vio al muchacho saltando sobre su cabeza para hundir el filo de la espada en su cráneo, cerró los ojos con fuerza. Justo cuando Elvián estaba a punto de atravesar la piel rugosa de la fiera, llegó hasta sus oídos una voz femenina que le instaba a detenerse. Por la impresión, bajó el arma, sin tocar al reptil, y cayó primero sobre su cabeza y luego al suelo, de cabeza. Se levantó, frotándose la coronilla con expresión dolorida y mirando hacia donde había oído la voz. Una muchacha estaba al otro lado de la sala, mirando al príncipe con expresión severa. Elvián abrió la boca para hablar, pero la chica le obligó a callar.
—¡No digas nada! —dijo casi gritando—. ¡Deja en paz a Golganth y vete de aquí! ¿No ves que está aterrorizado?
—¿Quién eres tú? —consiguió decir Elvián tras unos segundos de incredulidad—. ¿Qué haces aquí?
—¿Quién crees que soy? —dijo la chica—. Soy una de las “víctimas” del dragón. Sí, este mismo dragón de aquí, aquel que tú y los tuyos decís que es un malvado monstruo.
—Pero… pero —decía Elvián, sin ser capaz de articular palabra—, entonces, ¿no se os ha comido esta bestia inmunda? ¿Y las otras chicas?
—Ya ves que no se nos ha comido, idiota —escupió la muchacha, cada vez más enfadada—. Y las demás están durmiendo, en la estancia del fondo. ¡Y no le llames bestia inmunda!
Elvián miró a la muchacha, cada vez más confundido. Por un momento pensó que se trataba de un sucio truco de magia del dragón, pero recordó que, pese al inmenso poder de estos reptiles, eran incapaces de utilizar la magia. Siguió contemplando a la chica, con cara de bobo, los ojos abiertos como platos y la boca abierta. Esta le devolvía la mirada, pero había fiereza en sus ojos color miel. El príncipe suspiró y se obligó a sí mismo a observar a Golganth. Vio auténtico miedo en el rostro alargado de la bestia, pero ni una pizca de maldad. Aún con dudas, envainó su espada y se dirigió de nuevo a la mujer.
—Reconozco que esto no me lo esperaba —dijo—. Esto me parece cada vez más surrealista. Entonces, ¿este dragón no es un dragón malvado? ¿Cómo es eso posible?
—Te estoy diciendo que no es malvado —respondió la muchacha—. ¿Tan difícil es de entender una cosa así?
—Me parece que sabes poco de los dragones, joven —dijo Golganth—. Como los humanos y muchas otras especies, hay dragones malvados, pero muchos más que son benévolos. En realidad, los dragones nacieron para servir al bien, y solo a partir de la rebelión del Rey Dragón empezaron a surgir dragones perversos.
—Eso sí lo entiendo —respondió Elvián—. Lo que no comprendo es por qué Rufus dice que eres maligno, por qué quiere que te mate. Y sobre todo por qué no te presentas ante los ciudadanos de Mallowley y les cuentas todo esto.
—Te lo diré. Si no me presento ante los aldeanos es porque soy un cobarde. Sí, lo reconozco, soy un cobarde, aunque no siempre fue así, y tengo un miedo atroz de Rufus. En realidad, el único mal que apareció en Mallowley en los últimos años fue ese maldito de Rufus.
Elvián miró atónito a Golganth. No podía creer en las palabras del dragón. Ese viejo chamán tan amable no podía albergar el mal en su interior. Si así fuera, había conseguido engañarle por completo. No, aquel reptil estaba mintiendo, estaba seguro. Volvió a agarrar la empuñadura de la espada.
—No, estás mintiendo —gruñó, ante lo que la muchacha volvió a ponerse tensa—. Sé que tú antes vivías en una aldea llamada Aldmarsh, y que acabaste con ella por completo, la hiciste arder con tu aliento llameante. Rufus me lo ha contado todo.
—No, joven, no fui yo quien acabo con Aldmarsh —dijo Golganth—. Yo era el dragón protector de Aldmarsh. El único responsable de la destrucción de Aldmarsh es Rufus.
Esta última declaración sentó como una chorro de agua fría en el rostro del príncipe. Durante un momento, fue incapaz de reaccionar. Era tal la palidez que se presentaba en la cara del príncipe, que la muchacha que le miraba con ojos furiosos empezó a compadecerse de él. Después de todo, Elvián no era más que un engañado más por las palabras cargadas de veneno de Rufus. También parecía que Golganth comprendía las motivaciones del príncipe, y sabía que únicamente le movía la bondad. Recuperado del miedo que había sentido previamente, el dragón se incorporó y se decidió a contarle toda la verdad.
Registrado: Jun 24, 2007 Mensajes: 1343 Ubicación: Coruña City
Publicado: Jue Abr 19, 2012 3:52 pmAsunto:
Buenas, devolviendo visita y señalando puntos a mejorar.
-"—Reconozco que esto no me lo esperaba —dijo—. Esto me parece cada vez más surrealista." Los dos "estos" tan seguidos no me parece apropiados.
-"—Reconozco que esto no me lo esperaba —dijo la escena cobraba tintes subrealistas por momentos."
-"Elvián no era (más) que un engañado (más) por las palabras cargadas de veneno de Rufus."
-- "Elvián se sumaba a los engañados por las palabras cargadas de veneno de Rufus."
No me gusta la reacción del dragón cuando aparece Elvian a punto de despenarlo, me parece que utiliza demasiadas palabras y malvado no me termina de gustar. Un saludo. _________________ "El que lucha contra nosotros nos refuerza los nervios y perfecciona nuestra habilidad". Edmund Burke.
Golganth miraba a los oyentes con expresión serena. Hacía un rato que las demás muchachas se habían despertado y ahora se encontraban sentadas alrededor del dragón, mirándole con atención, aunque también de vez en cuando giraban sus cabezas para observar al recién llegado. Elvián era consciente de las furtivas ojeadas que le echaban las chicas, pero él hizo como si no se diese cuenta. También la muchacha que había evitado que matase al dragón le observaba, aunque todavía había recelo en sus ojos. Elvián se sentía incómodo con esta mirada, así que bajó la cabeza, y no volvió a subirla hasta que Golganth empezó a hablar.
—Ya he perdido la cuenta de las veces que he contado esta historia —dijo—. En fin, el caso es que yo antes era el dragón protector de Aldmarsh. Durante muchos años velé por la seguridad de la aldea, y sus habitantes, que eran una gente maravillosa, me agradecían mi protección con todo tipo de regalos. No estaban obligados a hacerlo, claro, pero era algo que formaba parte del carácter de las gentes de Aldmarsh —el volumen de su voz descendió hasta casi convertirse en un susurro, como si hablara para sí mismo—. Realmente eran buenos tiempos, los echo tanto de menos…
»Bueno, pues un día llegó al pueblo un extranjero. Era un afable anciano que se presentó a sí mismo como un chamán. En seguida cayó bien a todos los del pueblo, en parte por su tremendo carisma y en parte por ese extraño poder que posee. Por tu mirada deduzco que te estás preguntando a qué poder me refiero. Ese… ser que se hace llamar Rufus tiene la facultad de influir en la mente de la gente.»
—¿Ser? —preguntó Elvián—. ¿Acaso no es humano?
—En mi opinión no lo es —respondió Golganth—. Aunque lo parezca. Cuando Rufus se presentó ante mí no sospeché nada de él. Es más, incluso me pareció simpático. Estuvimos charlando un rato sobre trivialidades, y cuando se despidió de mí acabé convencido de que era una buena persona.
»Sin embargo, en días posteriores los habitantes de Aldmarsh se mostraron recelosos ante mi presencia. Al principio no le di importancia, pero este comportamiento se repetía día tras día, así que decidí ir a hablar con el jefe de la aldea. Aunque al principio no se mostró muy cómodo con la idea de hablar conmigo, finalmente accedió, y su respuesta me llenó de asombro. Según él, Rufus había contado a los habitantes del pueblo que yo no soy tan bondadoso como parecía, y que si no fuera por los regalos que me ofrecían les negaría mi protección. No me lo podía creer. No sólo ese anciano había hablado mal de mí, sino que la gente se había creído a pies juntillas sus palabras. Pero lo que más me molestaba era no saber por qué había hecho algo así.
»Pero las mentiras de Rufus no se quedaron ahí. Cada vez eran más grandes y sus acusaciones más graves. Algunos de la aldea me veían como un auténtico monstruo, y eso me sumió en una terrible depresión. Intenté contactar con él para exigirle explicaciones, pero siempre lograba esquivarme. Fue entonces cuando comprendí que aquel carismático anciano no era lo que parecía, y me prometí que lo desenmascararía.
»Entonces, sucedió lo inesperado. Cuando Rufus ya tenía a todos en mi contra, añadió a su larga lista una mentira más. Intentó convencer a las gentes de Aldmarsh que yo era un dragón malvado, y que arrasaría el poblado si no me concedían una muchacha virgen cada año. A pesar de su poder de influir en la mente, la gente del pueblo me conocía demasiado bien, y simplemente no le creyeron. Incluso empezaron a dudar del resto de mentiras que había estado pregonando por ahí, o al menos eso fue lo que me contaron. También me dijeron que por un momento su rostro amable cambió a una expresión furiosa, casi diabólica. Se recompuso en seguida, se encogió de hombros y, antes de abandonar el pueblo acompañado de un joven de Aldmarsh con el que había hecho buenas migas, se giró hacia los presentes y les dijo:
»—Vosotros sabréis lo que hacéis. Es una lástima que no me hagáis caso, pero yo no puedo obligaros. También comprendo que no queráis deshaceros de vuestras hijas, pero creedme, lo que sucederá si no estáis dispuestos a este sacrificio será mucho peor.
»La tragedia se produjo al día siguiente. A primera hora de la mañana vi el humo proveniente del pueblo. Era un humo negro que subía en espesas columnas. Cuando llegué a la aldea, las casas, las calles, incluso las calzadas, todo era pasto de las llamas. No se veía ningún recoveco en que no estuviese presente el fuego, un fuego rojo como la sangre. Era imposible que hubiese supervivientes, pero podía sentir una presencia. Mientras el olor a carne quemada inundaba mis fosas nasales se abrió un túnel en el fuego, y por él vi a Rufus apoyado en su cayado, y me miraba con ojos maliciosos. Me lancé en picado hacia él, pero el calor de las llamas me detuvo, y comprendí que no se trataba de un fuego normal. Impotente, vi cómo se alejaba el anciano mientras que un temor se alojaba en mi corazón, un temor hacia algo que no podía comprender.»
Elvián escuchaba con atención la historia mientras se acariciaba la barbilla, pensativo. ¿Quién sería ese tal Rufus? ¿Un brujo? Sabía que los chamanes eran capaces de manejar cierta cantidad de magia, pero desconocía cuáles eran sus límites y si eran capaces de ejecutar hechizos de fuego.
—Entonces, ese fuego mágico… —empezó a decir.
—Yo no he dicho que fuera mágico —interrumpió Golganth.
—Pero tú mismo has comentado que no se trataba de un fuego normal —replicó Elvián.
—Eso es cierto —respondió el dragón—, pero eso no significa que proceda de la magia. Los dragones tenemos olfato para esto, y ese fuego no olía a magia. Además, conozco todos los hechizos relacionados con fuego, pero ninguno es tan poderoso como el que destruyó Aldmarsh. No sé, esas llamas me recordaban al fuego de un dragón. Por eso creo que Rufus no es humano.
—Entonces, ¿de qué clase de engendro se trata?
Por primera vez, el rostro escamoso del reptil mostró toda su furia. Golpeó el suelo con una de sus robustas patas traseras y miró al príncipe con los ojos chispeantes de cólera.
—¿Y yo qué demonios sé? —rugió—. ¿No crees que si lo supiera habría buscado una forma de acabar con él?
Golganth clavó la mirada durante un rato en los ojos de Elvián, que estaba pálido como un muerto. Luego apartó la vista, avergonzado, y cuando se relajó lo suficiente y al ver las caras asustadas de las muchachas y del infante, dijo:
—Lo siento, no debería haberme puesto así. Es el miedo lo que hace que me comporte de esta manera. Tengo miedo de Rufus, de lo que pueda ser en realidad.
—¿Y si es un dragón? —aventuró Elvián.
—No, eso no puede ser —respondió Golganth—. Ninguna clase de dragón es capaz de transfigurarse. Eso sólo puede hacerse por medio de la magia, y los dragones no pueden usarla.
Elvián dejó caer sus brazos, abatido. Tenían que encontrar una forma de descubrir qué era Rufus, que mostrara su verdadera apariencia, porque ahora estaba convencido de que su apariencia humana no era más que un espejismo. Por lo que él sabía, no había fuego más poderoso que el de un dragón, y el que había calcinado Aldmarsh había hecho recular incluso a Golganth. Entonces, una idea se fue alojando en el cerebro del príncipe.
—Puede que Rufus no sea humano —dijo—, pero lo que está claro es que tiene un objetivo, y parece que tú tienes algo que ver en ese objetivo.
—¿Yo? —exclamó Golganth—- ¿Qué puedo tener yo relacionado con los planes de ese maldito?
—No lo sé, pero parece que está muy interesado en tu muerte. Lo que es evidente es que es incapaz de matarte. De otra forma ya lo habría intentado antes. De alguna forma sabía que yo y mi espada llegaríamos algún día, y se tomó muchas molestias.
—¿Pero por qué todo este paripé? —intervino la chica que le miraba con recelo—. ¿Por qué todo este rollo de los sacrificios?
—Para convencerme de que Golganth es un dragón maligno y usarme para matarle. Al parecer, la magia de mi espada es capaz de hacerlo. Y eso me lleva a una idea que se me acaba de ocurrir.
Los presentes miraron a Elvián con creciente curiosidad. Incluso Golganth parecía estar anhelante por conocer la propuesta del príncipe.
—Tenemos que simular la muerte de Golganth —dijo Elvián.
Registrado: Jun 24, 2007 Mensajes: 1343 Ubicación: Coruña City
Publicado: Dom Abr 29, 2012 6:23 pmAsunto:
Hola, parece que se acerca un desenlace. Una sugerencia de "apariencias"
-"Según él, Rufus había contado a los habitantes del pueblo que yo no soy tan bondadoso como parecía" Mejor el "soy" cambiarlo por "era" para que concuerde en tiempo.
-"¿Un brujo? Sabía que los chamanes eran capaces de manejar cierta cantidad de magia, pero desconocía cuáles eran sus límites y si eran capaces de ejecutar hechizos de fuego."
Mi sugerencia para huir de las repeticiones "¿Un brujo? Sabía que los chamanes tenían a su alcance cierta cantidad de magia, pero desconocía cuáles eran sus límites y si eran capaces de ejecutar hechizos de fuego."
-"Tenían que encontrar una forma de descubrir qué era Rufus, que mostrara su verdadera apariencia, porque ahora estaba convencido de que su apariencia humana no era más que un espejismo"
"Tenían que encontrar una forma de descubrir qué era Rufus, que mostrara su verdadero ser, porque ahora estaba convencido de que su forma humana no era más que un espejismo" Pues nada, esperando haber sido de ayuda, me despido. _________________ "El que lucha contra nosotros nos refuerza los nervios y perfecciona nuestra habilidad". Edmund Burke.
Todos los presentes habían enmudecido. Elvián sostenía la mirada de Golganth, que había dejado la boca abierta por la sorpresa. El dragón se rascó la cabeza pensativamente, intentando buscar las palabras a decir, pero el estupor le impedía pensar con claridad. ¿Simular su muerte? ¿Eso en qué ayudaría a las gentes de Mallowley? ¿En qué le ayudaría a él mismo? Cuando finalmente se lo preguntó, el príncipe sonrió con confianza.
—Es muy sencillo —dijo—. Rufus desea tu muerte, parece que es algo vital en sus planes. Si él piensa que has muerto, es posible que se quite su disfraz y nos revele su verdadera naturaleza.
—Sí, ahora lo veo claro —replicó Golganth—. Eres muy astuto, ¿lo sabías? Sólo le veo un problema a tu plan. Si Rufus se muestra realmente como es, es posible que los aldeanos corran peligro.
—Ya había pensado en eso —dijo Elvián—. Podrías quedarte cerca de la entrada de la caverna, y atacar a Rufus en el momento en que se transforme. Para no levantar sospechas, sería buena idea simular que estamos luchando.
—Sí, me gusta tu plan —dijo Golganth—. Y también estaría bien manchar tu espada con mi sangre. Para eso tendrás que hacerme un buen tajo en el vientre.
Todos se quedaron mirando al dragón, sorprendidos, mientras él dibujaba en sus fauces algo parecido a una sonrisa.
—Pero yo no puedo obrar de ese modo —tartamudeó Elvián—. ¿Un tajo en el vientre de un dragón no es una herida fatal?
—No te preocupes por eso —repuso Golganth—. Conozco un lugar donde puedo sanar mis heridas, aunque esté moribundo. No está lejos. Sólo allí permitiré que el filo de tu espada atraviese mi carne. ¿Qué tal si nos ponemos en marcha?
—Espera, aún no tengo claro tu plan —dijo Elvián—. Aunque lo que digas sea cierto, dudo mucho que una simple espada como la mía sea capaz de inferir daño alguno en una bestia tan formidable como tú.
—Pero el caso es que la tuya no es una simple espada —dijo Golganth—. Es una espada mágica. Desde aquí puedo oler el acero de los enanos y la magia élfica. No hay armas mágicas más poderosas que las fabricadas por medio de la colaboración de elfos y enanos. ¡No perdamos más tiempo!
—¿Puedo ir con vosotros? —preguntó la chica que se había enfrentado a Elvián—. Me gustaría ver ese lugar a mí también.
—Desde luego que sí, mi dulce Steff —respondió Golganth—. ¡En marcha!
El dragón se dirigió a un pasillo ancho, en el lado opuesto por el que había llegado Elvián, y comenzó a caminar, seguido de cerca por sus dos acompañantes. El gigantesco reptil andaba más despacio, pero sus robustas patas abarcaban más espacio, así que más o menos avanzaban al mismo ritmo. Los pasos de Golganth resonaban como cañones en el campo de batalla. Elvián y Steff le seguían algo más rezagados, caminado el uno al lado del otro. De vez en cuando, la muchacha clavaba sus ojos en el rostro del príncipe, y éste no era ajeno a las miradas furtivas de ella. La chica se rascó con nerviosismo la coronilla y, antes de ponerse a hablar, tosió con delicadeza para llamar la atención de su compañero.
—Oye, Elvián —dijo—. Quería pedirte disculpas por mi comportamiento de antes. Creo que fui injusta contigo.
—No tienes por qué disculparte —respondió el infante, sonriente.
—Sí, tengo que hacerlo —replicó Steff—. Atacaste a Golganth porque pensabas que era un dragón maligno, y cualquiera en tu situación habría pensado lo mismo. Solo actuabas impulsado por motivos honorables, aunque fuesen erróneos. Yo, en cambio, te estuve tratando con desprecio, incluso cuando te ofreciste a ayudar. Te pido perdón por ello.
—Y yo acepto tus disculpas —dijo Elvián—. Tu actitud fue muy normal, solo te preocupabas por aquel que veló por vuestra seguridad durante todos estos años.
De pronto, el dragón detuvo su avance y se giró hacia el príncipe y la muchacha.
—Atención, hemos llegado —dijo.
Cuando entraron en la nueva estancia, Elvián y Steff se quedaron boquiabiertos y maravillados. Miles de cristales verdes, azules y rojos surgían del suelo, paredes y techo. Pero lo más asombroso de todo es que los cristales cambiaban de color aleatoriamente, y destellos de luz manaban de ellos e iluminaban los rostros de los presentes. Golganth agarró uno y lo arrancó del suelo para mostrárselo a sus compañeros.
—Es… es precioso —murmuró Steff mientras pasaba los dedos por su superficie.
—Sí, lo es —admitió Golganth, y miró a Elvián—. Tú eres un príncipe, así que supongo que has tenido una formación ejemplar y has estudiado cosas como esta. Dime, ¿sabes qué es esto?
—Creo que sí —dijo Elvián—. Nunca he visto uno real, pero creo que es un Cristal del Dragón. Neptar los fabricó para sanar las heridas de los dragones, incluso aquellas mortales de necesidad. He visto ilustraciones de ellos en mis libros de texto.
—Muy bien —dijo Golganth—, veo que te has aplicado en tus clases. Efectivamente, esto es un Cristal del Dragón, y es lo que usaré para recuperarme después de que me rajes la barriga. Adelante, estoy listo, desenvaina tu espada.
El príncipe dudó durante un instante. No quería hacer daño al dragón, aunque sabía que con la ayuda del cristal se curaría en seguida. Después agarró la empuñadura de la tizona y tiró con fuerza. La hoja cedió sin esfuerzo y rápidamente estuvo liberada de la vaina. Golganth tragó saliva y se irguió sobra las patas traseras y mostró su abdomen desnudo. Elvián se acercó lentamente y estiró la cabeza hacia arriba para contemplar la cabeza del dragón, que cerraba con fuerza los ojos y apretaba las mandíbulas. El vientre estaba bastante alto, pero con un buen salto lo podrá alcanzar. Suspiró, agarró la espada con ambas manos y atacó.
El filo atravesó fácilmente la carne e hizo un corte hacia abajo. Golganth rugió de dolor, obligando a Steff a taparse los oídos. Elvián no podía hacerlo, por lo que recibió toda la fuerza del grito del dragón. Cuando aterrizó en el suelo todavía resonaba en sus tímpanos el aullido de la bestia, quien rápidamente introdujo el cristal en la herida abierta. Éste se deshizo dentro y una luz verdosa cubrió toda la herida. Cuando el resplandor se desvaneció, estaba sanada. Golganth jadeó unos instantes mientras se acariciaba la panza.
—Diablos, eso duele —gruñó—. No es una experiencia agradable, pero ya es cosa del pasado. Y lo más importante es que la espada está bañada en sangre.
—Sí, nos ha salido bien —dijo Elvián—, pero no me gustaría tener que repetirlo.
El príncipe se rascó el interior de los oídos para atenuar el pitido que todavía resonaba en sus adentros y se dispuso a introducir la espada en la funda.
—Detente, insensato —dijo de repente el dragón—. Ni se te ocurra envainar la espada. ¿No te das cuenta de que mancharás la vaina y la espada estará más limpia? A nadie se le ocurriría envainar una espada antes de limpiar la sangre.
—Sí, tienes razón —dijo Elvián—. No sé en qué estaba pensando. Menos mal que me has avisado a tiempo. Ya sabes, la costumbre y eso. Si todo ya está en orden, sería mejor que nos pusiéramos en marcha para completar el resto del plan.
—Quiero ir con vosotros —dijo Steff—, no sé en qué podría ayudar, pero quiero hacerlo. Quiero devolver el favor que nos hizo Golganth.
—Eso no puede ser, mi dulce Steff —dijo el dragón—. Es demasiado peligroso. ¿Quién sabe de los poderes que puede poseer ese maldito Rufus? ¿De las maldades que es capaz de cometer? No, Steff, lo siento, pero no puedes venir con nosotros. No me perdonaría si te ocurriese algo.
—Pero yo… —protestó Steff.
—No te preocupes por nada —dijo Elvián—. Te aseguro que el plan funcionará. Rufus mostrará su verdadera forma y Golganth se encargará de él en un santiamén. Todas podréis volver a vuestras vidas. Te acompañaremos hasta la sala del tesoro de Golganth, pero será mejor que te quedes allí con las otras muchachas.
Steff asintió con timidez, y juntos abandonaron la estancia de los Cristales del Dragón. La muchacha se veía abatida, pero no protestó y caminó sin rechistar con los otros. Sin embargo, sus pensamientos estaban en plena ebullición. Ellos no querían que los acompañase, pero ella se las arreglaría para asistir.
Docan Adwond, Rand y Rufus esperaban en el exterior de la caverna. Por alguna razón algo incomodaba al viejo chamán. Daba furiosos paseos de un lado al otro, con gesto inquieto y algo irritado. Sus acompañantes no estaban precisamente tranquilos, pero la actitud del anciano rozaba la obsesión. De vez en cuando se detenía para echar un rápido vistazo al interior de la gruta, pero enseguida maldecía por lo bajo y volvía a sus paseos. Docan y Rand se sentaban en sendas rocas, mirando preocupados al chamán. Fue finalmente Rand quien se enderezó y se acercó a él para tratar de calmarle.
—Tranquilícese, señor —dijo—. Debe confiar en Elvián. Parece un buen guerrero y tiene la espada que usted predijo que llegaría a Mallowley, aquella que acabaría con la vida del dragón.
—¿Qué me tranquilice? —espetó Rufus—. ¿Sabes el tiempo que ha pasado desde que entró ahí? ¿Qué pasa si ha muerto? ¡Y nosotros esperando como idiotas!
Su tono de voz había sonado muy agresivo, y Rand dio un paso atrás. El chamán clavó la mirada en el suelo con gesto afligido y se dirigió de nuevo a su compañero.
—Tienes que perdonarme —dijo—, no debería haberte hablado así. Solo que me siento responsable por el destino del muchacho. Después de todo, fui yo quien le pidió que acabase con el dragón. Si algo le ocurriera, yo…
—¡Callad un momento! —exclamó de pronto Docan mientras se llevaba una mano a la oreja para oír mejor—. ¿No lo oís? Parecen como pasos, pasos de algo enorme.
Rufus se acercó a la entrada de la cueva y se concentró. Sí, algo gigantesco se acercaba a buen ritmo, casi corriendo. Pero había algo más. Creía distinguir el sonido de algo cortando el aire. Y entonces cayó en la cuenta. Realmente aquel chico de rubios cabellos y porte refinado, tal vez demasiado, se estaba enfrentando a Golganth. Aprovechó que nadie le podía ver la cara para esbozar una sonrisa maliciosa.
—¿Qué ocurre, señor? —preguntó Rand.
El chamán se volvió a su compañero, con la esperanza reflejada en el rostro, y dijo lleno de júbilo:
—Es aquel muchacho, es Elvián. Está luchando contra el dragón. Y se está acercando. Apartémonos de la entrada, puede ser peligroso.
A una distancia prudencial y ocultos tras una roca, los tres hombres observaban la boca de la gruta. Los pasos habían ganado en intensidad, y pronto también resonaron los rugidos de la bestia. De pronto, una terrible llamarada surgió del interior de la caverna. Luego se hizo el silencio, y Rufus bajó la cabeza, abatido. Parecía que el joven había caído bajo las garras de la bestia. No es que lamentara la muerte de Elvián, pero eso suponía un duro golpe para sus planes.
De pronto, Golganth volvió a rugir colérico, y sus pasos retumbaron en la montaña. Eso significaba que después de todo continuaba la batalla.
—¿Cómo has logrado evitar mi aliento flamígero? —oyeron desde su escondite—. ¡Te aplastaré como a una mosca!
Lo siguiente que captaron mejoró el ánimo de Rufus. Después de unos cuantos gritos y golpes estruendosos, el dragón rugió de nuevo, parecía que de dolor. Luego, algo inmenso se desplomó en el interior de la cueva. El chamán y sus compañeros aguantaron el aliento, sin tener aún las agallas suficientes para salir de su escondrijo. Alguien caminaba hacia la entrada. Podían oír sus pasos, pero no se atrevían a hacer una suposición sobre el vencedor del combate.
De repente, una silueta surgió de la caverna. El anciano hizo acopio de valor y se asomó tímidamente. Elvián caminaba lentamente, con el pelo enmarañado y el rostro sudoroso. Todavía blandía su ensangrentada espada, y un brillo en sus ojos indicaba que todo había salido bien. Poco a poco, los otros dejaron el escondite y se acercaron a él.
—Elvián, ¿has…? —murmuró Docan Adwond.
—¿Si he matado al dragón? —preguntó Elvián, anticipándose al posadero—. Sí, lo he conseguido. Ya no os volverá a molestar.
—Sí, puedo ver la sangre de tu espada —dijo Rufus—. Efectivamente, es sangre de dragón. ¿Sabes? Estaba empezando a preocuparme, pero finalmente ha salido todo a pedir de boca. Me gustaría ver su cuerpo.
—No te recomiendo entrar —dijo Elvián—. Antes me he encontrado con un golem de las cavernas. Puede haber más, es peligroso.
—Bueno, si no me equivoco, esa sangre procede de su abdomen —replicó Rufus—. Es suficiente prueba para mí, aunque por otro lado…
Algo semejaba perturbar al anciano. Se alejó unos pasos con la mano en el mentón, como si divagase. Durante un rato no dijo nada, mientras sus compañeros hablaban con Elvián. Súbitamente, alzó la mirada y se dirigió con paso firme al príncipe.
—Elvián, ¿me permites ver la espada? —preguntó.
—Sí, claro, Rufus —contestó el infante, intrigado—. ¿Quieres comprobar algo?
Tendió hacia el anciano la espada, y Rufus estudió con atención el filo. Ante el estupor de los presentes empezó a olisquear la sangre. Cuando volvió a mirar al príncipe, toda amabilidad había desaparecido de su rostro. Sin previo aviso, le cruzó la cara con el canto de la mano, y Elvián salió despedido hacia un lado. El infante gimió y se acarició la mandíbula. Le dolía como si un oso le hubiera dado un zarpazo. Golganth tenía razón. Aquel afable chamán no era un hombre. El golpe que le había propinado tenía una fuerza sobrehumana.
—¡Señor Rufus! ¿Por qué ha hecho eso? —exclamó Rand.
—¿No es evidente? —replicó el anciano—. Este muchacho nos ha traicionado, ¡se ha aliado con el dragón!
—¿Está seguro de eso? —repuso Docan—. Hemos oído cómo luchaban, y usted mismo ha reconocido que la sangre de su espada proviene del abdomen de un dragón.
—Sí, pero esa sangre tiene por lo menos media hora —dijo Rufus—. Una herida en el estómago de un dragón es mortal de necesidad, pero ahí estaban Elvián y Golganth, luchando como si nada. Apuesto a que en esa cueva hay Cristales del Dragón.
Elvián se incorporó con dificultad y miró al suelo. Varios metros más allá estaba su espada, que había dejado caer mientras se precipitaba contra el suelo. Se llevó una mano a la dolorida mandíbula y aguardó.
—¿Qué propone hacer? —dijo Rand.
—Es un traidor —dijo Rufus—, y la traición es un crimen que se paga con la vida —miró al príncipe—. Elvián de Parmecia, te declaro culpable por los cargos de traición, y tu ejecución será inminente. Rand, Docan, cogedle. Voy a encargarme de esto personalmente.
Al principio, tanto Docan como Rand se quedaron inmóviles, sin estar muy seguros de lo que hacer. Pero una severa mirada del chamán les obligó a reaccionar, mientras él extraía una daga de su túnica. El príncipe se resistió como una bestia acorralada cuando los hombres le agarraron por brazos y piernas.
—¿No os dais cuenta? —gritaba—. Este pusilánime farsante os ha embaucado a todos. Las doncellas están vivas y a salvo, bajo la protección del dragón. Es Rufus quien es el verdadero monstruo aquí.
—La gente dice cualquier cosa con tal de salvar la vida —dijo Rufus—. No os dejéis engañar por el veneno de este individuo.
Pero a pesar de que tanto Docan como Rand trataban de inmovilizarle, la fuerza de Elvián era demasiado para ellos. Luchaba con tanto ímpetu que Rufus finalmente perdió la paciencia y estiró un brazo hacia él. Inmediatamente, Elvián sintió una especie de corriente eléctrica y su cuerpo quedó inmovilizado. Rufus blandió de nuevo la daga y se acercó lentamente al infante. Antes de izar la daga sobre su cabeza, el anciano acercó sus labios arrugados a la oreja de Elvián y dijo entre susurros:
—La verdad es que era un buen plan. Es una lástima par ti que sepa tanto sobre la sangre de los dragones —luego levantó el cuchillo y gritó—. ¡Prepárate para irte al Infierno, traidor!
Justo cuando empezaba a bajar la daga para infligir el golpe fatal, un terrible rugido detuvo su mano. Alarmado, desvió la mirada hacia la entrada de la gruta para descubrir que Golganth salía corriendo de su interior. Se enderezó sobre sus patas traseras y observó con furia al chamán.
—¡Aléjate de Elvián o sufrirás mi cólera, monstruo! —gritó.
Docan Adwond y Rand sintieron que el terror inundaba sus corazones, e instintivamente huyeron juntos hacia el escondite. Rufus parecía más sorprendido que asustado, y retrocedió dos pasos. Elvián, a su vez, se vio liberado del control mágico del anciano y se alejó lo más posible de él.
—Esto sí que no me lo esperaba —dijo Rufus—. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos cara a cara, Golganth. Se suponía que tenías miedo de mí.
—Y todavía lo tengo —respondió el dragón—, pero no puedo permitir que hagas daño a Elvián. No puedo abandonar a mis amigos. Si es necesario me enfrentaré a ti, tú eres el verdadero peligro y el auténtico destructor de Aldmarsh.
Rand se asomó a la roca y observó la escena, confundido. Rufus le devolvió la mirada.
—No dejes que este monstruo nuble tu razón —dijo—. Solo quiere engañarte, amigo mío. Recuerda a todas esas muchachas que abrasó con su aliento de fuego. Si lo que dice fuera la verdad, no lo habría hecho.
—Y no lo hice —replicó Golganth—. Elvián dijo la verdad. Todas están a salvo.
—¿Seguro? —dijo Rufus—. ¿Qué hay de tu primera víctima? Sé que ella ha muerto. ¡Yo vi cómo acabaste con ella! ¡Cómo la abrasaste viva!
—Eso no es verdad —replicó Golganth—, y eso tú lo sabes bien.
—Lo único que sé es lo que vieron mis ojos. Tú la mataste, igual que a las otras. ¡Admítelo de una vez!
—¡El único que intentó matarme fuiste tú! —gritó de repente una voz femenina.
Todos giraron repentinamente la cabeza hacia la boca de la caverna. Allí, mirando con ojos coléricos y desafiantes al chamán, Steff contemplaba la escena con los brazos en jarras. Los presentes estaban sorprendidos, pero el asombro era mayúsculo en el anciano, Docan Adwond y Rand. Rufus retrocedió un par de pasos, con los ojos abiertos de par en par y sin ser capaz de articular palabra. Mientras balbuceaba miraba a la muchacha, que todavía mostraba un aire desafiante.
—Es… esto no… no puede ser —consiguió decir—. Yo… yo te maté. ¡Deberías estar muerta!
—Y lo estaría, de no ser por Golganth —dijo Steff.
—¿Pero cómo? —replicó Rufus—. Mi fuego debería haberte consumido. Cuando volví a la columna del sacrificio te habías liberado de tus ataduras y justo después de que entraras en la cueva te lancé mi fuego. Es imposible que pudieras sobrevivir a eso.
—Afortunadamente para mí, Golganth esperaba en la entrada de la cueva —dijo Steff—. Él me protegió de tu fuego bloqueando las llamas con su cuerpo. Golganth no es ningún monstruo. El único monstruo que veo aquí eres tú.
Ocultos detrás de la roca, Docan y Rand seguían mirando. Este último estaba especialmente afectado. Había culpado de la destrucción de su pueblo al dragón, pero ahora comprendía que el verdadero asesino de sus seres queridos era Rufus, el afable chamán al que había servido durante tantos años. Sintió ganas de llorar, pero a este sentimiento se sobreponía el odio que sentía hacia el anciano. De pronto, Rufus se echó a reír.
—De acuerdo, me habéis descubierto —dijo—, pero eso poco importa. Aún estoy a tiempo de matar a los testigos, y toda la culpa recaerá sobre ti, Golganth. Eso hará que la gente de Mallowley se deje influir todavía más por mí. Es una pena por Rand, creo que llegué a sentir por él algo parecido al aprecio. Pero no nos adelantemos, primero me encargaré de esa perra.
El chamán aspiró una bocanada de aire. Sus ojos se tornaron rojos y de golpe expulsó por la boca un torrente de fuego rojo. Rápido como un rayo, Golganth se interpuso entre Steff y las llamas, y estas golpearon su cuerpo con furiosa crueldad, como había ocurrido en el pasado. De pronto, una certeza cruzó el cerebro del dragón. Giró la cabeza hacia el chamán, que sonreía perversamente mientras se preparaba para un nuevo ataque.
—Tendría que haberlo supuesto hace mucho tiempo —dijo—. Ya sé lo que eres.
—Por fin lo entiendes —dijo Rufus—. Te ha llevado más de lo esperado, y eso siempre ha jugado en mi favor.
—¡Elvián! —dijo Golganth—. Te he dicho que Rufus no es un dragón, pero eso no es cierto al cien por cien.
—¿A qué te refieres? —preguntó el príncipe—. No logro extraer el significado detrás de tus enigmáticas palabras.
—Tu amigo se refiere a esto —respondió Rufus—. Observa bien, porque será lo último que veas en tu vida.
El anciano arrojó el cayado al suelo y apretó los puños mientras cerraba los ojos con fuerza. Empezó a escucharse un sonido parecido al crujido de los huesos de los nudillos, y el cuerpo del chamán pareció ganar en tamaño. Su túnica se rasgaba a la vez que sus músculos se hinchaban. Las uñas, antes cortas y blancas, se alargaron y ennegrecieron. Mientras su barba y cabellos canosos se retraían hasta desaparecer, su piel se tornó verdosa y escamosa. Cuando por fin abrió unos ojos de pupilas amarillas, se había convertido en una criatura de rostro como rostro de reptil.
—¿Qué es eso? —exclamó Elvián—. ¿De qué tipo de engendro se trata?
Los draconianos. Elvián había oído hablar de ellos. Mitad hombres, mitad dragón, los draconianos se encargaban de asegurar la supervivencia de los dragones. La leyenda decía que un día el Rey Dragón escaparía de su prisión, y que los draconianos comandarían a los dragones en la batalla final que acabaría con la derrota de tan formidable enemigo. Eso colocaba a los draconianos en el bando de los buenos. Sin embargo, ante ellos se mostraba uno que no solo era malvado, sino que tampoco dudaba en atacar a un dragón, al que en teoría tendría que proteger.
—¿Por qué, Rufus? —fue lo único que pudo decir Elvián.
—No me llames Rufus, humano —replicó el monstruo—. Mi nombre real es Rufusmaug.
Su voz sonaba parecida a la que tenía cuanto se presentaba con el aspecto de un anciano, pero era más gutural y agresiva.
—¿Quieres saber por qué, humano? —continuó—. Supongo que puedo decírtelo. Después de todo, vais a morir. ¿Por qué debo servir a los dragones? ¿Por qué debo servir a unas criaturas que malgastan su inmenso poder en proteger a unos seres tan débiles y patéticos? Los humanos sois una lacra, una especie tan corrupta y egoísta que no duda en sacrificar a sus hijas para salvar el pellejo. Eso lo comprendió el Rey Dragón hace miles de años. La razón por la que quiero matar a Golganth es para absorber su poder, añadiéndolo al mío y así ser capaz de romper el sello que mantiene encerrado en la Otra Dimensión al Rey Dragón.
—¿Estás loco? —exclamó Golganth—. ¿Liberar al Rey Dragón? Has traicionado todo por lo que luchó Neptar al crear a los dragones. Tú y aquellos que se aliaron con el Rey Dragón. ¡Coge tu espada, Elvián!
El príncipe obedeció y se reunió con su amigo, que todavía protegía con su cuerpo a Steff.
—Bien, tú y yo nos encargaremos de Rufusmaug —dijo.
—Me temo que yo no seré de mucha ayuda —replicó Golganth—. El fuego del draconiano me ha alcanzado de lleno, y tardaré un rato en recuperarme. Pero tú eres perfectamente capaz. Si podías vencerme a mí con tu espada mágica, también puedes vencerle a él.
—Esperad un momento —exclamó Steff, y corrió de vuelta a la cueva. Cuando regresó traía consigo un escudo de plata que lanzó al príncipe, quien lo cogió al vuelo—. Lo he cogió de entre los tesoros de Golganth. Espero que no te importe.
—No, mi querida Steff —respondió el dragón—. Por supuesto que no me importa. Además, será de mucha ayuda. Las runas que tiene inscritas sugieren un origen mágico.
—Está bien, entonces lucharé —dijo Elvián, y miró a Docan y a Rand—. Vosotros dos, será mejor que volváis al pueblo.
—¡De aquí no se mueve nadie! —gritó Rufusmaug—. ¡Esta será la tumba de todos vosotros!
El draconiano se giró hacia el escondite del posadero y del muchacho y se preparó para expulsar una bocanada de fuego. Pero Golganth se adelantó y escupió su aliento flamígero. Con un ágil salto, Rufusmaug esquivó las llamas. Fue entonces cuando Elvián se lanzó al ataque. La rapidez de los primeros mandobles sorprendió al draconiano, que a duras penas consiguió evitar. Pegó un brinco para alejarse de él y extendió un brazo con el fin de aplicar su magia paralizante, pero no tuvo efecto sobre el príncipe. Comprendió lo suficientemente rápido como para esquivar otra embestida del infante que su espada mágica le protegía de sus podres. Entonces tendría que tomar otras medidas, y Rufusmaug sonrió mientras se preparaba para hacerlo.
Arqueó el cuerpo hacia atrás y después se echó hacia delante mientras expulsaba una profunda bocanada de fuego. Elvián había adoptado una posición en la que se veía incapaz de esquivarlo, así que instintivamente se protegió con el escudo. Las llamas golpearon con fuerza la superficie de plata y, cuando el fuego por fin se extinguió, el escudo no presentaba ni la más mínima magulladura. Ni siquiera estaba caliente al tacto.
—Ya te dije que esas runas eran mágicas —dijo Golganth—. Ahora no te despistes y acaba con ese draconiano.
Rufusmaug apretó los dientes y recogió el cayado. Inmediatamente, este se convirtió en una espada bastarda.
—Te aseguro que esto no quedará así —dijo—. Veamos lo que eres capaz de hacer.
Y entonces se lanzó al ataque. Elvián detuvo la primera estocada, y se sorprendió de la fuerza empleado por el monstruo. Rufusmaug continuó dando sablazos a diestro y siniestro, obligando al príncipe a retroceder. Pronto le empezaron a doler los brazos, como había ocurrido mientras luchaba contra el golem, pero la fuerza de la que hacía gala el draconiano era mucho mayor. Le fue mejor cuando empezó a detener el acero del rival con el escudo. Parecía que la magia de la rodela absorbía la potencia de los impactos. De vez en cuando, Rufusmaug regurgitaba una bocanada de fuego, pero Elvián también se defendía de ella con el escudo.
Sin previo aviso, el monstruo le dio una patada en el pecho. El príncipe voló unos metros antes de caer al suelo, aunque esta vez evitó que la espada se le escapara de las manos. Se levantó justo a tiempo de bloquear otro ataque del draconiano. Mientras los aceros entrechocaban, provocando un molesto e irritante ruido metálico, Rand y Docan Adwond habían emprendido la huida, y ya estaban descendiendo por la ladera. Steff cuidaba de Golganth. Se había negado en redondo a abandonarle, y más ahora que el dragón estaba herido.
Aprovechando un pequeño error de Rufusmaug, Elvián contraatacó. El draconiano era muy fuerte, pero tanto la velocidad como la técnica del príncipe eran superiores. El draconiano no se esperaba una reacción como esa, y otra vez se vio retrocediendo mientras detenía los mandobles con problemas. Si conseguía que soltara la espada podría vencerle con facilidad.
Durante un rato más estuvieron haciendo bailar las espadas. Unas veces dominaba el combate Rufusmaug, y otras era Elvián quien llevaba la delantera. Patadas y codazos eran las tácticas del draconiano, mientras que un estilo elegante y eficaz eran las señas de identidad del príncipe. Steff y Golganth animaban al infante, y de vez en cuando el dragón le ayudaba escupiendo su aliento flamígero.
Entonces, al ver que Elvián había errado en uno de sus movimientos, Rufusmaug le propinó una tremenda patada en el pecho. El muchacho voló por los aires y aterrizó varios metros más atrás. Cuando su cuerpo golpeó el suelo soltó la espada, y el draconiano escupió sus llamas rojas. Elvián pudo pararlas con el escudo, que llevaba fijo al brazo, y se levantó de un salto. Pero antes de que pudiera recoger la tizona, el monstruo volvió a estirar el brazo. Inmediatamente, el cuerpo del príncipe quedó paralizado.
—Me temo que esto se ha acabado —dijo Rufusmaug—. He de admitir que has sido un adversario digno. Has aguantado mucho más de lo que esperaba, pero no ha sido suficiente. Este es tu final.
El draconiano sonrió y se echó hacia atrás, preparándose para una nueva descarga llameante. Sus ojos se pusieron rojos, y Elvián cerró los ojos, previendo el fatídico desenlace. Entonces, Golganth, superando el dolor que le provocaban sus heridas, se irguió sobre las patas traseras y expulsó sus llamas. Alcanzaron a Rufusmaug, que se vio obligado a usar su magia protectora, aunque el calor que irradiaba el fuego no le dejaron completamente ileso. Elvián se vio liberado de los poderes del draconiano y, sin perder un segundo, recogió la espada y se lanzó nuevamente al ataque.
Rufusmaug vio venir al príncipe e interpuso su arma, pero ante su estupor, cuando los dos filos se encontraron, su espada se quebró por la mitad, y Elvián dirigió la punta de su tizona hacia el pecho de la bestia.
—¡No, en el pecho no…! —gritó Golganth.
Pero Elvián no hizo caso, y el filo de la espada atravesó la caja torácica del draconiano, el punto más resistente de estas criaturas, y alcanzó el corazón. Rufusmaug abrió completamente los ojos y dijo antes de espirar:
—¿Cómo has podido…?
Luego se desplomó en el suelo, inerte y con una expresión de sorpresa dibujada en el rostro. Con algo de esfuerzo, Elvián extrajo la espada del cuerpo, limpió la sangre en las ropas del draconiano y la envainó. Luego se reunió con Steff y Golganth.
—¿Estáis bien los dos?
Ambos respondieron afirmativamente y el dragón miró el cadáver, pensativo.
—Pensé que no iba a funcionar —dijo—. Tu espada debe de ser muy poderosa si ha conseguido atravesar el pecho de un draconiano. Aunque ahora carece de importancia. Lo que cuenta es que has derrotado a Rufus, quiero decir, a Rufusmaug.
—Tú también tienes parte del mérito en la victoria. Si no me hubieses ayudado en el último momento, ahora estaría muerto. Y tú también, Steff. Este escudo me ha venido de perlas. Golganth, ¿eres capaz de desplazarte por ti mismo?
—Sí…, sí —respondió el dragón, preguntándose por qué en ocasiones el príncipe hablaba de aquella forma tan rara—. Me voy recuperando poco a poco de las heridas. Bueno, hay que ir a buscar a las demás muchachas. Si me traéis un Cristal del Dragón de paso, incluso podré acompañaros al pueblo.
—Eso está hecho, yo me encargo. Steff, ¿te quieres quedar con Golganth para cuidarle?
—Si no te importa, sí —dijo la zagala—. Vuelve pronto, por favor. Tengo unas ganas tremendas de ver a mis padres.
Elvián sonrió y asintió, y después entró a la carrera en la cueva.
Docan Adwond y Rand habían llegado al pueblo, e inmediatamente contaron a sus vecinos lo que había ocurrido. Al principio, los habitantes de Mallowley no daban crédito a lo que les decían. ¿Cómo iban a creerse que Rufus, aquel viejo chamán que tanto velaba por la ciudad, no era más que un monstruo? ¿Y que el dragón no era malvado? Poco a poco, Docan y Rand les fueron convenciendo de que sus palabras eran ciertas, y empezó a nacer un atisbo de esperanza en el corazón de la gente de la aldea. La posibilidad de volver a ver a sus hijas les llenaba de una deliciosa alegría, solo enturbiada por el temor a un fracaso de Elvián. Si el príncipe caía en combate, seguro que Rufus acababa por destruir la ciudad.
Fue entonces cuando empezaron a oír los pasos. Sonaban como los de varia gente caminando al unísono, y por encima de ellos había otros que retumbaban. Procedían de la montaña, y hasta allí corrieron los habitantes de Mallowley. Se quedaron de piedra cuando vieron la escena.
Abriendo la marcha estaban Elvián y Steff, y detrás de ellos les seguían seis muchachas. Todavía más rezagado, Golganth avanzaba despacio mientras transportaba el cadáver de Rufusmaug. Después de la impresión inicial, los padres reconocieron a sus hijas y llenos de emoción corrieron hacia ellas y las cubrieron de besos y abrazos, mientras que un hombre regordete y una mujer menuda salían disparados hacia Elvián y Steff. Hicieron caso omiso del príncipe y abrazaron a Steff. Todos lloraba de alegría, y el infante se sintió inmensamente conmovido.
Los otros ciudadanos miraban con temor al dragón, a pesar de que les habían dicho que no era malvado. Tanta atención parecía incomodar al reptil, que no sabía dónde posar los ojos. Elvián sonrió divertido a la vez que seguía la marcha hacia la plaza del pueblo, donde se reunieron todos. Docan y Rand se reunieron de nuevo con ellos.
—Te estamos eternamente agradecidos —dijo el posadero acercándose al príncipe—. Has salvado nuestro pueblo, a pesar de nuestro egoísmo al entregar a nuestras hijas al dragón.
—Y a mí me gustaría disculparme con todos —dijo Rand—. Yo era el que viajaba con Rufus, y el que os convenció de que era digno de confianza.
—Ninguno de vosotros tiene la culpa —respondió Elvián—. El único culpable era Rufusmaug. Quiero decir, Rufus. Él jugó con vuestras mentes, haciéndoos creer que hacíais lo correcto. Además, las mayores víctimas de todo esto sois tú y Golganth. Vosotros dos habéis perdido a vuestros seres queridos para siempre.
Rand gimió y bajó la mirada.
—Tienes razón —dijo—. No me queda nada, estoy solo…
—Eso no es verdad —replicó Steff tras liberarse de los brazos de su madre—. Nos tienes a todos nosotros. No vamos a dejarte solo.
—Tiene razón —dijo Docan—. Además, hiciste más por el pueblo que muchos de sus habitantes. Ayudaste a construir casas, y siempre ofreciste tu ayuda a las familias de las muchachas desaparecidas.
Rand miró un momento al posadero y le dio un abrazo. Entonces, Elvián se giró hacia Golganth y le preguntó:
—¿Y tú qué vas a hacer?
—He decidido que me voy a quedar permanentemente en la cueva de la montaña —dijo el dragón—. A partir de este momento, me convierto en el dragón protector de Mallowley. Y sí, Steff, puedes venir a visitarme siempre que quieras. Y más ahora que Elvián destruyó mi golem vigilante —miró al príncipe y sonrió irónicamente—. ¿Cuáles son tus planes?
—Por hoy, nada —contestó Elvián—, pero mañana cogeré mi caballo y seguiré mi camino. Todavía me espera un largo camino.
—¿Puedo preguntar a dónde te diriges?
—No estoy muy seguro. Se supone que hacia el oeste hay una ciudad perdida, y allí tengo que encontrar un objeto muy importante para mí.
Golganth arqueó la rugosidad sobre sus ojos y se rascó la cabeza, pensativamente.
—¿Una ciudad perdida? —murmuró—. Escucha, hace muchos años, antes de que hubiera llegado a Mallowley, sobrevolé lo que parecía un reino en ruinas. Puede ser eso lo que buscas.
—Sí, es posible que sea lo que busco —dijo Elvián mientras se acariciaba el mentón—. ¿Está muy lejos el reino devastado por el paso inexorable del tiempo del que hablas?
—Bueno, si cuentas con un caballo rápido y te paras poco, tal vez llegues en dos meses —dijo Golganth, y se estremeció. Otra vez el príncipe hablaba de ese modo tan raro—. Aunque tampoco te lo puedo decir con exactitud. No es lo mismo viajar volando que hacerlo con los pies en la tierra.
—Perfecto, te lo agradezco mucho, Golganth. Mañana mismo partiré.
—Entonces es posible que quieras acudir a la cena —dijo Docan—. He decidido organizar una cena en tu honor. La haremos al aire libre, porque también queremos que venga Golganth. Venga, Elvián, di que vienes. Seguro que estás hambriento.
En respuesta a la afirmación, las tripas del príncipe rugieron con fuerza. Al principio, el infanta se sintió absolutamente avergonzado, pero las carcajadas de loa aldeanos le contagiaron y acabó por reír él también. Aceptó de buen grado, así como el dragón.
Antes de ir al merendero improvisado que se había levantado en la plaza mayor, Elvián fue a las caballerizas para visitar a Trueno. El caballo relinchó de alegría al verle aparecer, y el príncipe le acarició el hocico, también contento. Al menos parecía que le habían cuidado bien, y eso fue todo un alivio. Había empezado a tener un poco de miedo cuando se descubrió que Rufus era un ser tan perverso y sanguinario. También se enteró de camino a la plaza de que habían enterrado el cadáver de Rufusmaug en el cementerio, en una tumba sin nombre.
La cena resultó de lo más amena. Todo el pueblo estaba presente, y la conversación era incesante. En general, se respiraba un ambiente de paz y felicidad. Elvián, Steff y Rand se sentaban juntos, y Golganth estaba en medio de las mesas. Le habían servido una vaca entera, y el dragón disfrutaba de la carne con entusiasmo. El príncipe rió y comió mucho, y al final de la cena le convencieron para dar un discurso. Usó palabras y expresiones tan rebuscadas (ya sabéis cómo era) que no tuvo más remedio que repetirlo de otra forma, digamos más normal. Cuando se retiraron a dormir, el príncipe atesoró en su corazón esos momentos. Sabía que no se lo iba a pasar tan bien en mucho tiempo.
Al día siguiente le fueron a buscar Rand y Steff. Después de asearse y tomar un desayuno rápido fue con ellos a las caballerizas a recoger a Trueno. Docan Adwond también quiso ir con ellos, así que dejó la posada en manos de una de sus hijas, no sin antes cargar con un gran fajo. Después de que el caballo se encontró fuera del establo, se dirigieron todos a la salida oeste del pueblo, donde Golganth esperaba.
—Saludos, Elvián —dijo el dragón—. Quería despedirme de ti personalmente. Has hecho mucho por mí, ¿sabes?
—No fue nada —respondió Elvián—. No me parecía correcto abandonaros en una situación tan sumamente delicada como en la que os encontrabais.
—Eso te honra —dijo Golganth—. Cualquiera en tu situación habría huido. En fin, te deseo todo lo mejor. Espero que tengas un buen viaje, y cuida tu forma de hablar.
—¿Qué cuide mi..? —repitió Elvián, confuso.
—Te quería dar esto —dijo Docan, entregándole el fajo—. No es gran cosa, solo un pequeño regalo por todo lo que has hecho por nosotros. Te será útil en un viaje tan largo.
Elvián abrió el paquete y descubrió que estaba lleno de víveres. Había fruta, carne y cebada para el caballo. Dio un abrazo al posadero y se giró hacia Steff y Rand.
—Fue un gran honor conoceros —dijo—. No nos conocemos de mucho tiempo, pero ya os considero mis amigos. Os prometo que os visitaré siempre que me sea posible.
—El honor es nuestro —dijo Steff—. No podemos agradecerte como te mereces todo lo que has hecho por nosotros. Te deseamos lo mejor.
Elvián sonrió y le dio un beso en la mejilla a Steff y un abrazo a Rand. Luego se montó de un salto sobre el lomo de Trueno y empezaron a traspasar la frontera. Antes de salir trotando por el camino, el príncipe miró por última vez a sus nuevos amigos y se despidió con la mano. Estos le devolvieron el saludo y observaron cómo la silueta del príncipe se recortaba contra el sol de la mañana antes de desaparecer en el horizonte.
Registrado: Jun 24, 2007 Mensajes: 1343 Ubicación: Coruña City
Publicado: Lun Jun 04, 2012 3:57 pmAsunto:
Me pongo con lo último que has escrito, iré señalando lo demás pero me temo que salvo algún detalle menor te mereces una gran palmada en la espalda.
-"Sonaban como los de varia gente caminando al unísono, y por encima de ellos había otros que retumbaban". Yo lo sustituiría por "los de una multitud caminando al unísono"
He visto este detalle muy frecuentemente, la repetición de los verbos. Puede resultar cansado al lector.
-"Elvián sonrió divertido a la vez que seguía la marcha hacia la plaza del pueblo, donde se reunieron todos. Docan y Rand se reunieron de nuevo con ellos. " Además de señalar defectos hay que dar soluciones así que:
-"Elvián sonrió divertido a la vez que seguía la marcha hacia la plaza del pueblo, donde se encontraban/congregaba todos. Docan y Rand se encontran entre ellos. "
Y los ya clásicos errores de un teclado rebelde.
-"Al principio, el infanta se sintió absolutamente avergonzado, pero las carcajadas de loa aldeanos le contagiaron y acabó por reír él también."
Pues nada, me iré pasando por el resto de entregas casi doy por seguro que mi informe será breve. Un saludo. _________________ "El que lucha contra nosotros nos refuerza los nervios y perfecciona nuestra habilidad". Edmund Burke.
Registrado: Jun 24, 2007 Mensajes: 1343 Ubicación: Coruña City
Publicado: Lun Jun 11, 2012 3:42 pmAsunto:
Paso a "La batalla final". Obserbo elementos repetidos:
-"Cuando regresó traía consigo un escudo de plata que lanzó al príncipe, quien lo cogió al vuelo—. Lo he cogió de entre los tesoros de Golganth. El primer "cogió" lo sustituiría por "atrapó".
-"No, mi querida Steff —respondió el dragón—. Por supuesto que no me importa". Aquí yo eleminaría el "no me importa" para añadirle agilidad al texto.
-"Comprendió lo suficientemente rápido como para esquivar otra embestida del infante que su espada mágica le protegía de sus podres." Supongo que te traicionó un teclado rebelde y querías poner poderes. Pues nada, con una muestra, me despido. _________________ "El que lucha contra nosotros nos refuerza los nervios y perfecciona nuestra habilidad". Edmund Burke.
Puede publicar nuevos temas en este foro No puede responder a temas en este foro No puede editar sus mensajes en este foro No puede borrar sus mensajes en este foro No puede votar en encuestas en este foro