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La antigua Vamurta
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Igor
Afincado
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Registrado: Mar 05, 2009
Mensajes: 451
MensajePublicado: Mie Nov 10, 2010 11:26 am    Asunto: Responder citando

Hola,
El libro no tiene fecha de salida aún... Está en fase de corrección, que como véis, buena falta le hace.

Prospector, pues es verdad lo de los espartanos, aunque hasta ahora no lo había visto. En realidad, al crearlos pensaba en otras cosas. Debe ser mi subconsciente, "obedeciendos sus órdenes".
Gracias por apuntillar la errata. ¡yyyy! Siempre hay alguna.

Dafd, sí, falta menos.

Un abrazo.


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dafd
Alcaide
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Registrado: Jun 05, 2007
Mensajes: 1614
MensajePublicado: Dom Nov 14, 2010 1:12 am    Asunto: Responder citando

Cita:
para que nadie los pueda tomar, muros que, frente a ellos, cualquier enemigo sentiría una inmenso desasosiego
Pues le sigo dando vueltas a esa frase que arranca a partir de muros. Es que no me cuadra, como si le faltara algo. Y qué tal sonaría muros frente a los cuales/ante los cuales cualquier enemigo sentiría un inmenso desasosiego. O si insistes en ese que: muros que cualquier enemigo sentiría afrontar, o incluso más preciso, sentiría sitiar. No sé, Igor, me parece que la frase no ha hecho el clic de ajustarse.

Cita:
como si nadie hubiera allí, dando tragos.
Ese dando tragos me chirría un poco, pero no lo puedo racionalizar.
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dStrangis
Cacique
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Registrado: May 08, 2005
Mensajes: 2126
Ubicación: Pons Ferrata et Helmantica
MensajePublicado: Dom Nov 14, 2010 11:43 am    Asunto: Responder citando

Cita:
para que nadie los pueda tomar, muros que, frente a ellos, cualquier enemigo sentiría una inmenso desasosiego


otra posibilidad para esta frase:
Cita:
para que nadie los pueda tomar, muros frente a los que cualquier enemigo sentiría un inmenso desasosiego


el "a ellos" es completamente innecesario.

Sólo añadir que, aunque la corrección todavía está en proceso, ya hay portada Rolling Eyes Very Happy


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Velkar
Afincado
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Registrado: May 31, 2008
Mensajes: 441
Ubicación: Donde se cruzan los caminos.
MensajePublicado: Dom Nov 14, 2010 12:48 pm    Asunto: Responder citando

dStrangis escribió:
Sólo añadir que, aunque la corrección todavía está en proceso, ya hay portada Rolling Eyes Very Happy


Esa sí que es una buena noticia!!!


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LA LEYENDA DE LEURELEY II YA A LA VENTA!!
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dafd
Alcaide
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Registrado: Jun 05, 2007
Mensajes: 1614
MensajePublicado: Dom Nov 14, 2010 6:06 pm    Asunto: Responder citando

Velkar escribió:
Esa sí que es una buena noticia!!!
Pues sí.
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Igor
Afincado
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Registrado: Mar 05, 2009
Mensajes: 451
MensajePublicado: Lun Nov 15, 2010 1:20 pm    Asunto: Responder citando

dStrangis es el culpable de todo esto.... Y yo un tío feliz que él sea el culpable.

dafd, me voy a mirar con lupa tus correcciones, que siempre son tan buenas. No me canso de aprender.

Velkar, cuando hayan fechas podré explicar un poco más cosas. Gracias por el apoyo, compañero.

Saludos.

Y no se pierdan el microrelato "Infieles", en su blog amigo,: http://epicavamurta.blogspot.com/2010/11/relato-breve-infieles.html

Y tengo pendiente subir aquí el cuento de "EL Canto de Ulam". Un poco lentorro sí que es el cuento, pero creo que tiene su gracia.
Saludos.


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Igor
Afincado
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Registrado: Mar 05, 2009
Mensajes: 451
MensajePublicado: Lun Dic 06, 2010 8:05 pm    Asunto: El Canto de Ulam Responder citando

Dejo un cuento de "Mundo Vamurta" en dos mitades. Espero que os guste, es algo lento, pero bueno.


El Canto de Ulam (1/2)

—Ulam… Ulam, ¡despiértate! —dijo su padre.
Hasta por la mañana hacía calor ese verano. Oyó el revuelo de las gallinas cuando el viejo cruzó el comedor, en el que también dormían. La luz entraba limpia, muy clara, por la puerta que el hombre había dejado abierta al salir. Ulam bostezó y saltó del camastro, dispuesta a devorar el pan con aceite que le había dejado sobre la mesa. Dio un manotazo a una de esas gallinas atrevidas que había osado acercarse a su desayuno y con la camisola se secó el sudor de la noche. Cuando acabó la comida, salió al patio trasero para saber qué podía esperar de aquel nuevo día. Allí estaba, solo, sentado sobre una gran raíz, arreglando uno de los lazos que de vez en cuando les proporcionaban una sabrosa perdiz de bosque.
—Buenos días —saludó con voz soñolienta.
—Hija, hoy hay que ir al bosque. Casi no nos quedan hierbas.
Era verdad, en la despensa de la casa los ramos de plantas medicinales había ido desapareciendo, vendidos junto a los huevos y la caza en el mercado de Verdela. Debía volver al bosque a por más. Ulam no se quejó. A sus ocho años bien sabía que sin las monedas del mercado no había bocado en su casa. Y ella era hija única, desde que un mal parto se había llevado, junto al dios Onar, a su hermano y a su madre, a la que no conseguía recordar.
—¿Podré jugar?
—¿En el bosque? No. Ya sabes lo que se cuenta. —Su padre guardó silencio, sus enormes manos intentaban cerrar un nudo de cuerdas delgadas—. Ya jugarás cuando vuelvas. Y acuérdate de la comida.

Ulam volvió a la choza y se calzó sus duras alpargatas. Había que partir pronto, pensó, pues el calor del mediodía no le gustaba. Cogió su flautín y se despidió de su padre. Atrás quedaron las casas del pueblo, muchas abiertas para dejar pasar el poco aire de aquel verano. Siguió el camino del sur, estrecho y polvoriento. Atrás dejaba su pequeña aldea de casitas de piedra y cal, aplastadas las unas contra las otras, como un rebaño de ovejas. Casas de payeses y humildes artesanos del corcho y del vidrio organizados alrededor de la plazoleta del pueblo, donde sobre la arena se levantaba un sencillo altar a Sira, quien velaba por la bondad de las cosechas.
A su izquierda veía los naranjos cargados de fruta, y a la derecha del camino, los campos de trigo, a punto para la siega. Ulam se sentía feliz aquella mañana, para ella el bosque era un laberinto en el que a cada recodo podía hallar un pequeño tesoro. Luego, cuando hubiera recogido suficiente artemisia, hinojo, salvia y con suerte algunos tallos de lavanda, podría volver y preparar la comida. Cuando llegara la tarde, por fin, saldría a buscar a sus amigos para ir a la orilla del río, allí donde los baños alejaban por un tiempo el verano.

Ulam podía oler el bosque, que se extendía hasta donde no llegaba su vista, hacia el sur y hacia el norte, en territorio murriano. Un enorme bosque de pino y encinas, de matojos duros y suaves lomas de laderas gastadas, que hacían que la arboleda pareciese, vista desde lejos, un mar dormido.
Entró en él, empezando a recorrer sus cámaras invisibles a la búsqueda de hinojo. Al abrigo de las encinas, el sol era clemente. Brisas surgidas de la nada recorrían su húmeda piel gris, refrescándola. Anduvo de aquí a allí, dando tumbos, pendiente de entrever las llamas lilas y amarillas de las flores sobre el manto aguado de los matorrales. Cerca de un pino viejo, consiguió un ramillete de artemisia, pero aquel día la suerte le era esquiva. A media mañana, con el sol alto filtrándose entre los ropajes de los árboles, apenas había reunido unos pocos tallos. Se había aventurado lejos de los confines de la fronda y no sabía muy bien dónde se hallaba, aunque sabía muy bien cómo volver a casa, siguiendo el camino opuesto al sol. Cansada de tanto andar, se sentó sobre una roca que irrumpía desnuda desde el suelo. Miró a su alrededor, dejando vagar su mirada entre ese ejército mudo de troncos rectos y brazos abiertos de un verde oliváceo. Acercó el flautín a sus labios, mojando un poco su madera seca. Las primeras notas se elevaron suaves entre las hojas, perdiéndose en el corazón del bosque. Tocó, hizo que la caña de su flauta vibrara con dulzura, tocó, enlazando las melodías que se sucedían unas detrás de otras hasta que el tiempo desapareció a su alrededor.

El sol del mediodía alcanzó su cenit. Se dio cuenta, al abrir los ojos, que volvía a sudar. Dejó su pequeño instrumento apoyado en la roca y levantó la cabeza. La miraban entre las encinas que tenía enfrente. Ulam se incorporó de golpe y agarró su flautín como si de una daga se tratara. ¿Qué eran? Antes de que sus piernas empezaran a alejarla de allí sonaron, alegres, las notas de otra flauta. No sabía qué hacer. Se disolvió aquella melodía y de entre aquel grupo brotó un nuevo cántico, y otro lo siguió a continuación. Veía, ante ella, una hilera de seres, de animales cubiertos con túnicas de color tierra y collares de cuero de diferentes gruesos como único atavío. Animales de piernas parecidas a las de los hombres, erguidas. Debía salir corriendo pero la curiosidad la retenía. Sus cabezas eran en algo similares a los cráneos de las gacelas meridionales, pero prácticamente carecían de pelo y sus labios eran finos y sonrosados. Se apagaron las flautas y, aún de pie, sin saber muy bien porqué, Ulam respondió con su flautín. Mientras su música discurría suave como un riachuelo, aquellos parecían escucharla, fascinados ¿O se lo imaginaba así?
Cuando calló, los otros guardaron silencio hasta que uno de ellos la replicó, rompiendo la tensión repentina que sintió Ulam. Los observó un poco más, dándose cuenta de que en algo recordaban a los murrianos que alguna vez había visto pasar cerca de su pueblo, en la frontera. Manos de tres dedos muy anchos, duros, cuerpos alargados y estrechos, unos pocos mechones de cabello negro cayendo hacia atrás, la frente alta. No parecían agresivos ni Ulam vio arma alguna, quizás fueran aquellos de los que se hablaba en la plaza del pueblo, en las noches de verano, cuando los vecinos se reúnen y beben naranjadas para ahuyentar el bochorno … Tras unas breves réplicas, Ulam recordó a su padre y todas las plantas que no había recogido. Hizo un gesto rápido con la mano a modo de despedida y volvió sobre sus pasos, casi corriendo. ¿Los volvería a ver? Nadie parecía seguirla, a sus espaldas le llegaba el tenue murmullo del calor en el follaje. Su cabeza hervía con tantas preguntas, estaba tan excitada que casi no se dio cuenta que ya había salido del cobijo de la arboleda.


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Ultima edición por Igor el Mar Dic 14, 2010 3:26 pm, editado 1 vez
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Igor
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Registrado: Mar 05, 2009
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MensajePublicado: Sab Dic 11, 2010 9:51 pm    Asunto: Responder citando

El Canto de Ulam (2/2=FIN)


Al llegar a casa juró no decir palabra a nadie, ¿quién la creería?, y menos a su padre, que no la entendería y del susto no la dejaría volver a aquella floresta nunca más. Quizás ahora hubiera encontrado unos que amaban la música como ella, y con quiénes no necesitaba hablar. Antes de cruzar la puerta de su casa se preguntó si los seres del bosque sabrían utilizar las palabras. Incluso se preguntó si lo que acababa de vivir no lo habría imaginado. Bebió el agua fresca del cántaro y puso patatas y calabacines a hervir. Pronto llegaría su padre del huerto, y llegaría hambriento.

Días después, volvió entre los árboles. Tras recoger un buen puñado de tomillo, se adentró. ¿Cómo volvería a encontrarlos? Tuvo una ocurrencia, era la única forma. Hizo sonar su flautín mientras iba avanzando, sorteando zarzas y matorrales. Pronto, oyó a lo lejos unas notas que respondían a sus señales. Había una alegría, un latir, en esa música. Ulam tocó y tocó hasta que las melodías se fueron enlazando entre los árboles y el cielo. De pronto los vio. Se volvió a asustar al ver aquellas cabezas de gacela tan cerca, pero la música hizo que su miedo se fuera disipando.
A ese hallarse siguieron otros, en los que Ulam aprendió a confiar en ellos. A veces eran tres o cuatro, a veces más, hasta diez contó un día. Ya no tocaban separados, se sentaban en círculos, aceptando a la niña, y en ocasiones hacían resonar flautines y flautas junto a pequeños tambores, quebrando el silencio agostado del bosque. Cuando Ulam tocaba, los hombres gacela parecían atender, mirándola con sus ojos de agua negra y sus hocicos derechos, hasta que uno repetía las notas y el siguiente las volvía a repetir introduciendo variaciones, marcando un timbre o alargando un pasaje, hasta que el canto de Ulam se transformaba en la voz de muchos, que era la voz de los montes y claros, de los campos al amanecer, del río que murmura en las noches junto al soplo de la brisa que discurre sobre las llanuras.
Su vida continuó con su secreto, aunque a muchos en su pueblo les extrañó que aquella chiquilla de trenzas apelmazadas hubiera aprendido tanto en el intrincado arte de la música.

Ulam jamás olvidaría el último encuentro. Aunque a medida que pasaron otros inviernos, más le parecía todo aquello que vivó algo al filo de la irrealidad, donde sus recuerdos se funden con los sueños y con un tiempo desaparecido. Fue a principios de aquel otoño, cuando los campos de trigo habían sido segados y faltaban pocos días para las fiestas que despiden los vientos cálidos del sureste y abren la ventana a los del norte. Ulam, como otras veces, había encontrado sus extraños amigos haciendo sonar su flautín, pero aquella vez le había costado mucho tiempo obtener una respuesta, así que tuvo que adentrarse en la espesura, hasta lugares que pocas veces frecuentaba.
Al encontrarlos, Ulam se sorprendió que aquella vez fueran tantos. Doce contó, sentados en la huella de lo que había sido una antigua laguna, escondidos de una mirada fortuita. Dejaron sitio a la niña gris, quien no había dejado de emitir breves juegos de notas. Cuando se sentó entre ellos, las respuestas se aceleraron y Ulam tuvo que hacer un gran esfuerzo para seguirlas, cada vez más rápidas, hasta que los trece instrumentos sonaron al unísono, como si iniciaran un rito ancestral y las melodías fueran invocaciones a lo que existe más allá del mundo visible, en algún lugar y en todos, sobre la piel en la que palpita una música inaudible. Ulam se estremecía, sin poder dejar que sus dedos saltarines bajaran y subieran sobre el suave tacto de la madera, sintiéndose ida, tocada por algo que no entendía, una circunferencia que giraba a su alrededor, que la separaba del mundo hasta hacerla comprender cosas que jamás hubiera pensado, viendo brillar en su ceguera rutas, luces, conexiones sin equivalentes, sintiendo que se alejaba de su propio cuerpo y empezaba a flotar en ese espacio de frontera en que las copas de los árboles se enroscan con el azul del cielo, y más allá…

Cuando despertó, era casi de noche. Al principio ni se dio cuenta de dónde estaba, ni tan siquiera se acordaba de sí misma. Había dormido sobre el suelo, protegida por un manto de flores, que al incorporarse se marchitaron, desvaneciéndose. ¡Ahora recordaba! Su padre ya la estaría buscando, acompañado de todos sus vecinos y los ruidosos perros de caza. Su corazón se asustó. ¿Qué les podría decir? Se levantó y empezó a andar deprisa hacia su casa. Por un momento sintió ira hacia sus amigos del bosque que la habían entretenido el tiempo que tarda el sol en cruzar el cielo. Si caía la noche se extraviaría y no sabría volver. Corrió entre las penumbras sin pensar en nada más que no fuera llegar lo más pronto posible a su pequeño hogar. La impaciencia la impulsaba, la hacía ser veloz, sorteando la masa de árboles que a momentos parecía cerrarse sobre ella, como si quisieran absorberla.

Tras una marcha que le pareció interminable, Ulam salió de la arboleda para alcanzar la senda del sur. El aire olía a grano quemando, a humo, a madera chamuscada. Inició, rápida, la ascensión del camino para llegar a la parte alta donde vería los campos sembrados y, en lontananza, los cubiles abigarrados de su aldea. Al llegar arriba divisó su pueblo en llamas, llamas que ascendían hacia el añil oscuro que antecede al crepúsculo. Jadeando, llegó hasta su casa, que era una pira centellante entre los muchos fuegos. Buscó y buscó sin encontrar a nadie. Incluso los pozos de los silos ardían, convertidos en enormes braseros a ras de suelo. Vio flechas y lanzas partidas por el suelo, clavadas en alguna pared que se había salvado del incendio, pero ni rastro de los suyos. Olor a muerte, silencio. Ninguna pista de su padre, nada. Los murrianos habían golpeado y desaparecido.
Ulam, presa de una infinita desorientación, volvió cerca de su choza. Allí se sentó sobre los hierbajos y empezó a tocar, sin importarle el tiempo, sin importarle lo que hacía. Lo que siguió, apenas lo recordaría. El tintineo de múltiples aceros en la noche, las voces graves de los hombres atraídos por la música de los ángeles. El destello de las llamas sobre las corazas de aquellos hombres grises que la contemplaban como a un milagro.
—¿Por qué la habrán perdonado? –preguntó una de las sombras.
Un hombre muy joven, derecho frente a ella, con furia y asombro en su mirada, marcaría su destino.
—Llevadla a Palacio, a Vamurta. Alguien así debe estar protegida, a salvo. Llevadla junto a Ermesenda, mi madre.


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Ultima edición por Igor el Mar Dic 14, 2010 3:25 pm, editado 2 veces
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Prospector
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Registrado: Jun 24, 2007
Mensajes: 1343
Ubicación: Coruña City
MensajePublicado: Dom Dic 12, 2010 1:55 pm    Asunto: Responder citando

Hola, recien leido debo hacerte unas anotaciones:
-"Y ella era hija única, desde que un mal parto se había llevado junto a Onar a su hermano y a su madre, a la que no conseguía recordar." En la primera lectura me confundió esta construcción. Pensé que habían muerto tres personas o que Onar había sido el nombre del hijo no-nato, ahora me doy cuenta de que Onar puede ser el señor del inframundo.
"Y ella era hija única, desde que un mal parto se había llevado al reino subterraneo del Sombrio Onar a su hermano y a su madre, a la que no conseguía recordar."

-"Su vida continuó con su secreto, aunque a muchos en su pueblo les extrañó que aquella chiquilla de trenzas apelmazadas hubiera aprendido tanto en el largo arte de la música." Mejor que largo, que no termina de sonarme, sugiero extenso, complejo, intrincado.

Y ya para mejorar la velocidad que tampoco es tan determinante en un relato que parece hasta pastoril, un perfecto enlace entre batalla y batalla sangrienta.

-"Su padre ya la estaría buscando, todos sus vecinos la estarían buscando." Para mí y la señora velocidad "Su padre ya la estaría buscando, acompañado de todos sus vecinos y sus ruidosos perros de caza".

Pues lo mejor para el final, no lo he encontrado pesado, las caracterizaciones casi se pueden oler. ¿que más se puede pedir?.


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"El que lucha contra nosotros nos refuerza los nervios y perfecciona nuestra habilidad". Edmund Burke.
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Igor
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Registrado: Mar 05, 2009
Mensajes: 451
MensajePublicado: Mar Dic 14, 2010 3:11 pm    Asunto: Responder citando

Pastoril, casi, ja, ja.

Muy buen análisis, portentoso. Y además, sobre cosas que ya daba por buenas. Pero un texto nunca acaba de ser bueno, es como dar vueltas en círculo.

Mucha razón con lo de Onar, que es uno de los dioses de Antigua Vamurta.

Y lo del "largo arte" de la música también lo cambio.
Muchas gracias, compañero.

Ah, lo de los perros de caza también me gusta mucho. Me siento como una garrapata.


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Registrado: Mar 05, 2009
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MensajePublicado: Mie Abr 06, 2011 9:37 am    Asunto: Responder citando

Leandra, una dama de frontera

Otra de las grandes protagonistas de la novela Antigua Vamurta es Leandra. Una poderosa dama de orígenes inciertos aposentada en su palacio-fortaleza de Villalaia. Desde allí, casi es capaz de controlar el mundo. Se trata de una mujer de carácter, hecha a sí misma, golpe a golpe. ¿Conocerá la piedad, Leandra?
La figura de Leandra está inspirada vagamente en aquellas formidables viudas romanas que heredaban el patrimonio de sus maridos muertos en combate. También, en algunas figuras de aquella rebelión medieval ubicada en el Milán del 1300, protagonizada por Maifreda da Pirovano y Guillermina de Bohemia. Aunque acabaron en la hoguera, durante veinte años Maifreda administró sacramentos y enseñó y gobernó en su nombre, ¡ahí queda eso!.
Pero Leandra, Leandra es única en su especie...



«Una gran pila de leña se consumía con estrépito, acentuando el silencio y la incomodidad con la que el Conde y Sara esperaban a su anfitriona, sentados en una mesa alargada, sembrada de velas. Luces pálidas y anaranjadas, sombras sobre la piedra de los muros desnudos, que convertían la espera en un hastío interminable. Aparecieron dos criados que llenaron sus copas con un vino aromatizado. Poco después entraba la señora, sonriendo, enseñando las palmas de sus dos manos delgadas, en señal de bienvenida. Se acercó al Conde para besarle las manos, moviendo su cuerpo ágil y esbelto, cubierto por una túnica que oscilaba sobre su carne como una hoja temblorosa. Sara se sorprendió de que alguien de las Colonias de dirigiera a Serlan utilizando los viejos ceremoniales de Vamurta. Serlan reaccionó alzándose y ofreciendo la silla de honor a su anfitriona.
—Señora, os lo ruego, por favor.
—Gracias, noble señor. Mi nombre es Leandra y como ya debéis saber, soy la señora de esta casa bendecida por Onar. Vos debéis ser Serlan ¿y tú debes ser Sara, verdad?
—Así es, señora —contestó la muchacha con voz quebradiza, intimidada por la fastuosa presencia de Leandra, que como un perfume intenso, llenaba todo el espacio. Los cabellos negros ensortijados, eran recogidos por una diadema de plata en la que brillaba una línea de esmeraldas. En los brazos finos y atléticos, se reflejaba el fulgor de dos grandes brazaletes de oro, seguramente extraído del Alto Crayón. El rostro, anguloso, aunque marcado por el tiempo, mostraba una extraordinaria belleza otoñal. Sus enormes ojos grises estaban puestos sobre un halagado Serlan, impresionado y agradecido por ser tratado como correspondía a su estamento, por alguien que también ostentaba una alta posición.
Leandra volvió a sonreír. Como sabría Sara con el tiempo, sonreír no significaba nada más que una forma de estar para aquella mujer opulenta, y bien podría ordenar el descuartizamiento de alguien con una de sus sonrisas amplias y cálidas.
—Es esta una noche muy especial para Villalaia, casi nunca nos visitan unos huéspedes tan distinguidos. Para honraros, he hecho cocinar las mejores viandas y se han abierto vinos valiosos. ¡Ah! Y las voces de dos doncellas nos acompañarán durante la velada.
Efectivamente, la cena estaba a la altura de los mejores banquetes de la corte de Vamurta. Sara observaba cómo la señora y el Conde se trataban con una sorprendente naturalidad y pronto comprendió que se entendían con fluidez, en parte debido a que Leandra sabía intuir los sentimientos de Serlan y sutilmente conseguía que éste se sintiera otra vez importante, como alguien que los dioses han señalado entre los hombres. Hablaron de muchos asuntos durante el ágape, mientras brindaban por cualquier razón y se deleitaban con la variedad de los platos que les iban sirviendo.»

http://4.bp.blogspot.com/-xN-7VJS95u0/TWURKiY6n4I/AAAAAAAAA_c/_5jtaXMNHww/s200/Leandra-dama-fantasia.jpg


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Igor
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Registrado: Mar 05, 2009
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MensajePublicado: Sab Abr 09, 2011 6:05 pm    Asunto: Responder citando

La mujer de nieve.

En las leyendas japonesas, Yukki Onna era un espíritu del mal. Pero en uno de los cuentos de fantasía nipones se muestra más humana, lo que llamó mi atención. En esta historia he querido rendir homenaje a este breve relato fantástico, La mujer de nieve, mezclándolo con el mundo de Antigua Vamurta. Un brebaje peligroso, sin duda, que quizás cause algún disgusto si se es fan de la literatura japonesa...



Yo era muy, muy joven. Apenas un chico. El primogénito de una estirpe de nobles de Vamurta. Al morir mi padre, mi madre siguió contestando al poder de la Corte. Ella desapareció y yo, como barón, promoví la Asamblea de Notables. Pero la Condesa ganó el pulso y huí, exiliándome en las Colonias, huyendo de las garras de Ermesenda. Y aquello fue una bendición. En aquellos tiempos las nuevas tierras eran para los hombres grises un horizonte nuevo, un lugar por explorar. La tierra prometida. Entonces era fuerte, no conocía el cansancio y a pesar de mi desgracia, era un hombre esperanzado. Aunque de estas cosas uno no se da cuenta cuando suceden, sino después, cuando no están. Esto fue lo que ocurrió... Me había enrolado en una expedición que pretendía fundar una ciudad muy al noreste. Era una empresa ambiciosa, y desconociéndolo todo, entramos en tierras sagradas de los vesclanos.

En aquellos lejanos parajes empezamos a construir casas y almacenes, rodeados de una empalizada. Cazábamos y horadábamos la tierra para dejar las semillas que debían sustentarnos. Llegó el invierno, áspero, y cubrió los bosques con un manto blanco. En una de esas noches gélidas, aparecieron los vesclanos, a cientos, iluminando la oscuridad con sus antorchas. Asaltaron la aldea y a penas pudimos resistir. Un viejo sacerdote de Onar y yo conseguimos huir a la montaña, aprovechando la confusión de la lucha.
Muertos de frío, aterrados, vagamos por la noche. Una tempestad se desató sobre nosotros, el cielo rugió y sus hijos, el viento y la nieve, nos azotaron hasta casi acabar con nuestras fuerzas. Onar, que es misericordioso, nos condujo hasta una cabaña abandonada. Una mísera construcción de troncos donde pudimos encender fuego y calentar nuestras ropas mojadas. Allí encontramos algo de comida y, por primera vez, nos sentimos a salvo. Afuera, el temporal arreciaba.
—Si logramos volver, tú que eres joven, deberías hacer los votos para entrar al servicio de nuestro dios. Hoy nos ha salvado.
Apenas escuchaba a aquel pobre hombre, porque cerca del fuego mi cuerpo se amodorraba. Enseguida caí en un profundo sueño.
Pasada la medianoche, un golpe de aire abrió la puerta, el viento entró como una furia y la nieve arremolinada apagó la chimenea.
—¡Menudo frío!
Entonces la vi, erguida, la ventisca aullando a su alrededor.
—¿Quién eres? ¿Por qué has entrado?
Una mujer de tez blanquísima, vestida con sedas vaporosas, bella. Sus largos cabellos negros seguían bailando, a pesar de que había cerrado la puerta, la mirada glacial. Sentí un escalofrío profundo, sus ojos negros me traspasaban.
Ignoró por completo mi presencia. Quedé medio incorporado, como una estatua, incapaz de moverme o abrir la boca. Como si flotara, se dirigió al viejo sacerdote que no había despertado. Se inclinó sobre él y sus labios emanaron una nube de hielo que lentamente lo petrificó.
—¡Onar! —grité— ¡Onar!
Intenté huir, pero ella, en un abrir y cerrar de ojos, se plantó en la salida. La Mujer de Nieve se aproximó, diciéndome, mientras me miraba con dureza.
—Lleno de vida. Además eres un hombre hermoso —murmuró—. Te permitiré continuar en este mundo, pero si cuentas alguna vez a alguien lo que has visto esta noche, te buscaré estés donde estés, y te mataré.
Di un paso atrás, recordé mi espada, me giré para ver dónde la guardaba. Al volverme, la mujer había desparecido. Mi conmoción era tan honda, que debí perder la consciencia, pues al día siguiente me levanté tiritando, tumbado cerca de la puerta.

Aquella mañana, conseguí reunir suficientes fuerzas para volver atrás. Antes, sin poder contener las lágrimas, enterré al sacerdote que, al haber fallecido, de algún modo me había salvado. Durante tres días deambulé hacia el sur, hasta hallar la primera aldea de los hombres grises. Allí conté cómo los vesclanos nos habían masacrado, pero mucho me guardé de decir nada de La Mujer de Nieve. Pasaron las estaciones. Era uno más en esa aldea de agricultores y guerreros. La Asamblea de las Colonias parecía haber renunciado a su expansión y mis noches se sucedían sin que existiera algo profundo que llenara mi espíritu.

Durante una primavera especialmente lluviosa, aguardaba en mi minúscula casa a que escampara, para poder ir a recoger leña al bosque. En la casa de enfrente, observé a una muchacha que se resguardaba de la lluvia, aunque ya debía estar calada hasta los huesos. La invité a entrar.
Ella dijo que se llamaba Yokai, explicó que era extranjera y que quería llegar a Nueva Vamurta para buscar trabajo como hilandera. Le pregunté a qué tribu pertenecía, pues no había visto a nadie como ella entre las distintas razas de aquellas tierras.
—Déjame dormir en tu casa esta noche. Te lo ruego, con esta lluvia, no llegaré muy lejos.
Al principio dudé mucho, pues ni disponía de comida ni de otra cama. ¡Cómo alojar a una mujer tan bonita en mi barraca! Le ofrecí un tazón de hidromiel cerca del fuego, mientras meditaba qué hacer.
—No me importa dejar de comer, ni dormir en el suelo, pero déjame quedar, al menos esta noche.
Aquella súplica dicha por esa voz de ruiseñor me enamoró. De eso, también me di cuenta más tarde. Se quedó conmigo y, al poco, nos casamos con la bendición de las sacerdotisas de Sira.

Durante esos años fui el hombre más feliz del mundo. Solo quería volver a casa pronto para estar junto a ella. Nada me faltaba, ni tan siquiera pensaba en el futuro. Teníamos siete preciosos niños, sanos, fuertes y vivarachos. Me sentía afortunado. Mi única inquietud era ella, pues en los días de sol y calor, jamás abandonaba nuestra habitación, mientras que cuando caía la noche, salía a pasear con los niños. El verano la volvía apática y apenas podía hacer nada. Con la llegada de los primeros fríos, su rostro extrañamente blanco parecía resplandecer, y las fuerzas volvían a ella. Era entonces cuando se mostraba alegre y enérgica.
En una de esas noches de invierno le dije:
—Amor, pareces tan joven como el día en que te conocí. El tiempo te respeta absolutamente.
—Eso lo dices tú, que me sigues queriendo —respondió ella, con una sonrisa en sus labios de piñón.
—Te voy a decir algo que acabo de recordar y que jamás he contado a nadie. Verdaderamente, te pareces a una mujer que vi una vez, siendo yo muy joven. O eso creo, pues casi diría que vi una aparición.
—¡Oh! ¿Y quién era? —contestó ella sin dejar de mirar las llamas de nuestro hogar.
—Alguna vez te he contado aquella desastrosa expedición, años atrás. Pero no te lo he contado todo. Al huir de la aldea, se desató el peor temporal que he visto. Fue en esa noche cuando la vi. Todavía me pregunto si lo soñé o no, aunque algunos sacerdotes aseguran que nuestro paso por la tierra también es un sueño… ¿Has oído alguna vez las historias que se cuentan de la Mujer de Nieve?
—¿Por qué me cuentas todo esto? —Viendo como se transmutaba su expresión, pienso hoy que debí haber callado.
—Porque esa noche vi a la Mujer de Nieve.
—¡Me lo prometiste! Me prometiste que no lo contarías a nadie, ¡jamás!
Yokai se había levantado, y mientras lo hacía se transformaba en la Mujer de Nieve. Una furia helada invadía nuestro comedor. A medida que se movía, su sencillo vestido de lana color tierra se transformaba en un suntuoso abrigo blanco, su hermoso pelo negro diríase que flotaba.
—Pero, ¿qué quieres decir, amor? ¿Qué haces? ¿Por qué abres la puerta?—pregunté, angustiado—. Yokai, ¡no! ¿Eres tú…?
La Mujer de Nieve me miró. En sus ojos se podía leer un profundo dolor, una terrible incertidumbre. Debía de tomar una decisión en aquel momento, pues había roto la promesa y yo recordaba el castigo. Frente a mí, poco quedaba de ella, de mi esposa y madre de siete hijos. Un ser de otro mundo daba un paso atrás, todavía indeciso.
—Me has descubierto, dejo de ser humana. No puedo matar al único hombre que todavía quiero —Abrió la puerta. Ráfagas de viento invadieron la casa, la nieve revoloteaba, libre—. ¡Mi vida contigo!... ¡Era feliz! Cuida de los pequeños, pues si no lo haces, vendré a por ti. ¡Lástima, era feliz!
Mi mujer era una figura blanca, pétrea, cuyos ropajes se desplegaban en el aire furioso. Parecía que iba a salir, cabalgando en la tempestad, como un animal sin rumbo.
—Yokai, ¡quédate! ¡No lo sabrá nadie! ¡No te vayas!
Desesperado, me incorporé, y salí corriendo para atraparla. Puede oír un «que tengas suerte», antes de que desapareciera en la noche lúgubre en que la perdí.

Mi nombre es Matrol, Alto Magistrado del Consejo de los Veintiuno. Jamás he vuelto a amar a una mujer. Aunque he pasado los años procurando ayudar a los otros y ahora soy viejo y el fin se acerca, antes de acostarme y al despertar pienso en ella. Una melancolía pervive en mí, en lo más profundo de mi ser, que alivio en las noches de invierno, cuando salgo a pasear por los caminos. A veces creo oír un gemido en la noche, una voz que se desvanece como la nieve cuando intentas atraparla. Es cuando la llamo, y en fría oscuridad la invoco, para así dar calor a su corazón helado.


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MensajePublicado: Mar Jun 21, 2011 12:06 pm    Asunto: Una sinopsis más o menos Responder citando

Cuando te piden que hagas una sinopsis para un libro que tú mismo has escrito, te preguntas, «¿y ahora qué dijo?», y sobre todo, «qué no dijo». Escribí una, dos, tres. Hasta que Susana Eevee, novelista y correctora, a quien he pedido consejo en diversas ocasiones, me dijo algo así como «Igor, la sinopsis sirve para explicarse». Por suerte, siempre hay gente que sabe más, que desenredan madejas hasta dejar sobre la mesa un hilo claro, evidente. Así que con la ayuda de la autora de Dos Coronas, escribí una sinopsis.

Sinopsis

El devastador asedio a Vamurta, la capital de los hombres grises, lo cambiará todo para siempre. La caída de la ciudad se narrará como un suceso épico y descarnado. Vamurta agoniza esquilmada por la barbarie, y sus habitantes emprenden una huida por mar, que los llevará a los lejanos puertos de las colonias. Para muchos de ellos, comienza una epopeya hacia tierras inhóspitas, hacia parajes extraños aún por descubrir.

Serlan de Enroc, el más poderoso de los hombres grises, se convierte en un fugitivo. Pronto deberá enfrentarse a un viaje impredecible. A una vida dura, cincelada por las manos de los dioses y el azar. A una epopeya que mostrará su verdadero rostro, sus dudas, su coraje.

Tres mujeres trazarán el destino de Serlan, y en ellas hallará el amor, los anhelos y las fuerzas perdidas para encontrar su lugar en el mundo. Un mundo donde las luchas por el dominio territorial se recrudecen en una guerra intermitente entre civilizaciones, marcada por la fragilidad de las alianzas.

La leyenda vuelve a ser escrita a golpe de acero y fuego.



Se hace extraño publicar. Está claro que es una gran suerte. Aunque a veces recuerdo a Punset que decía que la felicidad se encuentra en la antesala. Quién sabe, hasta Punset puede equivocarse.



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MensajePublicado: Mie Jun 22, 2011 3:21 pm    Asunto: Responder citando

Pues no hace falta más para adentrarse en la novela, así que otra lección que se aprecia desde este lado. Un saludo.

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MensajePublicado: Dom Jun 26, 2011 2:40 pm    Asunto: Responder citando

Prospector, ¡larga vida! y gracias por comentar.

Una portada para un libro de género fantástico que nada entre muchos mares; el épico, el histórico, el fantástico, hasta cabría el terror en alguno de sus pasajes. El diseño es obra de David Prieto. Escritor de Salamanca, autor de la saga “Urnas de Jade”. Os dejo su enlace (http://drashur.blogspot.com/). Un tipo que, me parece, es incapaz de estarse quieto en la silla.

La portada es de carácter simbólico, más emocional que descriptiva. Entre otras razones, se pensó en seguir este camino porque no sabíamos qué destacar por encima de todo.

Creo que el diseño de la portada cumple su función: ser una señal que a la vez genera una pregunta, ¿qué hay detrás de ese sol que emerge, de esa ciudad sobrevolada por golondrinas? Y creo que funciona. No es una de aquellas portadas espectaculares, cuyas imágenes te deslumbran, pero en cambio, si la ves pasar dos veces… A mí me encanta, creo que Mr. Prieto ha hecho un trabajo fino.

Las respuestas están al alcance de un par de clicks. El ebook de la editorial AJEC ya está en las nubes.




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MensajePublicado: Lun Jun 27, 2011 3:17 pm    Asunto: Responder citando

Pues la imagen es más evocadora que explícita, lo que da pie a la imaginación. Un acierto.

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MensajePublicado: Lun Jun 27, 2011 5:14 pm    Asunto: Responder citando

No todos los días inicia uno la andadura de un libro. Ya lo hice en tu bitácora, y te vuelvo a felicitar aquí.
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MensajePublicado: Mar Jun 28, 2011 6:48 pm    Asunto: Responder citando

Muchas gracias a los dos. A veces se tiene la sensación de navegar solo por los océanos cíber, y ver que realmente alguien se lo mira, pues hace ilusión, la verdad.
Cuento como comprar el ebook, por si alguien está interesado en toda esta maraña épica.


Ya está a la venta el ebook de Antigua Vamurta en Ficcion Books, el nuevo portal de libros electrónicos de grupo AJEC. Para acceder, hay que pinchar en el siguiente enlace:

http://www.ficcionbooks.com/index.php?main_page=product_info&cPath=13_40&products_id=112

El libro sale a un precio plausible, por el momento. Ya veremos qué sucede en el futuro con esos 3,95 euros (también en dólares y libras).
La presentación del libro es absolutamente espartana. Sólo texto, sin imágenes, sin arabescos. Con un cuerpo de letra grande para facilitar su lectura en pantalla. Esto se ha hecho así para que el archivo pese lo menos posible.
Y hablando de archivos, al bajártelo te lo dan en dos opciones: pdf, que lo tenemos todos, y en ePub, cuyo programa es gratuito en Internet. OS RECOMIENDO descargar el programa gratuito para leer la novela en ePUB, es una maravilla este programa.



Antigua Vamurta se encuadra en la colección “Excálibur Fantástica” de la editorial, la mejor fantasía épica en castellano.

Y ahora que está a la venta, empiezan mis miedos. Ya diréis los que optéis por compraros el libro. Si estoy en disposición de pedir algo, pediría opiniones sinceras. Estoy seguro de que habrá cosas que os gustarán y otras no.
Diciendo lo que pensáis me haríais un gran favor, mejorar.

Gracias a todos,
Igor.



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MensajePublicado: Vie Jul 08, 2011 8:46 pm    Asunto: Responder citando

Buenas,
En el blog "Sobre Literatura Fantástica" se ha publicado una entrevista con reseña sobre Antigua Vamurta y literatura en general.

Este es el link: http://sobreliteraturafantastica.blogspot.com/2011/07/antigua-vamurta-de-igor-kutuzov.html

He intentado contenerme y ser un poco directo y entretenido. La entrevista estuvo bien, Pilar Alberdi hace buenas preguntas. Nada, por si a alguien le apetece echar un vistazo.


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MensajePublicado: Dom Jul 10, 2011 8:38 am    Asunto: Responder citando

Jaja. Ya empiezan a hablar de ti. Enhorabuena.
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MensajePublicado: Jue Sep 15, 2011 3:53 pm    Asunto: Responder citando

¡Qué hablen de mí, aunque sea bien!

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MensajePublicado: Jue Sep 15, 2011 3:56 pm    Asunto: Ciudades de Fantasía Responder citando

Ciudades. En realidad, una ciudad de fantasía es una urbe que no existe. Y, en cambio, a través de la literatura fantástica, la piedra que no existe puede llegar a tocarse. La función de estas ciudades es dar un hogar a personas que no existen, y otra vez, personajes como Aragon, el mago Ged, el Vizconde Demediado o John Nieve pueden llegar a tener más sitio en nuestras vidas que aquel amigo de la adolescencia, real, que hace años que no has visto. De fantasmas va esto.


En cuanto a los tipos, me atrevería a decir que se pueden dividir en tres categorías: los burgos de corte realista, las bellas, imaginativas pero poco creíbles ciudades de pura fantasía, y las que son un punto medio entre las dos, que son mayoría y conforman los núcleos urbanos de Canción de Hielo y Fuego, Señor de los Anillos, Terramar, etc.
Las que figuran en sagas como Dragonlance no me interesan mucho, pues jamás soy capaz de concebirlas. Existen sin hierro, existen sin campos, existen sin peones ni artesanos, son como esas bolas de cristal que sacudes y levantan tempestades de nieve, tan bellas como futiles.

En la novela fantástica Antigua Vamurta he usado del primer y el tercer grupo. ¿En qué me he basado? Pues prácticamente sin darme cuenta he trazado las ciudades del libro buceando en la historia y mezclando elementos de distintas civilizaciones y épocas sin muchos reparos. Ahí hay restos de las poleis griegas, de Roma, del románico, de la arquitectura mozárabe, del gótico, de la Barcelona hispanoromana (cuando el Imperio se desplomaba lentamente) e incluso hay préstamos del Renacimiento.
En un relato largo que próximamente subiré al blog, Taonos, las ciudades del norte salvaje de Vamurta son de corte íbero, recordando los restos de Ullestret (Girona) y otros asentamientos que he ido visualizando.


Tanto la civilización de los hombres grises como la de los rojos se cimentan en ciudades de corte realista, como lo es la ciudad de Vamurta. Las ciudades de los murrianos también, pero basadas en los núcleos dispersos de los espartanos. Por contra, las civilizaciones de sufones y vesclanos cuentan con ciudades de fantasía del tercer grupo, basadas en la verosimilitud pero con toques fantásticos. Así, las urbes de los sufones recuerdan los templos de la antigua Mesopotamia pero a lo bestia, magnificados (sin jardines flotantes...), y las de los vesclanos tiene un puntito de fortalezas de los enanos del Señor de los Anillos, pues son ciudades semienterradas.

En un par de días subo la segunda parte de este paréntesis, Ciudades de Fantasía, con bienintencionadas ilustraciones en el blog.


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