Hola Ninotchka, ¡¡saludos a Emérita Augusta!!
Vaya alegría. Qué bien que te haya gustado, es todo una recompensa a esto de darle al lápiz.
No te preocupes, que sobra tiempo para leerse el arranque del libro. Antigua Vamurta no sale hasta dentro de unos meses. ¿2011? No lo sé aún.
Ya lo dice mi mujer, que hablo con demasiados sobreentendidos.... Y que se hace un lío. A veces tiene razón. A veces.
El relato de Ermessenda tiene varios trozos (4 ó 5 en total). Lamento no haberlo dicho antes.
Aprovecho y subo el siguiente fragmento:
Al llegar a la primera planta, oyó como su doncella salía a la calle. Ante ella tenía una pequeña puerta sin cerradura. Se agachó para pasar y entró en un piso minúsculo, de aquellos donde las familias humildes de la ciudad se amontonaban unos sobre otros. Quiso marcharse pero le llegó una voz de hombre, alguien canturreaba al otro lado de la vivienda. Se armó de valor y alcanzó el comedor. Jacobo se giró al oírla entrar. Toda la estancia estaba tapizada con flores, parecía como si Jacobo hubiera comprado todos los ramos de Vamurta y los hubiera esparcido por el suelo desnudo y sobre el único mueble de la casa, una pequeña cama cubierta de lirios sobre la que llegaba la luz del mediodía. Se acercaron, hasta quedar uno frente al otro, indecisos. Él hizo el ademán de acercarse más, pero un leve movimiento de Ermesenda lo frenó. Se miraron, buscando el alma del otro, hasta que Jacobo se lanzó sobre ella y la besó con brusquedad. De un manotazo se lo quitó de encima y volvieron a mirarse. La media sonrisa de Ermesenda devolvió el valor a su amante, que respiró aliviado. ¡Cuánto tiempo! Desde el pasado invierno, cuando se conocieron en el Teatro, no habían dejado de verse, pero jamás habían podido estar los dos a solas. ¡Cuánto tiempo deseándolo! El corazón de Ermesenda resplandecía.
—Casi me asustas, ¿qué es este lugar? –dijo ella.
—Tuve que esperar a que esa familia abandonara la casa, ¿si no, dónde? –le contestó Jacobo con su voz de tonos graves—. Cada paso que das es vigilado por muchos ojos.
Se abrazaron, Jacobo acarició su cuello de bailarina como si tocara un jarrón de cristal, besándolo con cuidado. Casi no se oía nada en ese pequeño salón de paredes desconchadas y vacías. Era como si, allí, la calle fuera algo inexplicable y muy lejano. Ermesenda se sentía estremecida, agarrada a las espaldas de su amado, se sentía dichosa. Un hombre muy joven, de piel suave, que la miraba como si tuviera miedo de romperla, sonriente, embargado de emoción contenida.
—Tantas lunas sin poder besarte, sin tan siquiera poder tocarte…
—Nuestras familias. Toda esta ciudad que vigila y susurra —repuso ella—. No lo soporto.
—Serás mi esposa, y entonces todo esto nos parecerá un instante, nada más —rió, abrazándola de nuevo, apretando sus manos sobre la delgadez de la espalda de su amada.
Ermesenda imaginó el día de mañana, en un palacete de la Avenida de la Victoria, lleno de niños. Un humilde palacio de la nobleza de Vamurta a la espera que alguno de los grandes un día los honrara con una vista… Cerró los ojos y olvidó el futuro. Jacobo le había abierto la boca con los dedos y lamía sus labios con prudencia, temiendo alguna reacción contrariada. Sus lenguas húmedas se encontraban, enroscándose en un trémulo placer. Cayeron sobre la cama, rodando entre las sábanas, felices de encontrarse. A ratos se besaban como niños y reían por cualquier cosa. Jacobo la desnudaba con disimulo, esperando que ella marcara las reglas, los límites. Se hizo un lío con las tiras del escote de espalda y se detuvo.
Ermesenda se incorporó, sentada sobre sus rodillas, observando a su amado con una sonrisa enigmática. Empezó a desenredar su cabello rizado, dejándolo suelto sobre sus hombros. De un estirón, lo dejó sin calzones. Dejó caer las tiras de su vestido, apareciendo ante él como una diosa remota que muestra sus gracias a un fiel devoto. La sorpresa dejó extasiado a Jacobo, que quedó sin habla y sin saber muy bien qué debía hacer. Acto seguido, empezó a cabalgarlo con suavidad, equivocándose, obligados a parar para conseguir adaptarse el uno al otro, llegando al final, plenos.
—He tenido un sueño esta noche –susurró, mientras acariciaba los cabellos cortos de su querido—. Me perdía en un bosque espeso, de suelo duro, cubierto de hiedras que se enredaban en mis pies. No había mucha luz y sabía que debía salir de ahí. Caminaba deprisa, pero la espesura parecía atarme… No me movía o me movía muy poco. Creo, creo que las zarzas se enganchaban en mi vestido, en mi pelo y no veía nada. Caía la noche, empecé a correr sin destino, errando, sin ir hacia ningún lado. Las ramas, los matojos altos me nublaban, cuanto más avanzaba más aprisionada me sentía… Llegué a lo alto de un cerro, y a lo lejos, veía las playas de Vamurta y sus murallas, pero no podía alcanzarlas.
—No escuches los sueños –le respondió—. No los escuches, sólo nos traen desgracias. ¿Sabes de alguien que los haya seguido? ¿Qué de algo le hayan servido, amor?
— Jacobo, me tranquilizas –besó sus párpados—. Pero desperté con el corazón encogido.
Pensó en la noche de las máscaras. Brillaría como una estrella fugaz, resplandeciente entre la nobleza, querida y admirada. Quizás no era la hija de uno de los grandes, ni sus blasones contaban con un historial de gestas, pero durante el tiempo que durara el baile, quería ser la más mirada. Se abrazó a Jacobo, lo besó en la frente. Ermesenda se sentía llena de dicha, cargada de ilusiones. Incluso aquel piso de familia pobre adquiría una gracia que al entrar no había apreciado.
Quedaron medio dormidos, abrazados sobre la cama, acompañados por alguna voz y el vibrar de los pasos del piso de arriba. No sentían ni hambre ni calor, ni acusaban el paso del tiempo. Divagaban sus mentes por senderos distintos mientras cada uno sentía el latir del otro.
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Ultima edición por Igor el Sab May 08, 2010 2:43 pm, editado 2 veces
de los que las familias humildes de la ciudad se amontonan unos sobre otros.
¿Podrías echarle un vistazo a esta frase, por si ves algo extraño en los géneros, o la preposición que introduce (de)?
Ermessenda dichosa. Creo que no tiene ninguna confusión. Está segura de lo que está haciendo y no se arrepiente. Alguien profundamente enamorada. Aunque al final dejas caer que en su cabeza hay sitio para más cosas, no solo para su amado.
La necesidad de destacar entre la gran nobleza es una de esas cosas. Claro, esto me cuadra. Al fin y al cabo no parece que este personaje se conforme con llevar una vida irrelevante.
Me he mirado la frase que señalas. No lo había visto y tienes razón, hay algo mal ahí. La he cambiado por «de aquellos donde las familias humildes de la ciudad se amontonaban unos sobre otros.». Creo que así está mejor.
Has acertado totalmente con lo de que Ermessenda no se conforma con llevar una vida irrelevante, y ese será su drama, en el relato y en la novela.
Y gracias por el comentario.
Tal vez haya mejor intención que agudeza en mi tozudez pero creo que sigo viendo algo rarillo en la frase.
Igor escribió:
Se agachó para pasar y entró en un piso minúsculo, de aquellos donde las familias humildes de la ciudad se amontonaban unos sobre otros.
El problema que ahora veo es el género de unos sobre otros. Género masculino, por lo tanto se referirá a los pisos. Pero me parece que unos sobre otros es el predicado de la frase: donde las familias humildes de la ciudad se amontonaban unos sobre otros. Por lo que, entonces, debería concordar con familias, femenino. Si aludiera a pisos, masculino, ¿no estaría justificado crear en torno a su concordancia algún enunciado para aprovecharla?: Se agachó para pasar y entró en un piso minúsculo, de aquellos que, amontonados unos sobre otros, cobijaban a las familias más humildes de la ciudad.
Yo creo que aquí hay, en el mismo momento de pensar la frase, una ambigüedad entre aludir a la apretura de los pisos o hacerlo al hacinamiento de los ocupantes de dichos pisos. Pero, ¿no habría que desambiguar o buscar otra manera de decirlo?
Hola,
Sería correcto: "¿Se agachó para pasar y entró en un piso minúsculo, de aquellos que, amontonados unos sobre otros, cobijaban a las familias más humildes de la ciudad. ?". Cómo me he hecho un lío tremendo y te estoy robando demasiadas molestias, he pensado en aquello de simplificar, ya que soy incapaz de dar con una solución buena. Me he bloqueado.
«Se agachó para pasar y entró en un piso humilde, minúsculo».
Mil gracias por tu tiempo y por ser tan bueno y por tener ese ojo clínico.
Aprovecho y cuelgo el pedazo siguiente:
En el templo de Sira todo era el murmullo de las devotas. De espaldas al altar, formaban un coro arrodillado que lloraba a su diosa, esperando que la luz penetrara en sus vidas.
Buscó entre las cabezas que besaban el suelo hasta encontrar a su dama de compañía. No se sentía mal, no sentía remordimientos siendo impura bajo la bóveda circular del templo, que por las ventanas de su techo derramaba torrentes de claridad.
—Vayamos a la Casa de las Seguras.
—¿Lleváis dinero, mi señora?
—No te preocupes. Quiero una máscara azul, de esas puntiagudas, que me esconda esta noche. ¡Y una sortija o collar! Si encuentro algo digno.
La dama de Ermesenda se iba quejando de lo caro que sería todo aquello, mientras sus pasos las llevaban a la mejor joyería de la capital. La joven noble sentía amor por las piedras, más que hacia aquellos dioses que jamás la habían beneficiado en nada. Todo lo que había conseguido se debía a sus propios méritos y rezando apenas había arrancado del cielo un poco de consuelo en sus momentos de desesperación. Ermesenda andaba altiva entre los plebeyos que, al verla, dejaban paso libre. El cuerpo de pájaro de humedales, el cuello recto y largo de un ciervo, la mirada centellante que podía llegar a cortar como una hoja de acero. Aquel era su día, un mundo atento a sus deseos se parapetaba tras los muros de las tiendas, en los balcones, en los ojos de esas mujeres que jamás podrían ser como ella, y que la vigilaban y estudiaban con cierto disimulo.
Dejaron atrás el Gran Teatro y la Jabise, la arena elíptica donde los jóvenes competían en velocidad y resistencia. El estómago de Ermesenda empezaba a rugir, pero eso poco la inquietaba. Tomaron una naranjada con gotitas de limón en uno de los tenderetes del mercado del Hierro, en el que, por aquella época, era frecuente encontrar hombres rojos y grises de las colonias adquiriendo herramientas y armas, discutiendo acaloradamente los precios.
Llegaron a la Casa de las Seguras, detrás del gran templo de Onar. Un porche medio cerrado con cortinas blancas otorgaba una cierta discreción a los que entraban y salían, ya fuera para comprar como para empeñar joyas y objetos de valor. Se adentraron en la antesala, donde un criado les ofreció, sobre una cerámica rosácea, tiras de carne con salsa de jengibre. Cerraron la puerta de la casa y el sol desapareció a sus espaldas. El sirviente las acompañó hasta La Era, el epicentro de aquella casa, en el que se exponían las piezas en una sala de paredes altas organizada en fabulosas mesas sobre las que se podían contemplar anillos engarzados con magníficas tallas, brazaletes de oro, collares de diamantes negros y blancos, máscaras para las fiestas, pañuelos bordados en plata, dagas trabajadas en oro, en plata, y juegos de cofres de varios tamaños. Clientes silenciosos recorrían las mesas, otros nobles como ella, acariciando las joyas. Ermesenda empezó su búsqueda con desparpajo, preguntando a los discretos vendedores el precio de aquella cadena o ese otro abalorio. Halló un gran collar de aguamarinas. Las piedras no eran gran cosa, pero el abanico que formaban, montadas en plata, le pareció excelso, le traía algún recuerdo lejano sin saber muy bien cuál.
—¡Eh! ¡Oiga! ¿Qué piden por éste? —preguntó en voz alta, quebrando el casi ambiente monacal de la Casa.
—Señora, —se acercó una vendedora pintarrajeada como un pavo—. Este collar fue fundido y trabajado en las Sierras de Dotrunas, hará más de doscientas primaveras. Es una pieza única, sin duda, hecha por…
—¿Cuánto? —preguntó, sin atender ninguna cortesía.
—Unas treinta piezas.
La risa de Ermesenda resonó bajo la bóveda como el repentino romper de una catarata. Todos los presentes se giraron, algo sobresaltados.
—¿Treinta de plata? Pero si aquí no hay más que cinco o seis piezas fundidas, ¡ja! ¿Por quién me tomáis? ¿Por alguien que acaba de desembarcar? ¿Por una montañesa?
La dama de compañía se había puesto roja y no sabía dónde mirar. Todos escuchaban.
—Olvidáis, señora, las piedras —repuso la vendedora, sabedora que debía mantener, como fuera, la compostura.
—Sí, son aguamarinas —replicó Ermesenda, levantando el collar en lo alto, haciéndolo brillar bajo las luces de aceite de la tienda—. Doy quince piezas por ellas y por ese antifaz de seda azul que tenéis a la derecha.
Finalmente pagó dieciocho. Un hombre, en la penumbra de los arcos laterales, la observaba con enorme seriedad. “¿Quién sería?” Se preguntó, impregnada de curiosidad.
Volvió a su casa llena de dicha, mientras su dama aún se recuperaba del sofoco. Debían descansar y acicalarse para aquella noche que había de llegar.
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Ultima edición por Igor el Mie May 26, 2010 7:51 am, editado 1 vez
Sentía casi amor por las piedras, más que hacia aquellos dioses que jamás la habían beneficiado en nada.
Me estoy preguntando si la que sentía amor a las piedras era Ermesenda o su dama de compañía.
Por otra parte, la frase principia un tema sobre la relación de Ermesenda con los dioses e, inmediatamente, pasas a describir el paseo por la calle. Y luego un retrato rápido de ella misma. No sé si merecería la pena darle una oportunidad al desarrollo un poco más extenso de ese tema de la religiosidad de Ermesenda o, por el contrario, iría con calzador.
Ermesenda haciendo de las suyas en esta escena de la tienda. No se me ocurre otra manera de que se comporte en esa situación.
Hola dafd,
Pues es una excelente sugerencia. A mí me gustaría darle más espacio al tema, que en la novela sí se desarrolla un poco más. Ermessenda le dice a su hijo cómo entiende la religión y su uso desde el poder. No mucho más para no agotar al respetable.
Le añado otra línea. Al ser un relato, siempre miro las tijeras para no pasarme de largo.
En la tienda: ¡ella es un volcán! Aunque si estuviera allí me subirían los colores.
El cielo era tinta negra y los aromas de jazmín flotaban, a ras de suelo, en plazas y calles. Ermesenda abandonó el palacio bajo la mirada reprobadora de su padre, que censuraba así el gran escote que su hija luciría en la fiesta. Su dama y dos guardias la acompañaron por la Avenida, en el que la latir de la ciudad era un leve susurro, con la luna encaramada por encima de los tejados.
Llegaron hasta las puertas del Gran Teatro, delante del cual se acumulaban otros guardias y criados, armándose de paciencia para pasar allí buena parte de la velada, a la espera de sus señores.
Ante la columnata de la entrada, Ermesenda se despidió de su criada, y fue reconocida por las dos figuras que guardaban el paso, escondidos bajo dos máscaras de cera triangulares, dos leones de expresión pétrea, que nada dijeron mientras cruzaba el umbral. Dentro, en la antesala, reinaba una neblina rota por los puntos de luz de las lámparas y velas, donde las primeras grandes columnas de ese bosque de piedra, bien parecían el límite de un laberinto que se perdía en la oscuridad. Otros dos hombres, éstos de torsos desnudos, impregnados en aceite como los luchadores de odouk, tomaron su capa ligera y le sirvieron una copa de cristal llena de vino dulce, a modo de bienvenida. Paladeó la densidad del vino, mientras oía el aleteo de risas lejanas. Sabía que al llegar al patio del teatro, vaciado de bancos y asientos para la ocasión, sería anunciada, sin que su nombre fuera pronunciado y que, durante un instante, todos los ojos se posarían en ella.
Jacobo y sus amigas la esperaban. ¿La reconocerían? Se recogió el pelo y se hizo una larga cola de caballo, se tapó cuello y hombros con un pañuelo de colores, y se colocó con cuidado su antifaz azul de trazos puntiagudos, a juego con su nuevo collar. La acompañaron hasta la pesada puerta que daba acceso al patio del teatro. Dos guardias más, ataviados con máscaras blancas, abrieron las puertas y vociferaron a los presentes: “¡La Mujer Azul se incorpora al baile!”.
Cuando se apagó la voz de las caretas blancas, el gentío que la había mirado, continuó bailando. Los músicos no habían dejado de tocar sobre el escenario del teatro y la fiesta siguió, burbujeante. Nadie había reparado en ella, o eso parecía. Quizás la habían tomado por una de esas mujeres disipadas que, como era tradición, eran bien pagadas para asistir al baile de máscaras y levantar los ánimos, junto a hombres atléticos escogidos en los rabales de la ciudad para ese mismo fin. Se sintió sin status y así, se adentró en el enorme jaleo de barrigas y cuerpos, de máscaras grotescas y ojos escondidos.
—Hermosa dama, de quien no puedo apartar mi mirar, ¿me concedéis el baile? –oyó, entre las risas, la música y la confusión de aquella masa en danza.
Un hombre de melena rizada, larga y negra, la sujetaba por el codo. Ermesenda dudó, no lo conocía, estaba segura. Llevaba puesto un antifaz rojo, pequeño y fino, que contrastaba con su cara cuadrada, de poderoso mentón. Sus ojos la esperaban. Ermesenda giró la cabeza buscando una salida, y vio que junto a los camareros del fondo, dos de sus amigas enmascaradas rebañaban un platito, vaciando sin piedad las fuentes de comida que les iban sirviendo. Corrió hacia ellas, liberada.
—¡Lestra! ¡Carolina! Os reconocería aunque os pasearais con un saco en la cabeza.
—¿Ermesenda? ¡Por Sira! Creíamos que no vendrías. Casi no te reconozco —dijo Lestra, algo asombrada.
—Aquí estoy, queridas —respondió, algo más calmada tras encontrar a dos de sus puntales. Miró hacia el baile. Aquel hombre había desaparecido.
Carolina le ofreció un plato con queso y muslos de pollo braseados en aguardiente. Charlaban, a la vez que el baile iba girando como las aspas de un molino, del que surgían voces agudas y graves, mezcladas con las cítaras y flautas, creando un torbellino mareante. Jugaron a reconocer a aquél o aquél otro noble, a hallar sus preferidos tras esas complicadas caretas, algunas ganchudas, otras monstruosas, aunque de muy pocos estuvieron seguras.
—Esta noche tiene un aire especial. Como de espera —apuntó Carolina.
—Quizás los dioses nos muestren una puerta al mañana —añadió Ermesenda, con sonrisa iluminada, al ver a su amante y prometido, Jacobo, llegar al baile.
Al encontrarse, notó que algo no iba bien. Tras su antifaz de pájaro, sus ojos parecían no concentrarse en nada. Miró sus amigos, que reían mucho, que reían como necios.
—Amada mía –tartamudeó.
—¿Habéis bebido? ¿Es eso? —preguntó Ermesenda sin disimular su disgusto—. ¿Teníais que beber esta noche, la más hermosa el año?
—No, no… No hemos bebido tanto —contestó, inseguro, Jacobo. Respuesta que fue acompañada por las risotadas de sus camaradas.
Sintiéndose profundamente ofendida, les dio la espalda para volver con Lestra y Carolina. Tras el mediodía que había regalado a su amado, tras tanta promesa, ¡y del esmero que había tenido para ser una de las hermosas entre las lechuzas pintadas de la baja nobleza! Se sentía enfurecida.
Tomó una jarra de aguamiel y la bebió de un trajo. ¿Qué se había creído? Miró a su alrededor, le empezaba a interesar el baile. Allí estaba la vizcondesa de Amer moviendo sus enormes caderas junto a un caballero canoso que no reconoció. La dama, a pesar de su desfachatez, poseía una gracia, una sinuosidad en su baile de viuda alegre. Un grupo de enmascarados seguía los pasos de toda mujer que pasara por delante, apoyados contra la pared, esperando como un grupo de cuervos subidos a un árbol. La baronesa de Verbaz, de las montañas como se la llamaba, iba cayéndose, metida en el huracán del baile, sostenida por un joven de largas patillas, que la apuntalaba y la recogía. Un pecho saltó del vestido cuando se tambaleó hacia delante, sin que ella se diera cuenta, a pesar de los gestos burlones de muchos.
Dos águilas, altos y barbudos, se acercaron a ellas para darles conversación, pero el jaleo reinante les impedía entenderse. Se cansaron de ellos y salieron a bailar, sumadas a las decenas de caretas y disfraces que basculaban bajo centenares de velas, cambiando de pareja con frecuencia hasta no saber quién bailaba con quién, hasta confundir hombres y mujeres en un mismo alud movido por el repicar de tambores, flautas, laúdes y cítaras. En un respiro que se tomó Ermesenda, vio que Jacobo abandonaba el patio del teatro, tambaleante, sostenido por los brazos de sus amigos.
Se sentía sola en aquel rincón, sorbiendo vino. No veía a Carolina ni a Lestra. Alguien disfrazado de oso quiso devolverla al baile, pero Ermesenda rehusó, al ver los brazos y frente de aquel hombre bajito tan sudado, tan sucio.
No he podido disimular una sonrisa cuando Ermesenda entra en el baile y nadie la reconoce. Ella esperaría seguramente que todo el mundo girara la cabeza con la boca abierta y un gesto de rendición en las propias máscaras ante su sola presencia. Menudo chasco al comprobar que no.
Me imagino que no has querido cargar la mano sobre la escena del baile hacia su lado más patético. Si bien ahí has dejado unas pinceladas suficientes.
Efectivamente, Ermesenda esperaba veneración hacia su joven belleza, hacia su figura... Un niña engreída, pero también curiosa y muy viva.
El baile de máscaras tiene un lado patético, y un lado salvaje, de caída de las rígidas convenciones sociales de la ciudad de Vamurta. Que es como deberían ser las fiestas, un momento para olvidarlo todo. Sigo, y gracias por tu comentario.
Un poco mareada, pero a la vez exultante y rabiosa, decidió alargar la velada. Las máscaras aparecían frente a ella y se desvanecían sin más para que otras emergieran, ocupando su lugar, creando en ella una sensación extraña, como si el tiempo hubiera desaparecido, como si hubiera olvidado que más pronto o más tarde, debía volver a su palacio, a su casa. Entre el sinfín de caras cubiertas, apareció una que la miraba intensamente, fija en aquel baile incesante. El hombre de pelo negro y el antifaz rojo. Sintió que su vientre se contraía, que un repentino calor asomaba en sus mejillas. La copa que sostenía temblaba, sus ojos negros parecían hacerla arder.
—Os he visto comprar ese collar.
Aquellas palabras la sobresaltaron. Se había quedado embobada mirando al extraño, sin notar que un joven de espaldas anchas y manos fuertes, se había situado a su lado. Bajo una máscara de mimo, salpicada de incrustaciones de oro, unos ojos azules y pequeños, casi fríos, la miraban, divertidos.
—Recordaré —añadió el joven—, pasados muchos otoños, vuestra risa en esa joyería y la expresión de horror de la dueña, que en esos momentos me atendía.
—¿Con quién tengo el honor de hablar? —preguntó Ermesenda, con expresión un tanto distante.
—¡Oh! Soy de por aquí. Muchos me preguntan qué deben hacer y muy pocos me aconsejan qué debo hacer yo.
—¿Es un juego, señor? Prefiero bailar.
—Todo esto es un juego… Si preferís bailar, hacedlo conmigo.
Y sin esperar respuesta, la arrancó del rincón y la transportó hacia el epicentro de ese marasmo que parecía adquirir un ritmo endiablado. Bailaron y bailaron, y él la conducía con manos firmes, pero su pensamiento estaba en otra fiesta, en la que el único invitado era el hombre moreno.
Dos enmascarados se acercaron a su pareja de baile, y con una señal, le avisaron de algo. Se disculpó ante ella, y con una profunda reverencia se despidió, diciendo:
—Volveremos a vernos. De eso, podéis estar segura, y sin juegos.
Volvía a estar sola en medio de aquella jarana monumental. Decidió buscar a Lestra y Carolina, sorteando las parejas que bailaban, algunas que empezaban a derrumbarse, otros que caían sobre cualquiera que les pasara por el lado, apartando máscaras negras, otras esmaltadas, otras que parecían amenazarla. Era el clímax, y en el clímax se perdió. El baile se desparramaba por los salones y cámaras anexas, donde se reunían pequeños comités de risotadas escandalosas. No las veía por ningún lado, y entonces decidió adentrarse por el sinfín de pasillos y habitaciones colmadas de efervescencia del teatro. Dos hombres corrían desnudos, con peluca y máscaras de cisne, persiguiéndose entre los gritos y chanzas de otras caretas que se movían por los claroscuros de las decenas de aposentos. Al pasar por delante de una de las habitaciones más recónditas, vio un corrillo que observaba en silencio el espectáculo que ofrecía un grupo de hombres y mujeres, enredados en el suelo, que no pudo distinguir.
Empezaba a sentirse realmente nerviosa, un poco insegura en aquella fiesta que no transcurría como ella hubiera querido. Había soñado bailar con la cabeza alta, ancladas sus manos sobre la espalda de Jacobo, acompasados por una música alegre y sostenida, mirarse sin poder besarse aún, sonreír a un porvenir que se vislumbraba sosegado y tierno.
Pensó en su madre, en la seguridad de su hogar. Algo la retenía ahí, una curiosidad no satisfecha, un querer apurar la copa antes de devolverla a su lugar.
De una estancia cerrada le llegaron jadeos entrecortados, zumbantes. No pudo evitar acercarse a esa pequeña alcoba. Pudiera ser Lestra u otra conocida. Miró a través de la rendija de esa puerta para ver a dos sombras contorsionarse encima de una cómoda.
—¿Debe una dama espiar a otros amantes?
Se sintió como una niña, avergonzada. Al mirar quién le reprochaba su falta de discreción, se encontró con aquel pelo negro, que olía a mar y a madera. Su rostro cubierto se acercó al suyo, hasta que ella tuvo que poner una mano para mantener la distancia.
—¿Me seguís? ¿Somos conocidos?
—No os sigo ni os conozco. Este es mi primer viaje a la capital, señora.
— ¿Entonces?
—Entonces nada. Os he visto, y eso ha sido suficiente para que todo mi cuerpo se retorciera, para perder mis suspiros entre estos salones, hasta que os he encontrado.
—Bromeáis, sé que bromeáis.
Siento curiosidad por tu novela. Qué poco tienen que ver estos fragmentos con los primeros que nos trajiste, tan terribles y dramáticos. El recorrido entre los unos y los otros es de un contraste enorme.
La verdad, sí son muy diferentes. Quería saber si era capaz de escribir algo más ligero, más alegre y mundano que el terrible inicio de Antigua Vamurta. Que la novela sigue siendo bastante dramática, pero evoluciona hacia otros caminos.
Saludos.
Registrado: Jun 24, 2007 Mensajes: 1343 Ubicación: Coruña City
Publicado: Jue Jun 24, 2010 4:11 pmAsunto:
Devolviendo la visita por cortesía me ha sorprendido la envidia al relatar con tanto detalle el comportamiento humano, ahora a Ermesenda la visto como a una conocida y pijisima compañera de instituto. Un logro notable y de breve recorrido, lo que lo hace mejor. Un saludo. Ojo, ni un error reseñable. _________________ "El que lucha contra nosotros nos refuerza los nervios y perfecciona nuestra habilidad". Edmund Burke.
Hola,
Qué bien esto de sin errores de gran calibre. En algo se mejora. Ermesenda pijisima., je, je. No lo había planeado así, pero ahora que lo dices... Algo hay de eso.
Subo el final del relato. Saludos y gracias por el comentario.
Ermesenda no entendía muy bien lo que le sucedía y, por una vez, se dio cuenta que no controlaba la situación. Aquello la desbordaba, iba muy deprisa. Su instinto contra su razón, que la llevaba hasta Jacobo, hasta sus padres y sobre todo le recordaba su condición de noble. Ella era noble y aquel hombre que provocaba que su transpiración mojara los pliegues de su vestido azul, era un simple mercader adinerado. La saliva se evaporaba de su boca.
—¿Realmente creéis que bromeo?
Se acercó hasta rozarla, hasta dejar su enorme mano en la curva de su espalda, sujetándola con suavidad. Notaba su respiración sobre su pelo. Ermesenda cerró los ojos, estaba perdida, se dejaba llevar.
Noto que la cogía y la arrastraba hacia algún lugar, sin que ella fuera capaz de oponerse a aquella rudeza. Su cuerpo, presto, ganaba la partida a sus anhelos de gran dama, y supo en ese momento que en algún rincón de su alma otra mujer habitaba, una que no se había presentado.
No sabía dónde se hallaba, excepto que todo era noche calurosa cortada a cuchillo por una rendija de luz de luna. Creía que sus pies no tocaban el suelo al sentir como aquél le bajaba el vestido de un tirón. Chocaron, resbalaron el uno encima del otro, perdía el sentido de estar, de ser, gritaba y vibraba, contraída y aún resistente, hasta que su cuerpo se desató, abandonada en aquella oscuridad, estallando.
Respiraron, recuperaron sus fuerzas sin decirse nada. Se habían arrancado los antifaces, que yacían en el suelo, pisoteados. Se intuían, volvían a tocarse. La tomó por segunda y última vez en un frenesí sin pausas. Cuando terminaron, y la razón de Ermesenda volvió a llamarla con fuerza, despertó, y un espanto recorrió su cuerpo. Debía de huir de allí sin ser vista, sin testigos. Aquello podía ser su final. Se vistió, recogió su cabello enredado, entre las súplicas y gimoteos de aquel hombre sorprendido por la súbita furia de su joven amante, pues no quería perderla, levantando los brazos desde el suelo donde yacía tendido, sin entender la marcha precipitada de Ermesenda.
Cuando corrió hacia la salida del teatro, pensó que ni tan siquiera había sellado su despedida con un beso. Corría y corría. Al alcanzar la salida, hizo una señal a sus guardias y doncella, y sin mediar palabra volvieron hacia el palacio de sus padres. Ermesenda, horrorizada, intentaba contener las lágrimas, mientras apretaba con más fuerza las manos pequeñas de su dama de compañía, que la sujetaba, mirándola de reojo, angustiada por el estado descompuesto de su señora.
Cuando, por fin, alcanzó la seguridad cotidiana de su gran habitación, se encerró, pasando la balda. ¿Qué había hecho? ¿Qué tipo de locura la había arrastrado, sin salvación, hacia aquel hombre que la había poseído como un toro, llevándola hasta la cima, hasta creer poder tocar las estrellas? Lloraba pensando en Jacobo, en su vil traición. Traidora, era eso, esa palabra infame la definía como nunca ninguna otra. Se hubiera destripado si hubiese podido, pensó en lanzarse por el balcón, ese fondo negro agujereado por los destellos de la luna que iba retirándose. Se levantó de la cama, desesperada, sin control sobre sus actos.
Llamaron a la puerta. Ermesenda se quedó paralizada. ¿Ya venían a buscarla para un escarnio público? No quería ver a nadie, no quería abrir.
—Soy tu madre –oyó—. Ábreme, abre y abrázame.
Ermesenda corrió hacia la puerta, levantó la balda y se lanzó a los comprensivos brazos de quien la trajo al mundo. “Niña, ¡qué te ha pasado!”. Ermesenda lloraba con fuerza.
La tuvo en su regazo buena parte de la noche, consolándola y vigilándola.
—Madre –dijo—. Quiero volver al Castillo de Sinta, quiero volver a pasear por los campos…
—¿Tan mal ha ido?
Bien entrada la mañana, tuvo un horrible despertar. Su cabeza la condenaba a constantes punzadas y su alma se había desangrado. Salió al balcón, que la noche anterior podría haber sido su última puerta. En la Avenida, el bullicio era el de un día cualquiera, vital y escandaloso, como si una jauría de perros estuvieran ahí debajo disputándose una carnaza. El sol de verano la apabulló, hasta obligarla a volver a dentro. Un sirviente pidió permiso para entrar y le comunicó que su padre la esperaba en el comedor. “Ahora sí que estoy perdida”, pensó.
Se vistió y bajó por la escalinata del atrio del Palacio, que con el sol alto aparecía bañado de luz, haciendo más brillante el majestuoso limonero que ascendía hasta el segundo piso. Llegó al comedor. Su padre, con expresión preocupada, aguardaba, inmóvil en el sillón de señor de la casa.
—Siéntate, siéntate –dijo con voz suave—. No sé qué pasó ayer y poco me preocupa desde que llegó esta carta.
Ermesenda tomó el sobre que le ofrecía, un sobre de papiro suave, observando que el sello de cera había sido partido y la misiva leída. Aquello era una invitación para una recepción privada que se celebraría en la Ciudadela, con presencia del Conde y su esposa, junto con su primogénito. Ahora sabía quién era el joven de la máscara de oro.
—¿Sabes qué significa esto? ¿Entiendes cuáles son las consecuencias si aceptas la invitación? –preguntó su padre, mesándose la barba encanecida—. ¿Y las consecuencias si no aceptas ir?
Ermesenda entendía perfectamente todo el significado de aquella invitación. El heredero la pretendía.
De repente se vio encumbrada en el puesto más alto del mundo que conocía, arriba, muy arriba. ¿Y Jacobo? Tuvo un momento de duda, pero si no accedía, su familia y ella misma quedarían defenestrados de por vida, y seguro que, tarde o temprano, se conocería lo que pasó durante el baile de máscaras. “O quizás no”, pensó también. Si aceptaba, pasaría a estar más allá del bien y del mal, todopoderosa para decidir, ensalzar o tachar. Cubierta de oro, piedras y fabulosos vestidos de seda, y nadie jamás podría acusarla de nada con el ejército condal a sus pies.
Respiró profundamente. Su padre, al mirar aquellos ojos rasgados y decididos, supo que su hija había tomado partido.
Registrado: Jun 24, 2007 Mensajes: 1343 Ubicación: Coruña City
Publicado: Vie Jul 02, 2010 4:46 pmAsunto:
Leido sin pausa, no se me ocurre que reprochar, quizás algún acento que admite interpretación. Pues eso, un mundo apasionado. Un saludo. _________________ "El que lucha contra nosotros nos refuerza los nervios y perfecciona nuestra habilidad". Edmund Burke.
Pues no se pueden pedir más cambios en tan poco espacio. Lo que parecía una vida encaminada hacia un matrimonio da un giro total. Desde luego, este episodio puede suponer un estigma para el resto de la vida de Ermesenda y, como tal, influir en cuantas alternativas se le presenten.
Una cosilla, se trata del verbo notar:
Cita:
Se acercó hasta rozarla, hasta dejar su enorme mano en la curva de su espalda, sujetándola con suavidad. Notaba su respiración sobre su pelo. Ermesenda cerró los ojos, estaba perdida, se dejaba llevar.
Notó que la cogía y la arrastraba hacia algún lugar, sin que ella fuera capaz de oponerse a aquella rudeza.
Aquel "notaba su respiración sobre su pelo" expresa el pensamiento de él, me imagino. Es lo que quieres, ¿verdad?.
Por cierto, en estos dos párrafos quizá hayas cargado un poco la mano sobre el "su"
Registrado: Jul 05, 2010 Mensajes: 10 Ubicación: En un sueño
Publicado: Lun Jul 05, 2010 8:19 pmAsunto:
Buenas tardes, Señor Igor... a ver si por aquí encuentro más tiempo para seguir su "envolvente" novela.
Un abrazo! _________________ De las nubes soy
en las nubes me quedo.
Derramando desde aquí mis azahares al viento
enredados en palabras, poemas y prosas,
enseñando el lugar incierto
donde los sueños permanecen eternos.
Escritura envolvente, como me gusta esa expresión, gracias.
Murrianos. Razas de fantasía.
No son como los otros, pues basan su mundo, su existencia en otras escalas.
Creen que no hay mayor gloria que servir a sus hermanos, madres, amigos.
Llegan en oleadas desde el oeste, buscando las líneas blancas y suaves que preceden al Mar de los Anónimos. Son murrianos, a cientos, a miles.
Para un murriano, el sacrificio es voz de dios. Negarlo, la más absoluta de las deshonras.
El murriano dio una vuelta por la estancia, como si nadie hubiera allí, dando tragos. Se dejó caer sobre una de las sillas, apoyando su espalda contra la pared. Sus mechones caían hacia delante, emboscando su mirada. Lanzó el ánfora contra el suelo, rompiéndola con estruendo, y se desabrochó el cinturón, dejando caer la espada.
—¿Habéis oído hablar de nuestro hogar? ¿De nuestra capital? Es el lugar más bello del mundo. ¡No! No es como vuestras ciudades, abigarradas, en las que todo se amontona, sucias y mal ventiladas, donde hasta la piedra de las paredes huele mal. No, es un valle, sí, un valle elevado, cerrado por picos de nieves perpetuas. Un valle ancho, esplendoroso cuando el sol vuela por encima, siempre verde porque en mi país llueve, no como aquí, allí llueve y la hierba crece alta y hermosa, es un lugar en el que, si el día es despejado, parece que hasta las rocas tengan brillo, limpias. En ese gran valle no hay murallas, tan sólo un alcázar. Tres son los pasos de montaña para penetrar en el corazón de mi patria, y en cada paso encontraréis fortalezas que los cierran, castillos construidos para que nadie los pueda tomar, muros que, frente a ellos, cualquier enemigo sentiría una inmenso desasosiego. Jamás nadie ha cruzado los pasos entonado cánticos de guerra. Por ese valle, Dasteo, se distribuyen aquí y allí templos y enjambres en los que vivimos, academias como grandes óvalos de piedra, jardines, plazas de muchos tamaños y formas en las que los músicos tañen laúdes hasta hacer sangrar sus dedos, paseos flanqueados por árboles milenarios,(…)
Antigua Vamurta. Fragmento del Capítulo 21. «Los esclavos».
Registrado: Jun 24, 2007 Mensajes: 1343 Ubicación: Coruña City
Publicado: Sab Nov 06, 2010 11:31 pmAsunto:
Me recuerdan a los espartanos, y yo creo que querías decir "despejado" "si el día es despejado". Un saludo y a continuar con las visitas. _________________ "El que lucha contra nosotros nos refuerza los nervios y perfecciona nuestra habilidad". Edmund Burke.
Hola,
El libro no tiene fecha de salida aún... Está en fase de corrección, que como véis, buena falta le hace.
Prospector, pues es verdad lo de los espartanos, aunque hasta ahora no lo había visto. En realidad, al crearlos pensaba en otras cosas. Debe ser mi subconsciente, "obedeciendos sus órdenes".
Gracias por apuntillar la errata. ¡yyyy! Siempre hay alguna.
para que nadie los pueda tomar, muros que, frente a ellos, cualquier enemigo sentiría una inmenso desasosiego
Pues le sigo dando vueltas a esa frase que arranca a partir de muros. Es que no me cuadra, como si le faltara algo. Y qué tal sonaría muros frente a los cuales/ante los cuales cualquier enemigo sentiría un inmenso desasosiego. O si insistes en ese que: muros que cualquier enemigo sentiría afrontar, o incluso más preciso, sentiría sitiar. No sé, Igor, me parece que la frase no ha hecho el clic de ajustarse.
Cita:
como si nadie hubiera allí, dando tragos.
Ese dando tragos me chirría un poco, pero no lo puedo racionalizar.
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