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Relato Eximeno para TDL V - LA PATA DE CONEJO Descarga el PDF


LA PATA DE CONEJO
por Santiago Eximeno

 

         Cuando encendí el cigarrillo ya habían transcurrido varias horas desde que el cielo se había vuelto negro como el carbón, con esa bruma gris que los más listos llaman La Nube cubriéndolo todo y ocultándonos las estrellas. Triste, desde luego, pero uno se acostumbra a todo con el tiempo. Me disponía a darle una larga y gratificante calada a mi cigarrillo cuando Jonás, la persona más insoportable que había tenido ocasión de conocer en mi larga y aburrida vida, colocó la palma de su mano sudorosa sobre mi hombro y decidió que aquel era un momento como cualquier otro para entablar conversación. Estaba equivocado, desde luego.

—He advertido que los nuevos sufren cierto retraso, ¿no crees? —dijo, con aquel timbre de voz tan característico y aquel vocabulario de niña bien que tanto me tocaba los cojones.

         Lo miré con los ojos bien abiertos, la mandíbula desencajada, como un viejo personaje de dibujos animados.

         —¿En serio? —dije, di otra calada y dejé que el humo flotara hacia su rostro de forma casual.

En fin, como si no me hubiera dado cuenta. Como si ninguno de los que estábamos aquella noche allí con los nervios a flor de piel, anhelando intimidad y silencio, nos hubiéramos dado cuenta. Maldito bastardo incompetente. Aquel tipo tenía grabado en su frente a fuego la palabra capullo. No había dado una a derechas en toda su vida, si se me permite el tópico, y acompañarnos aquella noche demostraba una vez más que a la hora de tomar decisiones rozaba, si no caía de lleno en ella, la estupidez más lamentable. Hijo de padres ricos, enfrentado una y otra vez con ellos por una falsa sensación de falta de libertad –joder, mi padre me pegaba todas las noches al volver a casa antes de rezar sus malditos versos en sánscrito, y yo nunca me había sentido con falta-de-libertad, por el amor de Dios–, había terminado uniéndose a los grupos revolucionarios de moda en la época. Vivíamos malos tiempos, con eso de la Nube, la Guerra y las secuelas que todo enfrentamiento entre naciones –si se podían denominar así los estercoleros africanos que atacábamos– provoca, pero no era suficiente explicación. Nadie podía comprender como un tipo que tenía la vida arreglada terminaba con un atajo de perdedores como nosotros luchando por nada que no pudiera obtener de sus papis. ¿Por qué demonios no se había perdido en Varanasi con esos jodidos brahmanes y sus estúpidas creencias y nos había dejado a nosotros, la gente normal, en paz?

Había otra pregunta sin respuesta, claro. ¿Por qué lo aceptábamos entre nosotros? Georgie lo había dicho una vez, mientras cenábamos y bebíamos vodka y tratábamos de montárnoslo con un grupo de mujeres que celebraban el cumpleaños de una de ellas.

—Es nuestra pata de conejo —dijo, sonriéndome, con esa mirada estúpida de borracho empedernido—. Nuestra pata de conejo, Andrei. Hasta ahora, con él delante todo ha funcionado a las mil maravillas. Siempre.

—Supersticioso de mierda —había dicho yo, pero él era el jefe, así que acepté la presencia de aquel gilipollas entre nosotros como un mal menor, sobre todo después de acostarme con una de aquellas tías salidas y descubrir que, tal y como estaban las cosas, a poco más se podía aspirar.

         Di una nueva, ansiada, calada al pitillo y expulsé lentamente el humo en la cara de Jonás: una sutil indirecta que el capullo solía captar a la primera, pero que esta vez había sido necesario repetir un par de veces. Colorado como el culito de un bebé tras recibir un par de azotes, nuestra pata de conejo se alejó unos pasos en dirección a los camiones. No dijo nada más. Solo de nuevo, dediqué mi atención a la carretera. Bueno, lo de carretera es, desde luego, una licencia poética. Se trataba de un camino de tierra convertido en un barrizal impracticable por culpa de la lluvia, que durante todo el día nos había martirizado. Las carreteras asfaltadas no eran lo más habitual en la Periferia. A duras penas habíamos conseguido llegar con los camiones hasta el puente, el lugar habitual de nuestras citas. La lluvia, una de esas secuelas de guerra, es ahora una mezcla de agua contaminada y ácido corrosivo, así que no conviene salir a la calle sin paraguas. He visto a tipos duros derretirse bajo eso que los más idiotas denominan lluvia como una porción de mantequilla barata, sin que nadie hiciera nada por salvarlos. En el fondo, yo tampoco hubiera hecho nada. Imbéciles hay en todas partes.

         Otra calada al cigarro y aquel camino de cabras seguía tan vació y solitario como lo había estado en las dos últimas horas. Las luces de los templos más altos, allá en la Réplica, brillaban en el cielo. Desde donde nos encontrábamos era posible apreciar la figura de Ganesha, un elefante ebrio retorcido como una vieja contorsionista con problemas de espalda. Proyecté la hora en mis lentes y vi que ya era medianoche pasada. Sí, aquellos malditos noruegos, altos y rubios como ellos solos, se estaban retrasando. Maldije entre dientes (entre los pocos dientes sanos que aún me quedaban) y me calé el sombrero negro hasta las cejas. Hacía frío, otra incomodidad más en un día de mierda.

—¡Eh, Andrei! ¡Anímate y ven a tomar algo! —gritó una voz a mi espalda.

         Supuse que Georgie y Sasha estarían terminando la última botella de vodka que nos quedaba, y que me arranquen la piel a tiras si no me apetecía compartirla con ellos. Pero Jonás se habría apuntado al grupo, y dos segundos de conversación más con aquel retrasado y terminaría matándolo.

         Con las manos en los bolsillos de mi gabardina comencé a caminar hacia el extremo opuesto del puente, el lugar por donde presumiblemente los noruegos aparecerían en breve. El río se agitaba con violencia bajo mis pies. En la oscuridad sin luna ni estrellas, sólo un manto eterno de cenizas y humo, apenas pude descubrir uno o dos cadáveres deslizándose entre las negras aguas. Ahora los ríos se habían convertido en improvisados cementerios tóxicos, largas cañerías de muerte y deshechos que circulaban hasta un mar corrompido y venenoso. Una de las asquerosas costumbres que habían importado esa falsificación barata de hindúes que vivían en Varanasi eran los entierros en el río: Manzanares en la Periferia, Ganges en la Réplica. Cabrones. Pensé en los camboyanos, que a pesar de la Guerra y el desastre ecológico subsiguiente, siempre estaban dispuestos a comerciar. Durante los últimos seis años habíamos dependido de ellos. La mercancía era buena, depurada. Y siempre eran puntuales. ¿Por qué de pronto y sin avisar habíamos aceptado la oferta de los noruegos? No tenía respuesta para ello –y creo que Georgie tampoco–, y desde luego el resto de grupo tampoco la tenía. La única razón parecía ser una conversación de Jonás con Georgie, y eso hacía que me hirvieran las entrañas. Cambiar de cliente sin madurar la decisión, desde luego, era muy propio del grupo, del caos en el que nos movíamos, por lo que no toda la culpa se le podía achacar al imbécil. Simplemente actuábamos, como en la guerra, sin pensar. Siempre hacia delante, siempre sin mirar atrás. Y no todos estaban implantados.

         Busqué mi pequeña cantimplora de plástico, oculta entre los pliegues de la gabardina, y bebí un pequeño trago, casi un beso como el que le da el joven adolescente a la chica experimentada en su primera cita. Sentí como el líquido se deslizaba por mi garganta, una sensación tan maravillosa que apenas podía describirse con palabras. Aquellos momentos me sabían a gloria, daban sentido al hecho de haber sobrevivido y casi conseguían que me olvidara de los implantes. Casi.

         Los implantes constituyen una de las secuelas más desagradables de la Guerra. Al principio, todo marchaba bien. Las bombas caían, los civiles se refugiaban y los ejércitos marchaban victoriosos por las calles de las ciudades abandonadas. Después comenzó la otra Guerra. No era suficiente con las conquistas. Las armas bacteriológicas se convirtieron en algo cotidiano, y con ellas surgieron los implantes.

         Porque no se trataba de una guerra ni nada por el estilo, se trataba de un control demográfico a gran escala. Aunque viendo los resultados no creo que eso importe un pimiento. Países enteros desaparecidos bajo el holocausto de las armas bacteriológicas y las bombas inteligentes en lo que tardo en fumarme un cigarrillo. Especies exterminadas, cultivos arrasados. Nada quedó después de los primeros veinte días, nada excepto muerte y desolación. ¿Y a quién coño le importaba? Al fin y al cabo, todo ocurría lejos de casa, en países poco desarrollados, con materia prima que nosotros necesitábamos y que no podían enfrentarse a nuestro armamento. Había pastel para todos, no teníamos miedo de una posible confrontación a escala mundial.

         Lo peor fue volver al hogar y comprender que no tenía sentido seguir allí. La madre Rusia se deshacía, controlada por mafias y corporaciones, como en una película barata. Así que emigramos, nosotros y nuestros implantes, y descubrimos que no éramos únicos. La tecnología había llegado a los civiles –jodidos alterados, así los llaman– y no podíamos aportar nada. De hecho, no podíamos encontrar un puto trabajo, ni siquiera limpiando letrinas. Al menos nos quedaban nuestros jodidos implantes neurológicos, pequeñas cositas que circulan por tu sistema nervioso y controlan los biomecanismos añadidos a tu cuerpo. Como mis lentes, por ejemplo.

         Unas luces, los faros de la comitiva que estábamos esperando, llamaron mi atención. Varios vehículos aparecieron por el camino de tierra, avanzando con la lentitud y la torpeza de una tortuga drogada con implantes descontrolados en las patas. Y bien lo que me digo, porque he visto caminar a hombres con implantes en las rodillas como patos mareados, lanzados al aire por sus propias piernas como marionetas sin hilos y cayendo posteriormente al suelo para no levantarse jamás.

         Observé con detenimiento el avance de aquella procesión vikinga. Mis lentes me indicaban en todo momento la distancia ente el primer vehículo y yo con un margen de error de veinticinco centímetros, algo muy a tener en cuenta por si algo salía mal y todos nos poníamos a disparar como locos. Como es habitual en estos trabajos, yo llevaba mi arma a la altura de la cadera derecha. Un simple movimiento y ¡bang!, ya estás muerto. Soy rápido, muy rápido, y no sólo gracias a los implantes en mis brazos. Antes de eso ya era lo que llamaban un pistolero. Como iba diciendo, aquellos rubios de bote avanzaban en sus carros como invasores romanos a la llegada a un pueblo bárbaro, y esa paradoja me cabreó.

         —¡Sasha, esos jodidos vikingos ya están aquí! —grité.

         Lancé el cigarrillo medio consumido al río y ajusté mis lentes a visión nocturna con mira láser, un bonito recuerdo de la Guerra. Tras uno de nuestros camiones, Jonás el insoportable vació de un trago su cantimplora con una sonrisa bobalicona en el rostro. Pensé que si aquel imbécil estaba con nosotros las cosas tenían que salir invariablemente bien, como siempre acostumbraban. Al menos eso decía Georgie, y para mí lo que decía Georgie iba a misa.

         El primer vehículo se detuvo a la entrada del puente. Un noruego de más de dos metros de alto y de ancho descendió del primer coche con parsimonia y caminó lentamente hasta mi posición.

         —¿Georgie? —preguntó.

         —No, tío, Andrei. Georgie está allí —dije yo, señalando una figura que se deslizaba entre los camiones— con la pasta, ¿y la mercancía?

         El noruego esbozó una sonrisa, que convirtió su boca en una herida dolorosa. Hizo un gesto con la mano y varios tipos más, armarios con patas todos ellos, se dispusieron a descargar los bidones. Fue entonces cuando comprendí que algo no marchaba bien. ¿Y cómo lo noté? Muy sencillo, la cabeza del noruego más alejado de nosotros se desintegró en el aire ante mis ojos. Así de sencillo, como si de un jodido truco de magia se tratase. Ahora está, ahora no está.

         Y el infierno se desató.

        Los camboyanos surgieron de todas partes, armados con todo tipo de juguetitos con silenciador que aquí y allá provocaban hemorragias inesperadas. Todos nos movimos con rapidez, disparando como salvajes, gritando, corriendo por nuestra vida. De uno y otro bando algunos componentes caían al suelo, heridos de gravedad o muertos al instante. La sangre de otros empapaba mis ropas y mis lentes.

         Y llegó la primera explosión.

        Uno de nuestros camiones voló en pedazos, lanzando al cielo toneladas de acero y cristal mezclado con la carne y los huesos de nuestros conductores. Cuando cayó de nuevo al suelo aplastó bajo su peso a algunos de aquellos monos amarillos, pero no se amedrentaron. El siguiente en volar en pedazos fue uno de los depósitos noruegos.

         La mercancía llenó el cielo, como si de una tormenta con rayos y truenos se tratara. Empapado, perdido en una batalla campal con una ridícula pistola en las manos, sentí un dolor horroroso en la rodilla. Cuando miré, toda mi pierna por debajo de la pantorilla había desaparecido, y yo me tambaleaba como un pirata demasiado borracho de ron al que le han birlado su pata de palo. Otro disparo atravesó limpiamente mi hombro y me lanzó por los aires.

         Aterricé sobre las aguas contaminadas del río, consciente de que si no estaba ya muerto poco me quedaba. A mi alrededor flotaban cuerpos calcinados y ofrendas de todo tipo. El dolor era terrible, pero el agua helada mitigó la sensación de dolor y la hemorragia lo suficiente para advertir que todavía llevaba en la mano mi arma.

         Jonás, ajeno al tiroteo, como si aquello no fuera realmente con él, me buscaba asomando la cabeza por la barandilla del puente. No dudé un instante y le volé la cabeza en mil pedazos, una piñata de huesos y sangre y restos de materia gris. A la mierda con los amuletos inútiles.

         Arriba, otra explosión terminó con todos los depósitos noruegos, y durante un instante sentí la dicha de ver la lluvia sobre mis ojos, una lluvia real, de agua pura procedente de los glaciares de Noruega, tan fresca, tan incolora, tan insípida, tan inodora, que durante los segundos que me mantuve unido a la vida reí y lloré y grité como un niño pequeño.

         Lástima lo de Jonás.

         Al fin y al cabo, él no había tenido la culpa.




 
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